7. BRIGITTE #4
—Necesito una respuesta sobre el comunicado. La prensa no va a esperar a que resolváis vuestras diferencias.
—La prensa está preguntando por un asesinato —responde Max—. Que nos preocupe más el comunicado que la víctima ya dice bastante.
—A mí también me preocupa León, no te atribuyas el monopolio del duelo —replica Beatriz—. Pero alguien tiene que seguir pagando los sueldos.
Néstor desliza una hoja por la mesa.
—El laboratorio se queda sin acceso a ciertas bibliotecas mañana si no renovamos los permisos. He señalado las que hay que mantener.
Max toma el papel y encuentra allí dos denominaciones de contratos que conoce por sus comisiones de intermediación. El calor le sube a las mejillas. Dobla la hoja por la mitad.
—¿Es necesario que esas licencias aparezcan todavía bajo tu autorización exclusiva?
—Son herramientas técnicas, Max.
—Eso no responde.
—Pues pregunta de una vez lo que quieres preguntar.
Vicente se remueve en la silla con un gesto de disculpa.
—¿Y si pedimos a Inés que determine qué archivos son indispensables para preservar el trabajo de León? No debería resolverlo yo, que apenas distingo un servidor de una máquina de café.
—Eso nos cuesta dinero —dice Beatriz.
—Más nos costará que nos acusen de haber borrado material de un muerto —responde Max.
Néstor se inclina hacia delante.
—Estáis hablando como si todos los accesos fueran sospechosos. Una empresa tecnológica comparte código, compra servicios, licencia herramientas. No somos delincuentes porque una carpeta lleve el nombre de un tercero.
—Nadie ha dicho eso —contesta Vicente—. Pero tampoco somos inocentes porque lo diga el nombre de la carpeta.
Durante un instante los cuatro se quedan callados. Beatriz es la primera en romper el silencio.
—Voy a contratar una auditoría documental. Una empresa externa. Sin esos amigos de cada departamento a quienes siempre les debemos favores.
—Quiero participar en la elección —dice Max.
—Yo también —añade Néstor.
—Naturalmente —murmura ella—. Porque cuando huele a revisión todo el mundo se vuelve muy democrático.
Vicente pide la palabra con una seriedad que provoca un resoplido de Max.
—Una cosa sencilla, por favor. Si hoy se decide preservar los registros, que quede en acta quién da la orden, a quién se comunica y desde cuándo tiene efecto. Después cualquiera puede contar que creyó haber oído otra cosa.
—Hazlo tú, que siempre estás dispuesto a llevar papeles —dice Beatriz.
—Preferiría que lo redactara secretaría y lo revisáramos todos. Soy un peligro para las comas.
Max acepta, Néstor exige que la conservación no paralice la empresa y Beatriz dicta a la secretaria una resolución de alcance limitado que protege tanto el trabajo operativo como los originales necesarios para una eventual pericia.
Nadie sale satisfecho. Los tres consejeros con asuntos que ocultar observan a los demás como si la iniciativa hubiera sido una emboscada.
Vicente recoge su cuaderno y pregunta si alguien desea acompañarlo a comer. Ninguno responde.
Cuando salen, Sandra los observa desde su mesa. Por sus expresiones distingue que no hay tranquilidad detrás de ninguna puerta. Vicente se detiene ante ella para preguntar si ha comido. La pregunta, tan poco habitual en aquella planta, la desconcierta.
—No todavía —contesta.
—Pues hágalo. No vamos a resolver lo que hicieron otros dejándonos morir de hambre.
El socio se marcha con su carpeta bajo el brazo. Sandra no deduce ninguna virtud particular de su amabilidad. Los cuatro propietarios la necesitan, cada uno por motivos distintos, y eso le ha empezado a parecer más peligroso que las humillaciones de Beatriz.
Aarón llega a NEXORA cuando la reunión ha terminado. Ha cambiado la camisa que llevaba por la mañana, pero no ha conseguido cambiarse el rostro. En la planta de dirección encuentra a Sandra trabajando y se queda junto a su mesa sin saber si saludarla.
—¿Puedes venir un momento? —pregunta.
—Si es por el informe de gastos, déjalo en administración.
—No es por eso.
—Entonces haz una cita, Aarón. Hoy parece que el tiempo cuesta dinero.
Él ve la puerta entreabierta del despacho de Beatriz y baja la voz.
—Estoy preocupado por lo de León.
Sandra aparta un cable del teclado y lo enrolla cuidadosamente. Es un gesto mínimo, pero obliga a Aarón a esperar.
—León está muerto —dice ella—. No hables como si hubieras perdido unas llaves.
—No he dicho eso.
—Siempre escoges frases que no dicen nada. Es una habilidad.
Aarón se frota las manos. Quiere contarle que ha conservado copias de determinados desplazamientos, que las peticiones de seguimiento llegaron a través de intermediarios y que las respuestas que le dieron sobre la finalidad del encargo eran tan vagas como él deseaba que fueran. Ninguna palabra sale completa.
—He consultado con un abogado —repite.
—Entonces escucha a tu abogado. A mí no me pidas que me convierta en una coartada.
Beatriz aparece al fondo del pasillo. Se detiene al verlos.
—Aarón. Te he llamado tres veces.
—Lo he visto.
—Necesito hablar contigo.
Sandra recoge la carpeta que tiene sobre la mesa. Beatriz le pregunta por un pago urgente; ella explica que todavía falta una autorización y señala el documento. La consejera lo mira sin leerlo.
—No me vengas ahora con procedimientos —murmura.
—Usted pidió que todo quedara registrado —responde Sandra, cuidando de que su voz no tiemble—. Lo estoy registrando.
Durante un segundo parece que Beatriz va a contestar algo irreparable.
Después entra en su despacho y hace una seña a Aarón.
Él no se mueve inmediatamente; mira a Sandra, pero la secretaria ya ha regresado a la pantalla.
En el reflejo negro del monitor distingue la espalda de ambos alejándose.
No sabe qué le duele más: que sigan juntos o que ahora le importen más las cuentas que los celos.
***
En el periódico, Rosana Rico y Andrius llevan una hora discutiendo sobre una copia de seguridad.
Él no es técnico informático y tiene el valor imprudente de reconocerlo.
Rosana le enseña las solicitudes de conservación enviadas a comercios y edificios que podrían haber registrado el paso de la furgoneta.
—Tenemos un vehículo con un rótulo —dice ella—. No una dirección.
—Y una matrícula incompleta que los investigadores están intentando reconstruir. Usted y yo no debemos ir por ahí llamando a propietarios como si fuéramos policías.
—No quiero ser policía. Quiero encontrar a Julia.
Andrius aparta su bolígrafo de la mesa. Es un hombre que suele esconder la inquietud detrás de formalidades, pero últimamente las fórmulas jurídicas no consiguen disimularle el cansancio.
—Mi trabajo no me sirve de gran cosa cuando pienso en ella —confiesa—. León dejó una carta porque temía que algo terminara mal. Yo cumplí lo que me pidió. Y ahora hay otra persona desaparecida.
Rosana baja la voz.
—No vamos a encontrarla quedándonos en un despacho, pero tampoco persiguiendo a cualquier furgoneta blanca. Necesito saber qué cámaras se han conservado y cuáles ya tienen los policías. Quiero seguir el rastro sin estorbarles.
Él señala una anotación.
—Esta empresa de mantenimiento contratada por el edificio asegura que no envió a nadie aquel día. Podemos pedirles una confirmación documental. Servirá para demostrar que los falsos técnicos no eran un error administrativo.
—Eso ya lo he explicado tres veces.
—Y lo volverá a explicar una cuarta si es necesario, pero esta vez tendrá un papel firmado que lo acompañe.
Rosana sonríe por primera vez aquella mañana.
—¿Todos los abogados sois así de pesados?
—Los buenos cobramos por hora. Yo llevo varios días perdiendo dinero con usted.
La risa dura poco. En su escritorio, una fotografía de Julia muestra a su compañera a la salida de una rueda de prensa, con una carpeta doblada bajo el brazo y la boca abierta en mitad de una discusión. Rosana vuelve a mirarla antes de llamar a Cata para confirmar qué documentación puede entregar.
Cuando por fin consigue hablar con Cata, Rosana apoya el codo sobre la mesa y deja de fingir que el cansancio no existe.
—Tengo dos cuestiones —dice—. La empresa de climatización insiste en que los hombres que vinieron no eran suyos. Y un comercio de la esquina me ha confirmado que conserva las grabaciones de aquella tarde, pero quiere una petición oficial antes de darlas.
—No le pida que se las entregue usted —responde Cata—. Dígale que no las borre y facilíteme un contacto. Lo tramitaremos.
—Ya se lo he dicho. Me preguntó si podía dejarlo para la semana próxima.
—¿Qué le respondió?
—Que para la semana próxima quizá ya no quede nada.
Al otro lado de la línea Cata hace una pausa. Se oye el movimiento de una puerta y el saludo rápido de otro agente.
—Eso es importante. Anote a quién se lo dijo y a qué hora. No porque su palabra no valga, sino porque algunas cámaras sobrescriben el material cada pocos días. Si logramos conservarlo, podremos solicitarlo conforme al procedimiento.
Rosana le dicta el número del comercio. No pregunta si ya tienen una pista definitiva. Sabe lo que significa escuchar todos los días las mismas respuestas.
—¿Crees que la encontraréis? —pregunta de todos modos.
—Estamos trabajando para eso. Hoy sé más de los movimientos de aquella furgoneta que ayer, pero no puedo convertirlo en una dirección. Si surge algo que pueda contarle, la llamaré.
—A Julia la conozco desde hace años. Se hace la valiente cuando tiene miedo. No sé si le servirá saberlo.
—Me sirve saber cómo reacciona —contesta Cata—. También que tenga a alguien esperándola.
Rosana cuelga y permanece un rato mirando la mesa. Andrius se encuentra junto a la ventana. A través del cristal se ven las fachadas estrechas, los balcones con ropa tendida y un repartidor que intenta girar una moto sin soltar el teléfono.
—Usted ha sido muy prudente —le dice ella—. ¿No le dan ganas de salir y registrar media Barcelona por su cuenta?
—Me dan ganas de hacer muchas cosas que luego tendría que explicarle a un juez.
—Eso no responde.