Julia ¿Dónde estás? 6. FILEXA
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6. FILEXA

El edificio de FILEXA despierta antes que los comercios de la calle.

En las cristaleras de la planta baja todavía se reflejan las luces de los semáforos, y un camión de reparto descarga cajas junto a una panadería que empieza a perfumar de mantequilla la acera.

La humedad del amanecer se pega a los plátanos de sombra.

Dos ciclistas cruzan la esquina con los chalecos abiertos, como si pedalearan para escapar del calor que llegará dentro de una hora.

En el interior, detrás de un cristal laminado que separa la zona de oficinas del laboratorio, una línea de pantallas anuncia en rojo un fallo que lleva toda la noche resistiéndose a desaparecer.

Carolina Rius observa el mismo aviso por tercera vez.

Se ha recogido el cabello en una coleta baja y lleva pantalón claro, una blusa negra de mangas dobladas y zapatos planos que no hacen ruido sobre el suelo técnico.

No ha venido para posar junto a una máquina ni para ofrecer ánimo a un equipo exhausto.

Tiene una taza de café entre las manos y la expresión de quien sabe exactamente cuánto cuesta cada minuto de una sala con aire acondicionado, servidores y seis empleados que deberían estar descansando.

—Decídmelo de una vez —pide—. ¿Tenemos un problema de datos o un problema de vanidad?

Laia Pons, directora técnica, aparta una silla con el pie.

Es una mujer de treinta y tantos, de cabello corto y cobrizo, pecas sobre una nariz pequeña y una manera de hablar que se vuelve más lenta cuanto más irritada está.

Lleva el mismo jersey gris de la tarde anterior y una pulsera elástica alrededor de la muñeca, utilizada a ratos para sujetar cables y a ratos para recordar que no debe arrancarse la piel junto a las uñas.

—Tenemos un sistema que encuentra coincidencias —responde—. Y un cliente que no va a pagarnos por decirle que las coincidencias existen.

—Eso ya lo sabíamos ayer.

—Ayer creíamos que el problema estaba en la visualización. Hoy sabemos que es más profundo. Mira.

Laia le muestra una prueba. Unas coincidencias parecen reales; otras resultan absurdas. El programa sigue dando avisos incluso cuando faltan datos importantes.

—¿Cuántos falsos positivos? —pregunta Carolina.

—Demasiados errores. Cuando falta información, el programa se inventa una relación y la presenta como segura.

—¿Y los módulos de Néstor?

Laia la mira un instante.

—Precisamente por eso quiero hablar contigo a puerta cerrada.

Carolina deja el café. Al otro lado del cristal, un joven celebra que una prueba haya terminado sin bloquearse. Laia lleva dos días revisando las herramientas compradas a Néstor.

—¿Qué has encontrado? —pregunta Carolina.

—Algunas partes se parecen demasiado a las de Nexora. No digo que no funcionen. Digo que quizá no eran suyas para venderlas.

—El contrato lleva su firma y la garantía que exigí.

—Una firma no convierte una copia en una creación original.

—Tampoco la convierte automáticamente en robada. ¿Hay algo que puedas demostrar?

—Si quitamos lo que nos vendió, perderemos meses. Si lo dejamos, cualquiera de Nexora podría reconocerlo.

Carolina no aparta los ojos de la pantalla.

—¿Y si las reescribimos?

—Podemos sustituir esas piezas, pero no de hoy para mañana. Tenemos un programa propio; es peor y más lento, aunque al menos sabemos de dónde sale.

—Trabajad en las dos opciones. Quiero saber hasta dónde podemos llegar sin él.

Laia cruza los brazos.

—¿Me estás pidiendo una copia de seguridad del delito?

Carolina deja pasar la insolencia. Se acerca al monitor y señala con la uña un campo de la pantalla.

—Te pido que conserves todos los documentos. No quiero que nadie descubra antes que nosotras qué hemos comprado y cuánto nos compromete.

—Eso nos deja muy expuestas.

—Nos deja con documentos. Expuestas estamos desde el día que acepté el primer módulo.

Laia esperaba una excusa. La franqueza la obliga a mirarla de otra manera.

—Entonces lo sabías.

—Sabía que era arriesgado. Compré porque quería ganarles la carrera. No me presentes ahora como una inocente.

Laia guarda silencio. Detrás de ellas alguien deja caer un rotulador al suelo y maldice en catalán.

—Lo que necesitamos —dice al fin— es una investigadora que entienda el problema de fondo. No otra persona que escriba una capa bonita encima.

Carolina piensa en León, en la mirada con que examinó sus gráficos durante aquel almuerzo frente al mar. Había hecho una pregunta sobre los resultados erróneos que todavía continúa escuchando en la cabeza.

—Ya conocí a alguien así —responde.

—Y no quiso venir.

—No. Y ahora no puede.

Laia baja la mirada. Ninguna añade una palabra.

La pantalla cambia del rojo al ámbar después de una nueva prueba, pero el resultado sigue siendo insuficiente.

Carolina abre el calendario de reuniones y llama al responsable financiero.

No va a presentar una demostración maquillada.

Va a necesitar dinero y tiempo, y Sébastien Moreau ofrece ambas cosas a un precio que todavía no conoce del todo.

***

En NEXORA, Beatriz Valcárcel encuentra a Sandra colocando sobre su escritorio una carpeta con separadores amarillos.

La presidenta conserva una apariencia impecable a pesar de las horas de reuniones y preguntas policiales: traje azul oscuro, pendientes de oro blanco y el cabello suelto sobre la solapa.

Lleva en la mano dos teléfonos y una hoja con el dinero disponible y los pagos pendientes de ARGOS.

Deja uno de los aparatos en la mesa, examina el primer separador y frunce los labios.

—Te pedí los justificantes del segundo trimestre, no una antología de nuestros pecados.

Sandra no sonríe. Es más joven, de rostro fino, ojos grandes y un pelo castaño recogido con una pinza que parece a punto de soltarse.

Viste una falda gris y una camisa blanca cuidadosamente planchada.

Tiene unas ojeras que el maquillaje apenas consigue disimular.

Por la mañana ha visto a Aarón salir del ascensor junto a Beatriz, riéndose de algo que ella no ha oído.

—He ordenado los documentos como me pidieron los abogados —responde—. Están separados los contratos de proveedores y las solicitudes de subvención.

—¿Y por qué falta el anexo de la tercera remesa?

—Porque lo firmaron ustedes sin pasarlo por secretaría.

Beatriz levanta la vista.

—El verbo correcto es «tramitar». Las cosas se tramitan. «Pasar» sirve para la pelota y para las facturas que no queremos ver.

—Precisamente por eso lo señalo. Si la policía pide ese anexo, no sabré decirles dónde está el original.

—Les dirás lo que sepas. Ni más ni menos. Y deja de mencionar a la policía cada vez que traigas un archivador. Esto sigue siendo una empresa.

Sandra aprieta la carpeta contra el borde de la mesa. Podría decirle que los agentes ya conocen las diferencias entre determinadas fechas de pago y de entrega. Podría hablar de las anotaciones que León le pidió revisar antes de morir. En lugar de eso, pregunta:

—¿Quiere que haga una lista de quienes autorizaron mover dinero de un gasto a otro?

—Quiero que no confundas una comprobación interna con una invitación a señalar culpables.

—No estoy señalando a nadie.

—Entonces será fácil preparar los papeles sin opiniones.

Beatriz se sienta, abre el correo y descubre un mensaje de Max reclamando una reunión urgente. Hace un gesto de impaciencia.

—¿Dónde está Aarón?

—No llevo su agenda privada.

La mirada de Beatriz se levanta despacio.

—No te he preguntado si llevas su agenda privada.

—Lo vi bajar al aparcamiento —responde Sandra, sin bajar los ojos—. Hace un momento.

—Pues dile que me llame cuando vuelva. Y cierra la puerta.

Sandra sale con la carpeta pegada al cuerpo.

Al llegar a su mesa no llama a Aarón. Abre un cajón y retira una funda de plástico que contiene fotocopias de determinados extractos y una lista de expedientes con fechas que no cuadran.

No ha conseguido reunir todo, ni sabe todavía cuánto de aquello podría perjudicarla a ella.

Introduce la funda en su bolso, cierra el cajón y llama al número que la subinspectora Blanc dejó en su tarjeta.

***

Carolina recibe a Sébastien en una sala de reuniones al fondo de FILEXA, donde las paredes no están cubiertas de pantallas motivacionales sino de pruebas fallidas: gráficos tachados, esquemas de versiones y una hoja en la que alguien ha escrito a rotulador «NO CONFUNDIR QUE FUNCIONE CON QUE SEA CORRECTO».

En la mesa hay agua, café y dos carpetas.

No hay un contrato preparado para firmar.

El francés llega con un traje gris sin corbata. No parece cansado, aunque las sombras bajo los ojos acentúan la dureza de sus facciones. Examina la frase de la pared antes de sentarse.

—Su equipo tiene sentido del humor —observa.

—Tiene derecho a tenerlo mientras no me lo facture —contesta Carolina—. ¿Ha traído los nombres de sus inversores?

—He traído una propuesta con cifras.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Responde a la que hará después.

Carolina aparta una carpeta para hacerle sitio. Al otro lado de la pared, Laia conduce una prueba con dos técnicos; el zumbido constante de la climatización hace que las voces lleguen amortiguadas.

—La última vez hablamos de dinero —dice Carolina—. No voy a entregarle mi empresa a cambio de una inversión que apenas cubre los gastos.

—No he solicitado exclusividad mundial.

—Pidió ventajas sin fijar límites. Yo he aprendido a desconfiar de esas frases.

Sébastien ofrece pagar una parte de inmediato y el resto cuando el prototipo supere una prueba independiente. A cambio quiere intervenir en su futura explotación. Carolina lo escucha hasta que menciona al equipo científico.

—¿Por qué necesita entrevistar a mis científicos? —pregunta.

—La calidad de un desarrollo depende de quienes lo dirigen. Es una comprobación elemental.

—Que la haga un auditor nombrado por ambas partes. Usted no va a pasearse por el laboratorio preguntando quién sabe más de Nexora.

Él la observa con curiosidad.

—Parece que esa empresa le preocupa más de lo que reconoce.