5. FORTUNY Y BLANC #2
Inés Berenguer está sentada en una sala de reuniones pequeña, con las manos alrededor de un vaso de agua que no ha probado.
La bata que suele utilizar en el laboratorio descansa en una silla.
Lleva una camisa amarilla arrugada y unas gafas de montura fina que se quita cada vez que intenta recordar un detalle.
Tiene el rostro pálido, pero se empeña en responder con precisión.
Una compañera ha permanecido con ella hasta la llegada de los investigadores.
Cata acerca una silla a Inés y señala la puerta, que han dejado entornada.
—Podemos hablar en otro sitio, si lo prefiere. No tiene que quedarse aquí.
—Aquí me senté ayer con León —responde Inés—. Si voy a otra sala, seguiré acordándome.
Jordi coloca una libreta sobre la mesa sin abrirla.
—No vamos a pedirle que adivine nada. Cuéntenos la última vez que lo vio con vida.
Inés se quita las gafas. Al doblarlas, descubre que le tiemblan los dedos y las deja sobre la mesa.
—Ayer seguía trabajando cuando me fui. Tenía varios resultados pendientes y estaba reuniendo papeles para una auditoría.
—¿Qué clase de papeles? —pregunta Cata.
—Resultados de pruebas, cambios de versión, justificaciones. Cosas que normalmente habríamos llevado entre los dos sin darle tantas vueltas.
—¿Qué tenía de distinto esta vez?
—Que estaba nervioso. Me pidió que guardara una carpeta con mi nombre y que no la dejara en el laboratorio.
Jordi levanta la vista.
—¿Por qué fuera del laboratorio?
—No me lo explicó. Dijo que podría necesitarla si él no estaba. Yo le contesté que parecía que se fuera de viaje sin despedirse de nadie.
Inés traga saliva, incómoda con el recuerdo. La carpeta que León le pidió guardar parece pesar ahora mucho más que cuando la sacó del laboratorio.
—Se quedó mirándome un momento —continúa—. Después me dijo: «Ojalá no haga falta».
—¿Le dijo que alguien quería hacerle daño? —pregunta Cata.
—No con esas palabras. Habló de ausentarse unos días. Yo pensé que estaba cansado.
—¿Tenía motivos para marcharse?
—Habíamos discutido por las pruebas y por quién autorizaba los cambios. No nosotros dos. Él con la dirección y con parte del equipo. Me dijo que, si él no estaba, yo podría explicar el trabajo.
—Antes de hablar de los accesos, una cosa —dice Cata—. ¿Dónde está esa carpeta?
—En mi taquilla, en otra planta. Tiene mi nombre por fuera. No la he abierto desde ayer.
—¿Puede decirnos exactamente dónde se encuentra? —pregunta Jordi.
—Sí. No quiero que desaparezca.
—Entonces la conservaremos de forma que conste quién la recoge y cuándo. No vuelva a tocarla hasta que lo coordinemos —le pide Cata.
Jordi abre la libreta por otra hoja.
—Ahora hablemos de quién puede entrar en el edificio cuando el resto se ha marchado.
—El personal de laboratorio tiene permisos distintos según la zona —responde Inés—. Los investigadores podemos entrar en nuestras salas; mantenimiento utiliza corredores que nosotros apenas pisamos.
—¿Una tarjeta de mantenimiento abre el despacho de León? —pregunta Cata.
—No por sí sola. Hay puertas intermedias. Y alguien tendría que saber por dónde ir.
—¿Quién controla esas autorizaciones?
—Seguridad. Si hay una incidencia, se registra, aunque no soy yo quien revisa los accesos.
—¿Y León? ¿Tenía costumbre de quedarse de noche?
—Demasiadas veces. Me enviaba mensajes a horas en las que yo ya estaba durmiendo. Algunas mañanas aparecía con dos cafés y decía que uno era la recompensa por no haberle contestado.
La expresión de Inés se ablanda al recordarlo. Cata deja pasar un instante antes de continuar.
—¿Y puede entrar alguien por esas puertas sin que el responsable del laboratorio se entere?
—Si sabe lo que hace y aprovecha un descuido, no lo descartaría. Pero yo no puedo asegurarle cómo ocurrió.
—¿Y quién podría conocer esos recorridos? —pregunta él.
—Cualquiera que trabajara en el mantenimiento del edificio. Lo que no significa que cualquiera pudiera entrar aquí.
—¿Recuerda alguna incidencia reciente?
Inés piensa en las instalaciones, en las quejas por la climatización y en un hombre de mantenimiento al que León saludaba por su nombre, aunque nunca supo de qué se conocían.
—José María —dice al fin—. Un técnico. No sé su apellido. León se llevaba bien con él.
Cata levanta los ojos del cuaderno.
—¿Cuándo los vio juntos por última vez?
—Ayer, antes de salir yo. O quizá anteayer. Bajó un momento a la zona de mantenimiento. No sé para qué. Lo noté inquieto desde que volvió.
—¿Usted lo vio bajar?
—Lo vi salir hacia los ascensores. No los vi hablar. No quiero decir una cosa que no sé.
—Hace bien —responde Cata.
Jordi consulta una nota escrita al margen.
—Además de las discusiones con dirección, ¿con quién tuvo problemas últimamente?
—Con Max, por compras que no llegaban o que costaban una fortuna.
—¿Escuchó amenazas? —pregunta Cata.
—Escuché gritos. León decía que no iba a firmar resultados si le cambiaban los componentes. Max le contestaba que los laboratorios no se abastecían con milagros.
—¿Y con Néstor?
—León quería saber quién había cambiado el programa. Néstor decía que eran mejoras necesarias y que no necesitaba pedir permiso para todo.
—¿La señora Valcárcel también discutía con él?
—Mucho. Ella exigía fechas. Él exigía condiciones. Aun así, en las presentaciones seguía diciéndoles a todos que León era indispensable.
—¿Alguien llegó a decirle que acabaría mal? —pregunta Jordi.
Inés aprieta el vaso con las dos manos.
—No delante de mí. Y si hubiera oído algo así, no me habría ido a casa tan tranquila.
—¿Y del señor Vicente Salcedo? —pregunta Cata.
Inés parece sorprendida.
—¿Vicente? No sabría decirles qué hace durante el día. A veces viene al laboratorio y pregunta si el sistema podría ayudarle a encontrar las llaves del coche.
Jordi no sonríe.
—Hasta ahora, ¿se las ha encontrado?
—No que yo sepa.
La pequeña broma permite a Inés respirar sin apretar tanto el vaso. Cata se inclina hacia ella.
—Necesitaremos sus resultados de las pruebas oficiales, los correos que intercambió con León y el inventario de las piezas. Lo solicitaremos por las vías correspondientes. No le estamos pidiendo que haga nuestra investigación ni que entre ahora a buscar nada.
—¿Qué voy a decirle al equipo?
—Que preserve todo. Que no borren ni una nota, aunque les parezca insignificante.
Cuando Inés sale acompañada de una agente, Jordi vuelve por primera vez a su libreta. En la hoja escribe tres palabras separadas por una línea: MANTENIMIENTO, ACCESOS, FINANCIACIÓN. No escribe «culpable» debajo de ninguna.
***
El responsable de seguridad se llama Oriol Prats y lleva diecisiete años trabajando en edificios de oficinas.
Es un hombre delgado, de unos cincuenta años, con el cabello muy corto y una chaqueta corporativa que parece quedarle estrecha en los hombros.
En su despacho hay dos monitores, varias placas de identificación antiguas y un ventilador que gira sin conseguir mover el aire.
Oriol señala el plano de la planta pegado a la pared.
—Aquí entran los empleados de las empresas. Por esta otra puerta pasan los proveedores. Y detrás están los corredores técnicos.
—¿Quedan todos registrados en el mismo sistema? —pregunta Cata.
—Ojalá. Las tarjetas generan un registro, las cámaras otro y las incidencias de mantenimiento se anotan en una aplicación distinta.
Jordi contempla las tres pantallas.
—¿Y cuando algo falla?
—Entonces me llaman a mí, aunque me hayan cortado el presupuesto para arreglarlo tres veces.
—Necesitamos separar las quejas de las incidencias de anoche —interviene Cata—. Empecemos por las entradas fuera del horario habitual.
Oriol acerca el teclado y muestra la pantalla sin abrir todavía ningún archivo de vídeo.
—¿Quieren los accesos de toda la noche o empezamos por el corredor técnico?
—Primero la relación completa —dice Cata—. Después veremos cuáles requieren explicación.
—¿Le sale alguna lectura fuera del horario habitual? —pregunta Jordi.
El hombre muestra en pantalla las entradas que puede consultar sin modificar los originales. Hay identificadores ordinarios, un acceso tardío relacionado con las instalaciones técnicas y varias lecturas fallidas. Uno de los registros pertenece a José María Olmedo.
—¿El que conoce a León? —pregunta Jordi.
—Ese mismo. Su tarjeta aparece en un punto del edificio donde no tenía asignada intervención esa noche.
—¿Lo vieron entrar?
Oriol mueve lentamente la cabeza.
—Las imágenes de ese intervalo no están completas. Los vídeos de otras entradas sí. Ya he pedido que nadie toque los equipos y que se conserve la copia del sistema.
—¿José María ha venido hoy a trabajar?
—No. Y eso es lo extraño. Es el primero que llega cuando hay una fuga de agua, incluso cuando no le toca.
—¿Tiene los partes de intervención de esta semana? —pregunta Cata.
—Los puedo sacar ahora mismo.
—También los teléfonos profesionales y quién podía autorizar un acceso temporal.
Oriol imprime una hoja y la recoge antes de que termine de salir.
—Me preocupa que el programa haya desordenado las horas. Hemos tenido errores de sincronización.
—Puede ser —admite ella—. ¿También podría usar alguien una tarjeta que no fuera suya?
Oriol mira la pantalla.
—Si se la prestan o se la quitan, claro. Pero el ordenador no nos dice qué mano la llevaba.
—Entonces necesitamos las dos explicaciones sobre la mesa —concluye Cata—. Sin descartar ninguna antes de comprobar los registros.
—¿Puedo llamar al técnico del sistema? —pregunta él.
—Sí, pero no para arreglarlo antes de que policía científica extraiga lo que necesite. Si lo modifica, perderemos la posibilidad de saber qué ha ocurrido.
Jordi, que ha estado observando en silencio una fotografía del equipo de mantenimiento en un tablón, señala a un hombre de sonrisa amplia y pelo corto que sostiene una caja de herramientas.
—¿Ese es Olmedo?
—Sí.
—Parece más feliz que yo de venir a trabajar.
—Eso es porque en la foto acababan de pagarle las horas extras.