6. FILEXA #8
—León habría hecho la misma pregunta. Tal vez con palabras menos diplomáticas.
—¿Lo conoció bien?
—Lo suficiente para ofrecerle un puesto que rechazó sin dejarme siquiera la satisfacción de pensar que había dudado. Discutimos de sistemas que encontraban relaciones entre datos sin explicar por qué. Tenía una manera bastante desagradable de acertar.
Brigitte baja la mirada hacia la taza de agua. El comentario le provoca una sonrisa triste.
—Sí. Esa forma de acertar era muy suya.
—Siento lo que le ha pasado —añade Carolina, sin prolongar el gesto de condolencia—. No le he pedido que venga para utilizarlo como argumento comercial.
—Entonces enséñeme qué necesita FILEXA.
Carolina les muestra una prueba de FILEXA. Brigitte pide repetirla retirando parte de la información y observa que el programa sigue dando una respuesta demasiado segura.
—¿Por qué sigue mostrando la misma seguridad si le faltan datos? —pregunta.
Laia, que asiste a la demostración, se acerca a la pantalla. Carolina la ha invitado precisamente porque no quiere hacer negocios sobre resultados interpretados por comerciales.
—Estamos intentando corregirlo —responde la directora técnica.
—Entonces el porcentaje que aparece arriba induce a error.
—Por ahora, sí.
—¿Y se lo dirían así a un cliente?
Carolina interviene antes de que Laia responda.
—No vamos a venderlo así —interviene Carolina—. No está terminado. Quiero que alguien nos diga qué funciona y qué no, aunque duela.
Brigitte observa el resultado una segunda vez.
—Mi trabajo consistiría en evaluar la validez científica, no en garantizarles un éxito comercial.
—Exactamente. Tampoco le pediría acceso a información que deba a otro empleador.
—¿Y a cambio?
Carolina le ofrece una colaboración breve y bien pagada, con libertad para señalar fallos y marcharse si encuentra algo que comprometa su trabajo. No le exige dejar de investigar por su cuenta.
Brigitte lee la oferta. Pide que su firma no se utilice para avalar todo el programa y se reserva el derecho a denunciar cualquier irregularidad que descubra.
—¿Quién financia esta línea? —pregunta Brigitte al llegar al último apartado.
—FILEXA de momento. Hay conversaciones con inversores externos.
—¿Cuáles?
Carolina la mira unos segundos.
—Uno de los interlocutores se llama Sébastien Moreau. Todavía no hay acuerdo. Su nombre no sustituye las verificaciones que exigimos a cualquiera que entre en el capital.
Brigitte mantiene la vista sobre el papel.
Ha oído hablar del francés en referencias dispersas y en el entorno de negocios que se ha ido revelando alrededor de León.
No sabe si aquello significa algo más que una negociación comercial.
El nombre adquiere ahora una dirección concreta: una sala, una empresa, un posible laboratorio al que puede entrar sin fingir ser otra persona.
—¿Moreau tiene acceso a los investigadores? —pregunta.
—No. Lo ha solicitado en conversaciones generales. No se lo he concedido. Si algún día trabajamos juntos, cualquier evaluación técnica estará delimitada por contrato.
—¿Confía en él?
Carolina suelta una risa muy breve.
—Confío en que me lea la letra pequeña. Yo hago lo mismo con la suya.
—No es una respuesta.
—Es la más útil que puedo darle. Es un hombre que mueve capital y que quiere influir en decisiones empresariales. Todavía no sé si está dispuesto a pagar lo que vale esa influencia. No necesito quererlo para negociar con él.
Brigitte deja la hoja sobre la mesa.
—Necesito pensarlo. Y si acepto, será para evaluar su tecnología, no para reproducir el trabajo de León ni regalarles la investigación de Nexora.
—Si buscara un mensajero, contrataría a alguien con bicicleta —responde Carolina—. Busco a una científica que sea capaz de decirme «esto no funciona» delante de mi equipo. Usted ya lo ha hecho y todavía no le he pagado un euro.
Laia disimula una sonrisa detrás de la carpeta. Brigitte recoge la propuesta y se levanta. Carolina la acompaña a la puerta, donde el aire del laboratorio lleva consigo un olor ligero a plástico templado. Antes de despedirse, la empresaria añade:
—No sé si podremos trabajar juntas. Pero me gustaría que viniera otra vez. El talento escasea, y no quiero perderlo porque las dos estemos demasiado acostumbradas a desconfiar.
—Desconfiar suele tener buenas razones —contesta Brigitte.
—A veces. Otras cuesta dinero. Ya veremos cuál de las dos cosas ocurre aquí.
***
Cuando Brigitte entra en la sala de reuniones de comisaría, Cata ya ha dejado preparada una hoja con los datos de contacto y el número de diligencias.
Jordi está presente al principio para confirmar la identidad de la visitante y escuchar qué relación tenía con León; después atiende una llamada del equipo de búsqueda y deja a las dos mujeres hablando.
Brigitte coloca sobre la mesa una copia de la constancia de recepción de la carta. No ofrece el contenido privado de la correspondencia como si fuera una prueba cuya entrega le hubieran exigido.
—Andrius me ha explicado que les informó de la existencia de una carta —dice—. La he recibido personalmente. León era mi padrino y se ocupó de que me llegara por su abogado. Sé que era prudente con sus papeles, pero no me dejó una explicación del asesinato.
—Lamento su pérdida —responde Cata—. No voy a pedirle que rellene con suposiciones lo que no sabe. ¿Le comentó temores o conflictos concretos?
Brigitte habla de las conversaciones científicas mantenidas con él, de la preocupación creciente por las presiones comerciales y de su insistencia en poder demostrar cada resultado.
Evita convertir sus impresiones en denuncias.
Cuando Cata pregunta si conoce a alguno de los directivos de NEXORA, explica a quiénes ha visto durante su colaboración supervisada.
—Néstor parece preocupado por lo que puedan revisar —añade—. Pero yo acabo de llegar. Una discusión técnica no demuestra participación en un crimen.
—Ha hecho bien en puntualizarlo. ¿Piensa continuar allí?
—Por poco tiempo, si continuamos. Estoy trabajando como colaboradora extraordinaria, no como miembro del equipo. Y hoy he recibido una oferta de FILEXA.
Cata deja de escribir.
—¿De Carolina Rius?
—Sí. Me ha enseñado un prototipo alternativo. Tiene problemas interesantes, reales. No todos sus componentes son propios; dice que hay adquisiciones a terceros.
—¿Y por qué querría usted dejar el laboratorio de su padrino tan pronto?
Brigitte tarda en contestar. El ruido lejano de una impresora llena el silencio sin ayudarla.
—Porque no he venido a Barcelona para sentarme delante de su mesa vacía —dice finalmente—.
Quiero entender qué trabajaba, quién se benefició de su esfuerzo y por qué algunas personas parecen haberse acercado tanto a él en los últimos meses.
En FILEXA puedo estudiar otra línea tecnológica que él conocía.
También aparece un nombre en sus conversaciones financieras: Sébastien Moreau.
Cata la mira con atención.
—¿Qué sabe usted de Moreau?
—Poco. Carolina reconoce que negocia con él. Me ha dicho que quiere acceder a equipos investigadores. Quiero saber si hay algo de ese hombre que deba preocuparme.
—En nuestra investigación han aparecido relaciones profesionales entre Moreau, FILEXA y personas del entorno de León —responde Cata—.
Estamos comprobando su alcance. No tenemos una base para atribuirle los delitos que investigamos ni sería responsable por mi parte presentarle una sospecha como si fuera un hecho demostrado.
—¿Sería más útil que me quedara en FILEXA?
—Útil para su trabajo, quizá. Para entender cómo compiten esas dos empresas, también.
Pero no voy a pedirle que se coloque cerca de un hombre que le preocupa para obtenernos información.
Usted no es policía. Si acepta un empleo, hágalo porque quiere hacer ese trabajo y porque sus condiciones son seguras, no porque crea que nos debe un favor.
Brigitte aparta un mechón rubio de la cara.
—No estoy pidiendo que me convierta en agente. Si veo algo relevante para la muerte de León, quiero saber a quién acudir.
—A nosotros. Y si se encuentra ante una amenaza, se aleja y llama a emergencias. No investigue por su cuenta un hecho violento, no entre en cuentas ajenas ni se enfrente a nadie. Si recibe información por su trabajo, nos contará cómo la obtuvo y valoraremos qué hacer.
—¿Y si descubro que FILEXA ha comprado material sin derecho a hacerlo?
—Documente sus observaciones técnicas dentro de sus funciones. No se lleve documentos que no puede retirar. Nuestro equipo tiene cauces para requerirlos. Usted puede decidir colaborar sin convertirse en nuestra infiltrada.
La investigadora asiente. No le gusta que Cata subraye tanto los límites; al mismo tiempo agradece que no pretenda aprovechar su dolor para mandarla a un lugar peligroso.
—Me gustaría hablar de nuevo con usted cuando haya visto el laboratorio de FILEXA —dice Brigitte.
—Puede hacerlo. Pero no quiero una llamada valiente desde un sitio del que no pueda salir.
Cuando Brigitte se marcha, Jordi regresa con la información de que los agentes siguen rastreando la furgoneta. Pregunta cómo ha ido la entrevista.
—Quiere averiguar lo que pasó con León —responde Cata—. Y una empresaria ambiciosa acaba de ofrecerle un trabajo que puede ser una oportunidad o una complicación.
—¿Le has dicho que no se meta en líos?
—Se lo he dicho de todas las maneras que conozco.
—Entonces esperemos que conozca alguna de ellas.
Cata recoge la constancia de recepción, pero conserva la nota sobre el nombre de Moreau en una hoja separada. Brigitte no le ha revelado una conspiración. Le ha proporcionado un nuevo contexto para una relación comercial que la policía ya está intentando documentar.
***