Julia ¿Dónde estás? 7. BRIGITTE #6
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7. BRIGITTE #6

Susurros se agacha junto a la puerta. El comentario consigue callar a Fortuna. Sali aprovecha el silencio para preguntar por Julia. Susurros le confirma que no ha recibido noticias nuevas y que sigue sin atreverse a transmitirle ningún mensaje.

—Entonces escuchadme vosotros —dice ella—. José María necesita un médico de verdad. Si mañana sigue respirando así, no pienso esperar sentada a que decidáis si os conviene que viva.

Susurros mira al cuñado. Lo ve intentar ocultar una mueca al coger la botella.

—Estoy pensando cómo sacaros —responde.

—Llevas mucho tiempo pensando —dice Sali—. Empieza a hacer algo.

Cuando cierran de nuevo la puerta, los dos delincuentes se quedan junto a la furgoneta. Fortuna rompe primero el silencio.

—Tiene razón. El de las bromas está fatal.

—Ya lo sé.

—Si nos descubren, estamos muertos.

—Eso también lo sé.

—Pues no sé para qué me gasto el dinero en galletas.

Susurros lo mira sin paciencia.

—Para que ellos sigan vivos hasta que tengamos una salida, Fortuna. Por una vez podrías entender una frase entera.

***

Antes de subir a la Jumpy, Susurros vuelve a comprobar el candado. Lo hace dos veces y en la segunda se queda mirándolo como si pudiera escuchar desde allí la respiración fatigosa de José María.

—Lo que has dicho de sacarlos —pregunta Fortuna—, ¿lo decías en serio?

—¿Qué parte?

—Que estás pensando cómo.

—Sí.

—¿Y has pensado algo?

—He pensado que un día Mikel va a querer comprobarlo por sí mismo. Y que ese día necesitaremos algo mejor que decirle que se nos olvidó matarlos.

Fortuna gira la llave entre los dedos. La palabra «matar» tiene la virtud de impedirle responder con un disparate.

—Podríamos dejarlos en una carretera —propone—. Una de esas que pasan autobuses.

—Y si nos identifican, ¿qué?

—Podríamos llevar pasamontañas.

—Fortuna, llevamos tres días apareciendo por los mismos sitios con una furgoneta que pone HERMANOS en un lateral. No somos dos fantasmas.

Fortuna mira la pintura descascarillada del vehículo, ofendido en nombre de la furgoneta.

—Pues yo digo que todavía nos puede salvar.

—Pues cuídala. Porque es lo único que tenemos, además de dos personas que necesitan salir de ahí con vida.

Suben sin cerrar la discusión. Ninguno de los dos se considera valiente y ambos se creen más listos que el otro. Precisamente por eso todavía pueden intentar algo que un hombre profesional como Mikel juzgaría imperdonable.

Jordi escucha el relato de Cata con una mano en el bolsillo y otra sosteniendo el vaso de agua que nunca se termina.

—¿Mikel? —repite—. Un nombre de pila, una cara y una advertencia. No me gusta.

—Las imágenes son útiles si el sistema registró entrada y salida. Pediremos preservación y comprobaremos la identidad declarada. Brigitte no lo ha seguido y Carolina nos ha llamado por iniciativa propia.

—Hay gente que se pasa la vida haciendo negocios torcidos y se asusta cuando entra alguien que no sabe guardar las formas.

—Eso no hace inocente a Carolina.

—Ni culpable de secuestro por comprar software —responde Jordi—. Déjame un poco de sitio para seguir dudando de todos.

Cata anota las diligencias pendientes. En el expediente de León sigue habiendo preguntas sin una respuesta segura: el rastro biológico recogido bajo sus uñas, los desplazamientos de Aarón, las operaciones de Néstor, los pagos autorizados por Beatriz. Ninguna de ellas permite localizar a Julia.

—¿Has hablado con Rosana? —pregunta Jordi.

—Sí. Hay nuevas solicitudes de conservación. Andrius está ayudando con las empresas que conservaron cámaras exteriores. Si obtenemos una secuencia útil, podremos comprobarla contra la matrícula parcial.

Jordi asiente.

—Y a Brigitte, ¿qué le has dicho?

—Que deje de acercarse a cualquier hombre que la amenace y nos llame. No la he puesto a trabajar para nosotros.

—Bien. No necesitamos otra desaparecida para justificar las diligencias de hoy.

Cuando Cata sale, marca el número de Brigitte.

La francesa contesta desde un taxi y confirma que va acompañada por una compañera de FILEXA.

Describe una vez más al visitante, con paciencia científica, hasta que la subinspectora le pide que no siga reconstruyendo de memoria detalles que quizá no vio.

—Gracias —dice Brigitte—. Por no pedirme que sea valiente.

—Ser prudente puede requerir más valor. Mañana formalizaremos la declaración.

Jordi le pide a Cata que deje sobre la mesa todas las novedades en el orden en que llegaron. Ella despliega las notas de acceso a FILEXA, el resumen de las llamadas de Rosana, las diligencias solicitadas sobre cámaras y las observaciones forenses todavía pendientes. Durante un minuto no hablan.

—Si juntamos demasiadas cosas solo porque contienen el mismo apellido, acabaremos persiguiendo una coincidencia —dice Jordi.

—¿Y si el apellido aparece en un lugar donde no debería?

—Entonces habremos aprendido algo. Pero sigue sin convertir cada pregunta en una prueba.

Cata señala el parte de seguridad. Hay una hora de entrada, un nombre facilitado por el visitante y la descripción de la advertencia a Brigitte. No consta que llevase armas ni que mostrara documentación auténtica.

—Pediré que cotejen la imagen con las personas de interés relacionadas con el entorno de León. Si tenemos una identificación positiva, podremos valorar las diligencias que correspondan.

—Y la advertencia directa a la científica se investiga por sí misma —añade Jordi—. No necesitamos adornarla con el asesinato para que sea grave.

Cata recoge la hoja y consulta otra.

—La clínica veterinaria insiste en que los dos hombres de la furgoneta llevaron a personas heridas. Esos testimonios empiezan a encajar con el vehículo de los falsos técnicos. Sin embargo, no sabemos qué pasó después.

—Entonces ahí hay una pregunta que vale la pena seguir. Pero no voy a mandar patrullas a registrar contenedores de toda la provincia porque tú y yo tengamos una mala noche.

Ella lo mira sin ofenderse. En su padre la ironía no suele disimular indiferencia, sino cansancio. Ambos saben que un error de apresuramiento podría advertir a los sospechosos, destruir una pista o poner a una persona en peligro.

—He hablado con el responsable de las cámaras exteriores —prosigue Cata—. Se conservan por periodos distintos. Tenemos alguna imagen del rótulo, pero no una secuencia completa. Necesitamos reconstruir los desplazamientos sin rellenar con imaginación los tramos que faltan.

—Eso es investigar. Lo otro es contarle al juzgado una película —responde Jordi.

La subinspectora se dispone a salir cuando él le hace un gesto para que se quede.

—¿Has dormido?

—Un poco.

—¿Has comido?

—¿Te has puesto de acuerdo con Vicente Salcedo para preguntarme lo mismo?

Jordi sonríe, pero no retira la pregunta.

—En un expediente largo no es el más listo quien resiste. Es el que todavía distingue los hechos del cansancio a las tres de la mañana.

—He comido —miente Cata.

—Pues vuelve a hacerlo. Esta vez delante de mí.

Ella acepta un bocadillo envuelto en papel que él saca del cajón. Lo divide por la mitad y le entrega una parte. Durante unos minutos el despacho parece la cocina de una casa en la que todos llegan demasiado tarde a cenar. Después vuelven a los informes.

***

En el camarote de Julia, el aire parece haberse detenido.

La periodista ha logrado que uno de los hombres que reparte agua le deje un periódico del día anterior.

No contiene una sola noticia sobre su desaparición que pueda reconocer.

Quizá no sea un diario de Barcelona; quizá las noticias que importan nunca llegan a una portada. Lo deja doblado sobre la cama.

Mikel aparece para retirárselo. Julia no intenta ocultarlo.

—Necesito saber si hay alguien buscándome —le dice.

—Eso ya no es asunto suyo.

—Si no lo fuera, no vendrías cada día a preguntarme qué sabe otra gente.

El hombre mira el periódico sin recogerlo.

—Usted se cree muy lista por hacer preguntas.

—No. Soy periodista. Hacer preguntas es lo que sé hacer cuando todavía no puedo hacer nada más.

Mikel se inclina, toma el diario y se dirige hacia la puerta. Julia observa la manera en que evita rozarse la mandíbula al pasarse los dedos por la cara. El gesto queda en su memoria junto a otros detalles incompletos. No sabe si servirá de algo.

—¿Es cierto que murió Sali? —pregunta una última vez.

Mikel se detiene sin volverse.

—Le he dicho lo que necesita saber.

La puerta se cierra. Julia se queda ante la bandeja de agua y comida, incapaz de decidir si la evasiva es una confirmación o un modo de prolongar el miedo. Se obliga a comer. La resistencia empieza por no conceder a sus captores la ventaja de verla desfallecer antes de tiempo.

Julia deja pasar unos minutos antes de acercarse a la puerta.

Pone la mano sobre la cerradura, aunque sabe que no se abrirá.

Desde el otro lado oye un paso, luego el roce de un objeto arrastrado por el pasillo.

Se obliga a apartarse. No tiene sentido ofrecer un espectáculo que sus guardianes podrían interpretar como un intento de fuga.

Vuelve al periódico. Hay noticias deportivas, una entrevista con una actriz a quien habría querido preguntar algo más inteligente y una fotografía de una concentración en la plaza de Sant Jaume.

La gente camina allí sin mirar por encima del hombro.

Le sorprende sentir envidia de alguien que espera a que cambie un semáforo.