Julia ¿Dónde estás? 5. FORTUNY Y BLANC #9
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5. FORTUNY Y BLANC #9

—Necesitamos saber cuándo habló con él, qué le ofreció y si hubo contactos después de su negativa.

—Si no recuerdo una fecha exacta, espero que no me detengan por eso.

—Le preguntaremos por las fechas que podamos contrastar. Empecemos por la oferta.

Carolina deja por fin de observar el reloj de Jordi y se dispone a contestar.

—Le ofrecí trabajar aquí —admite Carolina—. No soy la única empresaria de Barcelona que intentó contratar a un hombre brillante.

—¿Aceptó? —pregunta Cata.

—No. Tenía demasiado apego a sus problemas.

—¿Le hizo alguna propuesta fuera de un contrato laboral?

Carolina apoya los dedos sobre la mesa. No se altera; elige qué parte de la historia resulta defendible.

—Hablamos de colaboración técnica. Nada firmado. Si me pregunta si quería mejorar mis productos con la experiencia de León, la respuesta es sí. Si me pregunta si intenté robarle una libreta, la respuesta es no.

—No he utilizado esa palabra —observa Cata.

—En su oficio y en el mío conviene escucharla antes de que alguien la pronuncie.

Jordi toma el relevo.

—¿Conoce a Néstor Cifuentes?

—Profesionalmente. El sector es más pequeño de lo que parece.

—¿Han realizado operaciones económicas?

—Tenemos contratos que nuestros asesores pueden examinar con ustedes en el marco que corresponda.

—¿Y sabe si los materiales incluidos en esos contratos pertenecían a Nexora?

Carolina sonríe con los labios cerrados.

—Supongo que por eso están aquí y no visitando a un competidor que vende cafeteras. Mis contratos tienen garantías. Las garantías no impiden que una persona mienta.

Cata apunta la respuesta palabra por palabra. Carolina ha hablado de garantías contractuales, pero no de ignorancia. Mira la carpeta que la empresaria mantiene cerrada y continúa el interrogatorio.

—Hay otro nombre —añade la subinspectora—. Sébastien Moreau.

Carolina inclina ligeramente la cabeza.

—Lo conozco.

—¿En qué circunstancias?

—Me presentó una propuesta de financiación. Después volvió a hablar de posibles acuerdos comerciales. No hemos cerrado nada definitivo.

—¿Le pareció una persona fiable?

—Me pareció una persona que sabía hacer negocios, que no es lo mismo. ¿Desde cuándo investiga la policía si un financiero cae simpático?

—Desde que intentamos saber quién habló con un hombre que ha sido asesinado —responde Jordi.

Carolina no aparta la mirada.

—Entonces pregúntenle a él. Si es importante para su investigación, supongo que podrán encontrarlo.

—Necesitaremos las fechas de sus reuniones con Sébastien y las comunicaciones que conserve —dice Cata.

—Se las facilitarán mis abogados en la forma que corresponda.

—¿Podría localizarlo ahora si fuera necesario? —pregunta Jordi.

—Podría llamar al número que tengo. Que me responda ya es otra cuestión.

—¿Qué sabe de sus otros clientes?

—Los hombres que mueven dinero suelen procurar que sus clientes no se conozcan entre ellos.

Cata cierra la libreta.

—Entonces empezaremos por los que sí se conocían. Le pediremos también copia de sus acuerdos con Néstor.

—Siempre que el requerimiento esté bien redactado —responde Carolina, poniéndose en pie—. En mi empresa trabajamos con bastante precisión.

—Lamento la muerte de León —dice, y esa vez no parece estar construyendo una respuesta para un informe—. Era un investigador excepcional. También era terco como pocos.

—Las dos cosas pueden ser ciertas —contesta Cata.

Carolina mira hacia el laboratorio, donde una gráfica acaba de provocar una discusión.

La vida de FILEXA continúa, y ella no piensa permitir que una investigación ajena la detenga.

Cuando los agentes salen, llama a su responsable técnico para adelantar la revisión del prototipo alternativo.

Después pide una reunión con el departamento jurídico.

Va a proteger su empresa, pero también el negocio que podría hacerla mucho más rica.

***

Andrés Panadero García, al que casi nadie llama por ese nombre completo desde el colegio, aparece en la comisaría con una carpeta azul apretada contra el pecho y un pañuelo que utiliza para secarse el sudor del cuello.

Ronda los cuarenta, tiene el rostro ancho, barba oscura recortada, ojos vivaces y una sonrisa que asoma incluso cuando está verdaderamente preocupado.

Lleva una camisa de rayas cuyo cuello no termina de asentarse, pantalones claros y unos zapatos demasiado lustrosos para el calor de la calle.

Entra pidiendo disculpas por un retraso de siete minutos y explica que ha estado intentando aparcar en un lugar donde el ayuntamiento pareciera dispuesto a perdonarle la vida.

—Soy el abogado de León Núñez de Galindo —dice a la agente que lo recibe—. Y no vengo a defenderme. Por lo menos, todavía no.

Cata lo conduce a una sala. Jordi observa la carpeta como quien contempla un objeto que quizá esté a punto de complicarle mucho la jornada.

—¿Qué puede decirnos de su cliente? —pregunta.

Andrius se sienta, coloca la carpeta de canto, advierte que va a caer y la tumba de inmediato.

—Que era más listo que yo. Eso es fácil, pero en su caso no había discusión. Y que estaba asustado. Muy asustado. No con el miedo de quien debe una factura, sino con el de quien cree que ha hecho algo que ya no puede deshacer.

—¿Cuándo vio por última vez a León? —pregunta Cata.

Andrius estira las arrugas de la carpeta azul.

—Hace unos días. Vino con un sobre que no me gustó nada.

—¿Por qué?

—Porque cuando un cliente te entrega instrucciones por si aparece muerto, el abogado empieza a plantearse que se ha equivocado de profesión.

—¿Qué instrucciones eran? —pregunta Jordi.

—Dejó una carta cerrada para una persona concreta y me dio instrucciones sobre cómo comunicar su existencia si ocurría algo grave. No la he leído. Como abogado suyo, hay extremos de esa correspondencia que debo reservar.

—¿Puede decirnos quién es la destinataria? —pregunta Cata.

—Brigitte Monarch. Una científica francesa. El señor Núñez de Galindo me encargó que la localizara si fallecía.

—¿La conoce personalmente? —pregunta Jordi.

—No. Solo tengo los datos que me facilitó León.

—¿Y por qué nos cuenta ahora lo de la carta? —pregunta Cata.

—Porque estoy aquí para informarles de que León temía que algo le sucediera, y de que había previsto avisar a una persona relacionada con su vida. No voy a inventarme lo que dice dentro para convertirlo en una pista.

—¿Le nombró a alguien que lo amenazara? —pregunta Cata.

—Habló de dinero y de personas que querían resultados. No estoy en condiciones de atribuirle ahora una frase literal sobre alguien a quien no vi. No quiero que mi imaginación termine en el atestado.

—Eso se lo agradecemos —dice la subinspectora.

—Yo agradezco que alguien valore mis silencios. En mi profesión suele ocurrir al revés.

—¿Ya ha conseguido hablar con Brigitte Monarch? —pregunta Jordi.

—Todavía no. He dejado un aviso en su lugar de trabajo en Francia y espero que me devuelva la llamada. La carta continúa cerrada en mi despacho.

—¿Ella trabajaba con León? —pregunta Cata.

—No me consta que trabajara en Nexora. Tampoco puedo confirmar si conoce sus problemas profesionales.

Cata escribe el nombre completo de Brigitte y la referencia de la carta junto a los datos de contacto que el abogado acepta facilitar. Ahora tienen un nombre que comprobar, no una declaración de su destinataria.

—¿La enviará por correo? —pregunta Jordi.

—Primero debo hablar con ella y seguir las instrucciones que dejó León. Quiero tener la certeza de que llega a sus manos, no a las de cualquiera.

—Avísenos cuando sepa si viene a Barcelona —le pide Cata—. Nos gustaría hablar con ella, pero sin atribuirle todavía conocimientos que no ha demostrado tener.

—Lo haré —responde Andrius—. Y si necesito que alguien vigile la puerta de mi despacho, se lo pediré a ustedes, no al portero.

Jordi deja pasar unos segundos.

—Si vuelve a recordar algo que pueda ayudarnos a reconstruir las últimas horas de León, llame. No intente investigar por su cuenta.

—Inspector, mi profesión consiste en meter la nariz donde otras personas la preferirían lejos. Pero le prometo que intentaré distinguir una investigación de una estupidez.

—Con eso ya tendremos bastante trabajo los dos.

Al salir, Andrius se detiene ante un tablón de anuncios y pregunta a una funcionaria dónde puede conseguir un café que no sepa a extintor.

La mujer lo envía a una máquina del pasillo.

Él la contempla con recelo, decide que su vida no está para experimentos y se marcha con el pañuelo otra vez en la mano.

Cata lo sigue con la mirada.

—Habla demasiado.

—A veces eso ayuda —responde Jordi—. Siempre que no confundamos lo que habla con lo que sabe.

***

La nueva declaración de Aarón tiene lugar al día siguiente, esta vez con su abogado sentado a su lado. No lleva el traje de Nexora, sino una camisa clara mal planchada, y ha apoyado el teléfono boca abajo sobre la mesa.

—Hemos pedido que esté aquí porque su primera explicación quedó incompleta —dice Cata—. ¿Desea continuar con su abogado presente?

El letrado se inclina hacia su cliente, le pregunta en voz baja si desea continuar y escucha la respuesta. Después mira a la subinspectora.

—Mi cliente quiere explicar lo sucedido. Estaré presente durante su declaración y le pediré que aclare cualquier pregunta que no comprenda.

—De acuerdo —responde Cata—. Aarón, puede empezar por la clase de mensajes que recibió.

—Los mensajes que recibía... No eran recados normales.

—¿Qué le pedían? —pregunta Jordi.

—Que siguiera a León. Que dijera adónde iba, con quién se reunía y cuánto tardaba. Al principio pensé que era cosa de alguien de la empresa.

—¿Le dijeron quién encargaba los seguimientos?

—Nunca. Los números cambiaban. Yo respondía a uno y luego me escribían desde otro.

—¿Le pagaban después? —pregunta Cata.

Aarón mira a su abogado antes de contestar.

—Sí. Varias veces.

—¿Recuerda el último recorrido? —pregunta Jordi.

—Salió en su coche. Pasó por el centro, se acercó a Sants y después fue a un banco. Yo lo seguí en el eléctrico de recados.

—¿Entró detrás de él?