7. BRIGITTE #2
No sabe si le duele más su cobardía o haberla reconocido tan tarde.
Durante meses confundió la discreción con la intimidad y las promesas con las decisiones.
Cuando descubrió que Aarón seguía unido a Beatriz, aquella explicación de los compromisos, de las apariencias, de un mal momento para romper, empezó a parecerle una lengua extranjera.
Sin embargo, los números que guarda en su carpeta no son una venganza amorosa.
Los comprobó antes de llegar a odiarlo; eso la obliga a ser cuidadosa.
En una pantalla del vestíbulo aparece el logotipo de NEXORA sobre un paisaje de aerogeneradores.
Alguien ha añadido un eslogan: «Decisiones que protegen».
Sandra se detiene frente a él. Se pregunta cuántos de quienes han cobrado por aquella frase saben a qué se ha dedicado realmente parte del dinero.
Y se pregunta si ella también ha cobrado por cerrar los ojos.
Esa segunda pregunta le resulta más difícil.
***
La sala reservada de FILEXA tiene una pared de cristal esmerilado y una mesa tan larga que obliga a levantar la voz cuando se quiere parecer importante.
Sébastien Moreau llega sin acompañantes visibles.
El calor de la calle no ha alterado la caída de su chaqueta oscura ni la compostura de sus movimientos. Carolina lo recibe en el umbral.
—Temía que me trajera otra oferta —le dice.
—Le he traído paciencia.
—Es el producto más caro de su catálogo.
Sébastien sonríe y descubre a Brigitte junto a Laia, al otro lado de la mesa. La observa apenas un segundo más de lo que requiere la cortesía.
—No nos conocemos —dice en francés.
—No, monsieur —responde ella en el mismo idioma.
—¿De qué región es?
—He trabajado en París y en Lyon. Mis padres cambiaban de domicilio más que de opinión.
—Entonces conoce los dos grandes defectos de Francia: la gente de París y la gente que habla de París.
Brigitte deja escapar una risa involuntaria. Carolina aprovecha para señalar las pantallas.
—Antes de convertir esto en una reunión de antiguos alumnos, les enseño el problema que no he querido esconderle.
Laia expone el ensayo fallido, muestra la discrepancia y responde durante varios minutos a las preguntas del financiero.
Sébastien no entiende todos los detalles, pero entiende lo suficiente para preguntar por el plazo.
Carolina le explica que el programa necesita pruebas que demuestren que funciona, no un retoque de apariencia.
Moreau se inclina hacia el monitor sin tocarlo. Es un hombre acostumbrado a estudiar el rostro de quien le responde. Laia nota que él presta más atención a sus vacilaciones que a las cifras y se obliga a mantener las manos quietas.
—¿El fallo se reproduce siempre? —pregunta.
—En esas condiciones, sí —contesta Laia—. En otras, todavía no hemos determinado el comportamiento.
—Entonces quizá el informe exagera.
—No —interviene Brigitte—. Exagera la versión que no reconoce una duda. Una máquina que no sabe puede ser útil si lo dice. Una máquina que se equivoca y asegura saberlo todo es peligrosa.
Sébastien desplaza la mirada de una científica a la otra.
—Una diferencia muy hermosa desde el punto de vista filosófico. A mis socios les preocupa cuánto tardará en facturarse.
—A mí me preocupa cuánto tardará alguien en confiar en ella —responde Laia—. Si el resultado no puede verificarse, no vamos a venderlo como una garantía.
—No he pedido garantías —dice él—. He pedido un calendario comercial.
Carolina ha permanecido de pie junto a la ventana. Se vuelve con una carpeta abierta.
—Ya le dimos un calendario. Incluye pruebas independientes y la posibilidad de detenernos si algo falla. No voy a quitar esa última condición para satisfacer a sus inversores.
—A veces parece que desea espantarme.
—A veces parece que usted desea comprar una empresa y recibir otra distinta.
Moreau acepta el comentario con una sonrisa cortés.
Brigitte advierte que, cuando Carolina discute, él rara vez eleva la voz; responde a la palabra que más le conviene y deja caer el resto.
La táctica funciona con personas que necesitan aprobación.
Con Carolina encuentra una resistencia que parece divertirlo.
—Una pregunta para mademoiselle Monarch —dice, volviendo a la pantalla—. ¿Podemos demostrar que el núcleo de esta herramienta pertenece a FILEXA?
La pregunta deja un silencio en la mesa.
—Sabemos qué herramientas utilizamos. Demostrar que nos pertenecen es otra cosa. No he revisado esos contratos.
—Naturalmente. Le pregunto por los hechos técnicos.
—Y le respondo sobre hechos técnicos.
Laia muestra una lista de las piezas utilizadas. Algunas están señaladas porque su procedencia todavía ofrece dudas.
—¿Por qué hay partidas señaladas? —pregunta Sébastien.
—Porque todavía tenemos que discutir su origen contractual —dice Carolina—. Puede volver a su despacho y fingir que nunca las ha visto. Yo no pienso hacerlo.
—Tal vez su prudencia resulte cara.
—La imprudencia suele venir con intereses. Pregúntele a cualquiera que haya tenido que indemnizar por una promesa falsa.
Brigitte observa la palabra «procedencia» en el informe y recuerda los correos que León había dejado de contestarle durante las semanas anteriores a su muerte.
Quiere preguntar por él, por su trabajo, por las visitas recibidas en NEXORA.
Se contiene: esa mesa es el lugar de una negociación empresarial; su pregunta podría recibir una contestación preparada y no sabría qué hacer con ella.
—¿Aceptan una auditoría independiente del conjunto de datos? —pregunta Moreau.
—Cuando sepamos quién la realiza, para quién trabaja y qué podrá ver —contesta Carolina—. No vamos a abrir el laboratorio a una docena de curiosos por el precio de dos cafés.
Sébastien hace una anotación, pero no muestra a nadie lo que ha escrito. Al marcharse llevará consigo un cronograma más lento y una certeza incómoda: las dos científicas no van a firmar cualquier resultado para que él pueda presentarlo como victoria.
—Mis inversores no financian dudas indefinidamente —responde él.
—Entonces tendrán que financiar trabajo. Es menos vistoso y bastante más útil.
—¿Qué papel tiene mademoiselle Monarch?
Brigitte contesta antes de que Carolina pueda presentarla como garantía del éxito.
—Evaluar si las conclusiones se sostienen y dejar constancia de lo que no puede verificarse. No certifico resultados que todavía no existen.
Sébastien inclina la cabeza.
—Habla como alguien a quien han pedido demasiadas veces una buena noticia.
—Hablo como alguien que ha visto lo que pasa cuando una mala noticia se esconde demasiado tiempo.
Él la mira con una atención nueva. Brigitte piensa en León y en la última conversación científica que mantuvieron, aquella en la que su padrino se había mostrado extrañamente cansado. No lo menciona.
El encuentro termina sin firma. Sébastien acepta recibir una demostración limitada cuando el equipo la considere reproducible, pero insiste en una condición que le permita intervenir en futuras decisiones técnicas. Carolina le devuelve el papel tachado.
—Financiar una empresa no le da derecho a entrar en mi laboratorio y decidir qué resultado aparece en una pantalla —dice.
—Señora Rius, todo inversor desea conocer el riesgo que compra.
—Pues ahí lo tiene. Lo hemos puesto en rojo para que no se esfuerce buscándolo.
En el pasillo Sébastien se demora junto a Brigitte.
—¿Le gusta Barcelona?
—Todavía la estoy conociendo.
—Tiene ciudades hermosas Francia, pero a veces es bueno alejarse de casa para saber qué se ha dejado allí.
—A veces uno se aleja porque alguien que esperaba encontrar ya no está.
Él percibe la gravedad repentina de la respuesta.
—Perdone. No quería ser indiscreto.
—No lo ha sido. He venido por una pérdida familiar.
—Entonces le deseo que aquí encuentre algo más que trabajo.
Por primera vez desde su llegada, Brigitte no sabe si la amabilidad del hombre es una técnica o una forma auténtica de cortesía.
Sébastien no insiste. Le ofrece una tarjeta sin anotaciones personales, se despide de Carolina y sale.
En la calle, tras una esquina, se detiene a responder una llamada.
Brigitte lo ve desde el cristal sin oír una palabra.
Carolina sigue al visitante hasta la puerta del ascensor y espera a que se cierre. Cuando se vuelve, descubre que Brigitte continúa junto al cristal, mirando un punto de la calle donde ya no hay nadie.
—¿Qué impresión le ha causado? —pregunta.
—Es amable cuando lo decide.
—La amabilidad no es una profesión. Aunque haya quien viva de ella.
—¿Confía en sus inversores?
—Confío en que quieren ganar dinero. Por eso hablamos un idioma común. Lo demás hay que escribirlo y firmarlo.
Brigitte tarda en formular la siguiente pregunta.
—¿Estuvo alguna vez interesado en el trabajo de León Núñez de Galindo?
Carolina no se sobresalta, pero aparta la carpeta de la mesa y la cierra.
—Yo estuve interesada en León —responde—. Quise contratarlo. No quiso venir. El señor Moreau preguntó por el proyecto, como han preguntado media docena de inversores. Ahora me dice que tiene usted motivos personales para investigar esa relación.
—León era mi padrino.
Por primera vez Carolina renuncia a la réplica ingeniosa.
—Lo siento —dice, sin adornar las palabras—. No sabía que venía aquí con ese peso.
—No vine para que nadie me diera el pésame. Vine porque quiero trabajar y porque hay cosas que no comprendo.
—Son dos motivos distintos. Procure no confundirlos; hay gente que los confunde por usted.
Brigitte mira el reflejo de ambas en el cristal: la ejecutiva con un traje que parece no arrugarse nunca y la científica con una libreta bajo el brazo, mucho menos segura de su decisión de lo que estaba esa mañana.
—¿Me está diciendo que me vaya?
—Le estoy diciendo que, si se queda, no le pagaré por averiguar quién mató a su padrino. Para eso están los policías. Aquí quiero a alguien que me señale cada error aunque me haga perder un contrato.
—Eso sí puedo hacerlo.