Julia ¿Dónde estás? 7. BRIGITTE
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7. BRIGITTE

La primera mañana de Brigitte Monarch en FILEXA empieza con un error que, esta vez, todos desean encontrar.

Las persianas del laboratorio están a medio bajar para proteger los monitores del sol de Barcelona.

Sobre la mesa central descansan tazas de café, tres cuadernos abiertos y una caja de conectores que alguien ha etiquetado, sin mucha esperanza, «varios».

Laia Pons ha dormido cuatro horas. Brigitte lo sabe por la manera en que la directora técnica mira la máquina de café antes que las pantallas.

—No te he pedido que vengas tan temprano —le dice Laia.

—Si el sistema aprende a equivocarse a las ocho, a las diez ya tiene práctica.

—Veo que Carolina ha contratado a otra persona insoportable.

—Por tres jornadas. Puede que tengáis suerte.

Laia le acerca una silla. Durante una hora comparan pruebas que, ante situaciones casi idénticas, ofrecen respuestas contrarias. Brigitte examina un resultado, pide comprobarlo y señala algo que nadie había advertido.

—Aquí —dice Brigitte, señalando la pantalla—. El programa no reconoce una ausencia de información. La interpreta como si todo estuviera bien.

—No es el único que hace eso en esta empresa.

—¿Hablamos del programa o de Carolina?

—Con Carolina nunca sé si hay una tercera opción.

Laia repite la prueba. Cambia un dato y la máquina responde con una seguridad que ninguna de las dos comparte.

Laia se quita el reloj y lo deja junto al teclado. Aquel fallo podría llevar meses escondido detrás de una presentación brillante.

—¿Por qué asegura algo que no puede saber? —pregunta.

Brigitte revisa el trabajo anterior y encuentra una decisión que le llama la atención.

—¿Quién decidió qué hacer cuando faltaran datos?

—Nos pasaron unas herramientas para completarlos.

—¿Quién?

—El equipo de Néstor. Ya estamos revisando de dónde salieron.

Brigitte señala una casilla en la pantalla.

—Aquí han confundido «no sabemos» con «no ha pasado nada». Es peligroso.

—Ya lo veo.

—No me preocupa solo el error —continúa Brigitte—. Me preocupa que alguien enseñara esto como una garantía.

Laia expulsa el aire lentamente. No le gusta el tono de la recién llegada, pero sí que haya puesto el dedo en una herida verdadera.

—Carolina quiere resultados. Y a veces pregunta por ellos tres veces antes de que terminemos la primera respuesta.

—Eso no significa que tengáis que dárselos. Un dato incompleto no es una enfermedad vergonzosa.

—Has conocido a Carolina durante media tarde y ya hablas como si pudieras explicarle algo.

—No pretendo explicarle su empresa. Solo pretendo que, si un operario deja de avisar de un sobrecalentamiento porque nuestra máquina le ha mostrado una luz verde, sepamos por qué lo hizo.

Laia abre una de las pruebas antiguas. Aparece una nota que ninguna de las dos había visto.

—Aquí alguien pidió que desaparecieran las respuestas dudosas para que el resultado pareciera más claro.

—¿Dirección técnica o dirección general?

—¿Te parece relevante?

—Si un día tenemos que explicar cómo falló, a la persona que se juegue la vida con esto le parecerá relevante.

Laia señala las notas que han encontrado. Hay iniciales, no nombres. Las dos acuerdan repetir las pruebas y dejar constancia del fallo antes de tocar nada.

—Dos ensayos, dos informes —dice Laia—. Carolina se va a volver loca.

—Que se vuelva loca por tener demasiado que leer. Es preferible a que se vuelva loca cuando haya un accidente.

Brigitte observa a Laia. No todos aceptan que una desconocida les señale un error delante de su propio equipo. Ella sí.

—Ahora sí que tenemos algo que enseñar —dice.

—Tenemos algo que explicar. Enseñarlo es distinto.

Carolina aparece en la puerta con dos contratos bajo el brazo.

Lleva un traje de lino color arena y el cabello recogido, con un pendiente de oro que se mueve cuando vuelve la cabeza.

Escucha la explicación sin interrumpir. Después pide repetir el fallo ante ella.

En la pantalla surge un aviso verde, impecable, para una conclusión evidentemente equivocada.

—¿Eso habríamos presentado a los inversores? —pregunta.

—Con otra tipografía —contesta Laia.

Carolina suelta una carcajada seca.

—Bien. Nadie vuelve a tocar la presentación hasta que sepamos reconocer una mentira, aunque venga vestida de verde. Y necesito a las dos esta tarde. Moreau quiere conocer el estado de la negociación.

Brigitte levanta los ojos de las anotaciones.

—¿Estará aquí?

—Si no cambia de idea tres veces antes de comer. ¿Le preocupa?

—No lo conozco.

—Esa es una respuesta más sensata que la de la mayoría de quienes aseguran conocerlo.

Carolina se marcha sin explicar si aquello es un elogio o una advertencia.

Brigitte vuelve a la pantalla, pero ahora le cuesta un poco más concentrarse.

No ha venido a FILEXA porque confíe en Carolina.

Tampoco porque la policía se lo haya pedido.

Ha venido porque el camino que conduce desde la investigación de León hasta el dinero de sus últimos meses parece cruzar aquella empresa.

Y porque estar sentada ante problemas científicos reales es la única manera que conoce de impedir que el dolor ocupe todas las horas.

Una vez sola, Brigitte busca su abrigo en el respaldo de la silla y tropieza con una nota escrita en su cuaderno.

Es una costumbre heredada de León: en lugar de limitarse a registrar resultados, anotar también qué pregunta se hizo antes de obtenerlos.

Él decía que la memoria humana inventa preguntas mejores cuando ya conoce la respuesta.

«Y luego parece que somos todos unos genios», añadía, con esa risa suya que empezaba en la garganta y acababa obligándolo a quitarse las gafas.

Recuerda una tarde en que lo vio discutir con una joven investigadora por una prueba que había salido mal.

Brigitte, entonces estudiante, esperaba una reprimenda.

León le ofreció a la muchacha una silla y le pidió que repitiera exactamente cada operación.

No buscaba una confesión; quería encontrar el instante en que habían empezado a contar una historia distinta de lo ocurrido.

Ahora está muerto. Esa certidumbre le llega por oleadas y a veces le corta la respiración a mitad de una tarea sencilla.

Lo que más la enfurece no es llorar de improviso, sino descubrir que el mundo puede seguir pidiendo contraseñas, aparcamientos y formularios como si la ausencia de León no hubiera alterado nada.

Laia regresa a por una carpeta y la encuentra con las manos apoyadas en el borde de la mesa.

—¿Te encuentras bien?

—Sí. Ha sido un recuerdo.

—Aquí los recuerdos están mal pagados. Las horas extras, peor.

Brigitte agradece el intento de normalidad. Se sienta y escribe tres preguntas para llevar a la reunión. Entre ellas no aparece el nombre de León. Todavía no ha decidido cuándo pronunciarlo frente a Moreau.

***

En NEXORA, Sandra Beltrán pasa la mañana devolviendo llamadas que Beatriz no quiere recibir.

La jefa ha dejado sobre su mesa una pila de facturas con notas a mano y la instrucción de localizar a quienes todavía no han respondido.

Sandra reconoce tres nombres, dos importes y una secuencia de pagos cuyo origen conoce demasiado bien.

—¿Ha venido el señor Vidal? —pregunta Beatriz desde la puerta.

—No lo he visto.

—Cuando aparezca, dígale que no estoy para sus crisis de conciencia.

Sandra baja los ojos al teclado. Aarón lleva horas sin contestar sus mensajes y dos días evitando quedarse a solas con ella. Beatriz, en cambio, lo nombra con aquella familiaridad despreocupada que durante meses ha convertido cada mañana en una humillación.

—¿Le preparo también lo de la asesoría? —pregunta Sandra.

—Prepáreme lo que le he pedido. Si necesita instrucciones para ordenar cinco facturas, buscaré a alguien que las entienda.

Cuando la puerta se cierra, Sandra permanece inmóvil.

Luego abre el archivador bajo llave, extrae una carpeta de apuntes de conciliación y comprueba que las copias que guardó semanas atrás siguen allí.

No necesita apropiarse de nuevos documentos; ya conserva registros a los que tuvo acceso por sus funciones.

Tampoco sabe cuánto podrá demostrar con ellos.

Sabe, en cambio, que hay cifras que no coinciden y firmas que aparecen en autorizaciones que nadie quiere explicar.

El teléfono vibra. Aarón.

—Tengo que verte —dice él.

—Qué novedad. Pensaba que habías perdido mi número.

—No empieces.

—Pues no me hagas empezar tú. ¿Has vuelto a hablar con la policía?

—He pedido un abogado.

Sandra deja de mirar el ordenador.

—¿Para qué?

—Para dejar de ir a las reuniones sin saber qué me pueden preguntar. Quiero contar lo que hice, pero no voy a inventarme el nombre de una persona a la que no vi.

—¿Y lo que hiciste puede salpicarme?

Aarón tarda lo suficiente en contestar para que ella comprenda que ha vuelto a equivocarse confiando en él.

—No lo sé, Sandra.

—Por primera vez en tu vida me das una respuesta creíble.

Cuelga antes de que él pueda disculparse. Abre el bolso y guarda una libreta pequeña, no la carpeta. Todavía no está preparada para entregarlo todo. Pero decide que esa tarde volverá a ver a Cata.

Sandra no sale inmediatamente del edificio.

Antes de bajar a la calle atraviesa el pasillo donde los empleados acostumbraban a dejar las bandejas del almuerzo.

Ya casi nadie se reúne allí. Las conversaciones se han trasladado a los despachos cerrados y el ruido de la máquina de café ha quedado como una forma miserable de compañía.

El móvil vuelve a vibrar. Esta vez Aarón ha enviado tres mensajes. «No te he mentido sobre León». «Estoy intentando arreglarlo». «No hagas nada sin hablar conmigo». Sandra los lee y responde solo al último: «Dejaste de tener derecho a darme instrucciones hace tiempo».