Julia ¿Dónde estás? 6. FILEXA #2
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6. FILEXA #2

—Me preocupa porque trabaja en lo mismo que nosotros, porque tiene una investigación policial encima y porque algunas de las personas que lo hicieron posible siguen allí. ¿Le sorprende?

—Me sorprende que hable de su rival con tanta familiaridad.

—En Barcelona, cuando llevas tiempo compitiendo, sabes quién diseña bien y quién vende humo. A usted le ha interesado León desde antes de que lo mataran. A mí también, y puedo demostrar que le ofrecí un puesto. ¿Qué podía ofrecerle usted?

Por primera vez, Sébastien tarda en contestar. Junta las puntas de los dedos y contempla el borde de la mesa.

—Una oportunidad de trabajar sin depender de un consejo dividido.

—Ya. Y al final León no trabajó para ninguno de los dos.

—Es una pérdida lamentable.

—Lo es. Pero usted no ha venido a hablar de su funeral. ¿Conoce a otros profesionales de su nivel?

—Conozco gente preparada en Francia. También en España.

—Quiero nombres, currículos y conflictos de interés declarados. Nada de traerme un genio anónimo envuelto en una caja de regalo.

La ironía le arranca una sonrisa breve al francés.

—Usted es una negociadora difícil.

—Usted es un inversor demasiado cómodo con el anonimato. Ahora mismo los dos tenemos una buena razón para no firmar.

—¿Y una para seguir hablando?

Carolina lo mira de frente.

—Mi equipo tiene una plataforma parcial que ya trabaja. No le voy a prometer un ARGOS acabado para el viernes. Si quiere invertir en ingeniería real, podemos hablar. Si lo que busca es una llave para una caja que ni siquiera está aquí, habrá perdido la tarde.

Sébastien cierra la carpeta. La respuesta le resulta menos agradable que las anteriores, pero su rostro conserva la misma cortesía.

—Envíeme el alcance de la demostración. No necesito presenciarla hoy.

—Lo recibirá después de que mis abogados revisen sus condiciones. Y añada una condición que me permita romper el acuerdo sin arruinarme si alguno de sus inversores desaparece.

—Estudiaremos una salida razonable.

—«Razonable» es una palabra que mis abogados cobran muy cara por traducir.

Se levantan. Carolina lo acompaña hasta el pasillo, pero no hasta la puerta principal. Desde la zona de laboratorios, Laia levanta la cabeza al ver pasar al visitante y espera a que desaparezca antes de acercarse.

—¿Tenemos dinero? —pregunta.

—Tenemos a alguien que insiste en traerlo.

—Eso no paga una nómina.

—Por eso todavía no he comprado un coche más grande.

Laia intenta contener una sonrisa.

—Ha vuelto a preguntar por investigadores, ¿verdad?

Carolina asiente. No le cuenta que la curiosidad de Sébastien parece concentrarse demasiado en la gente que conocía a León.

A la salida, el francés sube a un automóvil discreto y comprueba dos mensajes sin responder a ninguno.

Tiene otras urgencias, y ninguna aparece en las carpetas que ha dejado a Carolina.

***

Max Ferrer atraviesa el pasillo central de NEXORA sin detenerse en los saludos.

La camisa le queda perfecta, la americana parece recién cepillada y tiene esa expresión de superioridad irritada que suele adoptar cuando alguien pretende discutir un componente que él ha especificado.

Sin embargo, al llegar a la puerta de su despacho comprueba por segunda vez que el teléfono está en silencio.

Dentro lo espera Vicente Salcedo. Está sentado de lado sobre un sillón, con una pierna ligeramente extendida y una funda de gafas abierta en la rodilla.

Su traje es demasiado amplio para la moda del momento y su corbata tiene un dibujo alegre que no consigue mejorar el humor de Max.

Sonríe como si hubiera venido a pedir una firma para una rifa benéfica.

—Si vas a preguntarme qué hago aquí, te ahorro el esfuerzo —dice Vicente—. He venido porque Beatriz no quiere vernos juntos en su despacho.

—Beatriz no quiere verme ni por separado.

—Eso demuestra que conserva el gusto.

Max tira la carpeta sobre la mesa. Le falta el sueño y le sobra rabia desde que ha reconocido la letra de León en unos planos que la policía ha solicitado conservar. Mira a Vicente.

—¿Tú sabías que estaban revisando mis compras?

—Si hay una investigación por homicidio en la empresa, alguien terminará revisando hasta los recibos del café.

—No me refiero al café.

—Entonces empieza por ahí, porque yo no sé qué te han pedido exactamente.

Max abre una factura y la señala con el dedo.

—Este lote de placas se autorizó antes de que el laboratorio cambiara las especificaciones. Luego hubo que pedir una segunda remesa. Beatriz me acusa de inflar el gasto, pero ella firmó la ampliación.

—¿La firmó porque le dijiste que era necesaria?

—Era necesaria.

—Eso contesta a una pregunta distinta.

Max levanta la mirada, molesto.

—¿Has venido a interrogarme tú también?

—He venido a decirte que la policía no es un departamento al que se pueda contestar con una bronca. Y a ver si todavía somos capaces de mantener el negocio en pie.

—El negocio estaba en pie mientras León trabajaba. Ahora cada uno busca una forma de lavarse las manos.

Vicente tarda en responder. Deja la funda de las gafas sobre una mesa auxiliar.

—¿Erais amigos, no?

Max gira hacia el ventanal. Más allá de la cristalera se ve un fragmento de la Diagonal, coches detenidos entre las franjas de sol y gente con bolsas de compra cruzando hacia una boca de metro.

—Veinte años —dice al fin—. Podía pasarse dos horas discutiendo conmigo por un tornillo. Después me llamaba para comer. La última vez discutimos delante de medio laboratorio. No pienso fingir que fue una despedida memorable.

—Lo siento.

—Pues haz algo útil y dile a Beatriz que no me vuelva a amenazar con apartarme hasta que esto se aclare. Estoy dispuesto a contestar a la policía. A su contabilidad inventada, no.

Vicente se incorpora despacio.

—Hablaré con ella. Pero si hay cosas que has firmado y no deberías haber firmado, más vale que consigas alguien que te explique cómo decirlo.

—¿Tú has firmado todo lo que debías?

—Firmar no es mi deporte favorito. A mi edad las lesiones tardan en curar.

Max no sonríe. Vicente se guarda las gafas y sale sin insistir. Al cerrar la puerta, Max vuelve a una hoja con importes y comisiones. Hay cifras que no puede justificar como un error técnico, y eso no desaparece por haber querido de verdad a León.

***

Al tren procedente de Francia le cuesta encontrar un hueco entre las vías de Barcelona-Sants.

Cuando por fin se detiene, Brigitte Monarch permanece unos segundos sentada mientras las demás personas buscan equipajes en los compartimentos superiores.

Ha dormido a intervalos, con una chaqueta doblada bajo la cabeza y el teléfono en la mano.

Lleva el cabello rubio recogido sin demasiada disciplina y viste vaqueros oscuros, camisa azul y zapatillas cómodas.

Junto a la ventanilla conserva una fotografía de León que ha vuelto a mirar cada vez que el paisaje desaparecía detrás de un túnel.

La estación la recibe con una corriente de aire tibio y anuncios que se superponen en catalán, castellano e inglés.

Hay niños sentados sobre maletas, una pareja que se besa sin dejar avanzar a nadie y un hombre que distribuye indicaciones con el brazo extendido.

Brigitte atraviesa la multitud hasta localizar a Andrius cerca de una cafetería.

El abogado lleva una camisa clara bajo una chaqueta demasiado formal para el calor de la mañana. Ha dejado una bolsa de documentos entre los pies y sostiene un vaso de agua sin beber. Cuando la ve, se acerca con una cautela que Brigitte interpreta como condolencia.

—Señorita Monarch.

—Brigitte, por favor. ¿Tiene la carta?

—Sí. Antes quiero decirle que siento haberle dado la noticia por teléfono.

—No habría sido mejor de otra forma —responde ella—. ¿Puedo verla?

Andrius no intenta retrasar el momento. Le muestra el sobre, todavía cerrado, y comprueba que Brigitte tiene consigo el documento que le había pedido para verificar la destinataria.

Se lo entrega tras dejar constancia de la recepción.

Ella reconoce la escritura de León en el exterior: algunas letras abiertas, otras inclinadas, todas familiares. No lo abre allí.

—¿Cuánto sabe usted de lo que ocurrió? —pregunta, dejando el sobre dentro de una carpeta rígida.

—Lo que puedo contarle es limitado. Encontraron a León muerto en su lugar de trabajo. La policía investiga. Había dejado instrucciones de que contactara con usted si sucedía algo grave.

—¿Le amenazaron?

Andrius baja la vista hacia el vaso.

—Vino a verme preocupado. No me explicó cada detalle de sus temores. Si lo hubiera hecho, quizá hoy tendría otras respuestas que ofrecerle.

—¿Qué esperaba que hiciera yo?

—Que recibiera su carta. No me encargó decidir por usted.

Brigitte aprieta los labios. La serenidad que había mantenido en el trayecto empieza a abandonarla.

—Era mi padrino. Me enseñó a reconocer el olor de un componente quemado antes de que aprendiera a conducir. Y ahora todo lo que me dice el mundo es que ha muerto, que están investigando y que debo esperar.

—No tiene que esperar para llorarlo —responde Andrius—. Para otras cosas sí convendrá que escuche a quienes están investigando.

Salen hacia una zona más tranquila de la estación.

Brigitte acepta un café que apenas prueba y abre el sobre con la uña.

Lee la carta en silencio, una vez sin levantar la mirada y otra más despacio.

León le habla de su trabajo, de las dudas que nunca quiso ocultarle cuando ella comenzó a investigar y de lo orgulloso que está de la científica en la que se ha convertido.

Le pide que no tome una decisión por gratitud hacia él ni por miedo a la gente que pueda presentarse como su heredera profesional.

También le deja asuntos personales que no comparte con el abogado.

Nada de lo que lee le indica dónde se guarda un invento ni le concede un derecho de acceso a los archivos de NEXORA.

Brigitte dobla el papel por las marcas originales y permanece con él sobre las rodillas. Por primera vez desde la llamada, se permite llorar sin volver la cara.