Julia ¿Dónde estás? 5. FORTUNY Y BLANC #8
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5. FORTUNY Y BLANC #8

—El hombre estaba muy dolorido, tenía golpes en el costado y respiraba con dificultad. La mujer estaba magullada y apenas se separaba de él.

—¿Qué hizo usted? —interviene Cata.

—Les acerqué agua y limpié superficialmente unas heridas. Les repetí que aquel sitio no estaba preparado para atender a personas y que debían ir a urgencias.

—¿Le pareció que el hombre corría peligro?

—No podía descartar lesiones internas. Yo no tenía medios para examinarlo.

—¿Los hombres aceptaron llevar a la pareja al hospital? —pregunta Jordi.

—Me miraron de una forma que no se me ha olvidado. Uno de los acompañantes contestó antes que ellos. «Ya los llevamos nosotros». No me gustó nada.

—¿Pudo hablar con los heridos a solas? —pregunta Jordi.

—No. Los dos hombres no se separaron de ellos.

—¿Alguno de los pacientes intentó darle su nombre o pedir ayuda? —insiste Cata.

—La mujer me pidió agua. Cuando le acerqué la botella la apretó con las dos manos, como si fuera la primera cosa que podía decidir por sí misma.

—¿Vio alguna arma?

—No.

—¿Escuchó algún nombre?

—Ninguno que recuerde. El que más hablaba llamaba al otro de mala manera, pero no sé si utilizó su nombre o un apodo.

—¿Por qué no llamó? —pregunta el inspector.

La veterinaria baja los ojos.

—Porque tengo pacientes, una auxiliar de veinte años y dos hombres en la puerta a los que no conocía. Porque me dijeron que los llevaban a urgencias y quise creerlo. No estoy orgullosa de mi decisión, inspector.

Jordi deja de escribir. Había preparado una respuesta seca, pero la mujer no intenta absolverse.

—No le pido que esté orgullosa. Le pido que nos ayude a encontrarlos.

Marta abre un cajón y saca una hoja que ha guardado entre los partes de los animales atendidos aquella madrugada.

—No abrí una ficha clínica a esos dos. No eran pacientes míos. Pero anoté la hora aproximada, el vehículo y lo que me dijeron. Pensé que, si ocurría algo, tendría que explicarlo.

Cata acerca la hoja hacia sí sin llevársela aún.

—Gracias. La incorporaremos con constancia de cómo y cuándo la escribió. ¿Conservan las cámaras?

—Sí, aunque el sistema sobrescribe imágenes al cabo de unos días.

—Le pediremos que no toque las grabaciones. Un especialista se encargará de extraerlas —responde Jordi.

Marta asiente y se frota la frente con el dorso de la mano.

—Anoche me fui a dormir pensando en ellos. Esta mañana he vuelto pensando en lo mismo.

Cata coloca dos fotografías recientes sobre la mesa, separadas de las de cualquier posible sospechoso.

—Antes nos ha descrito a dos personas heridas. ¿Reconoce a alguna aquí?

Marta examina primero el rostro de José María. Lo gira hacia la luz y vuelve a mirarlo. Luego se detiene en los ojos de Sali.

—Sí. Son ellos. Especialmente la mujer. Recuerdo cómo me miraba.

—¿Está segura de lo que reconoce? —pregunta Jordi.

—De ella, bastante. Del hombre, creo que sí. Lo vi peor y casi todo el tiempo estuvo encorvado.

Cata recoge las fotografías y anota las diferencias de seguridad con las que Marta ha identificado a cada uno.

—¿Podría describir a los hombres que la acompañaban sin volver a ver fotografías? —pregunta Cata.

—Creo que sí. El que hablaba tenía una manera de mover las manos que ocupaba toda la consulta. El otro se puso pálido cuando le pregunté si la mujer podía caminar sola.

Cata guarda la descripción por separado de las fotografías de la pareja. Necesitarán que Marta vuelva a relatar los hechos sin que las imágenes de otros hombres le dicten la memoria.

A la salida, Jordi observa las marcas antiguas de ruedas en el pavimento. Cata se acerca.

—No sabemos adónde fueron —dice.

—No. Pero ahora sabemos que estaban vivos después de desaparecer.

—Y que quien los llevó aquí no quería que interviniera un hospital.

—Eso ya es una razón para buscarlos antes de que se nos acabe el tiempo.

***

En un extremo de un polígono industrial, detrás de una hilera de almacenes cerrados, dos hombres se acercan a un contenedor con una bolsa de supermercado que gotea condensación.

Susurros lleva las gafas de sol torcidas y una camiseta que parece haber elegido a oscuras.

Fortuna, camina detrás cargando una garrafa de agua y un paquete de pan de molde.

Ha insistido en comprar también yogures, pero Susurros los ha dejado en la nevera de la Jumpy.

—No tienen cucharillas —ha dicho—. ¿Qué quieres que hagan, untárselos en la frente?

Fortuna golpea con los nudillos la puerta de metal antes de que su compañero consiga detenerlo.

—¡Pero tú estás loco! —susurra Susurros—. Si estamos intentando que nadie sepa que están aquí, no hace falta que anuncies la visita como el cartero.

—Es por educación.

—Pues mándales una postal la próxima vez.

Abren solo lo necesario para entrar. El olor a encierro les golpea de inmediato: aire tibio, ropa húmeda, metal calentado por el sol y la basura que arrastra el viento desde las naves vecinas.

Sali se pone de pie con dificultad. Tiene el cabello revuelto, la mejilla amoratada y la rabia suficiente para sostener la mirada de los dos hombres.

José María permanece sentado sobre una manta que le han traído, con una mano apretada contra el costado y la piel brillante de sudor.

Respira despacio para que no le duela tanto.

—¿Ya venís a decirnos que podemos salir? —pregunta ella.

—Primero comed —responde Fortuna, dejando el agua a su alcance.

—No te he preguntado por el menú.

Susurros levanta la bolsa de pan.

—Nos hemos gastado dinero en vosotros. Eso debería contar para algo.

—Cuenta como otra cosa que vais a tener que explicar a la policía —contesta José María.

Fortuna se arrodilla para abrir una botella y acercársela. Sali la coge antes de que el hombre tenga que tocar a su compañero. Le ayuda a beber despacio; José María tose, espera a que ceda el dolor y consigue tomar otro sorbo.

—Necesita un hospital —insiste Sali.

—Ya lo sabemos —dice Susurros—. No hace falta que lo digas cada dos minutos.

—Pues haced algo.

Fortuna abre una cajita de apósitos y un frasco de suero que ha comprado en una farmacia. Los deja sobre la manta, al alcance de Sali.

—Por lo menos hemos traído esto. No sé si servirá de mucho.

—No sirve para una costilla rota —responde ella—. José María tiene que verlo un médico.

—Si lo llevamos a urgencias nos van a preguntar quiénes somos —se excusa él.

—¡Porque sois los que nos habéis metido aquí!

—No hace falta que nos lo recuerdes —interviene Susurros.

Sali aparta el botiquín y le coloca a José María una mano en la espalda cuando vuelve a toser. Fortuna observa la escena sin encontrar nada que decir.

—O sea, que os preocupa más vuestra piel que la de él.

—Eso tampoco es así —protesta Fortuna, aunque la frase se le queda corta.

—Es exactamente así —dice José María, con una voz débil que conserva un resto de ironía—. Lo único que me sorprende es que lo hayas entendido tan deprisa.

Susurros mira a la puerta. No le gusta oír toser al hombre. Mucho menos pensar que puede morirse allí mientras ellos discuten. Se inclina hacia la pareja.

—Escuchad. Si estáis tranquilos y no hacéis tonterías, no os va a faltar comida ni agua. Volveremos. No digáis que os estamos ayudando, porque no os estamos ayudando.

—Nos habéis secuestrado —replica Sali.

—Precisamente. No me lo compliques más.

Fortuna alarga otra botella, esta vez llena. Durante un instante parece que va a decir algo, pero se arrepiente. Susurros lo empuja suavemente hacia la salida.

—Nos vamos. Y no os pongáis a golpear la puerta cuando pase una furgoneta. Podría venir alguien peor.

—¿Peor que vosotros? —pregunta Sali.

Susurros no responde. Cierra el cerrojo y se queda un segundo con la mano apoyada en el metal caliente. Desde dentro se oye a la mujer hablarle a José María en voz baja. No distingue las palabras.

—Lo vamos a soltar, ¿no? —pregunta Fortuna cuando están de vuelta en el vehículo.

—Cuando podamos.

—Eso dijiste ayer.

—Pues hoy lo he dicho con más ganas.

Arrancan sin encender la radio. El contenedor queda entre dos naves, invisible desde la calle principal. Los dos hombres se marchan convencidos de haber comprado unas horas más de tranquilidad, sin saber que la policía acaba de encontrar a una veterinaria capaz de describirlos.

***

Carolina Rius recibe a los investigadores en FILEXA al día siguiente de que comenzaran los interrogatorios en Nexora.

La empresa ocupa unas plantas claras de un edificio de oficinas donde las paredes de cristal dejan ver mesas de trabajo, pantallas de desarrollo y una zona de pruebas.

La maquinaria que se escucha al otro lado de una puerta no se parece a un laboratorio de ciencia ficción: ventiladores, ordenadores, personal que discute resultados con tazas de café y un empleado que busca un cable que alguien ha cambiado de sitio.

Carolina tiene cuarenta y tantos años, cabello rubio oscuro, largo y ligeramente ondulado, rostro de rasgos definidos y una manera de mirar que obliga a medir las palabras.

Viste pantalón negro, blusa crema y una americana de corte impecable que se quita cuando la conversación deja de ser ceremonial.

Habla con seguridad y sonríe a menudo, pero la sonrisa puede ser una invitación o una advertencia dependiendo de lo que ocurra después.

—Inspector. Subinspectora. Bienvenidos a la competencia —dice al estrecharles la mano—. Si vienen a comprar tecnología, les haré descuento. Si vienen a buscar secretos, saldrán decepcionados.

—Hoy no traemos presupuesto —responde Jordi.

—Entonces empecemos por lo segundo.

Se sientan en una sala desde la que se ve a dos programadores discutir sobre un resultado de prueba. Carolina no interrumpe a sus empleados para demostrar quién manda. Les ofrece café, espera a que el inspector lo rechace y pregunta de qué modo puede colaborar.

—Estamos reconstruyendo las últimas relaciones profesionales de León —explica Cata—. Sabemos que usted intentó contratarlo.

Carolina se echa hacia atrás.

—Todo Barcelona intentó contratarlo alguna vez.