6. FILEXA #3
—Quiero ver dónde trabajaba —dice cuando recupera la voz—. Quiero hablar con su equipo.
—Puedo ayudarla a solicitar una reunión. No puedo garantizarle que le abran los archivos.
—No voy a entrar rompiendo puertas. Soy investigadora; sé lo que significa trabajar con permisos. Pero alguien tendrá que explicar qué estaba haciendo antes de morir.
Andrius asiente. Al salir de la estación, Brigitte contempla las fachadas que se suceden entre la circulación de taxis, el autobús que frena junto a la acera y una fila de árboles castigados por el verano.
Barcelona le resulta familiar por las visitas a León y extraña por la razón que la trae.
Guarda la carta en la parte interior del bolso, donde antes llevaba el pasaporte cuando viajaba sola.
***
Cata Fortuny Blanc recibe a Sandra en una sala pequeña de comisaría con un ventilador apagado y una mesa que conserva la huella circular de varias tazas.
La subinspectora tiene el cabello recogido, las mangas remangadas y una libreta abierta en la página que corresponde a NEXORA.
No parece sorprendida por la visita: Sandra ya había dejado entrever que conocía movimientos administrativos capaces de interesar a la investigación.
Lo nuevo es que haya pedido una entrevista sin pasar por la empresa.
—Me dijo por teléfono que quería aclarar algo —comienza Cata—. ¿Qué ha cambiado desde nuestra última conversación?
—Que he vuelto a mirar las fechas —responde Sandra.
—¿Qué fechas?
—Las de pagos a proveedores, solicitudes de fondos y autorizaciones internas. Algunas operaciones están registradas dos veces con conceptos distintos. Otras tienen una fecha de ejecución anterior a la aprobación que debería justificarlas.
Cata deja el bolígrafo encima de la mesa.
—¿Ha traído esos documentos?
Sandra roza el cierre del bolso. El gesto no pasa inadvertido.
—Tengo acceso a copias de trabajo. Pero no sé todavía si puedo entregarlas sin que digan que me las he llevado ilegalmente.
—No quiero que sustraiga documentos ni que entre en sistemas para los que no tiene autorización —responde Cata—.
Lo que conoce por su trabajo puede contármelo.
Para obtener documentación original o copias acreditadas podemos utilizar los procedimientos correspondientes.
Si usted ya conserva materiales obtenidos legítimamente, nuestro equipo valorará cómo recibirlos y documentar su procedencia.
—Y después Beatriz sabrá que he hablado.
—No voy a prometerle que su nombre nunca aparezca en una investigación. Sería engañarla.
Sandra baja los ojos hacia su bolso. Ha imaginado una sala más intimidante, una grabadora enorme y una subinspectora capaz de quitarle la culpa a cambio de una confesión. Encuentra en cambio a una mujer que escucha sin ofrecer milagros.
—Beatriz me humilla delante de todo el mundo —dice de pronto—. Puede echarme, cambiarme de mesa, hacerme sentir una idiota por preguntar dónde está un papel que ella misma me pidió. No quiero que piense que vengo solo por eso.
—¿Viene también por eso?
—Sí. Y porque León me pidió un listado de gastos que nunca llegó a revisar completa. Si hubiera insistido más, no sé si... —Se interrumpe—. No sé qué habría cambiado.
—No tiene por qué completar ahora esa frase —responde Cata—. Lo que necesito es entender qué revisó y quién intervino en las operaciones.
Sandra señala pagos que figuran como gastos de investigación, aunque nadie le ha enseñado pruebas de que se hicieran para ARGOS. Cata le pregunta quién autorizó cada uno.
—¿La diferencia de importes podía ser un error? —pregunta Cata.
—Una vez, sí. Varias veces en la misma dirección... puedo entender que lo sospechen. Pero no he auditado la empresa, subinspectora.
—Ha hecho bien en distinguirlo. ¿Puede preparar una relación de documentos que conoce y de dónde se custodian? Sin acceder de nuevo a nada irregular.
—Puedo hacerlo.
—Y si cree que ha intervenido usted en alguna operación incorrecta, conviene que busque asesoramiento antes de dar un paso que pueda perjudicar sus derechos.
Sandra se levanta, pero se detiene con la mano sobre la silla.
—Hay otra persona que sabe más de lo que dice.
—¿Quién?
Sandra tarda lo suficiente en contestar para que el zumbido de un ordenador en el pasillo resulte insoportablemente fuerte.
—Aarón. O eso creo. No me ha contado nada. Últimamente no puede mirarme a los ojos.
—¿Le ha dicho que participara en algo?
—No. Eso es lo que me da miedo.
Cata apunta la distinción. Acompaña a Sandra a la puerta y ve cómo la secretaria tarda en decidir si guarda la tarjeta de contacto en el bolso o en el bolsillo. Al final se la lleva en la mano.
***
La visita de Brigitte a NEXORA comienza bajo unas condiciones más modestas de lo que había imaginado durante el viaje.
No le ofrecen un puesto de dirección ni una llave general del laboratorio.
Inés, la investigadora que lleva varios días dando explicaciones a policías y abogados, la recibe en una sala donde los ordenadores muestran proyectos detenidos y accesos que deben justificarse uno por uno.
Inés tiene el cabello recogido con una goma azul, ojeras recientes y una bata que lleva abierta sobre la ropa de calle. Antes de entrar en la sala de ensayos, le entrega a Brigitte una acreditación de visitante.
—Perdona las formalidades —dice—. Desde que murió León nos han revisado hasta los armarios de papelería.
—Las formalidades están bien. ¿Cómo estáis vosotros?
Inés se encoge de hombros.
—Trabajando. A ratos, llorando donde no nos ve nadie. Después otra vez trabajando. Hay equipos que todavía tienen anotaciones suyas.
Brigitte se detiene ante una pizarra. Reconoce la forma de dibujar las flechas con que León relacionaba parámetros que otros científicos habrían colocado en una tabla. Se acerca, roza con el dedo la esquina de una hoja fijada con cinta y retira la mano antes de tocar más.
—No quiero que me dejen aquí solo porque conocía a León —advierte—. Si puedo aportar algo, bien. Si estorbo, me voy.
—La dirección ha autorizado que revisemos juntos resultados no reservados, siempre bajo supervisión. No vas a entrar en las partes precintadas ni en sus carpetas personales.
—Perfecto. Enséñame dónde os duele.
En una pantalla, Inés abre una batería de ensayos de ARGOS.
Aparecen relaciones entre fuentes de datos diferentes, algunas bien sustentadas y otras incapaces de superar una revisión elemental de sus márgenes de error.
León llevaba semanas insistiendo en que toda inferencia debía dejar constancia de su origen, su margen de error y las alternativas descartadas.
Brigitte lee los resultados con el ceño fruncido.
—Aquí habéis reducido demasiado pronto las hipótesis —observa—. Si dos entradas comparten identificador y una de las fuentes está incompleta, no podéis tratarlas como si fueran un único hecho.
—León decía eso —responde Inés.
—León lo decía cuando yo tenía quince años y hacía trampas para que me saliera un experimento de química. Me quitaba la libreta y me obligaba a escribir también el fracaso.
Inés sonríe con tristeza. Trabajan un rato sobre los ensayos.
Brigitte encuentra decisiones técnicas que no comprende y pide reproducir los resultados antes de juzgarlas.
Anota preguntas en el margen y descarta dos explicaciones cuando las pruebas las contradicen.
Cuando Beatriz entra con Max y Néstor, ambas tienen dos hojas llenas de anotaciones.
—Así que usted es Brigitte —dice la presidenta—. Bienvenida. Ojalá el motivo de su visita fuera otro.
—Yo también —responde Brigitte.
Beatriz inspecciona de reojo las hojas.
—Inés me ha dicho que pueden colaborar durante estos días, siempre que el departamento jurídico confirme el alcance. Quiero que tengan cuanto necesiten dentro de ese acuerdo.
—Necesitaremos acceso a la documentación de pruebas autorizada —interviene Inés—. Y tiempo. No se pueden comparar resultados sin conocer las condiciones.
—Tiempo es precisamente lo que estamos perdiendo —responde Max, apoyándose en el marco de la puerta—. El laboratorio no puede quedarse inmóvil esperando a que la policía termine.
Brigitte lo reconoce por las fotografías que León guardaba de congresos y jornadas de trabajo. Max tiene el cabello cuidadosamente peinado y unos ojos claros que esta mañana parecen más viejos.
—Usted era amigo de León —le dice.
—Lo fui. Muchísimo tiempo.
—Entonces sabe que habría preferido un retraso honesto a una demostración falsa.
Max aparta la vista. Inés deja los informes sobre la mesa.
—Eso es justamente lo que estamos haciendo —dice.
Néstor, que había permanecido junto a la puerta, se acerca a una de las pantallas. Viste una camisa oscura sin corbata y lleva una tableta bajo el brazo. Su expresión es la del profesional que ha aprendido a desconfiar de quienes corrigen su trabajo en público.
—Podemos hacer cambios, pero quiero que quede constancia de cuáles y por qué —advierte—. Ya hubo demasiadas sorpresas.
—No pienso modificar nada sin autorización —responde Brigitte—. De momento estoy leyendo resultados. ¿Hay algún motivo para que le preocupe tanto?
—Me preocupa que una persona recién llegada confunda un informe incompleto con una decisión técnica errónea.
—A mí me preocupa lo contrario.
Beatriz alza una mano antes de que el intercambio crezca.
—Señores, por favor. Hemos conseguido que una investigadora que conocía bien a León venga a ayudarnos. Sería una pena dedicar su primer día a demostrar quién es más susceptible.
Desde la puerta se oye una voz que no pertenece a ninguno de los cuatro.
—Yo puedo participar en el concurso de susceptibilidad, si todavía quedan plazas.
Vicente aparece con dos vasos de agua y un paquete pequeño de galletas que ha encontrado en la máquina del pasillo. Lleva la chaqueta abierta y parece recién salido de un almuerzo que habría preferido no interrumpir.
—Soy Vicente Salcedo. Para todo lo que no implique saber dónde está una contraseña, estoy a su disposición.
Brigitte acepta un vaso y le estrecha la mano.
—Brigitte Monarch.