5. FORTUNY Y BLANC #10
—No. Me quedé fuera. Estaba jugando con el teléfono, casi lo pierdo cuando salió.
—¿Vio que entregara algo, que llevara un paquete o que alguien lo recogiera? —pregunta Cata.
—No. Lo vi entrar y salir. Nada más.
—¿Le comunicó esos movimientos a quien le pagaba?
Aarón frota la palma de una mano contra el pantalón.
—Sí. Esa misma tarde.
—¿Y qué ocurrió después?
—Después lo mataron —responde, con una voz que ya no sostiene la fingida despreocupación de la primera entrevista—. No sé qué hicieron con mis mensajes. Si lo hubiera sabido...
Jordi no le termina la frase.
—Lo que queremos saber es quién los recibió.
—Ojalá pudiera decírselo.
Cata recoge la relación de mensajes que Aarón ha decidido aportar con asistencia letrada. Necesitarán contrastar los números, los pagos y las horas; la culpabilidad que el joven siente no convierte sus sospechas en hechos demostrados.
***
Cuando la tarde siguiente empieza a oscurecer, una agente de análisis de imágenes llama a la puerta del despacho con un ordenador portátil bajo el brazo.
—Inspector, subinspectora, creo que deben ver esto. Hemos reunido las grabaciones que nos han facilitado el periódico, el aparcamiento cercano a la clínica veterinaria y varias cámaras de la zona de Sali.
—Pase y póngalas en pantalla —responde Cata.
La agente conecta el equipo. Los vídeos saltan de una calle a otra, con franjas sin cobertura y matrículas ocultas por los reflejos.
—¿Es la misma furgoneta en todos? —pregunta Jordi.
—No puedo asegurarlo con estas imágenes. Coinciden el tipo de carrocería y ciertas marcas laterales. Aquí tenemos una letra que parece una H; aquí, parte de una E. Pero el orden completo del rótulo no se ve.
—En el periódico Rosana leyó «HERMANOS» —recuerda Cata.
—Por eso buscamos coincidencias —responde la agente—. Necesitamos una cámara donde el rótulo se vea entero y un dato de tiempo que conecte los recorridos.
Jordi se inclina hacia la pantalla.
—¿Y la matrícula?
—Parcial. Si invento los números que faltan, puedo darle diez furgonetas distintas.
—Pues no invente ninguno —contesta Jordi—. Prefiero que nos traiga una undécima imagen.
Jordi se acerca al monitor con las manos metidas en los bolsillos.
—Si nos quedamos solo con la palabra «HERMANOS», aparecerán medio centenar de negocios —murmura Jordi mientras observa la pantalla.
—No vamos a buscar una palabra sola —responde Cata—. Tenemos modelo aproximado, color, marcas en la carrocería y tres franjas horarias. Y hay una mujer que vio a dos hombres con dos heridos en el vehículo.
—Esa mujer vio una blanca. No leyó el nombre.
—Por eso cruzaremos los datos y no los confundiremos con una identificación.
Sobre la mesa quedan el parte de la veterinaria, la primera noticia de la desaparición de Sali y José María, el registro de la credencial utilizada en Nexora y las imágenes aportadas por Rosana. Cata extiende las hojas en el orden de las horas conocidas.
—Miremos otra vez la secuencia —le propone a su padre—. Y dejemos espacios en blanco donde no tenemos testigos.
—Primero desaparece la pareja —dice él—. Después se utiliza una credencial que pertenece a José María. León muere. Y al día siguiente entran dos falsos técnicos en el periódico donde trabaja la hermana de una de las personas desaparecidas.
—Eso es lo que podemos ordenar —responde Cata—. Todavía no podemos afirmar quién estaba en cada sitio.
—Pero alguien ha seguido el camino de los papeles desde el científico hasta la periodista.
—Y quizá por eso la periodista tampoco está ahora en su casa.
Cata señala el espacio entre la muerte de León y el último mensaje de Julia. Durante aquel intervalo tienen movimientos documentados, pero también silencios. Cierra el bolígrafo sin borrar ninguno de los signos de interrogación.
Una especialista de delitos tecnológicos llama a la puerta entreabierta. Entra con una copia del registro técnico y se detiene al ver la pantalla llena de vídeos.
—¿Interrumpo?
—Solo si nos trae malas noticias —responde Jordi.
—Entonces interrumpo un poco. Hemos recuperado el listado de accesos del corredor de mantenimiento.
—Siéntese —le indica Cata—. Díganos primero de dónde procede y qué conserva.
—Es una copia extraída del sistema sin alterar el original. Hay un salto en el índice de grabaciones. Podría haber existido una manipulación, pero necesitamos analizar los archivos que faltan.
—¿De qué terminal procede la operación? —pregunta Cata.
—Tenemos un identificador técnico, no el nombre de quien lo utilizó. Debemos cruzarlo con los turnos y los permisos.
—¿Podemos saber si se borró algo? —insiste Jordi.
—Todavía no. Por eso he venido antes de que nadie intente reconstruir los archivos a lo bruto.
—Bien hecho —contesta el inspector—. Nadie toca el sistema original.
La agente acaba de marcharse cuando suena el teléfono de Cata. Contesta sin levantarse.
—Blanc.
—Subinspectora, le llamo de la unidad que tramita el requerimiento bancario —dice una voz—. La entidad ha recibido la solicitud y se ha comprometido a conservar las imágenes del acceso de León.
—¿Nos las pueden remitir ya?
—Todavía están formalizando la entrega. No hay información sobre operaciones ni depósitos.
—Avísenme cuando lleguen. Y confirmen qué cámaras cubren la entrada y qué intervalos quedan fuera.
Cata cuelga y Jordi levanta una ceja.
—¿Algo bueno?
—Por lo menos conservarán las grabaciones. Aún no nos permiten concluir qué hizo León allí.
—¿Ya las han entregado? —pregunta Jordi.
—Aún no. Están tramitándolo. No tenemos nada que nos permita abrir una caja ni saber si existe una a su nombre.
Jordi comprueba la hora y vuelve a las fotografías del vehículo.
Cata saca la transcripción de la segunda declaración de Aarón.
—Él dice que siguió a León hasta el banco, pero que no vio qué llevaba —recuerda—. Y luego informó a quien le pagaba.
—¿Tenemos ya los teléfonos? —pregunta Jordi.
—Los que él aportó. Falta relacionarlos con personas reales y comprobar los pagos. Los números pueden llevarnos a intermediarios, no necesariamente a quien dio la orden.
Jordi vuelve a ponerse las gafas.
—De momento sabemos que alguien pagaba por vigilar al científico. A mí eso me parece suficiente para no dormir tranquilo.
Fuera, los coches avanzan despacio bajo las farolas.
Jordi ve pasar a una pareja que camina cogida de la mano y vuelve a la mesa, donde están las fotografías de Sali y José María junto a la de Julia.
Las tres personas continúan sin aparecer; a León ya lo han encontrado muerto.
Le basta mirar esas cuatro caras para comprender que no puede dar por terminada la jornada.
***
Brigitte Monarch recibe por fin la llamada de Andrius en una oficina de investigación al otro lado de los Pirineos.
Es francesa, ronda la treintena y lleva el cabello rubio, suelto sobre los hombros, ligeramente ondulado en las puntas.
Tiene los ojos claros y atentos, y la concentración tranquila de quien puede pasarse horas ajustando una prueba sin perder la paciencia.
Viste una blusa azul y pantalones oscuros; su chaqueta descansa sobre el respaldo de la silla.
Había dejado abierta una revisión técnica cuando el teléfono volvió a sonar.
—¿Madame Monarch? —pregunta Andrius al otro lado de la línea.
Brigitte aparta una libreta del teclado.
—Sí. Me han dicho que ha llamado desde Barcelona. ¿Quién es usted?
—Andrés Panadero. Soy abogado de León Núñez de Galindo.
—¿De mi padrino? ¿Le ocurre algo?
Andrius mira la carta cerrada que descansa sobre su mesa. Se ha preparado para decir la frase, pero le sigue resultando difícil.
—Brigitte, siento mucho tener que comunicarle que León ha muerto.
Al otro lado no se oye nada. Después se escucha el roce de una silla.
—¿Cuándo? —pregunta ella, en un castellano fluido que conserva una leve cadencia francesa.
—Lo encontraron en las instalaciones de Nexora, en Barcelona. La policía está investigando su muerte.
—¿Lo han encontrado? ¿Dónde?
—En las instalaciones de Nexora, en Barcelona.
—Él tenía que llamarme —murmura Brigitte—. Me dijo que cuando acabara unas pruebas hablaríamos.
Andrius no intenta llenar el silencio. Espera mientras ella busca una pregunta que pueda sostenerse.
—¿Está usted seguro? —pregunta, con una voz tan baja que Andrius tiene que acercarse el auricular.
—Lo siento mucho. Ojalá no tuviera que decírselo.
Brigitte mira una fotografía antigua situada entre sus libros y se obliga a volver a escuchar.
—¿Por qué me llama usted? —pregunta al fin—. ¿Le dejó algo para mí?
—Preparó una comunicación por si le ocurría algo. Debo asegurarme de que la reciba de la forma que él indicó.
—¿Es una carta?
—Sí.
—¿La ha leído?
—No. Está cerrada.
Brigitte apoya los dedos sobre el marco de la fotografía.
—¿Cómo puedo recibirla? —pregunta Brigitte—. No quiero que termine en manos de otra persona.
—Voy a seguir las instrucciones de León para hacérsela llegar de manera segura —responde Andrius—. Si decide venir a Barcelona, podremos hablar personalmente.
—¿La policía sabe que existe? —pregunta ella.
—Les he comunicado que León dejó una carta para usted. No conocen lo que dice; yo tampoco.
Brigitte mira la fotografía de su padrino y se limpia una lágrima que no ha advertido caer.
—Estaré allí en cuanto pueda.
Cuando cuelga, Brigitte permanece inmóvil ante una fotografía donde aparece de niña al lado de León, los dos inclinados sobre una mesa de laboratorio.
El recuerdo, más cercano que las palabras del abogado, termina por moverla.
Cierra el portátil sin guardar el documento, vuelve a abrirlo para terminar un correo urgente y descubre que lleva varios segundos mirando la pantalla sin comprender una sola palabra.
Se levanta, se lava la cara y comienza a organizar el viaje.
***
La comisaría ya tiene las luces encendidas cuando la agente que gestiona los requerimientos bancarios llega al despacho con una memoria de trabajo y el acta de entrega de las grabaciones.
—Con permiso, inspector. El banco ha remitido lo solicitado.