Julia ¿Dónde estás? 5. FORTUNY Y BLANC #3
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5. FORTUNY Y BLANC #3

Jordi sonríe apenas. Después vuelve a mirar el registro de la tarjeta. La primera sospecha razonable ya está sobre la mesa, pero ninguno ha podido determinar todavía si el titular la utilizó.

Cuando salen del despacho de seguridad, el teléfono de Cata vibra. En la pantalla aparece la extensión de la unidad que recibe las denuncias de desaparición.

—Blanc.

—Subinspectora, tenemos una consulta que puede interesarle. Una mujer está buscando a su hermana y a su cuñado desde anoche.

—¿Nombres?

—Sali Román y José María Olmedo.

Cata se detiene en mitad del pasillo.

—Repítame el segundo.

—José María Olmedo. La persona que llama es Julia Román. Es periodista.

—¿Ha presentado ya la denuncia?

—Estamos tomando los datos. Dice que anoche estuvieron juntos y que José María le entregó documentación de León Núñez de Galindo.

—Conserve su teléfono y déjele el nuestro. Quiero hablar personalmente con ella —responde Cata.

Al colgar, mira a Jordi, que ha reconocido la expresión de su cara antes de oír una palabra.

—No hemos tenido tiempo ni de localizar a nuestro técnico y ya lo buscan en casa —dice.

—¿La denunciante?

—Julia Román, periodista. Está en La Barcelona d’Avui. Dice que la pareja recibió documentos de León antes de desaparecer.

Jordi deja de caminar.

—Eso cambia bastante las cosas.

—Cambian las preguntas. Las respuestas todavía no.

—Muy bien. Veamos quién llega primero a contárnoslas.

***

La sala de juntas de Nexora tiene una pared de cristal que mira hacia la ciudad y una mesa suficientemente larga para que cuatro personas puedan fingir que no están enfrentadas.

Sobre una pantalla apagada se refleja el cielo de agosto.

El personal de administración ha dejado jarras de agua, servilletas y un plato de galletas que nadie toca.

Beatriz Valcárcel entra antes que los investigadores.

Con algo más de cincuenta años, tiene la presencia firme de una mujer acostumbrada a presidir reuniones que decide terminar cuando pierde el interés.

Lleva un traje claro, pendientes discretos y el cabello oscuro perfectamente peinado.

El rostro, de rasgos definidos y mirada intensa, apenas revela la noche sin dormir.

Su voz conserva una cortesía impecable que no llega a disimular la impaciencia.

—Inspector, subinspectora. Espero que entiendan que esto es una empresa en funcionamiento.

Jordi acepta el saludo sin sentarse inmediatamente.

—Lo entiendo. Mi padre tenía una ferretería y abría incluso cuando estaba enfadado con el mundo. También entiendo que ha muerto un hombre en su laboratorio.

Beatriz se queda mirándolo con una sonrisa breve, más sorprendida por el tono que por el contenido.

—Entonces comprenderá que intento evitar el pánico entre doscientas personas.

—Empiece por no impedirnos hablar con ellas.

—No he impedido nada.

Cata ocupa una silla frente a Beatriz, abre la libreta y destapa el bolígrafo.

—¿Quién decidió que León se hiciera cargo del desarrollo científico de ARGOS?

—León llevaba ese trabajo desde el principio. El consejo respaldó que estuviera al frente. Era uno de los pocos que sabía exactamente qué queríamos construir.

—¿Usted apoyó la decisión?

—Por supuesto. No todo lo que hacemos en esta empresa es equivocarnos, subinspectora.

—¿Qué podía decidir él sin pedir autorización?

—Los ensayos, las prioridades del laboratorio, cómo se organizaba su equipo. Era un científico, no un administrador.

—¿Y cuando quería cambiar algo que costaba dinero? —pregunta Jordi.

—El responsable del área presentaba la propuesta. Administración estudiaba el gasto y, según el importe, se autorizaba desde presidencia o se llevaba al consejo.

—¿Quién firmaba esas autorizaciones? —insiste Cata.

—Acabo de explicárselo. No había una sola firma para todos los importes.

—Entonces, dígame quién aprobó las últimas modificaciones de ARGOS.

Beatriz alisa con dos dedos una esquina de la carpeta que tiene delante.

—Tendría que comprobar los expedientes. No pienso inventarme ahora una fecha ni un nombre para satisfacer su curiosidad.

—No es curiosidad. Han asesinado al responsable científico de ese proyecto. ¿Ante quién respondía León?

—Presentaba los avances al consejo y justificaba las necesidades del laboratorio ante la dirección. Nos discutía cada euro que no terminaba en una mesa de trabajo.

—¿También se ocupaba de justificar las ayudas públicas?

—Cada departamento llevaba sus propios papeles. Hay gastos de personal, de asesores, de compra de equipos… Una empresa como esta no funciona con una única hoja de cálculo.

—¿Y quién comprobaba que ese dinero se había gastado realmente en lo que decían las facturas?

—Los responsables de administración preparaban las justificaciones. La presidencia supervisaba lo que le correspondía.

—¿Usted?

—Cuando estaba entre mis competencias, sí —responde Beatriz, sin apartar los ojos de la subinspectora.

Cata anota la respuesta despacio. Beatriz espera a que termine, como si aquel pequeño silencio fuera otra pregunta que se negara a contestar.

—Queremos los presupuestos originales y las modificaciones —dice Cata.

—Se los entregaremos cuando su requerimiento detalle qué necesitan.

—Eso haremos.

—Me alegro. Ya he sufrido suficientes revisiones en las que nadie sabía distinguir un gasto de laboratorio de una caja de tornillos.

Jordi examina la mesa.

—A veces una caja de tornillos da mucho juego si cuesta lo mismo que un automóvil.

Beatriz comprende el alcance de la frase. No se enfurece. Junta las manos y responde como si ambos acabaran de concederse el derecho a hablar sin cortesías.

—Si sospecha que hemos falsificado algo, dígalo en el documento correspondiente. Mientras tanto, le agradecería que no convirtiera un asesinato en una auditoría improvisada.

—Si un asesinato tiene relación con una auditoría, lo averiguaremos —replica Cata—. Y si no, también.

La presidenta mira a Cata con atención nueva. Junta las manos encima de la mesa y espera a que termine de escribir.

—¿Podremos consultar hoy el histórico de accesos al laboratorio? —pregunta la subinspectora.

—Les pondré en contacto con el responsable de seguridad. Si hay algo que pueda facilitarles sin comprometer los sistemas, lo tendrán.

—No queremos que nadie borre, repare ni reorganice los registros antes de examinarlos —interviene Jordi.

—No voy a ordenar que destruyan los registros de una empresa donde han matado a un hombre, inspector.

—Estupendo. Entonces también necesitaremos una persona de administración que identifique los expedientes de ARGOS y las firmas correspondientes.

Beatriz pulsa el intercomunicador y pide que la responsable de administración acuda a la sala con el inventario de autorizaciones. Al soltar el botón, mira otra vez a Jordi.

—Los atenderán. Pero quiero que conste que colaborar con ustedes no significa que les permita paralizar Nexora por cualquier sospecha.

—Y yo quiero saber quién estuvo aquí anoche —responde Jordi—. Si llegamos a lo mismo por caminos diferentes, mejor para todos.

En el pasillo, Cata cierra la libreta y se vuelve hacia su padre.

—No creo que Beatriz nos haya mentido necesariamente en lo que ha dicho.

—Eso no es un elogio —responde Jordi.

—No pretendía serlo. Ha contestado con precisión a lo que hemos preguntado y ha esquivado los nombres cuando llegábamos a las autorizaciones.

—Ha elegido muy bien lo que no decir —añade Jordi—. Eso se aprende con los años o con mucho dinero.

—Y nos ha prometido los documentos después de pedirnos el requerimiento —observa Cata—. No pienso discutirlo; pienso comprobar qué entregan y qué falta.

***

Max Ferrer los recibe en su despacho, donde el olor a café se mezcla con el de la colonia que alguien ha pulverizado en exceso.

Tiene unos cincuenta y tantos años, cabello castaño ya plateado en las sienes, gafas de montura oscura y una figura alta y delgada, de hombros bien puestos.

Sus movimientos conservan la vivacidad de quien ha pasado media vida convenciendo a proveedores de que le hagan un último descuento.

La muerte de León le ha hundido las mejillas y le ha dejado los ojos enrojecidos.

—Si vienen a preguntarme si discutí con él, sí —dice antes de que los dos se sienten—. Nos conocíamos desde mucho antes de que esta empresa tuviera un nombre ridículo y una recepcionista que nos saludara por el apellido.

—¿Por qué discutieron? —pregunta Jordi.

Max se frota la cara.

—Por suministros. Él quería piezas que no llegaban, yo aprobaba alternativas. Trabajar con León era como jugar al ajedrez con un hombre que te corrige la colocación de los muebles.

—¿Y usted qué hacía?

—Intentar que no tirara el tablero.

Max se ríe sin ganas. Cata espera a que termine y despliega una relación de suministros encima de la mesa.

—¿Quién escogía las empresas que proporcionaban las piezas a ARGOS?

—Dependía de la pieza. León fijaba las especificaciones. Compras pedía presupuestos. Yo intentaba que el material llegara antes de que se nos jubilara el equipo.

—¿Usted autorizaba al proveedor definitivo?

—En bastantes ocasiones. Para eso me pagaban. Y alguna vez acertaba, aunque a León le costara reconocerlo.

—Nos han hablado de facturas cuyos importes él cuestionó. ¿Le llegaron esas quejas?

—Me llegaron en persona, por correo y, una vez, escritas con rotulador encima del albarán.

—¿Qué le respondió?

—Que las piezas no aparecen porque uno las dibuje en una servilleta. Hay proveedores que solo te venden si compras un lote entero.

—¿Y quién comprobaba que lo facturado correspondía a lo recibido?

Max pasa el pulgar por el borde del vaso. Le ha desaparecido la sonrisa.

—Compras hacía la recepción y administración tramitaba el pago. Yo firmaba cuando el expediente me llegaba completo.

—Hay componentes que cuestan una fortuna porque no se fabrican a la vuelta de la esquina —añade Max, apresurándose a llenar el silencio.

—¿León cuestionó su precio o su existencia? —pregunta ella.

—Las dos cosas. A veces se equivocaba.

—¿Y otras veces?

Max levanta el vaso, pero lo deja sin beber.

—Otras veces era insufrible porque llevaba razón.