Julia ¿Dónde estás? 8. ANDRIUS Y ROSANA
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8. ANDRIUS Y ROSANA

La mañana empieza en la casa de Rosana antes de que suene el despertador.

Ha dormido poco y mal, tumbada en el sofá porque desde allí oye mejor el teléfono.

Hay mensajes de compañeros de la redacción preguntando si puede saberse algo, un correo de un familiar de Julia y otro de un lector indignado porque La Barcelona d’Avui lleva dos días sin publicar la investigación prometida sobre NEXORA.

No contesta a este último. Hay urgencias a las que los lectores tienen derecho y otras que no caben en un titular.

Se prepara un café que deja enfriar en la encimera.

Cuando suena el móvil, espera escuchar la voz de Julia y se enfada consigo misma por seguir haciendo la misma asociación imposible.

Es Andrius. Le pide que se acerque al despacho porque acaba de recibir copia de una solicitud policial sobre cámaras próximas al puerto.

—¿Han encontrado algo? —pregunta.

—No sé qué han encontrado. Sé lo que se ha solicitado y puedo decirle qué documentación tenemos que conservar nosotros.

—Eso no suena prometedor.

—La última vez que algo me pareció prometedor acabé dando una clase de derecho administrativo a un vigilante de seguridad que no me la había pedido. Prefiero la prudencia.

Rosana sale a la calle. Barcelona conserva todavía el calor de agosto aunque el calendario haya cambiado de mes.

En el autobús mira las caras de los pasajeros intentando reconocer a alguien del que ni siquiera dispone de una descripción útil.

Desde que los falsos técnicos entraron en el periódico, ha aprendido que observar a la gente no es lo mismo que adivinar lo que hace.

En la redacción pasa a recoger la carpeta de Julia.

Una compañera le pregunta si debería convocarse una reunión de apoyo a la familia.

Rosana dice que consultará antes con los afectados y que, por el momento, solo necesita que nadie borre imágenes de la entrada ni convierta en comentario de pasillo la ausencia de su amiga.

—Si llama —dice la compañera—, dile que su mesa sigue como la dejó.

Rosana mira el escritorio vacío: el bolígrafo mordido, una nota sobre León, una taza que nadie ha querido utilizar. Se lleva únicamente lo que Andrius le ha pedido para fechar el paso de los falsos técnicos.

Cuando llega al despacho del abogado, este ha colocado dos sillas al lado de la impresora y una caja de pañuelos en mitad de la mesa. Rosana no sabe si reírse o ponerse a llorar.

—¿Eso es para mí? —pregunta.

—Para la impresora. Se atasca cuando los documentos son importantes.

Ella toma asiento y señala la hoja que empieza a salir. Esta vez no necesita fingir calma. Puede temblar mientras lee. Y quizá, entre horas y fotografías que parecen demasiado pequeñas para importar, encuentre algo capaz de sostener una esperanza sin inventarla.

***

En el despacho de Andrius Panadero García, la impresora deja caer una hoja que Rosana recoge antes de que termine de salir.

Hay una hora, una dirección de cámara y un número de expediente.

El abogado se aproxima a la mesa con el cuidado de quien teme que un movimiento brusco estropee algo que ya costó demasiado conseguir.

—Dígame que es la misma furgoneta —pide.

—Es blanca. Lleva letras en el costado. La primera grabación no permite leerlas enteras.

—Ya tenemos una blanca con letras.

—Y también un país entero lleno de furgonetas. Mire la segunda.

Rosana coloca los dos fotogramas uno junto al otro.

El vehículo aparece en un cruce a distinta hora; una señal de tráfico tapa parte de la puerta, pero bajo la suciedad del panel lateral se distingue la palabra HERMANOS.

El elemento que más la inquieta es otro: una abolladura junto al piloto trasero, la misma que recuerda del aparcamiento del periódico.

—La furgoneta de los falsos técnicos —dice Andrius.

—La que los policías están investigando. No sabemos quién la conduce ahora.

Andrius relee la confirmación firmada por la empresa auténtica de climatización.

Ningún operario de aquella compañía fue enviado a la redacción el día de la avería.

En una tercera hoja figura el permiso para entregar a la policía las imágenes conservadas por un comercio privado.

No han conseguido los vídeos comprando favores ni entrando en servidores: Rosana pidió que no se borraran; Cata gestionó su incorporación y el personal autorizado las facilitó conforme al requerimiento.

—Han cruzado hacia la zona de servicios próxima al puerto —dice Rosana—. Hay un tramo sin cámaras útiles. No basta para saber dónde están.

—Pero permite saber dónde buscar el siguiente registro.

—Eso se lo diremos a Cata. Nosotros no vamos a improvisar una operación.

Andrius se coloca la chaqueta. El gesto alerta a Rosana.

—¿Por qué se viste?

—Porque necesito salir de aquí. Y porque una de las empresas que ya ha hablado con la policía tiene oficina cerca de esa zona. Quiero preguntar si han recibido la solicitud de conservación.

—Eso lo podemos hacer por teléfono.

—Podemos. Lo estamos haciendo desde hace dos días. He llamado ocho veces y ya conocen mi voz mejor que mis clientes.

Rosana duda. Los dos están agotados, unidos más por la preocupación que por una amistad nacida a tiempo. Finalmente coge su bolso.

—Vamos a la oficina. Nada de seguir vehículos, entrar en almacenes ni hacer el héroe.

—Soy abogado, Rosana. Mi profesión consiste precisamente en evitar decisiones imprudentes.

Ella lo mira.

—Es la primera noticia que tengo.

***

En la comisaría, Jordi Fortuny Blanes compara la secuencia recibida con las anotaciones de la clínica veterinaria. Cata señala el intervalo entre dos cámaras y una diferencia de pocos minutos que al principio parecía insignificante.

—El testigo del establecimiento vio el vehículo entrando por esta vía —explica—. La cámara posterior lo registra saliendo a otra hora. No sabemos dónde estuvo entre medias.

—Tampoco sabemos si están dentro Julia o la pareja —responde Jordi.

—Ni siquiera si siguen en el mismo sitio. Pero tenemos una coincidencia de daños del vehículo, rótulo y movimiento. La matrícula parcial es compatible con el dato administrativo que han contrastado los compañeros. Podemos pedir observación del recorrido y estar preparados si aparece.

Jordi se pasa la mano por la barba.

—Prepara la comunicación. Nadie entra en ningún recinto privado por intuición. Y avisa a Rosana de que no quiero verla persiguiendo una furgoneta.

—Ya se lo he dicho.

—Díselo otra vez. La gente preocupada tiene un talento extraordinario para no escuchar.

Cata la llama. Rosana contesta desde un taxi.

Explica adónde se dirige y confirma que no va a seguir a nadie.

La subinspectora le pide que, si observa el vehículo o a Julia, mantenga distancia y llame inmediatamente.

Andrius oye parte de la conversación y levanta las manos en señal de inocencia, aunque Cata no puede verlo.

—¿Su abogado está con usted? —pregunta Cata.

—Por desgracia, sí.

—Entonces le repite también las instrucciones.

—Las he oído —interviene Andrius acercándose al teléfono—. No haré ninguna estupidez que pueda figurar en una diligencia.

—Me conformo con que no haga ninguna —responde Cata.

***

El polígono de servicios parece construido para que nadie recuerde haber pasado por él.

Entre una nave de distribución de pescado congelado y un taller de carretillas, las fachadas se repiten en una sucesión de puertas grises, carteles vencidos por el sol y cámaras de vigilancia que apuntan, casi siempre, a la propiedad del vecino.

Desde el taxi, Rosana cuenta las calles sin mirarlas de frente.

Andrius consulta un plano impreso, aunque el conductor tiene el navegador encendido.

—Deje el coche en la avenida —le pide Rosana—. No quiero que nadie crea que estamos siguiendo un vehículo.

—Si nos cobran la carrera completa por bajarnos doscientos metros antes, lo denunciaré por apropiación indebida —murmura Andrius.

—¿Puedes estar serio cinco minutos?

—Llevo tres días estándolo. Empiezo a temer daños irreversibles.

Se detienen frente a una oficina de gestoría industrial, donde una mujer con gafas de montura transparente atiende a un repartidor.

Se llama Mercè Torres y ha confirmado por teléfono que recibió el requerimiento de conservación de imágenes.

No tiene motivos para confiar en dos visitantes que parecen llevar la angustia escrita en la cara.

—Los vídeos los tiene ya el personal autorizado —dice después de examinar sus identificaciones—. Yo no puedo enseñarles otros porque ustedes vengan con prisa.

—No queremos que nos los enseñe —responde Rosana—. Queríamos saber si había alguna posibilidad de que se perdiera una grabación de esta madrugada.

—Las copias están aseguradas. Lo de la madrugada lo he comunicado por el cauce que me han indicado. He visto una furgoneta blanca, sí, pero aquí entran veinte cada turno.

Andrius dobla su plano hasta convertirlo en un cuadrado imposible.

—¿Ha visto a una mujer contra su voluntad?

Mercè deja de ordenar unas facturas.

—Eso no. Y si lo hubiera visto, habría llamado yo misma. ¿Quién falta?

Rosana tarda un instante en contestar. No ha dicho en voz alta el nombre de Julia desde que abandonaron la redacción. Lo pronuncia despacio y descubre que decirlo a una desconocida le duele más que repetirlo ante la policía.

—Es mi compañera. La queremos encontrar viva.

Mercè observa los ojos enrojecidos de la periodista. Aparta la calculadora y señala dos sillas.

—Siéntense un momento. No tengo información que darles, pero puedo ofrecerles agua.

Rosana niega, acepta al final por no tener que explicar su rechazo.

Mientras la mujer llena los vasos, Andrius ve por el cristal de la entrada una furgoneta de características semejantes a la que buscan.

Se incorpora de golpe. El vehículo gira antes de acercarse, y el rótulo de su costado muestra el nombre de una empresa de embalaje.

—Es que todas parecen la misma —dice, avergonzado.