Julia ¿Dónde estás? 5. FORTUNY Y BLANC #4
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5. FORTUNY Y BLANC #4

Jordi se inclina hacia él. Podría ser una confesión de cariño, una de culpa o ambas, y no piensa elegir por el entrevistado.

—¿Tuvo usted un beneficio personal en las compras?

—Tengo participaciones en esta empresa. Beneficiarme de que funcione no es un delito.

—No le he preguntado eso.

Max deja el vaso sobre la mesa con demasiada fuerza.

—Si lo que quieren saber es si en una cadena de suministros cobra un intermediario, claro que cobra. No hemos inventado ese negocio en Nexora.

—¿Qué intermediarios intervenían en los contratos de ARGOS? —pregunta Cata.

—Los que constan en los acuerdos. Consultores, distribuidores, agentes que consiguen material que no está en el catálogo de la ferretería.

—Le estoy pidiendo nombres, señor Ferrer.

—Y yo necesitaré comprobar contratos antes de dárselos. No me voy a sacar una lista de la cabeza para que luego me acusen de ocultar al que se me olvide.

—¿Alguno de esos intermediarios ingresó dinero en una cuenta suya? —pregunta Jordi.

—¿Tienen autorización para revisar mis cuentas personales?

—Le estamos preguntando si recibió dinero de quienes contrataban con Nexora.

—Mi situación económica privada no se la voy a explicar en esta mesa sin saber de qué me acusan.

Cata cierra con cuidado la carpeta de facturas y mira a Jordi antes de continuar.

—Cuando corresponda, pediremos lo que corresponda —responde Cata—. Lo que ahora queremos es su versión de las discusiones con León.

Max mira hacia una silla vacía y tarda unos segundos en volver a hablar.

—Vino con una factura doblada. La plantó delante de mí y me preguntó si habíamos olvidado fabricar la pieza que justificaba aquel pago.

—¿Qué pieza? —pregunta Cata.

—Un módulo que no se podía sustituir sin rehacer parte de los ensayos. Yo había autorizado comprarlo mediante un distribuidor.

—¿León decía que no había llegado?

—Decía que el precio no tenía sentido para lo que había recibido el laboratorio.

—¿Y usted?

—Le dije que la investigación no se financiaba con buenos deseos, que conseguir una pieza a contrarreloj costaba dinero. Él me preguntó si también pagábamos por la prisa de quienes firmaban las facturas.

—¿Qué hizo entonces? —pregunta Jordi.

—Me enfadé. Mucho. Le dije cosas que no debí decirle. Después se quedó callado, guardó la factura y salió. Eso fue lo peor: que se marchara sin volver a gritarme.

Jordi le deja un momento para que recupere la voz.

—Pensaba hablar hoy con él —dice, mirando una silla vacía—. Para decirle que tenía una solución. No se rían, porque seguramente habríamos terminado gritándonos igual.

Jordi no se ríe. Observa a Max, que sigue mirando aquella silla como si esperase encontrar a León sentado allí.

—Que fueran amigos no nos impide revisar esos contratos —dice el inspector.

—Ya lo sé. Y que yo discutiera con él no significa que quisiera verlo muerto.

Al despedirse, Cata advierte una pequeña fotografía en una estantería: León y Max mucho más jóvenes, con unas camisetas absurdas y las manos manchadas de grasa junto a un equipo abierto.

—¿Cuándo la hicieron?

—Hace un mundo. Era una máquina que no funcionaba y que se empeñó en reparar. Lo consiguió. Después me cobró una cena por haberle sujetado una linterna.

La sonrisa que asoma en su rostro dura poco. Cata no le pide que la retire para seguir considerándolo sospechoso.

***

Néstor Cifuentes los espera sentado a un extremo de la mesa.

Ronda los cincuenta años, tiene el pelo oscuro y entrecano algo despeinado, una barba corta que se toca cuando necesita tiempo y unos ojos atentos que parecen buscar siempre un cálculo más favorable.

Viste una camisa sin corbata y un reloj elegante cuya correa golpea a intervalos contra el canto de la mesa.

—Han hablado ya con Beatriz y con Max —dice, antes incluso de que Jordi abra la libreta—. Supongo que cada uno les habrá contado su versión.

—Nos interesa la suya —responde Cata—. ¿Cuál era exactamente su responsabilidad en ARGOS?

—Dirigía a los programadores y trabajaba en el diseño del sistema. Eso no significa que escribiera yo cada detalle.

—No se lo hemos pedido. ¿Seguía teniendo acceso al código cuando León empezó a cuestionar las versiones?

—A partes del sistema, por supuesto. Es absurdo dirigir un equipo al que no puedes entrar.

—¿Quién podía copiar o transferir esos desarrollos fuera de Nexora?

—Una cosa es poder utilizar un programa y otra tener derecho a vendérselo a otra empresa.

—Entonces distíngalas para nosotros —dice Jordi.

—Trabajábamos con herramientas distintas. Algunas podían compartirse; otras no.

—Hablemos de FILEXA —propone Cata—. ¿Qué relación tiene usted con esa compañía?

Néstor se lleva los dedos a la barba, pero esta vez tarda un poco más en retirarlos.

—¿Por qué preguntan por FILEXA?

—Porque usted les vendió tecnología. ¿Era la misma con la que trabajaba León?

—Las ideas no llevan matrícula —dice—. Dos compañías pueden llegar a soluciones parecidas sin que nadie haya robado nada.

—No hemos utilizado la palabra robo —observa Cata.

—Es que sé cómo acaban estas conversaciones.

Jordi apoya la mano sobre la libreta.

—Volvamos a lo que sí sabemos. ¿Quién tiene acceso al código completo de ARGOS?

—El programa lo manejaban varios equipos. Cada uno podía entrar en una parte.

—¿Usted tenía permiso para consultarlos todos?

—Para los módulos de los que respondía, sí. León conservaba el control de las integraciones principales.

—¿Qué desarrolló usted personalmente?

—Desarrollé algunas herramientas y dirigí al equipo. No veo qué tiene eso de sospechoso.

—¿Y esos desarrollos pertenecían a usted o a Nexora? —pregunta Cata.

—Algunas eran anteriores. Otras las hicimos allí. Tendría que revisar los contratos.

—¿Qué contratos?

—De colaboración técnica. Licencias. Los normales en este sector.

—Díganos quién los firmó.

—¿Van a interrogarme sobre cada proyecto en el que he trabajado?

—Le estamos preguntando por el material que podía salir de Nexora —responde Jordi—. No hace falta una conferencia sobre informática.

Néstor se reclina. El reloj golpea la mesa cuando cruza los brazos.

—¿Y qué partes podía vender usted sin autorización de Nexora?

—Mi conocimiento. Mi experiencia. Lo que no pertenece en exclusiva a una empresa.

—¿Y qué partes vendió?

—¿Quién dice que haya vendido algo?

—Por ahora, usted es el único que ha hablado de vender.

Néstor deja de tocarse la barba. Cata mantiene la voz serena.

—Tenemos que comprobar si salió documentación de ARGOS sin autorización. Por lo que acaba de decir, es posible que algunas operaciones le afecten personalmente.

—¿Me están acusando de algo?

—Le estamos explicando que, si existen indicios de responsabilidad penal, no seguiremos tratándolo como una conversación informal. Tendrá las garantías que le correspondan.

—Pues antes de seguir respondiendo, quiero hablar con un abogado.

Jordi asiente sin una sola broma.

—Puede hacerlo. Por ahora terminamos aquí. No elimine documentación ni mensajes relacionados con lo que le hemos preguntado.

—No pensaba hacerlo.

Néstor se levanta, alisa los puños de la camisa y se demora junto a la puerta. Necesita recuperar la última palabra.

—El problema de Nexora es que todos creen que León era el único que hacía cosas importantes. Yo también he construido parte de esa empresa.

—Eso quizá sea verdad —responde Cata—. También comprobaremos qué hizo con lo que construyó.

Cuando la puerta se cierra, Jordi le ofrece a su hija el vaso de agua que Néstor ha dejado intacto.

—¿Lo guardamos como prueba de avaricia?

—Guárdate las bromas para el próximo interrogatorio.

—Entonces tendré que llevar una libreta más grande.

***

Vicente Salcedo llega tarde porque, según él, ha estado intentando encontrar un aparcamiento que no le cobre por respirar.

Tiene cerca de sesenta años, una corona irregular de cabello gris, tan desordenada como su corbata, una expresión franca y las manos grandes de quien parece más cómodo transportando sillas que firmando decisiones empresariales.

Lleva una americana arrugada, la camisa mal introducida por un lado del pantalón y un bolígrafo sin tapa en el bolsillo.

Antes de sentarse pregunta si ya han entrevistado a todo el mundo.

—A casi todo el mundo —dice Jordi.

—Entonces soy el postre. Espero que no les haya sentado mal la comida.

Cata observa que Vicente ni siquiera toca los documentos preparados sobre la mesa. El consejero se acomoda en la silla y espera a que los policías hablen.

—¿Desde cuándo forma parte de Nexora? —pregunta Cata.

—Desde que todavía nos reuníamos alrededor de una mesa prestada. Fui de los primeros en poner dinero, aunque ahora no recuerde nadie que también puse la cafetera.

—¿Qué responsabilidad tiene actualmente?

—Soy consejero y accionista. La gestión diaria la lleva Beatriz. Siempre fue mejor que yo para eso.

—¿La señora Valcárcel era ya su esposa cuando fundaron la empresa?

—Lo era. Ahora somos exmarido y exmujer y, por lo visto, también colegas obligatorios. Una combinación que no le deseo ni a mi peor enemigo.

—¿Y nunca interviene en las decisiones importantes? —pregunta Jordi.

—Voto en el consejo. Opino, cuando me dejan terminar una frase. Pero si hablamos de presupuestos y balances, Beatriz siempre se entendió mejor con los números.

—¿Y usted con qué se entiende mejor? —pregunta la subinspectora.

—Con las personas, cuando no me deben dinero. Y con los desayunos largos.

Jordi hace girar despacio el bolígrafo que tiene en la mano.

—¿Sabe si León tenía enemigos dentro de Nexora?

—Enemigos es una palabra muy seria. Discutía con Max por las compras y con Néstor por programas que no hacían lo que él esperaba.

—¿Presenció alguna amenaza?

—Amenazas, no. Voces altas, unas cuantas. A veces creí que iban a lanzarse los ordenadores a la cabeza.

—¿Y con Beatriz? —pregunta Cata.

—Tampoco coincidían siempre. Ella quería fechas; León quería resultados perfectos. Yo pensaba que discutían como discute todo el mundo en un laboratorio.

—¿León le pidió ayuda para revisar algún asunto?