7. BRIGITTE #7
Piensa en Sali. La última imagen que conserva de su hermana no es heroica ni solemne: discuten por una llamada sin responder.
Sali le había reprochado que siempre quisiera llegar a todas partes, que confundiera el trabajo con una excusa para no descansar.
Julia había dicho que llamaría por la noche.
Después vinieron León, los papeles, el nombre escrito dos veces y la furgoneta.
Si Sali ha muerto de verdad, su última conversación habrá quedado reducida a una promesa incumplida.
No se permite llorar con ruido. No porque crea que sea una debilidad, sino porque no soportaría oír llegar a Mikel para preguntar qué le pasa.
Se sienta, apoya los codos sobre las rodillas y reconstruye mentalmente las preguntas que él le ha hecho.
Siempre regresa a León; siempre necesita saber quién más recibió información.
Y pronuncia «Isabella» como si estuviera seguro de que Julia posee una llave que no quiere utilizar.
¿Qué ocurriría si le contara todo lo que recuerda de Sants y del banco?
¿La soltarían? La posibilidad le parece tentadora durante unos segundos.
Después se imagina a los mismos hombres buscando a otra persona, quizá a alguien a quien León había querido proteger, y comprende que una respuesta puede hacer daño incluso cuando quien la pronuncia no conoce su alcance.
Arranca la esquina blanca de una hoja del periódico y dibuja con el dedo, sin tinta, las ocho letras de la consigna.
Al acabar rompe el papel en trozos minúsculos que empuja al fondo de la papelera.
No ha escrito nada; sin embargo, el acto la calma porque recuerda las cosas que todavía puede decidir por sí misma.
Oye una risa breve en cubierta. Alguien golpea una puerta, más lejos. No sabe qué hora es. Se obliga a comer una cucharada y luego otra. Si sus captores quieren información, tendrán que seguir hablando con alguien que aún conserva fuerzas para preguntar.
***
A última hora, Sébastien recibe a Carolina por teléfono. La empresaria no saluda.
—Un hombre llamado Mikel se ha presentado en mis oficinas y ha amenazado a una colaboradora. He informado a la policía.
Del otro lado llega un silencio breve.
—No sé a qué se refiere —responde él.
—Ahora lo sabe. No vuelvan a enviarme recaderos. Y, si piensa que financiar una demostración le permite intimidar a mi equipo, se ha equivocado de edificio.
—La está alterando una situación desagradable.
—Me altera que un desconocido entre en mis instalaciones y haga preguntas sobre una científica. Nuestros abogados continuarán hablando de dinero. Usted y yo no hablaremos de nada más hasta que me explique qué clase de gente lo rodea.
Carolina termina la llamada sin esperar permiso. Brigitte, que ha vuelto para firmar la incidencia con seguridad, la ve tras el cristal del despacho. No oye las palabras, pero distingue la forma en que la empresaria apoya ambas manos sobre la mesa y tarda unos segundos en apartarlas.
En su alojamiento, más tarde, Brigitte saca la carta de León del cajón donde la conserva.
La lee sin encontrar lo que no está escrito.
Su padrino había dejado instrucciones, afecto y una advertencia genérica sobre confiar en las pruebas; no el nombre de su asesino.
Por primera vez se permite decir en voz alta que tiene miedo.
—No voy a convertirte en una excusa para hacer tonterías —murmura, mirando el sobre.
Después escribe a Cata que estará disponible para declarar y a Laia que desea repetir la prueba de la mañana.
Nada de aquello le devuelve a León. Pero el error rojo que había descubierto en FILEXA tiene una causa verificable.
En estos días, esa pequeña certeza se parece mucho a una forma de esperanza.
Antes de apagar la luz, Brigitte vuelve al correo electrónico que envió a León semanas atrás.
Él había respondido tarde, con una fotografía desenfocada de una mesa llena de cables y una línea en francés: «La ciencia es fácil hasta que aparece alguien que necesita una certeza para ayer».
Brigitte sonríe pese al cansancio. Después guarda el teléfono.
Laia le ha enviado un mensaje con los resultados del último ensayo.
La alerta verde ya no aparece cuando faltan datos.
En su lugar, el sistema declara que no puede tomar una decisión fiable.
Es un avance diminuto, imperfecto, todavía lejos de una demostración comercial.
Carolina ha respondido al equipo con cuatro palabras: «Documentadlo. Buen trabajo hoy».
Brigitte lee el mensaje sin entusiasmo de triunfadora.
La amenaza en el pasillo sigue existiendo, como el miedo y la ausencia de León.
Aun así, en el laboratorio ha encontrado una pregunta que puede responderse sin mentir.
Afuera, Barcelona continúa con sus terrazas iluminadas y el tráfico que sube por las avenidas.
Mañana tendrá que repetir su declaración, volver a FILEXA y decidir hasta dónde permite que la curiosidad la acerque a hombres que tal vez no deberían estar cerca de ella.
En el cajón, la carta cerrada de su padrino conserva las marcas de haber sido doblada y desplegada demasiadas veces.
Brigitte deja la mano sobre la madera, pero no vuelve a sacarla.
Por esa noche le basta recordar que León también le enseñó algo menos técnico que preguntar y comprobar: saber cuándo detenerse.