Julia ¿Dónde estás? 5. FORTUNY Y BLANC #7
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5. FORTUNY Y BLANC #7

Julia mira de nuevo las ventanas de la casa de su hermana.

—Sí. José María me la repitió porque León había insistido especialmente en ella.

—«Busquen a Isabella» —contesta ella—. Con dos eles. Insistió en que se lo dijeran así.

—¿Sabe quién es? —pregunta Jordi.

—No. Podría ser una persona, un nombre de acceso o una pista que todavía no comprendo.

Cata escribe la grafía completa en su libreta.

—¿Y la llave que aparece en el inventario?

—Todavía estoy intentando averiguar a qué corresponde. Ahora mismo lo que me importa es encontrar a mi hermana.

—Si descubre a qué pertenece, comuníquenoslo —le pide Cata—. Y si contacta con usted alguien que conoce detalles de esos documentos, no acuerde ninguna reunión sin avisarnos.

—¿Me está diciendo que deje de trabajar?

—Le estoy diciendo que hay dos personas desaparecidas y un hombre muerto. Usted decide cómo ejerce su profesión; nosotros tenemos la obligación de advertirle de un peligro real.

Julia mira las ventanas de la vivienda de Sali, tres pisos por encima de la acera.

—Mi hermana no desaparece porque sí. José María tampoco. Si me quedo esperando, nadie me va a dar explicaciones.

Jordi interviene sin elevar la voz.

—No le pedimos que espere sin hacer nada. Le pedimos que no se convierta en la tercera persona que tengamos que buscar.

Julia vuelve a mirar el portal.

—Anote también esto: llevo desde esta mañana llamando a dos teléfonos apagados. No voy a quedarme esperando como si fuera un despiste.

—Vamos a investigar su desaparición —responde Cata—. Necesitamos que pueda localizarnos y que nos entregue los documentos por una vía segura.

—Rosana los tiene custodiados. Hablaré con ella para formalizar la entrega.

—Y, por favor, no acuda sola a ninguna cita de alguien que asegure conocer a León.

—Voy a tener cuidado —dice Julia. Es lo máximo que puede prometer con sinceridad.

Cuando cuelga, Julia conserva el teléfono unos segundos entre las manos. Le cuesta apartar los ojos del portal de Sali. En la comisaría, Cata deja el auricular despacio y mira la palabra ISABELLA que acaba de escribir en su cuaderno.

—No sé si va a hacernos caso —dice.

—Con suerte, encontrará algo que nosotros no hayamos encontrado todavía —responde Jordi—. Con menos suerte, nos obligará a buscarla también. ***

Rosana Rico llama cuando la luz empieza a desaparecer tras los edificios y los cristales de la comisaría se vuelven oscuros.

Cata reconoce la voz de la directora de La Barcelona d’Avui por el tono con que intenta ordenar la información: habla deprisa, pero repite cada hora y cada nombre antes de pasar al siguiente dato.

—Julia me ha escrito que salía del periódico —dice—. Iba a comprobar una cosa relacionada con su hermana. No contesta desde entonces. Y esta mañana tuvimos a dos falsos técnicos que intentaron entrar en mi despacho.

Cata se aparta de un grupo de agentes para escucharla mejor.

—Cuénteme primero qué hicieron esos hombres. Sin interpretaciones. ¿Los vio usted?

—A los dos. Uno se hacía llamar Javier y el otro Miguel Ángel, o algo parecido. Venían a arreglar el aire acondicionado, pero no sabían qué avería tenían que arreglar. Y querían entrar en mi despacho aunque la máquina estaba en otra parte.

—¿Recuerda la empresa que dijeron representar?

—Llevaban una furgoneta blanca con un rótulo. «HERMANOS». El papel que dejaron era una chapuza. He guardado las imágenes de la recepción y una fotografía que hizo una compañera cuando se marchaban.

Cata se vuelve hacia el ordenador donde tiene abiertas las diligencias de la pareja desaparecida.

—¿Cuándo vio por última vez a Julia?

Rosana consulta el mensaje de su compañera.

—Poco antes de que saliera. Llevaba la cazadora vaquera, pantalones oscuros y el bolso de siempre. Me escribió después para decirme que estaba comprobando una pista sobre su hermana.

—¿Se llevó los documentos?

—No. Los guardamos en la redacción. Tengo también el inventario de las copias.

—¿Ha podido hablar con ella desde entonces?

—Le he llamado una vez, dos, cinco. No contesta. Y si supiera que he contado las veces, se enfadaría conmigo por perder el tiempo.

—¿Ha recibido alguna llamada de ella que pareciera hecha bajo presión?

—No. Ninguna. Precisamente por eso estoy llamando ahora. Julia siempre avisa. Incluso cuando está enfadada conmigo.

La directora se queda callada unos segundos. Cuando vuelve a hablar, la firmeza ha cedido el sitio a algo mucho más personal.

—La conozco. No ha desaparecido porque sí.

—No le estoy diciendo que se haya ido voluntariamente —responde Cata—. Necesito que conserve todo: el mensaje de Julia, los vídeos, las horas, las llamadas y cualquier objeto que esos hombres hayan tocado. Enviaremos a agentes para formalizar la denuncia y recoger las imágenes.

—¿Y ustedes qué van a hacer?

—Empezar ahora mismo. ¿Tiene a alguien con usted?

—Tengo medio periódico. Y nadie sabe qué decir.

—Dígales que nadie borre nada. Usted quédese localizable.

Cuando cuelga, Cata busca a su padre, que está junto a una máquina de café tratando de convencerla de que entregue una bebida que no sepa a plástico.

—Tenemos otra desaparecida —dice.

Jordi deja el vaso sin probarlo.

—¿Julia?

—Julia. Y los hombres que han estado en el periódico conducían una furgoneta blanca con una palabra pintada: «HERMANOS».

El inspector mantiene unos segundos la mirada en su hija.

—La vecina de Sali habló de una blanca.

—Todavía no sabemos si es la misma. Pero la redacción conserva imágenes. Y ahora sí tenemos un rótulo que buscar.

Jordi se incorpora. El cansancio le sigue en la espalda, aunque sus pasos recuperan la rapidez con la que ha entrado esa mañana en Nexora.

—Llama a científica, que recojan las grabaciones. Y avisa al equipo de desapariciones. Si alguien pensaba que íbamos a cenar hoy, que lo llame y pida disculpas.

Cata marca el primer número antes de que él termine de hablar.

A la mañana siguiente la comisaría vuelve a llenarse de café recalentado, llamadas y papeles.

Una fotocopiadora se atasca cuando un agente intenta sacar el resumen de incidencias.

Jordi entra en el despacho con una carpeta de fotografías; Cata lleva rato revisando los avisos de cámaras cercanas al domicilio de Sali.

—No me digas que has dormido aquí —gruñe él.

—He dormido en casa. Lo justo para cambiarme de ropa.

—Eso no es dormir.

—¿Y tú?

—Yo estoy mayor para contestar preguntas personales.

Cata extiende unas imágenes sobre la mesa del despacho y señala dos puntos con el bolígrafo.

—Una vecina vio una furgoneta blanca cerca de la casa de Sali. Esta cámara recoge una matrícula incompleta, pero el modelo podría coincidir.

—¿Has podido identificar al conductor? —pregunta Jordi.

—No. La imagen no permite hacerlo. Y esta mañana apareció otro dato: una persona telefoneó desde un centro veterinario para preguntar cómo informar de una visita sospechosa.

—¿Visita de qué clase?

—Dos hombres entraron de madrugada con una pareja adulta herida en una furgoneta blanca. La persona que llamó no estaba segura de si debía denunciarlo.

Jordi acerca una de las fotografías a la lámpara.

—¿Un hombre y una mujer?

—Eso dijo. Nos toca comprobar si son nuestros desaparecidos.

—Entonces vamos a hablar con quien los atendió.

—Ya he pedido que no se borren las cámaras del establecimiento. Hay una en la entrada y otra en el aparcamiento.

—Un hombre y una mujer —confirma Cata—. Todavía no sabemos si son Sali y José María.

Jordi mira el mapa colocado junto a la pantalla.

—Entonces vamos a escuchar a quien los atendió. ¿Han asegurado las grabaciones?

—He pedido que no se borren. Hay cámaras en la entrada y en el aparcamiento.

Jordi contempla el rostro de su hija. Hay algo en su manera de preparar las preguntas que le recuerda a su madre, mucho más que a él: esa paciencia para reunir hechos pequeños que otros dejarían escapar mientras buscan una confesión espectacular.

—Conduce tú —le dice.

—¿Por qué?

—Porque quiero llegar vivo para conocer a la veterinaria.

—Tú no te metes en mi coche desde que dijiste que la radio tenía demasiados botones.

—Y sigo teniendo razón.

***

El centro veterinario ocupa una nave baja al extremo de una zona comercial, entre una tienda de productos para animales y un establecimiento de comida rápida que todavía no ha abierto.

En el aparcamiento quedan charcos de la limpieza nocturna; a través del cristal se ve a una auxiliar ordenar transportines y a un perro pequeño que protesta desde el fondo de una jaula.

La veterinaria que atendió a la pareja se llama Marta Vidal.

Es una mujer de unos cincuenta años, con el pelo oscuro surcado de canas y recogido en una trenza, ojos cansados y manos de movimientos firmes.

Lleva el pijama verde de trabajo bajo una bata abierta.

Cuando ve las acreditaciones, no parece sorprendida.

—He pensado en llamar cuatro veces —admite mientras los conduce a una consulta—. Y las cuatro me he dicho que quizá me había equivocado.

—Empiece por lo que vio —responde Cata—. Después decidiremos qué significa.

Marta se acomoda en un taburete, aunque apenas permanece quieta.

—Llegaron dos hombres con una pareja que casi no podía mantenerse en pie. Uno hablaba por los codos y el otro parecía dispuesto a discutir cada palabra.

—¿Cómo era la furgoneta? —pregunta Cata.

—Blanca, vieja. La dejaron tan cerca de la entrada que pensé que iban a descargar un caballo.

Jordi observa el pequeño box de exploración.

—¿Le dijeron por qué habían venido a una clínica de animales?

—Que necesitaban una cura urgente. Uno preguntó si lo que utilizamos para animales sirve también para personas. Le contesté que aquello no era un hospital.

—¿Alguno de ellos llevaba identificación o uniforme de una empresa?

—No que yo recuerde. Se discutían entre sí incluso mientras me pedían que los atendiera.

—¿Los conocía? —pregunta Jordi.

—No. Y no soy médica de personas. Se lo dije en cuanto vi a los heridos.

—¿Qué lesiones pudo observar? —pregunta Jordi.

Marta cruza las manos sobre las rodillas.