Julia ¿Dónde estás? 6. FILEXA #4
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6. FILEXA #4

—Ya me han dicho. León hablaba muy bien de los jóvenes que se atrevían a discutirle algo. Yo solo me atrevía cuando no tenía razón, que era casi siempre.

Beatriz suspira, pero Inés deja escapar una risa involuntaria.

Brigitte observa a los cuatro miembros de la dirección.

Reconoce distintas maneras de mirar el mismo laboratorio: posesión, preocupación, desafío, una cordialidad desordenada.

No encuentra, ni espera encontrar, una respuesta sencilla al asesinato de su padrino.

***

Aarón llega a comisaría cuando el sol cae oblicuo sobre los coches aparcados.

Lleva una camisa recién cambiada, aunque el cuello está torcido, y un reloj que consulta como si de repente hubiera aprendido a tener citas importantes.

Ya ha declarado sobre los seguimientos a León.

Lo que hoy lo devuelve es una llamada sin respuesta al número desde el que le pagaban y el temor de que una persona desconocida haya decidido que él sabe demasiado.

Cata lo hace pasar a la misma sala donde ha recibido a Sandra. Jordi está al fondo, revisando una nota sobre las cámaras próximas a la veterinaria, y se queda cuando Aarón dice que prefiere hablar con ambos.

—Usted reconoció haber seguido a León por dinero —empieza Cata—. ¿Qué quiere añadir?

—No he vuelto a saber del que me encargaba los trabajos.

—¿Cuándo fue el último contacto?

—Después de la muerte. Un mensaje. Me decía que no hablara de unas grabaciones.

Jordi deja la nota sobre la mesa.

—¿Qué grabaciones?

Aarón intenta humedecerse los labios. En su primera declaración había admitido tareas de vigilancia y un conocimiento periférico de las cámaras, sin asumir todas las consecuencias de un tramo manipulado.

—Las del edificio. Hace tiempo me pidieron que facilitara que no se conservara un segmento de una cámara interior. Me dijeron que era un problema privado.

—¿Quién se lo pidió? —pregunta Cata.

—El mismo contacto. Nunca vi su cara.

—¿Y cómo lo hizo?

—Conocía a un vigilante y sabía cómo se gestionaban algunas solicitudes de conservación. Conseguí que un tramo no se guardara como debía. No entré en ningún ordenador como un experto, ni tuve acceso a todo el sistema.

—Le estoy preguntando por los hechos, no por si es experto —dice Cata—. ¿Qué fecha y qué franja horaria?

Aarón la da. Jordi compara la anotación con las horas ya examinadas. Cata no hace el gesto triunfal que él esperaba.

—Necesitamos documentarlo —responde—. También el mensaje, los pagos y las solicitudes que haya conservado. ¿Puede mostrarnos el teléfono sin modificar nada?

—Sí. Está aquí.

—Antes quiero advertirle una cosa —añade Jordi—. Lo que acaba de relatar puede comprometerle penalmente. Si va a declarar sobre su propia participación, debemos respetar sus garantías. Puede contar con asesoramiento jurídico y no vamos a improvisar una declaración a costa de sus derechos.

Aarón mira la puerta. Ha venido pensando que quizá los policías le prometan protección a cambio de explicar todo lo que sabe. Descubre que todavía tendrá que responder por lo que hizo.

—¿Ustedes creen que lo mataron por mi culpa?

Cata no desvía la mirada.

—No sabemos quién recibió todos sus informes ni qué hizo con ellos. Sabemos que León murió, que hay imágenes incompletas y que usted cobró por seguirlo. Por eso necesitamos comprobar lo que nos cuenta.

—También fui al banco detrás de él. Ya se lo dije. No vi qué hacía dentro.

—Lo sabemos. Las imágenes tampoco resuelven esa parte. No le pedimos que invente lo que no vio.

—Me están diciendo que puedo haber ayudado a un asesino.

—Le estamos diciendo que su información puede ser relevante para una investigación por asesinato. Y que no puede escoger solo la parte cómoda de los hechos —responde Jordi.

Aarón deja el teléfono encima de la mesa sin desbloquearlo todavía.

—Quiero un abogado antes de seguir con esa grabación.

—Es una decisión sensata —contesta Cata—. Organizaremos las diligencias con todas las garantías. Mientras tanto, no borre mensajes ni altere el dispositivo.

Aarón recoge el aparato y asiente. Al salir, Aarón consulta por inercia los mensajes que acumula en el teléfono.

Tiene uno de Sandra que no se atreve a contestar.

Ignora que ella también ha acudido a hablar con Cata.

Cada uno teme lo que el otro pueda explicar y ninguno conoce todavía el alcance de la declaración ajena.

***

La Jumpy blanca se detiene frente al contenedor con un quejido que parece salir de debajo del capó.

Susurros apaga el motor y permanece un momento escuchando.

Una persiana metálica sube en una nave del otro extremo del polígono.

Dos palomas se disputan una corteza de pan junto a una alcantarilla.

Nada en el lugar invita a pensar que detrás de aquella puerta hay dos personas golpeadas y encerradas a la espera de que alguien decida qué hacer con ellas.

—¿Has cogido las bolsas? —pregunta Susurros.

Fortuna, mira el asiento trasero.

—He cogido tres.

—¿Tres qué?

—Bolsas.

—No te he preguntado cuántas bolsas. Te he preguntado si has cogido las nuestras.

—Son las únicas que había en el supermercado. Las nuestras las hemos pagado.

Susurros baja del vehículo, rodea la carrocería y encuentra a su compañero peleándose con una garrafa de agua que se ha encajado entre el respaldo y una caja de herramientas.

Susurros lleva una camiseta de un color que ha sido azul en otra época; Fortuna, una camisa demasiado estrecha que insiste en abrochar por encima de la barriga.

Entre los dos consiguen sacar las provisiones a golpes cortos.

—Mira, unas galletas —dice Fortuna con satisfacción—. Así por lo menos comen algo que les guste.

—Al que le gustan las galletas eres tú.

—También están heridos. Los heridos necesitan azúcar.

—Los heridos necesitan un hospital, Fortuna. Pero como no tenemos uno en la bolsa, trae el agua.

Al abrir el contenedor, Susurros recibe en la cara un olor denso de metal caliente, vendajes húmedos y pan pasado.

Sali está junto a la puerta, de pie sobre una manta plegada.

La hinchazón de su rostro ha bajado un poco y por eso se aprecia mejor el morado que desciende hacia la mandíbula.

José María está sentado contra la pared, con una camiseta amplia que Fortuna les ha traído y una mano apoyada sobre el costado.

El dolor le obliga a medir cada respiración.

Sin embargo, al ver aparecer las bolsas levanta una ceja.

—Hombre, el servicio de habitaciones —murmura—. ¿Traéis también el libro de reclamaciones?

—Traemos yogures —responde Fortuna.

—¿Naturales o de secuestro?

Sali consigue sonreír a pesar de la mejilla hinchada. Susurros deja el agua junto a la pared y mira con recelo a José María.

—Tú tienes mucha fuerza para estar tan malo.

—Es todo personalidad. De pulmones voy escaso.

Fortuna comprueba las botellas y se inclina para dejar una bolsa a su alcance.

Sali observa el espacio que queda entre el hombro del hombre y la puerta abierta.

Hace varias horas que imagina cómo aprovecharían una visita; no sabe si José María podrá caminar, pero quedarse sin intentarlo empieza a parecerle otra forma de rendirse.

—¿Habéis traído hielo? —pregunta.

—¿Para qué? —dice Susurros.

—Para la inflamación. Lo pedí ayer.

Fortuna se palpa los bolsillos.

—Compré una bolsa. La dejamos junto a los yogures.

—Pues vete a buscarla, alma de cántaro —le espeta Sali—. Se está poniendo malo.

Susurros mira al herido. José María cierra los ojos y deja escapar un gemido largo, bastante convincente, que acaba en una tos auténtica.

—Me mareo —dice.

Fortuna se vuelve hacia la furgoneta sin esperar permiso. Susurros suelta un juramento y lo sigue dos pasos para advertirle que no deje abierta la puerta. Son apenas unos segundos. Sali coge a José María bajo el brazo y tira de él hacia la salida.

—Ahora —susurra.

Él se incorpora con una lentitud dolorosa. Consiguen pasar el umbral. Sali pisa el suelo de cemento, nota el aire exterior contra la piel y experimenta una alegría tan repentina que casi se le escapa una carcajada. Pero José María se dobla, con la cara desencajada, antes de dar el tercer paso.

—Espera. La costilla... —alcanza a decir.

—Apóyate en mí.

La escena se estropea cuando Fortuna regresa corriendo con una bolsa transparente. Dentro no hay hielo sino un paquete de guisantes congelados.

—¡He encontrado esto! —grita antes de verlos—. ¡Pero si os habéis salido!

Sali tira de José María hacia la esquina del contenedor.

Fortuna intenta detenerlos sin tirar los guisantes, pisa el pan de molde caído de una de las bolsas y se desliza por el cemento como si alguien le hubiera retirado el suelo.

Se sienta de golpe, con las piernas abiertas, y la bolsa congelada sale disparada hasta golpear el zapato de Susurros.

—¡La madre que te parió! —grita Susurros.

—¡No ha sido adrede!

—¡Yo tampoco te había pedido patinaje artístico!

Susurros se interpone entre Sali y la calle. Ella intenta apartarlo con el hombro bueno. José María, colgado casi por completo de su mujer, levanta una mano como si quisiera pedir turno para hablar en una reunión.

—Perdonen —dice, muy pálido—. Si dejamos de correr un momento, quizá no me muera aquí mismo.

Los tres lo miran. La respiración del herido es demasiado rápida; tiene los labios secos y una rigidez en el costado que Sali reconoce enseguida. Ella abandona el forcejeo para sostenerlo.

—Necesita sentarse. Ya.

Susurros duda un segundo. Entonces coge a José María por el brazo que no está lesionado y ayuda a Sali a devolverlo dentro. Fortuna se levanta sujetándose el trasero y regresa con los guisantes aplastados entre las manos.

—Pues para esto nos hemos arrastrado hasta aquí —se lamenta.

—Tú te has arrastrado solo —dice Susurros—. Yo he venido andando.

En el contenedor, Sali acomoda al herido sobre la manta y le acerca agua. El esfuerzo de escapar ha terminado con él más agotado de lo que estaba. Ella guarda silencio hasta comprobar que vuelve a respirar con menos dolor.