5. FORTUNY Y BLANC #5
—Me preguntó por unas cuentas. Quería saber quién firmaba determinados gastos y si podían consultarse facturas antiguas.
—¿Y usted qué le respondió?
—Que preguntara en administración. Yo ni siquiera sabría dónde guardan las facturas antiguas.
—¿Se veía con León fuera de la empresa?
—Lo saludaba cuando coincidíamos. Un hombre brillante. Nunca conseguí que me explicara ARGOS sin usar palabras que yo tuviera que buscar después.
Cata consulta la hora anotada en su libreta.
—Necesitamos saber dónde estuvo anoche.
—En casa. Cené algo que había en la nevera y encendí la televisión.
—¿Salió después de cenar?
—No que yo recuerde. Me quedé dormido delante de un programa. Cuando desperté, seguían hablando los mismos, así que igual no me perdí gran cosa.
—¿Había alguien con usted? —pregunta Jordi.
—No. Vivo solo. Una de las pocas ventajas de mi divorcio es que nadie me reprocha el volumen de la tele.
—¿Recibió llamadas?
—Una, breve. Si quieren comprobarla, estará en el teléfono. No tengo motivo para ocultársela.
—¿Pasó por Nexora durante la noche?
—No. Ya me cuesta venir de día, imagínense a esas horas.
Cata anota la llamada sin sacar conclusiones. No tienen todavía un registro que contradiga lo declarado por Vicente.
—¿Qué piensa hacer con Nexora ahora? —pregunta Jordi.
Vicente mira hacia el pasillo donde su exmujer continúa reuniéndose con empleados.
—Seguir intentando que no nos hundamos. Aunque a estas alturas lo mismo habría sido más barato montar un bar.
Sale después de pedir disculpas porque cree haberse llevado una de las plumas de la mesa. La devuelve, comprueba que la tapa esté puesta y se despide con un gesto de la mano.
Cata espera unos segundos.
—Me ha caído bien —admite.
—Eso no es una prueba a favor.
—Tampoco en contra.
—Muy bien. Lo dejamos exactamente ahí.
Jordi cierra la libreta sin prisa. Vicente ha dejado una hora aproximada, una llamada que podrán comprobar y ninguna respuesta espectacular. Cata recoge el bolígrafo que el consejero casi se lleva. Ambos regresan al pasillo; Beatriz discute a lo lejos con alguien de administración.
*** Al llegar al pasillo principal, Cata encuentra a Sandra Beltrán junto a una impresora que se ha detenido con una hoja a medio salir.
La secretaria lleva un vestido sencillo, una chaqueta ligera y el pelo castaño recogido en una coleta que se ha aflojado durante la mañana.
Su rostro, joven y de ojos grandes, muestra una rigidez que no corresponde únicamente a la muerte de un compañero.
Mira hacia la sala donde Beatriz habla por teléfono y tira de la hoja con demasiado ímpetu. El papel se rompe.
—Ahora también se estropea esto —murmura.
Cata se detiene a una distancia prudente.
—¿Necesita ayuda?
Sandra se vuelve y descubre la identificación policial.
—No. Gracias. Creo que la impresora ha decidido irse de vacaciones antes que nosotros.
—Tiene mejor instinto que mucha gente.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —pregunta Cata, acercándose a la impresora.
—Casi lo suficiente para saber cuándo va a atascarse esta máquina. Casi.
—¿Trabajaba directamente con León?
—A veces le organizaba reuniones o le localizaba a algún responsable. No era su secretaria.
—¿Y quién lleva las agendas de presidencia?
Sandra consigue liberar otro trozo de papel y se lo muestra, rasgado, a la subinspectora.
—¿Eso entra también en sus funciones? —insiste Cata.
—Las agendas, los viajes, las visitas y cualquier cosa que alguien no quiere recordar cuando llega la factura —responde Sandra.
—Eso debe de permitirle conocer bastante bien la empresa.
—Permite que todo el mundo crea que conozco bastante bien la empresa. No es lo mismo.
La puerta del despacho se abre sin aviso.
—Sandra, las autorizaciones de la última ampliación —exige Beatriz—. Las quiero ahora.
—Las dejé ayer en la carpeta azul, señora Valcárcel. Usted se la llevó a la reunión del consejo.
—Entonces tendrá que saber dónde está. No voy a pasar la mañana buscando papeles que debería tener preparados.
Cata observa cómo la secretaria endurece la mandíbula.
—Puedo traerle otra copia —contesta Sandra—, pero necesitaré que administración me envíe el archivo.
—Eso es algo que debería haber previsto antes de que se lo pidiera.
Beatriz repara al fin en la presencia de la policía y apenas modifica el tono.
—Perdonen. Hay documentos que no pueden esperar.
Sandra agacha la mirada hacia la impresora, donde el papel vuelve a atascarse. Beatriz sigue observándola sin obtener respuesta.
—¿Le ha quedado claro? —pregunta Beatriz desde la puerta, sin prestar atención a Cata.
—Sí, señora Valcárcel.
—Entonces no perdamos más tiempo.
Sandra se inclina para recoger las hojas. Cata se agacha a ayudarla. Cuando Beatriz vuelve a cerrar la puerta, la secretaria toma el papel que falta y se incorpora con los ojos húmedos de rabia, no de tristeza.
—¿Puede reservarme un momento para hablar con usted cuando termine? —pregunta Cata.
—Depende de qué quiera.
—Saber si recuerda algo sobre las últimas conversaciones de León. Y aclarar algunas gestiones de administración.
Sandra mira otra vez la puerta de la presidencia. Sobre la mesa tiene un sobre con una relación de pagos que preparó para contabilidad y que Beatriz no ha firmado. Sus dedos se quedan encima de él un instante.
—Hoy no —responde—. Hay demasiada gente mirando.
—Le dejo mi tarjeta. Puede llamar cuando quiera. No necesita darme una respuesta delante de nadie.
Sandra guarda el cartón en un cajón y vuelve a la impresora. Cata no insiste. Ha aprendido que una persona humillada puede hablar por rabia, pero que la rabia no sustituye las pruebas. Prefiere que Sandra decida qué quiere contar y que puedan comprobarlo después.
Aarón aparece en el pasillo llevando las llaves de un coche y una botella de agua que no ha abierto.
Sandra se endereza en cuanto lo ve. Él apenas le dirige un gesto de cabeza antes de pasar hacia el despacho de Beatriz.
Cata observa el intercambio, corto y cargado de una tensión que desconoce.
No lo anota como si fuera un delito; lo conserva en la memoria entre las cosas que quizá expliquen más adelante otra cosa.
***
Aarón Vidal es uno de esos hombres jóvenes a los que el traje les queda siempre demasiado nuevo, aunque lo lleven todos los días.
Alto, delgado y de facciones agradables, con el pelo castaño cuidadosamente arreglado, suele moverse con la desenvoltura de quien sabe utilizar una sonrisa para terminar una conversación incómoda.
Hoy lleva la camisa pegada a la espalda por el sudor y mira repetidamente la pantalla del teléfono.
Cuando Jordi le pide que se siente, intenta bromear.
—No sé si voy a poder ayudar mucho. Yo llevo a Beatriz, hago recados y de vez en cuando busco aparcamiento durante media vida.
—Parece un trabajo con varias especialidades —dice el inspector.
—Sobre todo la de encontrar aparcamiento.
Cata coloca sobre la mesa un listado de vehículos.
—¿Cuáles utiliza usted habitualmente?
—El de presidencia y el eléctrico pequeño, cuando hay recados.
—¿Es Beatriz quien le indica siempre adónde ir?
—Casi siempre. Si hay una urgencia, cualquiera del equipo puede pedirme que lleve algo.
—¿Y cómo se comunica ese encargo?
—Por teléfono. Por mensajes. Como todo el mundo.
Jordi señala la columna de desplazamientos.
—¿También hacía recados por la ciudad con este eléctrico?
—Sí. Paquetería, visitas, recoger firmas. Lo normal.
—¿Ayer trabajó con ese coche?
Aarón se obliga a mirar el documento.
—Puede ser. No llevo las fechas en la cabeza.
—Por eso le pedimos los partes. Si los tiene, podremos comprobarlos.
—No se apunta cada vuelta a la manzana.
Jordi deja caer el cuerpo contra el respaldo de la silla.
—Entonces tendremos que preguntar al coche. Los aparatos modernos suelen ser bastante menos imaginativos que las personas.
Aarón se ríe por educación y enseguida vuelve a callarse. Cata cambia de tono.
—¿Conocía a León?
—De verlo. El del proyecto.
—¿Lo siguió en algún momento?
La pregunta lo alcanza antes de que tenga preparada una respuesta. Mira a Jordi, después a la puerta.
—¿Por qué iba a seguirlo?
—Eso precisamente queremos que nos explique si ocurrió. Tenemos indicios de que alguien se interesó por sus desplazamientos. Si fue por una gestión legítima, será fácil aclararlo.
—Yo no he hecho nada a nadie.
—No le he dicho que haya hecho daño a nadie.
Aarón traga saliva. La frase que ha pronunciado le suena tan poco convincente como a los otros dos. Sus dedos buscan el borde de la mesa.
—A veces me piden mirar cosas. Si un coche sale o entra. Si alguien tiene una reunión. No sabía que eso fuera importante.
—¿Quién se lo pide? —pregunta Cata.
—No es alguien de aquí. O yo no sé si es de aquí. Recibía mensajes.
Jordi se inclina por primera vez hacia él.
—¿Y dinero?
Aarón tarda demasiado en contestar.
—Algo. Por perder mi tiempo.
Cata deja el bolígrafo sobre la mesa.
—Aarón, lo que acaba de contarnos ya no se refiere únicamente a conducir un coche. Esos encargos pagados podrían tener consecuencias penales.
—Yo no he pegado a nadie.
—No le estoy atribuyendo el asesinato —responde ella—. Pero antes de seguir preguntándole por esos mensajes vamos a informarle de sus derechos y facilitar que hable con un abogado.
—¿Me está diciendo que me detienen?
—Le estoy diciendo exactamente lo que le estoy diciendo. No vamos a seguir esta parte de la entrevista sin las garantías que corresponden.
Jordi señala el teléfono que Aarón aprieta entre las manos.
—Conserve los mensajes. No haga nada con ese aparato hasta que le expliquemos qué actuaciones se van a solicitar.
Aarón mira la pantalla como si acabara de descubrir que pesa más de lo habitual.
—Si borro algo, ¿me meteré en más líos? —pregunta él, casi en un susurro.
—No borre nada —responde Jordi—. Lo que ya ha hecho no mejorará porque desaparezca una conversación.
—Es que han matado a León.
—Eso es lo que investigamos —dice Cata.