Julia ¿Dónde estás? 5. FORTUNY Y BLANC
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5. FORTUNY Y BLANC

Desde la ronda del Litoral, la Torre Glòries parece una pieza de vidrio clavada entre edificios que todavía no han terminado de despertarse.

La claridad de primera hora le recorre la superficie azulada y recoge, en cada curva, el reflejo de las fachadas vecinas.

A sus pies hay bicicletas sujetas a los aparcamientos, repartidores que maniobran con prisa y empleados que entran con el café aún caliente entre las manos.

Nadie se detiene a mirar los coches policiales hasta que ve bajar a una mujer con una carpeta bajo el brazo y a un hombre de pelo entrecano que examina el edificio como si ya desconfiara de sus ventanas.

Jordi Fortuny Blanes pasa de los sesenta por muy poco.

Es alto, de hombros robustos, con el rostro ancho, los párpados algo caídos y una barba gris de dos días que le endurece las facciones incluso cuando sonríe.

Viste una camisa azul sin corbata, pantalones oscuros y una americana que lleva abierta, desafiando el calor de agosto.

Tiene la voz grave, áspera en las primeras palabras de la mañana, y un modo de escuchar que obliga a quien habla a completar las frases que preferiría dejar a medias.

Antes de entrar se palpa los bolsillos hasta encontrar sus gafas.

Se las pone, mira la fachada y las vuelve a guardar.

—Un científico muerto y todo el edificio lleno de gente que asegura no haber visto nada —murmura—. Ya empezamos bien.

A su lado, Caterina Fortuny Blanc se recoge detrás de la oreja un mechón de pelo castaño oscuro que se le ha escapado del moño.

Ronda la treintena, es de estatura media, tiene el rostro expresivo, ojos vivos y una nariz pequeña que arruga involuntariamente cuando algo le resulta absurdo.

Lleva pantalón azul marino, blusa de manga corta y zapatos cómodos.

Ha dormido poco, pero conserva la atención precisa de quien se niega a regalarle al cansancio un solo detalle.

En la comisaría es la subinspectora Blanc; su padre la llama Caterina cuando quiere discutir y Cata cuando cree que nadie los oye.

—Todavía no nos ha dicho nadie que no haya visto nada —responde ella.

—Dales cinco minutos.

—A lo mejor alguno ha visto algo.

—Entonces será el primero en pedir un abogado.

Ella reprime una sonrisa. Jordi la observa de reojo, satisfecho de haber logrado que se le mueva al menos una comisura de la boca, y le abre la puerta de acceso.

Dentro, el vestíbulo tiene el frío excesivo de los edificios que se empeñan en demostrar que pueden controlar el clima.

Dos vigilantes permanecen junto a un torno de entrada.

El más joven aprieta una tarjeta de identificación entre los dedos hasta dejarle marcadas las esquinas.

La llamada de emergencia ha salido del personal de Nexora poco después de las siete.

Una analista ha encontrado a León Núñez de Galindo inmóvil en uno de los laboratorios.

La primera patrulla ha aislado la zona, ha avisado a los servicios médicos y ha impedido que entraran los empleados que empezaban a llegar.

Desde entonces el edificio ha adquirido ese silencio peculiar de los lugares donde todo el mundo habla en voz baja mientras los teléfonos no dejan de sonar.

Un agente uniformado los espera junto al ascensor con la gorra debajo del brazo. Lleva varias horas allí y una mancha de café reciente sobre el puño de la camisa.

—Buenos días, inspector. Soy el agente Moreno. La patrulla ha acordonado el laboratorio y el acceso al corredor técnico. Nadie ha vuelto a entrar desde que se marcharon los sanitarios, salvo científica.

—¿Quién encontró el cuerpo? —pregunta Jordi.

—Inés Berenguer. Trabaja con la víctima. Entró, lo vio junto al escritorio y pidió ayuda.

—¿Tocó algo?

—Se acercó para comprobar si respiraba. Después llegaron los sanitarios. He anotado sus nombres y las horas de entrada.

—¿Y el ordenador de León? —interviene Cata.

—Sigue en su mesa. Nadie lo ha apagado ni ha intentado desbloquearlo.

—¿La puerta estaba forzada?

—En la principal no se aprecian daños. Hay otra salida hacia instalaciones. Seguridad está reuniendo los accesos.

Jordi se quita las gafas, las limpia con el pañuelo que lleva doblado en el bolsillo y se las pone otra vez.

—Vamos arriba. Y, Moreno, si alguien del consejo quiere pasearse por el laboratorio, que lo invite a pasearse por otro sitio.

—Ya lo ha intentado una señora dos veces —contesta el agente.

—Pues a la tercera dígale que el ascensor se ha estropeado.

—¿Se ha retirado alguna credencial que estuviera junto al laboratorio? —pregunta Jordi.

—La hemos dejado donde estaba. Científica está trabajando.

Cata consulta la hora del aviso en la hoja del agente y señala el nombre de Inés Berenguer.

—¿La analista sigue acompañada en la sala de reuniones?

—Sí. Una compañera se ha quedado con ella. Dice que no quiere volver a ver el laboratorio.

—No tendrá que hacerlo para hablar con nosotros —responde Cata.

Jordi mira hacia las puertas del ascensor.

—Que le acerquen agua. Y que no la maree nadie con preguntas hasta que vayamos a verla.

—Que no vuelva —dice Jordi—. Ya habrá visto bastante.

Suben en un ascensor de paredes metálicas.

Cata observa la sucesión de plantas iluminadas en la pantalla.

En el reflejo de la puerta ve a su padre frotarse el pulgar contra el índice, un gesto que le conoce desde niña: significa que está ordenando preguntas antes de hablar.

Cuando se abren las puertas, el olor a café del vestíbulo ha desaparecido.

El pasillo huele a plástico calentado, limpiador industrial y aire estancado.

Una técnica de la policía científica señala la línea de acceso al laboratorio.

Lleva el cabello recogido bajo un protector y una cámara colgada del cuello.

Hay fotografías de conjunto tomadas desde la puerta, muestras señalizadas y una bolsa preparada para los objetos que deberán trasladar.

Jordi espera a que le permitan pasar sin alterar el trabajo.

León permanece junto al escritorio, a pocos pasos de una mesa de instrumentos.

La ropa está desordenada y una de las manos presenta lesiones visibles.

Hay un soporte volcado, papeles desplazados y señales de un forcejeo concentrado en un espacio relativamente pequeño.

No parece que alguien haya registrado todo el laboratorio; en los armarios sigue habiendo material, las pantallas mantienen ventanas de trabajo abiertas y las notas de una prueba ordinaria continúan pegadas a una pizarra.

Cata mira el cuerpo, se detiene en los dedos y después dirige la vista hacia el lugar donde debió de estar la otra persona. No dice nada hasta que la técnica termina de fotografiar una marca junto a la mesa.

—Se defendió —observa.

—Eso parece. El médico forense confirmará las lesiones. Y debajo de las uñas puede haber algo que no sea suyo.

—O restos de cualquiera con quien haya trabajado.

Jordi la mira.

—Por eso los recogemos y por eso no pronunciamos todavía el nombre de un asesino.

Cata se agacha sin tocar el suelo. Hay una marca de zapato incompleta en una zona donde alguien ha pisado restos de líquido.

No pueden atribuirla a nadie hasta contrastarla con el personal autorizado y con los sanitarios.

Ella fotografía la posición general desde fuera de la trayectoria de trabajo y pregunta por el inventario de quiénes han entrado desde el hallazgo.

En una bandeja hay una taza usada, unas gafas y un teléfono. El ordenador continúa encendido, protegido ya de cualquier manipulación. El calendario de pruebas muestra una cita prevista para esa misma mañana con Inés Berenguer. Jordi lee el nombre y lo señala con la barbilla.

—Quiero hablar con ella antes que con los propietarios.

—¿Por qué?

—Porque los muertos suelen dejar más información a quienes trabajaban con ellos que a quienes les pagaban.

La técnica señala la puerta de servicio al fondo del corredor con el extremo de un bolígrafo, sin pisar la zona marcada en el suelo.

—Esa hoja conduce a instalaciones de mantenimiento —explica—. No entra directamente al laboratorio. Entre medias hay dos puertas más.

—¿Se abren con la misma credencial? —pregunta Cata.

—Depende del permiso. Seguridad está reuniendo las lecturas de anoche.

—¿Y las cámaras? —pregunta Jordi.

—Nos dicen que hay un intervalo de grabación que no aparece en el índice. Todavía no sabemos si el archivo está dañado o si alguien lo ha manipulado.

—¿Puede recuperarse?

—Lo intentaremos. Antes hay que conservar una copia de lo que queda.

Jordi observa el pasillo, lleno de esquinas que un desconocido no recorrería fácilmente a oscuras.

—Alguien que llegara por aquí tendría que orientarse muy bien.

—O haber recibido instrucciones —añade Cata—. De momento no sabemos ni que entrara por esta puerta.

Jordi suelta un suspiro poco amistoso.

—Cuando un hombre muere y la cámara deja de grabar, el fabricante de cámaras debería tener derecho a ponerse nervioso.

—No digas delante del técnico que ya has decidido que es un borrado, papá.

La palabra se le escapa antes de que pueda evitarlo. La mujer de científica finge interesarse por la funda de la cámara. Jordi vuelve la cabeza muy despacio.

—Inspector —corrige, sin dureza.

—Inspector, entonces no decidas lo que aún no sabemos.

—Eso está mejor, subinspectora Blanc.

Cata espera a que él se adelante. La primera diferencia entre los dos ya ha quedado expuesta: Jordi desconfía antes de tener pruebas; ella se obliga a separar la desconfianza de lo que podrá defender delante de un juez. Ninguno considera que el método del otro sea inútil.

***