Julia ¿Dónde estás? 6. FILEXA #6
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6. FILEXA #6

A la hora en que las luces del puerto empiezan a recortarse contra el cielo, Julia escucha que alguien se detiene frente a la puerta.

Reconoce los pasos de Mikel, pero esta vez no es él quien entra primero.

Un hombre alto, corpulento, con el cabello entrecano bien peinado y una chaqueta clara, ocupa el umbral.

Lleva la camisa abierta en el cuello y una expresión que en otras circunstancias podría parecer amable.

Detrás aparece Mikel, que deja un teléfono sobre una mesa auxiliar y sale después de recibir una señal discreta del visitante.

—Buenas noches, Julia —dice el hombre, con un acento francés más cuidado que el de los demás—. Lamento las condiciones en que tenemos que conocernos.

—Tiene una manera curiosa de disculparse. ¿Quién es usted?

—Sébastien Moreau. Conozco a personas que trabajaban con León.

Julia mira la puerta que Mikel acaba de cerrar. El nombre no le resulta familiar, pero el tono de la voz despierta una asociación imprecisa con el hombre mayor que le trajo agua. La descarta casi al momento. Ha escuchado demasiados acentos extranjeros en el puerto y apenas ha dormido.

—¿Financia secuestros además de proyectos científicos? —pregunta.

Sébastien observa la bandeja del desayuno, retirada a medias, y la manzana sobre la litera. Se sienta frente a ella sin tocar los papeles.

—Me gustaría que esta conversación no empezara con insultos.

—A mí me habría gustado empezar el día en mi casa. Ya ve que ninguno tiene todo lo que quiere.

Él deja escapar un suspiro pequeño, casi cortés.

—El hombre que ha hablado antes con usted cree que la presión resuelve los problemas. Yo creo que los agrava si no se entiende primero lo que busca cada persona.

—Entonces entenderá que yo busco salir de aquí.

—Y yo busco recuperar algo que León decidió apartar de un proyecto muy importante.

—¿Recuperar? ¿Era suyo?

—Había inversiones comprometidas y derechos que todavía están discutiéndose.

—Eso se resuelve con abogados. No con una furgoneta y hombres que golpean a una mujer para hacerle preguntas.

Sébastien recibe la acusación sin variar la postura.

—No voy a defender esos métodos.

—Pero tampoco los va a detener.

—Puedo detener esta situación si me ayuda a comprender qué hizo León.

Julia estudia su cara. La edad, los dedos grandes, la forma de escoger cada palabra.

Es distinto de Mikel en todo salvo en algo que a ella le resulta evidente: ninguno ha entrado para preguntarle qué necesita de verdad.

El francés le ofrece una solución que depende por completo de que entregue lo que sabe.

—Mi hermana y mi cuñado —dice—. Quiero saber dónde están.

—Me han informado de que ocurrió algo grave.

—Mikel me ha dicho que están muertos. Usted dice conocerlo todo. Dígame dónde están sus cuerpos.

Sébastien no esperaba la crudeza con que formula la pregunta. La contempla sin interrumpirla.

—No he venido a repetirle una noticia que no puedo documentar personalmente —responde al fin.

—Entonces ¿me han mentido?

—Le digo que sería imprudente sacar conclusiones de una conversación mantenida bajo tanta tensión.

Julia se inclina hacia él. El corazón le golpea en el pecho con una fuerza que le provoca un mareo.

—Si están vivos, diga dónde. Si están muertos, diga dónde. No me hable de prudencia.

El francés aparta la vista hacia una cortina que se mueve muy poco con el aire acondicionado. Cuando vuelve a mirarla tiene el rostro más serio.

—No poseo la información que usted desea. Puedo ocuparme de verificarla. Necesito antes que establezcamos cierta confianza.

—No está pidiendo confianza. Está pidiendo un rescate en forma de información.

Sébastien junta las manos. Julia ha entrevistado a empresarios que envuelven una amenaza en palabras tan educadas que, al escuchar la grabación, parece que solo han hablado del tiempo.

Reconoce la técnica. Le sorprende descubrir que todavía puede utilizar esa experiencia para sostener una conversación.

—¿Trabajó usted con León? —pregunta, cambiando por primera vez la dirección de las preguntas.

—Mantuvimos contactos profesionales.

—¿Cuándo habló con él por última vez?

—Hace poco.

—¿Delante de testigos?

—¿Está tomando una declaración, señorita Román?

—Estoy secuestrada, señor Moreau. No tengo una libreta a mano. Contestar una pregunta sería un gesto de cortesía por su parte.

Él sonríe, pero los ojos no acompañan del todo la expresión.

—León era un hombre de convicciones firmes. A veces confundía la independencia científica con el derecho a desatender compromisos anteriores.

—¿Qué compromisos?

—Trabajo, dinero, expectativas. El esfuerzo de muchas personas.

—Y alguien decidió que era mejor matarlo antes que discutir.

La sonrisa desaparece.

—No debería atribuirme hechos que no conoce.

—No se los he atribuido a usted. He dicho «alguien».

Durante unos segundos el zumbido de la ventilación parece aumentar. Sébastien contempla a la periodista con un interés nuevo. No le gusta que haya retenido la forma exacta de sus respuestas.

—León dejó indicaciones a distintas personas —dice—. Quiero saber quiénes pueden interpretarlas.

Julia piensa en el nombre escrito en la libreta, en los dos códigos que no bastaron para abrir ninguna puerta.

Mikel ya ha leído esa palabra; si ahora explica que es una consigna deliberada, le proporcionará una dirección más precisa.

Si calla, puede condenarse a seguir allí.

Mira la cerradura, la ventana estrecha, la mano de Sébastien reposando sobre la mesa.

—León era un científico —contesta—. Dejó muchas notas. Unas sirven, otras no. No voy a inventar una solución para que usted me crea útil.

—Podría empezar por decirme si alguien más recibió instrucciones.

—¿Como usted?

—Como personas de su confianza.

—León confiaba en personas capaces de guardar un secreto. Es la única respuesta que puedo darle.

Sébastien sostiene su mirada. Es un hombre acostumbrado a que la gente confunda su paciencia con la falta de voluntad para hacer daño. Se incorpora despacio y se alisa la chaqueta.

—No se equivocaba Mikel al decir que es usted inteligente.

—Pues también debería escucharme cuando le digo que no sé dónde está lo que busca.

—Tal vez sepa por dónde empezar a buscarlo.

—Tal vez eso sea justamente lo que todavía estoy intentando averiguar.

El visitante se detiene junto a la puerta.

—No deje que el orgullo de León decida lo que le queda a usted por vivir.

Julia contiene una respuesta que le sube a la garganta.

No quiere que aquel hombre se lleve ni una palabra que ella no haya decidido pronunciar.

Espera a que salga y escuche la cerradura.

Después se sienta en el suelo, a un lado de la litera, donde la ventana no la ilumina.

Sigue sin saber si Sali está viva. La vacilación del francés le ha dado una posibilidad, no una prueba.

Y la posibilidad duele casi tanto como la certeza que Mikel pretendía imponerle.

***

En la redacción de La Barcelona d’Avui, Rosana Rico lleva tantas horas delante de las imágenes de seguridad que empieza a reconocer a los repartidores por la forma en que arrastran los carros.

El aire acondicionado vuelve a funcionar, pero el olor a plástico caliente que dejaron los falsos técnicos persiste en una esquina.

Rosana ha trasladado la mesa de trabajo a una sala con una pantalla grande.

A su lado, Andrius ordena los archivos recibidos por el periódico y las copias que puede consultar legalmente.

—Este es el primer hombre —dice ella, deteniendo una grabación—. Y este el segundo. Uno llevaba una caja de herramientas que no abrió ni una vez. El otro pasó tanto tiempo mirando hacia las mesas como hacia la avería.

—¿Y usted les pidió la documentación?

—Les pedí que salieran. No iban a reparar nada. Julia ya había desaparecido de la redacción, pero ellos insistían en encontrarla.

Andrius se ajusta las gafas. La luz de la pantalla le hace parecer todavía más cansado.

—Si vinieron a buscarla y luego desapareció, hay una relación que debemos comunicar con precisión. Pero no sabemos por qué vehículo se la llevaron ni adónde.

—La furgoneta tenía una palabra en el costado: HERMANOS. Eso sí lo recuerdo. Se lo dije a Cata.

—Y la policía dispone de otra grabación donde aparece un vehículo con ese rótulo. Es un comienzo.

Rosana se vuelve hacia él.

—¿Por qué no me había dicho que la habían encontrado?

—Porque la subinspectora me pidió que no difundiera detalles de una investigación abierta. No tengo acceso a todos los informes; me ha confirmado únicamente que están contrastando el vehículo con los testimonios.

Rosana se frota los ojos. La tentación de publicarlo todo es enorme. Tiene una mesa de periodistas capaces de convertir un aviso policial en una portada y lograr que media ciudad busque una furgoneta blanca. También sabe que una información incompleta puede alertar a quienes tienen a su compañera.

—No publicaré una localización que no conozco —dice—. Pero tampoco me voy a quedar mirando una pantalla hasta que aparezca una llamada que explique dónde está Julia.

Andrius cierra una carpeta.

—Podemos ordenar las horas de entrada y salida. Hay tres cámaras privadas que no pertenecen al periódico. El dueño de la tienda de enfrente aceptó conservar la grabación. Pediremos que la entregue a los agentes con el procedimiento correspondiente, sin tocar originales.

—Ya he hablado con él. Dice que se ve una puerta corredera abierta y a alguien cruzar deprisa desde el pasaje.

—¿A quién?

—No se distingue. Ni siquiera puedo afirmar que sea Julia. Pero es la misma franja en que perdemos su rastro.

Rosana llama al comerciante delante del abogado. El hombre responde desde un establecimiento ruidoso. Ella se identifica, comprueba la hora de la cámara y le pide que no manipule la grabación. Él explica que la imagen tiene poca calidad y que no quiere meterse en problemas.