Julia ¿Dónde estás? 7. BRIGITTE #3
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7. BRIGITTE #3

—Y yo puedo ofrecerle una puerta que no esté cerrada de antemano. De momento, me parece suficiente.

No se estrechan la mano. Carolina sale hacia su despacho porque tiene dos llamadas pendientes y un banco que exige revisar una garantía.

Brigitte vuelve al laboratorio con una incomodidad nueva: la empresaria no ha dicho nada que pruebe su inocencia, pero tampoco la ha tratado como una herramienta para extraer secretos.

***

La subinspectora Caterina Fortuny Blanc recibe a Sandra en una sala pequeña donde la ventana da a un patio de servicio. Ha pedido que la visita quede registrada como nueva comparecencia, no como conversación oficiosa. Sandra parece sorprendida.

—¿Tiene que anotarlo todo?

—Lo importante, sí. Si mañana tenemos que recordar lo que dijo, prefiero no depender de mi memoria ni de la suya.

Sandra mira la grabadora apagada.

—No he venido a denunciar a nadie.

—Entonces explíqueme a qué ha venido.

—Hay gastos que figuran en dos presupuestos distintos y terminan pagándose dos veces. No sé si está relacionado con León.

Cata no alarga la mano hacia un documento inexistente.

—¿De qué partidas habla?

Sandra menciona un contrato de consultoría, una línea de subvenciones y una regularización fechada antes de que se aprobaran unas facturas.

Cata pide distinguir lo que Sandra ha visto de lo que le han contado.

La mujer se impacienta, pero responde. Cuando Cata le pregunta por Beatriz, Sandra tarda más.

—Antes de seguir necesito entender los términos —dice Cata—. Una cosa es a qué se destina el dinero y otra si se ha pagado. ¿Me está diciendo que hay facturas repetidas, gastos aprobados dos veces o trabajos que nunca se hicieron?

Sandra se endereza. La pregunta, por concreta, la obliga a abandonar la seguridad de las insinuaciones.

—Había una adjudicación para consultoría. Después llegó otra factura que justificaba una asistencia técnica en los mismos días. Nadie quería enseñarme partes de trabajo. A mí me tocaba preparar la conciliación.

—¿Quién firmaba?

—Las órdenes las validaba el área correspondiente. Algunas se remitían después al despacho de Beatriz para su aprobación final. No siempre en ese orden.

—¿Puede consultar quién dio el visto bueno a esos pagos?

—Lo tenía. Ya no sé qué accesos conservaré mañana.

Cata anota una fecha y deja que Sandra termine de beber el agua que le ha ofrecido.

—¿Vio usted una transferencia a una cuenta particular?

—No. Vi documentos que deberían corresponder a prestaciones distintas y parecían justificar la misma. No voy a decirle que alguien se quedó el dinero si no puedo demostrarlo.

—Hace bien. ¿Quién le indicó cómo tramitar esas facturas?

—Beatriz pidió que se agilizaran los cierres. El detalle venía de administración. Max preguntó por alguna de las operaciones. Néstor reclamaba que ciertas licencias se registraran como propias. Cada uno miraba su parte.

—¿Y usted?

Sandra sonríe con cansancio.

—Yo miraba lo que no encajaba, y después me iba a casa pensando que el lunes lo resolveríamos. Los lunes no arreglan nada por sí solos, ¿verdad?

—No. Pero las fechas ayudan a reconstruir lo que hizo cada persona. Por eso necesito las suyas.

Sandra abre el bolso y extrae una libreta sin mostrársela todavía.

Lee dos referencias que recuerda haber copiado cuando los archivos informáticos comenzaron a cambiar de sitio.

Cata comprueba la grafía, solicita que no reconstruya de memoria los importes y pregunta por la procedencia de aquellas anotaciones.

Sandra explica dónde trabajaba, quién estaba presente y qué pantallas podía consultar por su cargo.

—¿Me está tomando declaración? —pregunta al final.

—Estoy recibiendo lo que quiere contarme. Si formalizamos unas manifestaciones y aportación de documentos, quedará identificado qué ha dicho y cómo lo sabe. Eso protege la investigación y permite que sus palabras sean examinadas después. Hoy no voy a pedirle que improvise pruebas.

—¿Y si mi jefa descubre que he venido?

—No puedo asegurarle que nunca lo sepa. Sí puedo explicarle qué puede hacerse ante una amenaza concreta y qué no podemos prometerle. ¿La han amenazado?

Sandra abre la boca, pero la vuelve a cerrar. Recuerda un comentario de Beatriz sobre quienes olvidan la lealtad que deben a la empresa. No es una amenaza que pueda describir sin convertir un desprecio en algo más.

—No como usted lo está preguntando —admite—. Pero tengo miedo de perderlo todo.

Cata no le ofrece una victoria anticipada. Deja el bolígrafo sobre la mesa, las manos visibles, y pregunta si desea continuar. Sandra responde que sí. Por primera vez desde que empezó aquella historia, hablar no le parece una manera de aumentar la mentira.

—Trabajar para ella no es fácil.

—Eso no constituye un delito.

—Ya lo sé. Si quisiera denunciar malos modales, necesitaríamos toda la tarde.

Cata dibuja una raya bajo una cifra.

—Usted conserva documentos, ¿verdad?

Sandra mira por la ventana. Se oye un carro rodando por el patio.

—Conservo mi trabajo —dice—. Y quizá algunas cosas que no deberían haberse hecho así.

—No le voy a prometer protección de una investigación que todavía no conozco.

Tampoco voy a aconsejarle que saque documentos a escondidas.

Si tiene registros obtenidos legalmente por su trabajo, puede ponerlos a disposición de la investigación con su procedencia identificada.

Si teme alguna responsabilidad personal, busque asesoramiento antes.

Sandra se levanta, descontenta con aquella respuesta que no facilita una salida fácil.

—Pensaba que querría que me arriesgara un poco.

—Quiero que pueda explicar dentro de un mes lo mismo que me ha dicho hoy. Sin que su miedo ni mi prisa nos hagan perder las pruebas.

—Hay otra cosa —añade Sandra cuando Cata empieza a recoger sus notas—. Conozco a Aarón Vidal.

La subinspectora alza la vista sin sorpresa aparente.

—¿En qué circunstancias?

—Nos hemos visto fuera de la oficina.

—¿Quiere declarar algo relacionado con la investigación?

Sandra se muerde el labio. Podría contarle los meses de mensajes borrados, las excusas, la forma en que él aparecía por su casa y desaparecía a la mañana siguiente. No está segura de que nada de aquello pertenezca a un expediente policial.

—No sé qué les ha contado sobre León. Solo sé que últimamente tiene mucho miedo. Y que no está diciéndome la verdad.

—Su vida privada no me ayuda a averiguar qué le ocurrió al señor Núñez de Galindo. Si conoce un desplazamiento o una entrega de información que pueda comprobarse, eso sí sería relevante.

—Entonces vendré cuando sepa distinguir una cosa de la otra.

Cata la acompaña hasta la puerta. Antes de salir Sandra mira el cartel que pide apagar los teléfonos. Durante su visita no ha sonado el suyo una sola vez. Esa quietud inesperada, lejos de tranquilizarla, la hace pensar en cuántas llamadas encontrará al encenderlo.

Sandra asiente. Sale con el bolso cerrado y la carpeta todavía en NEXORA. Pero en el ascensor llama a Aarón.

—He estado con Blanc —anuncia.

—¿Qué le has dicho?

—Lo suficiente para que sepa que hay cuentas. No lo suficiente para arreglarte tus problemas.

—Sandra, escúchame...

—No. Esta vez vas a escucharme tú. No pienso hundirme porque tú no sepas decidir de qué lado estás.

Cuelga. La puerta del ascensor se abre en la calle y el ruido del tráfico le permite respirar sin oír la voz de Beatriz dentro de su cabeza.

***

En el despacho del consejo de NEXORA, Beatriz ha convocado a los otros tres accionistas sin permitir que sus secretarías conozcan el motivo.

Max permanece junto a una estantería de premios empresariales que nadie ha limpiado desde el asesinato.

Néstor ha llegado con una carpeta de registros técnicos.

Vicente, último en entrar, tropieza levemente con la pata de una silla y se disculpa mientras busca sitio.

—No podemos dejar que la empresa entera crea que los policías van a cerrarnos mañana —empieza Beatriz—. Quiero un comunicado interno.

—Uno que no mienta —responde Max.

Ella le dirige una mirada de advertencia.

—Uno que no comprometa nuestra posición jurídica, Max. Hay una diferencia.

—¿Y qué decimos de León? —pregunta él—. Sus compañeros no dejan de preguntarme si vamos a cancelar el laboratorio. Era amigo mío. No pienso referirme a su muerte como «una incidencia ajena a la actividad».

Néstor tamborilea con los dedos sobre la carpeta.

—Si el laboratorio sigue abierto con permisos de acceso cambiantes, no habrá manera de validar ARGOS. Alguien tiene que decidir qué pueden consultar Inés y los investigadores.

—Precisamente lo que pidió ella —contesta Beatriz—. Seguridad y un registro de quién hace cada cambio. ¿O te molesta que anoten quién entra?

—Me molesta que conviertas una cuestión técnica en un interrogatorio delante del consejo.

Vicente levanta la mano como si estuviera en una clase demasiado seria.

—Perdonad que interrumpa una discusión tan provechosa. ¿Alguien ha preguntado a los técnicos cuánto necesitan para conservar las pruebas sin seguir gastando como si tuviéramos un mes para presumir?

—Tenemos dinero para nóminas —responde Beatriz.

—Hasta donde sabemos —replica Vicente—. Y lo que no sabemos es lo que me preocupa.

Max mira de nuevo la fotografía de un premio.

—Yo quiero hablar de las compras de equipos. Hay contratos que tendrán que revisarse.

Néstor se vuelve hacia él con frialdad.

—No tires de ese hilo si no estás preparado para enseñar tus manos.

—Mis manos tendrán lo que tengan —responde Max—. Pero las tuyas también.

La discusión acaba con la firma de una instrucción de preservación de registros que ninguno considera del todo inocente.

Max exige una revisión externa de determinadas compras; Néstor pide no paralizar ARGOS; Beatriz aprueba la medida por razones empresariales, y Vicente insiste en que todo quede fechado.

La secretaria recoge el documento original y prepara copias para los cuatro.

Beatriz golpea la mesa con la palma abierta, no lo bastante fuerte para parecer fuera de sí, sí lo suficiente para interrumpirlos.