6. FILEXA #10
—Después sabremos si nos soportamos.
Carolina ríe.
—Me parece una condición que debería figurar en todos los contratos. ¿Ha revisado la cláusula de confidencialidad?
—Sí. He señalado dos cambios. Uno protege mis investigaciones anteriores. El otro evita que tenga que certificar que una tecnología es original solo porque usted me ha dicho quién la vendió.
Carolina hojea la propuesta con las correcciones manuscritas. Laia aparece al otro lado del cristal y se detiene al verlas trabajando sobre las mismas páginas.
—En lo primero no tengo inconveniente —responde la empresaria—.
En lo segundo quiero que se separe la validez científica de la titularidad jurídica.
Si encuentra algo técnicamente problemático, lo consignará.
Si encuentra indicios de un conflicto de derechos, lo comunicará por el cauce previsto.
No voy a pagarle para que bendiga una mentira, pero tampoco para que dicte sentencias.
—Eso puedo aceptarlo.
—¿Y sabe que esto es trabajo, no una visita de cortesía para recordar a León?
Brigitte mira hacia el laboratorio. Dos personas discuten sobre el resultado de una prueba y una tercera señala en la pantalla una diferencia que no consigue explicar.
—Precisamente por eso estoy aquí.
Repasan las condiciones del encargo, fijan la revisión jurídica y acuerdan que Brigitte comenzará a acceder a las pruebas cuando esté formalizada la autorización.
Carolina la presenta al equipo como futura colaboradora científica para una evaluación limitada y pide a Laia que, mientras tanto, le enseñe la batería pública de ensayos que no ha superado la última validación.
—Aquí tenemos tres problemas —explica Laia—. Demasiada dependencia de una sola fuente de datos, poca claridad sobre cómo llega a sus conclusiones y una respuesta que finge estar segura cuando debería admitir que no sabe.
—Entonces empecemos por enseñarle a decir que no sabe —responde Brigitte.
Carolina permanece en la puerta mientras las dos mujeres se inclinan sobre la pantalla.
No necesita escuchar cada término técnico para advertir que han encontrado una conversación que la empresa llevaba meses intentando tener.
Una de ellas señala una discrepancia; la otra la reproduce con datos distintos.
Cuando el resultado vuelve a fallar, ninguna busca excusas.
Laia anota la condición de la prueba y Brigitte propone un control que permitirá aislar la causa, no disimularla.
Desde su despacho Carolina ve iluminarse el teléfono. Sébastien Moreau aparece en la pantalla. Contesta sin apartar completamente la mirada del laboratorio.
—Monsieur Moreau.
—¿Ha revisado mi propuesta?
—Mis abogados la están revisando. Si siguen haciendo cambios, acabaremos teniendo una novela en lugar de un contrato.
—Me han dicho que ha reforzado su equipo.
Carolina gira la cabeza hacia la pared de cristal. Al otro lado, Brigitte se aparta el pelo de la cara y señala una gráfica. Laia escucha.
—Contrato especialistas cuando los necesito —responde—. No tengo obligación de comunicarle mi plantilla, y menos antes de cerrar una financiación.
—La discreción le sienta bien, Carolina.
—A usted también. Lástima que a veces la confunda con no dar explicaciones.
Se produce una pausa breve. Sébastien pregunta cuándo podrá conocer los resultados de la próxima demostración. Carolina le ofrece una fecha provisional, condicionada a que el equipo confirme que los resultados pueden sostenerse fuera del laboratorio.
—No busco milagros —dice él.
—Entonces entenderá por qué no los vendo.
Cuando termina la llamada, Carolina deja el móvil boca abajo.
En el laboratorio Brigitte acaba de encontrar una manera de provocar deliberadamente el error que llevaba horas apareciendo sin explicación.
Laia se ríe, agotada, al comprobar que por fin pueden reproducirlo.
Es una mala noticia para la presentación comercial y la mejor noticia técnica del día.
Carolina abre la puerta.
—Decidme que tenéis algo.
—Hemos encontrado por qué se equivoca —contesta Brigitte.
—¿Y ya sabéis arreglarlo?
—Todavía no.
Carolina observa el resultado, la libreta de pruebas y las dos caras cansadas que esperan su reacción. Recuerda a León diciéndole, frente al mar, que un cliente siempre preferiría la respuesta que desea escuchar. Deja la carpeta sobre una mesa auxiliar.
—Entonces mañana empezáis por ahí —dice—. Y que nadie se atreva a pintar de verde esa casilla hasta que sepamos qué significa.
Laia asiente y anota el fallo en la hoja de control.
Brigitte vuelve a ejecutar la prueba para confirmar que no se trataba de una coincidencia.
Fuera, sobre las bicicletas del patio, la tarde se está apagando.
Carolina permanece junto al cristal hasta que la casilla roja vuelve a encenderse; esta vez, en lugar de cerrar el programa, Laia señala a Brigitte el dato exacto que ha provocado el error.
Las dos se inclinan sobre el monitor. Carolina regresa a su despacho con la propuesta de Sébastien todavía sin firmar.