Julia ¿Dónde estás? 7. BRIGITTE #5
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7. BRIGITTE #5

—Me dan ganas de encontrar a Julia antes de que alguien vuelva a decidir por ella.

La sinceridad los deja a ambos incómodos.

Andrius recoge las copias de las comunicaciones y pregunta si puede llamar a la administración del edificio que compartía cámaras con la redacción para verificar un plazo de borrado.

Rosana asiente. Por primera vez en dos días reparten el trabajo sin discutir.

No es que hayan aprendido a confiar plenamente el uno en el otro; simplemente han descubierto que sus distintas maneras de tener miedo pueden resultar útiles.

***

La tarde obliga a FILEXA a encender las luces antes de que el sol desaparezca.

Brigitte comprueba un conjunto de pruebas mientras Laia asiste a una reunión interna.

Al salir hacia la zona común descubre a un hombre aguardando junto a las puertas de servicio.

Es ancho de hombros, con la cara severa y una marca reciente en la piel próxima a la mandíbula.

Viste de manera discreta, pero no parece perdido.

—¿Busca a alguien? —pregunta Brigitte.

—A la señora Rius.

—Su despacho está en la otra ala. En recepción podrán avisarla.

—Usted es Monarch.

No lo pregunta. Brigitte se detiene.

—¿Nos conocemos?

—Conozco su trabajo.

—Eso no responde a mi pregunta.

El hombre avanza medio paso. No levanta la voz.

—Hay asuntos en los que conviene no meterse por curiosidad. Ya tiene bastante con sus pruebas.

Brigitte percibe, con el retraso desconcertante con que llega el miedo, que aquello no es un elogio profesional. Mira hacia la puerta de seguridad, donde un empleado empuja un carro con paquetes.

—Si tiene alguna reclamación sobre mi trabajo, preséntela por escrito a la directora técnica.

—No me gustaría que lamentara haber venido.

Ella se aparta hacia el mostrador iluminado. El hombre no la toca ni intenta detenerla; precisamente esa calma la inquieta. Cuando Carolina aparece desde el pasillo con el móvil en la mano, Brigitte alza la voz lo suficiente para que la oigan.

—Señora Rius, este hombre preguntaba por usted.

Carolina lo observa. Una fracción de segundo le basta para comprender que no se trata de un cliente. El visitante cambia de postura.

—Hay un mensaje para monsieur Moreau —dice.

—Entonces búsquelo a él —responde Carolina—. En FILEXA no recibo recados por hombres que no se identifican.

—Mikel —contesta el desconocido finalmente.

Carolina no le ofrece la mano.

—Mikel, será mejor que se marche antes de que avise a seguridad.

Se va sin apresurarse. Brigitte permanece junto al mostrador, sintiendo la absurda necesidad de recordar el orden exacto de las palabras. Carolina espera hasta que la puerta exterior se ha cerrado.

—¿Qué le ha dicho?

Brigitte se lo repite entero. La empresaria palidece apenas, pero su voz se mantiene firme.

—Ese hombre no representa a mi empresa. Voy a conservar las imágenes de acceso. Usted se va acompañada y me avisa cuando llegue a su alojamiento.

—¿Lo conoce?

—He oído su nombre relacionado con personas con las que negocio. No debería haber entrado aquí. Ni volverá a hacerlo.

—Si sabe algo más, ahora sería un buen momento.

—Lo que sé no me permite acusarlo de un delito. Pero sí tomar precauciones.

Brigitte la mira con un respeto involuntario y una desconfianza que no ha desaparecido.

Carolina llama a seguridad, identifica al visitante por el nombre declarado y ordena conservar el tramo de grabación.

Después comunica el incidente a Cata por un canal verificable, con el permiso de Brigitte para incluir sus palabras.

No intenta presentarse como heroína. Aun así, hace lo único que podía hacer para no dejar a la científica sola ante la amenaza.

Laia llega al despacho de Carolina antes de que seguridad termine de exportar el fragmento de vídeo solicitado. Se ha enterado del incidente por la recepcionista y no hace preguntas hasta que comprueba que Brigitte no está herida.

—¿Qué quería ese hombre? —pregunta finalmente.

—Que entendiera que no debía ser curiosa —responde Brigitte.

—Pues ha elegido mal la puerta. Aquí pagamos a la gente por hacerse preguntas.

Carolina entrega a seguridad una instrucción firmada y pide un número de incidencia.

No admite que el vigilante borre el registro de entrada para ahorrarse una explicación sobre cómo pudo pasar.

El empleado, ruborizado, afirma que se identificó como mensajero de un proveedor y que fue conducido a la sala de espera siguiendo el protocolo habitual.

—Entonces escriba eso —dice Carolina—. No necesito que invente un atentado ni que me esconda un descuido. Necesito saber a qué hora entró, a quién preguntó y cómo salió.

Brigitte observa el procedimiento con la desconfianza metódica de quien ha comprobado demasiados informes que describían lo que habría debido suceder, no lo que sucedió. Repite ante la responsable de seguridad las palabras de Mikel; cuando vacila sobre una frase, pide que se consigne su duda.

—No voy a recordar más porque me lo pregunte otra vez —dice—. Prefiero que quede un espacio en blanco.

—Así lo haremos —responde la mujer.

Laia se ofrece a acompañarla hasta su alojamiento. Carolina acepta, pero antes pide hablar a solas con Brigitte. La conduce a una pequeña terraza donde el ruido del tráfico llega amortiguado por los cristales.

—Puede terminar hoy la colaboración —dice—. Le abonaremos lo trabajado. Nadie le exigirá una explicación.

—¿Eso significa que cree que soy un riesgo para FILEXA?

—Significa que no voy a obligar a nadie a soportar una amenaza para que mi presentación tenga mejores gráficos.

Brigitte mira el edificio de enfrente, cuyas ventanas devuelven fragmentos del cielo.

—Si me marcho, el fallo seguirá ahí.

—Lo corregiremos. Laia tiene un equipo. Usted no es la única científica de Barcelona.

—Lo sé. Pero vine por una razón y todavía no he terminado.

Carolina la observa unos segundos.

—Escúcheme bien: no tengo intención de buscarle problemas con el señor Moreau. Tampoco voy a permitir que ese hombre decida a quién contrato. Si vuelve, avisaremos a la policía. Y usted no se queda sola para demostrar que no tiene miedo.

—Me parece un acuerdo razonable.

—No se acostumbre. Los acuerdos razonables son peligrosamente escasos en mi sector.

Laia las espera junto a la puerta. Al pasar al lado de Carolina, Brigitte descubre que a la empresaria le tiemblan apenas los dedos de la mano con la que ha guardado el móvil.

No sabe si es miedo por ella, por la compañía o por el dinero que Moreau podría retirar.

Puede ser por las tres cosas. La ambigüedad le parece más sincera que cualquier discurso de buenas intenciones.

***

En el contenedor, Sali ha aprendido a distinguir el ruido del viento contra la chapa del paso de los camiones. José María permanece sentado con la espalda cuidadosamente apoyada. Le han conseguido otra manta y una caja de galletas que Fortuna asegura haber comprado a precio de oro.

—No he visto nunca a nadie negociar tan mal con un supermercado —dice José María.

—Las galletas sin azúcar cuestan más —replica Fortuna.

—¿Y por qué las has comprado sin azúcar?

—Porque hay que cuidar la salud.

Sali mira los hematomas de su marido y luego el paquete.

—Eso habría sido un detalle estupendo antes de partirle las costillas.

La broma termina cuando José María intenta cambiar de postura. El movimiento le provoca un dolor tan agudo que deja caer una de las galletas sobre la manta. Susurros lo ayuda sin saber cómo agarrarlo. Sali le aparta la mano de un gesto rápido.

—Ahí no —dice—. Le duele en ese lado.

—Solo quería que no se cayera.

—Pues empieza por no tocarlo como si fuera una maleta.

Fortuna, a quien nadie ha pedido opinión, busca un cojín dentro de una bolsa. Encuentra un chaleco reflectante, dos revistas viejas, un destornillador y un paquete abierto de servilletas. Lo muestra orgulloso.

—Esto sirve para apoyarle la espalda.

—Eso sirve para limpiar un cristal —replica José María—. Aunque reconozco que, si estoy muerto, me vendrá estupendo para dejarme presentable.

—No digas eso —le corta Sali.

José María intenta sonreír y acaba respirando con la boca abierta.

Sali le acerca la botella, vigila que beba despacio y observa cómo la luz que entra por la puerta recorta los hombros de los dos secuestradores.

No hay salvación en aquellas siluetas, pero una parte de ella ha empezado a comprender que tampoco son la misma amenaza que Mikel.

Esa distinción no equivale a perdonarlos.

—Quiero saber una cosa —les dice—. Cuando Julia esté libre, ¿qué vais a contarle de nosotros?

Susurros desvía los ojos. Fortuna finge no haber oído la pregunta y comienza a plegar la bolsa de plástico. Sali reconoce la maniobra: el silencio del hombre que busca que otro mienta por él.

—Os lo pregunto de frente —insiste—. No voy a gritar. Decidme si está herida.

—No la he visto hoy —admite Susurros—. Y no voy a inventarte una respuesta.

—Entonces decídmelo así desde el principio. Tengo a mi marido aquí dentro, a mi hermana en manos de otro loco y a vosotros explicándome las ventajas de las galletas sin azúcar.

José María levanta un dedo.

—Quiero hacer constar que las galletas son bastante malas, además.

Fortuna resopla indignado.

—¡A la próxima os traigo brócoli!

—Trae un médico —responde Sali.

El nombre de la profesión se queda suspendido en el aire.

Susurros no puede prometer una visita sin dar explicaciones sobre dos personas que oficialmente deberían estar muertas.

Se limita a comprobar el pequeño botiquín que guardan allí y a preguntar si José María tiene fiebre.

Sali le toma la mano y describe las respiraciones cortas, el dolor al moverse y las horas que ha pasado sin encontrar postura.

—No te estoy dando una lección de primeros auxilios —le dice—. Te estoy diciendo que puede empeorar aunque esta mañana haga chistes.

Susurros la escucha con una atención inesperada. La noticia de que el dolor tenga consecuencias que no se arreglan con comida parece dejarlo sin repertorio cómico.