Julia ¿Dónde estás? 5. FORTUNY Y BLANC #6
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5. FORTUNY Y BLANC #6

Aarón aprieta los labios. La noticia lo persigue desde que vio a los agentes llegar.

Quisiera explicar que jamás supo lo que pretendían los hombres que le pagaban, pero también recuerda la satisfacción con la que aceptó el primer sobre, el segundo y el siguiente.

Aquel dinero no le parecía peligroso cuando todavía podía gastarlo.

Una vez garantizada su asistencia, volverán a escucharlo con todas las formalidades necesarias. Por ahora sale de la sala con un teléfono que ya no se atreve a mirar y la certeza de que la policía ha empezado a hacer las mismas preguntas que él intenta evitarse.

Cuando se cierra la puerta, Jordi se frota la barba.

—Ese muchacho no ha matado a León. Pero sabe que ha ayudado a alguien a llegar hasta él.

—Eso es una hipótesis —responde Cata.

—Y una buena.

—Será buena cuando tenga pruebas.

Jordi asiente. Su hija no le está discutiendo que tenga razón, sino que le está impidiendo llegar demasiado pronto.

***

A media tarde, la agente Moreno entra con dos carpetas y una hoja de incidencias doblada por la mitad. Llama a la puerta abierta antes de acercarse a la mesa.

—¿Tiene un momento, inspector? Ha llegado la supervisora de mantenimiento.

—Que pase —responde Jordi—. ¿Trae algo de Olmedo?

—Su turno y la confirmación de la empresa. No se ha presentado hoy ni ha pedido permiso.

Cata aparta las fotografías que estaba comparando.

—¿La supervisora ha comprobado personalmente la ausencia?

—Sí. Está aquí por si necesitan preguntarle.

—Entonces no hagamos hablar a las carpetas por ella —dice Jordi—. Que entre, por favor.

—¿Y la credencial que utilizó anoche alguien? —pregunta Jordi.

—Sigue figurando a su nombre. La supervisora ha venido para ayudarnos con los turnos.

Una mujer con el uniforme de la contrata espera a la puerta, rígida por encontrarse en un laboratorio acordonado. Cata la invita a acercarse a la mesa.

—¿José María tenía intervención prevista en Nexora esta noche?

—No. Me habría tenido que llamar. Es muy pesado con los horarios; no hace un turno de más sin discutir primero cuánto le van a pagar.

—¿Dónde guarda el uniforme y sus herramientas? —pregunta Jordi.

—Tiene un armario. Hoy encontramos abierta la puerta y faltan la ropa de trabajo y la tarjeta de repuesto que a veces dejaba allí.

—¿Quién puede abrir ese armario?

—Él. Y cualquiera que tenga la llave, si la consigue. No hay una cerradura de banco.

Cata coloca la fotografía de la credencial junto al registro de acceso.

—De momento podemos afirmar que esa autorización fue utilizada —dice Cata—. No que José María la llevara en la mano.

—Así es —responde la supervisora—. Y si lo encuentran, díganle que lo estamos buscando todos.

Jordi pide la fotografía de la credencial y la compara con la imagen de un hombre captada en una cámara distante del corredor técnico. La imagen es deficiente; muestra una silueta, el color de la ropa y parte del rostro oculto por el ángulo. No basta para reconocer a nadie.

—No digamos que es José María —advierte Cata—. Digamos que alguien lleva una prenda semejante y circula por un acceso que registró su tarjeta.

—¿Y si ese alguien es José María?

—Entonces tendremos que explicar por qué no aparece, qué ha pasado con Sali y por qué su hermana recibió documentos de León —responde Cata—. Precisamente por eso no conviene ponerle nombre todavía a esa silueta.

El inspector mira una fotografía reciente del técnico, tomada en una celebración de empleados. La sonrisa de José María ocupa media cara; alrededor hay dos compañeros que levantan vasos de plástico.

—No parece un asesino de laboratorio —dice.

—Las fotos de las fiestas tienen esa costumbre.

—Hoy estás insoportable.

—Me lo has enseñado tú.

Un agente de policía científica aparece con una carpeta transparente mientras Jordi observa la fotografía de José María.

—Con permiso, inspector. Tengo un avance sobre las muestras de León.

—Pase, pase. ¿Trae el nombre de quien lo mató? —pregunta Jordi, dejando la fotografía.

—Ojalá. De momento es el inventario de recogida y el informe preliminar.

—Siéntese un momento —le pide Cata—. ¿Qué pudieron recuperar?

—Hay material bajo varias uñas. Se ha preservado por separado y podría servir para obtener un perfil biológico. El laboratorio tiene que analizarlo.

—¿Podemos asegurar que procede de otra persona? —pregunta Cata.

—Todavía no. Primero hay que determinar qué contiene la muestra. Después, si obtenemos un perfil útil, habrá que compararlo por los procedimientos correspondientes.

Jordi hojea el informe y se detiene en una casilla que sigue vacía.

—Así que aún no hay identificación.

—No, inspector. Y prefiero decírselo antes de que usted confunda esta hoja con la solución del caso.

Cata toma el informe y comprueba los números de precinto antes de archivarlo.

—Gracias. Comuníquenos cualquier novedad por este conducto, por favor.

—Lo haré —responde el agente, levantándose.

Cuando la puerta se cierra, Jordi sigue mirando la carpeta.

—Ya sé que un análisis lleva su tiempo. Pero no me importaría que por una vez las pruebas llegaran antes que las mentiras.

—Llegarán cuando tengan que llegar —contesta Cata—. Y preferiría esperar a tener un resultado defendible.

La agente Moreno regresa poco después con una fotografía de un vehículo destrozado por una explosión.

—Antes de marcharme, hay otra cosa. La unidad que llevó un incidente anterior pregunta si queremos revisar su expediente.

—¿Qué incidente? —pregunta Cata.

—Un coche que estalló hace unos días. Los técnicos apreciaron indicios de que no fue accidental. Nos han avisado porque la periodista que busca a Olmedo mencionó que León temía un atentado.

Jordi apoya los nudillos en el borde de la mesa.

—¿El coche era de León?

—No. Ni podemos decir que fuera el objetivo. La matrícula y el propietario son distintos.

—Entonces, ¿qué relación tienen las dos cosas? —pregunta Jordi.

—Por ahora, ninguna demostrada. Pero la zona y la fecha justifican comprobar lo que declaró el propietario.

—Recupere el expediente completo —responde Cata—. Fotografías, testigos, peritaje y denuncia. Después hablaremos de una posible relación. Antes, no.

—Si fueron a por él antes, alguien llevaba tiempo buscándolo —dice Jordi.

—Y si no fueron a por él, estamos mirando dos delitos sin relación. Lo comprobaremos.

—Hoy me va a salir una úlcera contigo.

—Mejor con un informe que con una ocurrencia.

***

Julia Román vuelve a llamar a la comisaría desde la acera donde ha pasado buena parte de la mañana preguntando por su hermana.

Lleva las llaves de Sali en la mano y un número de referencia anotado en la muñeca: el de la primera comunicación que hizo sobre su desaparición.

Desde entonces ha confirmado que José María tampoco ha acudido al trabajo.

—Llamé antes para dar los nombres —dice en cuanto contestan—. Necesito añadir información y hablar con los investigadores de León.

—Dígame el número de referencia, por favor —responde la agente.

Julia se lo lee sin dejar de mirar el portal.

—Mi hermana se llama Sali Román. Su marido es José María Olmedo. Ninguno contesta. Anoche estuvieron conmigo y no creo que se hayan ido por voluntad propia.

Julia levanta la vista hacia el portal. Una vecina sale con una bolsa de la compra y se detiene al reconocerla.

—Anoche se oyó un golpe ahí abajo —le dice en voz baja—. Yo pensé que habían cerrado el contenedor de basura. Después, una furgoneta arrancó muy deprisa.

Julia aprieta el teléfono contra la oreja. La mujer acaba de describir algo que no sabía cuando llamó por primera vez.

—Un momento. ¿Ha oído lo que ha dicho la vecina? —pregunta a la agente—. Anoche vio salir una furgoneta de aquí después de escuchar un golpe.

—¿Ha oído eso? —pregunta a la agente—. La vecina recuerda una furgoneta junto al portal.

—Lo incorporo al aviso. ¿Es José María Olmedo el técnico relacionado con León Núñez de Galindo?

—Sí. Era amigo suyo. Lo acababan de matar y ahora no aparecen ellos. Quiero que alguien compruebe si las dos cosas tienen relación.

—Quiero hablar con la persona que investiga la muerte de León —insiste Julia—. No puedo contarles esta historia tres veces mientras mi hermana sigue desaparecida.

—Le pondré con la unidad investigadora. No cuelgue, por favor.

La agente la mantiene al teléfono mientras localiza a los responsables.

La agente consulta la extensión del grupo que investiga la muerte de León y pasa la llamada. En la comisaría, Cata aparta el expediente de accesos y se presenta sin rodeos.

—Soy la subinspectora Blanc. Me dicen que su hermana y su cuñado están desaparecidos y que anoche estuvieron con usted. ¿Es correcto?

—Me trajeron una documentación para un trabajo —responde Julia—. Después se fueron a casa. No he conseguido hablar con ellos desde entonces.

—¿Los vio marcharse?

—¿Dónde se encontraron exactamente? —pregunta Cata.

—En la terraza de una cafetería cerca de su casa. Estaban cerrando y nos quedamos fuera unos minutos.

—¿Por qué no fueron a su domicilio?

—Yo tenía que regresar al periódico con los documentos. Nos pareció más rápido quedar a mitad de camino.

—¿Los vio marcharse juntos?

—Sí. Sali iba protestando por la bolsa donde José María llevaba los papeles. Nos despedimos allí.

—¿Recuerda la hora? —pregunta Cata.

—Era tarde, pero no puedo darle un minuto exacto. El camarero estaba recogiendo las últimas sillas.

—¿Hacia dónde fueron?

—Hacia su casa. Yo tomé otra dirección para volver al periódico.

—¿Le hablaron de alguna amenaza?

—José María me habló de un coche que estalló y que León creía que iba dirigido contra él. También dijo que el científico estaba asustado.

—¿Conserva los documentos?

—Están custodiados en el periódico. Mi jefa ha hecho copia del inventario y podemos entregarlos formalmente. No los llevo en el bolso para que cualquiera me los quite.

Jordi se acerca al oír el nombre de León. Cata le anuncia a Julia que van a poner la llamada en altavoz y espera a que ella consienta.

—Soy el inspector Fortuny —dice entonces Jordi—. Necesito que repita las palabras exactas que León pidió transmitir, si las recuerda.