6. FILEXA #5
—Lo sabéis, ¿verdad? —pregunta después sin apartar la mano de su marido—. Lo sabéis y aun así seguís trayendo galletas como si esto fuera una excursión.
Susurros mira la puerta abierta. Por primera vez no responde con una ocurrencia.
—Es mejor que estéis aquí —dice.
—¿Perdona? —Sali alza la cabeza—. ¿Encerrados, heridos y sin saber qué habéis hecho con nuestra familia?
—Escucha un momento —interviene Fortuna, dejándose caer sobre una caja—. No sabéis lo que hay fuera.
—Pues cuéntalo —exige José María, con la voz quebrada por el dolor.
Susurros se agacha para recoger el pan que ha acabado por los suelos. Lo tira a la bolsa de desperdicios, cierra los ojos un momento y deja de fingir que tiene todo bajo control.
—Mikel tiene a Julia.
Sali se incorpora tan deprisa que José María intenta sujetarla.
—¿Qué has dicho?
—Que la tiene Mikel. Está viva.
El nombre de su hermana, pronunciado en aquel lugar y unido a la palabra «viva», la deja sin respuesta. Se apoya en la pared para no perder el equilibrio.
—¿Dónde está? —pregunta al cabo de unos segundos—. Quiero verla.
—No podemos llevarte —responde Fortuna.
—¿La han golpeado?
—Está bien... de momento —contesta Susurros, mirando de reojo a su compañero—. Pero no quiere decirles lo que buscan. Y eso no va a ser bueno para ella.
José María intenta incorporarse de nuevo.
—¿Qué están buscando? ¿Lo que dejó León?
—No nos lo preguntéis. Mejor no saberlo —dice Fortuna.
—Lo que no sabéis es ni dónde tenéis la cabeza —replica Sali—. Decidme qué significa que estemos mejor aquí.
Susurros se sienta en cuclillas frente a ella. Se le ha borrado la sonrisa.
—Para el jefe, vosotros dos estáis muertos. Nos dijeron que os liquidáramos. No lo hicimos. Si Mikel descubre que seguís respirando, nos mata a todos o nos hace terminar el trabajo. Así de sencillo.
La mirada de José María va de un hombre al otro. Ha escuchado amenazas desde que lo sacaron de su casa, pero nunca había oído aquella confesión tan desnuda.
—Si encima tendremos que daros las gracias —dice con un sarcasmo fatigado.
Fortuna extiende las manos.
—Un poquito de agradecimiento no estaría mal. No digo una placa. Pero un poquito...
—Fortuna, cierra la boca —murmura Susurros.
—Era una sugerencia.
Sali apenas los oye. El miedo por Julia le ha devuelto una energía que no sabe en qué utilizar.
—¿Ella sabe que estamos vivos?
Fortuna niega con la cabeza antes de que Susurros pueda impedírselo.
—No.
—Pero ¿le habéis dicho que estamos muertos?
Los dos delincuentes se miran. Susurros tarda demasiado en contestar.
—Se lo han dicho otros.
Sali se tapa la boca. Durante un instante la imagen de Julia convencida de su muerte le duele más que los golpes recibidos. Se vuelve hacia Susurros y le agarra una muñeca con ambas manos.
—Entonces decidle que estoy bien. Decídselo, por favor. Ella no se rendirá si sabe que estoy viva. Eso le dará fuerzas.
Fortuna contempla las manos de la mujer sobre el brazo de su compañero y parece dispuesto a prometer cualquier cosa con tal de que deje de llorar. Susurros, en cambio, se acerca hasta quedar a la altura de su oído. Habla tan bajo que José María tiene que incorporarse para intentar escuchar.
—Si le digo eso, nunca cantará. Y morirá antes.
Sali retira las manos muy despacio. Comprende que aquellos hombres no están allí por compasión, aunque sean capaces de sentirla.
Están intentando sobrevivir a una orden que no se atrevieron a cumplir, y el sufrimiento de Julia forma parte del cálculo.
Fortuna mira el suelo; tampoco él tiene una respuesta para ofrecerle.
Se oye afuera el motor de un vehículo que cruza el polígono sin detenerse. Una gaviota chilla en algún tejado. José María observa a su mujer con los ojos brillantes. Tarda un momento en descubrir que todos están esperando, absurdamente, a que alguien diga algo que pueda arreglarlo.
—¡Demonios! ¡Un abrazo! —exclama, alargando los brazos con lo poco que le permite el costado.
Fortuna se vuelve hacia él, ofendido de una manera casi infantil. Se acerca y le da una patada corta y ridícula en el trasero, lo bastante inoportuna para arrancarle un grito indignado.
—¡Respeta este momento, coño, que era muy bonito!
—¡Ay, la leche! —protesta José María—. ¡Que estoy medio muerto, animal!
—¡Pues no lo estropees! —replica Fortuna, como si acabara de defender una ceremonia solemne.
Susurros se lleva una mano a la frente. Sali suelta una risa breve que termina de inmediato en un sollozo.
José María le busca los dedos y se los aprieta.
El agua sigue junto a ellos; la puerta continúa abierta un instante, con el cielo de Barcelona al otro lado, hasta que Susurros recoge las bolsas y ordena a su compañero que salga.
—Volveremos —dice desde el umbral.
—Más os vale —responde Sali—. Y la próxima vez traed un médico.
Susurros no promete nada. Cierra la puerta, comprueba el cerrojo y camina hacia la furgoneta sin hablar. Fortuna lo sigue con los guisantes descongelándose sobre los zapatos.
—¿Tú crees que de verdad habrá querido abrazarnos? —pregunta a medio camino.
—Fortuna, como vuelvas a hablar del abrazo, te dejo aquí y me busco otro hermano.
—Pero si nosotros no somos hermanos.
—Pues imagínate lo fácil que me va a resultar.
La Jumpy arranca. Dentro del contenedor, Sali se inclina sobre José María para comprobar que el golpe no le ha empeorado las lesiones.
Él intenta decir algo gracioso y no consigue terminarlo.
Ella le acaricia el pelo sin mirar la puerta.
Sabe que Julia está viva. No sabe cuánto tiempo podrá seguir estándolo.
***
En el camarote donde retienen a Julia, el aire se renueva con un zumbido constante que no consigue borrar el olor a barniz y a agua estancada de una pequeña conducción.
Julia ha utilizado las horas de soledad para observarlo todo: los intervalos con que arranca una bomba, la vibración de los motores de las embarcaciones próximas y el sonido de unos pasos que suben y bajan siempre la misma escalera.
Ha comido una parte del pan que le dejaron y guarda una manzana junto a la litera, por si tardan en darle más.
La puerta se abre sin aviso. Mikel entra con la misma serenidad que mostraba cuando la recibió, aunque lleva otro vendaje, más discreto, cerca de la mandíbula.
Su ropa oscura no conserva polvo ni manchas; la violencia que Julia le atribuye no aparece en sus manos, limpias y quietas.
Detrás de él espera un hombre que retira una bandeja vacía y vuelve a cerrar.
—¿Has descansado? —pregunta Mikel.
—¿Es una pregunta para la encuesta de satisfacción?
—Necesito que estés lúcida.
—Necesito que me enseñes a mi hermana.
Mikel mueve la silla hacia la mesa y se sienta sin pedir permiso. Julia advierte que esta vez no trae su libreta. Lleva unas fotografías impresas de la consigna, la referencia bancaria y los documentos que encontraron en su bolso.
—Vamos a probar de otra manera —dice—. León no te entregó el objeto que buscamos. Eso ya me lo has contado. Te entregaron pistas para localizarlo.
—Mi cuñado me pidió que investigara la muerte de un amigo. Eso es lo único que puedo decirte sin inventar.
—Tienes dos códigos, una referencia y un nombre. No es una investigación periodística; parece un sistema para impedir que cualquiera llegue al final.
—Y aun así no tienes el final —replica ella.
Mikel deja la primera fotografía sobre la mesa.
—El banco. Entraste a preguntar. ¿A quién viste?
—A una empleada.
—¿Nombre?
—No lo recuerdo.
—Sabes que puedo averiguarlo.
—Entonces no necesitas que yo te lo diga.
La mano de Mikel permanece sobre la fotografía. Julia descubre que habla menos que los secuestradores que la llevaron al barco. No necesita llenar los silencios para imponerlos.
—¿Qué significa Isabella? —pregunta.
La palabra, cuya grafía leyó en su libreta durante el primer interrogatorio, vuelve a sonar con una familiaridad insoportable.
Julia conoce el nombre, no a la persona que pudiera esconderse detrás de él.
Recuerda la voz de José María al repetir la frase exacta de León y el orgullo con que añadió que debía conservar las dos eles.
—Si lo supiera, no habría perdido el tiempo recorriendo Barcelona —contesta.
—¿No has pensado en un nombre propio?
—He pensado muchas cosas. Ninguna me ha abierto una puerta.
—¿Lo sabe alguien más?
Julia piensa en Rosana. Evita mirar la fotografía de la consigna.
—Soy periodista. Cuando investigo, hablo con gente.
Mikel inclina la cabeza.
—Esa respuesta puede salirte muy cara.
—Ya me has dicho que mi hermana está muerta. No sé qué más esperas quitarme.
Él no contesta de inmediato. Cuando habla, lo hace sin levantar la voz.
—No has visto ningún cuerpo. Sin embargo, prefieres discutir conmigo antes que decirme dónde buscar. Tal vez sigas creyendo que puedes negociar.
Julia se agarra a aquella ausencia de pruebas con la desesperación de quien recoge del suelo una cosa pequeña que todavía funciona. No puede saber si Mikel miente, pero tampoco consigue ignorar que quizá esté utilizando a Sali para doblegarla.
—Enséñame una prueba —repite—. Una sola. Te estoy pidiendo una prueba de lo que dices que has hecho.
Mikel se levanta. Recoge las fotografías, pero deja una copia de la referencia bancaria sobre la mesa.
—Vendrá otra persona. Si con ella te comportas igual, no podré seguir apartándote de las consecuencias.
—¿Qué persona?
—Una que sabe escuchar. Haz lo mismo.
Julia oye alejarse sus zapatos sobre el pasillo.
No sabe si ha ganado tiempo o lo acaba de perder.
Se incorpora, observa el papel que Mikel ha dejado y lo vuelve a poner en la misma posición.
La referencia es suya, copiada de los documentos que halló en la consigna.
Lo único que puede ofrecerles con certeza es lo que ya han leído.
La otra cosa que posee —las preguntas que León quería provocar— todavía no tiene respuesta.
***