Julia ¿Dónde estás? 4. JULIA #10
42%

4. JULIA #10

Llegan a una zona de naves y viales portuarios cuando el cielo empieza a perder color.

El aire huele a gasóleo, a sal y a mercancías calentadas durante todo el día.

Por una rendija Julia distingue luces de almacenes, una barrera de control que no pueden atravesar por la entrada principal y varias embarcaciones alineadas a lo lejos.

La furgoneta se detiene en un punto apartado.

Susurros le cubre los ojos antes de hacerla bajar y le indica que camine entre los dos sin intentar escapar.

El suelo cambia bajo sus pies: primero asfalto áspero, después una superficie de madera y por último una plancha metálica que vibra cuando alguien la pisa.

Oye golpear cabos contra los mástiles, voces en distintas lenguas y el chapoteo de agua bajo una estructura hueca.

Aunque nadie le dice dónde está, Julia comprende que la están subiendo a una embarcación.

Una puerta se abre con un chirrido corto.

El aire del interior es más fresco y tiene un olor leve a barniz, cuero y limpieza reciente.

Cuando le retiran la venda, está en un pasillo estrecho de paredes claras, con iluminación indirecta y puertas cerradas a ambos lados.

No ha visto el nombre del barco, su amarre ni el camino por el que han accedido.

Una escalera conduce a una cubierta superior desde la que llega el sonido apagado de pasos.

Mikel Aramburu la espera en una estancia contigua.

Lleva una camisa negra de manga corta, pantalones oscuros y un vendaje discreto cerca de la mandíbula donde León consiguió arañarlo.

Sus ojos se detienen en las muñecas de Julia, en la sangre seca de su labio y en el bolso que Susurros deja sobre la mesa.

—¿De quién ha sido la idea? —pregunta a los dos hombres.

—Nuestra —responde Susurros con una valentía que pierde a medida que habla—. Es la que tiene los papeles. Nos echaron del periódico y pensamos que...

—No os he preguntado qué pensasteis. Os he preguntado de quién fue la idea.

Fortuna levanta un dedo.

—Fue una idea entre los dos.

Mikel lo mira con una tranquilidad que hace que baje la mano.

—Fuera. Esperad arriba y no toquéis nada.

—¿Y a esta? —pregunta Susurros.

—Dejadla.

Los dos salen con una prisa que desmiente cualquier apariencia de autoridad. Julia todavía escucha sus voces al subir la escalera.

—¡Te dije que traerla aquí era una mala idea! —protesta Fortuna.

—¡Y yo te dije que cerraras la boca! —replica Susurros.

—¡Pues como el Sastre se enfade, se lo explicas tú!

—¡Como siempre, hombre, como siempre!

Las voces se alejan entre nuevas protestas. Mikel espera a que desaparezcan antes de acercar una silla y sentarse frente a Julia.

—Julia Román —dice, sin necesidad de mirar ningún papel—. Periodista. Hermana de Sali Román. Cuñada de José María Olmedo.

Oír los dos nombres en aquella boca le produce a Julia una punzada más fuerte que el golpe del hombro.

—¿Dónde están?

—Estoy haciendo yo las preguntas.

—Si sabe quiénes son, dígame qué les han hecho.

Mikel coloca sobre la mesa los papeles encontrados en su bolso. Separa la referencia bancaria de la libreta, la examina y la deja boca abajo.

—León te entregó documentación. Quiero saber dónde está.

—León no me entregó nada personalmente.

—No intentes jugar con las palabras. Tu cuñado lo ha contado todo.

Julia se inclina hacia delante a pesar del dolor de las muñecas.

—Entonces estaba vivo cuando habló con ustedes. ¿Y Sali?

Mikel espera unos segundos, observando el efecto que causa aquella pregunta sin responder. Después habla con una indiferencia cuidadosamente medida.

—No van a volver a molestarte.

—Eso no es una respuesta.

—Los dos están muertos. Y si quieres salir de aquí, harás lo que se te diga.

Julia se queda inmóvil. Ha imaginado mil cosas durante la noche anterior, pero ninguna consigue prepararla para escuchar aquella frase. La sangre parece retirarse de su cara y debe apoyar los pies con fuerza contra el suelo para no perder el equilibrio. Se obliga a mirar al hombre frente a ella.

—Quiero pruebas —dice con un hilo de voz—. Quiero saber dónde están sus cuerpos.

—No estás en condiciones de exigir nada.

—Si están muertos, puede decirme dónde.

Mikel no responde. Cambia de tema y pregunta por los originales de los documentos, por la memoria digital y por las personas que conocen su contenido.

Julia comprende que él quiere convertir el dolor en una concesión.

Se pasa la lengua por el labio herido y decide que no le contará nada que no haya podido averiguar por sí mismo.

—Habla con Rosana —dice—. Es la responsable del periódico.

—Lo haremos. Pero tú vas a decirme qué has encontrado en la consigna y por qué has ido al banco.

Julia mira los papeles sobre la mesa. La pregunta confirma que él ha leído su libreta, no que conozca lo que hay detrás de las referencias.

—He ido a preguntar por un trámite —responde—. El banco no me ha dado ninguna información.

—¿Quién es Isabella?

La palabra, pronunciada por un hombre que acaba de anunciarle la muerte de su hermana, adquiere un peso insoportable. Julia tarda varios segundos en contestar.

—Eso me gustaría saber a mí.

Mikel se recuesta en la silla, la mira y recoge los papeles. No obtiene más de ella. Antes de salir le advierte que no intente abrir las puertas ni pedir ayuda a los barcos próximos. Después indica a alguien en el pasillo que le lleve agua y mantenga cerrado el camarote.

Julia permanece sentada cuando lo oye alejarse.

Ahora distingue el rumor del mar bajo la embarcación y un zumbido continuo que procede de las instalaciones.

No puede ver la calle, pero junto a una cortina hay una rendija desde la que llega una luz pálida del puerto.

Se levanta con cuidado, prueba el picaporte y comprueba que no cede.

En la mesa hay un vaso vacío y una revista antigua de navegación.

Julia se fija en una bisagra, en el ruido de los pasos sobre su cabeza y en la disposición de los muebles, como si describir el lugar para sí misma pudiera impedir que el miedo la paralizara.

No encuentra ninguna señal que le permita identificar la embarcación.

La cara de Sali aparece una y otra vez en su pensamiento, siempre con la misma mirada impaciente de quien está a punto de corregirle algo.

—No puede ser —susurra.

Se sienta en el borde de la litera, aprieta los dedos contra las palmas y escucha. Durante mucho rato no ocurre nada. Luego alguien se detiene ante la puerta.

La cerradura gira y aparece un hombre mayor, de espalda ancha y barba gris recortada, con una gorra descolorida, camisa de trabajo y pantalones de lona.

Lleva una bandeja pequeña con agua, pan y fruta.

El olor a sal se cuela tras él al abrir la puerta.

Sus movimientos son lentos, casi ceremoniosos, y no parece llevar ninguna de las armas o herramientas con las que los otros hombres han querido intimidarla.

—Buenas noches, señorita —dice en un español de acento extranjero—. Le traigo algo de comer.

Julia no se mueve de la litera.

—¿Quién es usted?

—Trabajo por aquí. Me han dicho que necesitaba agua.

—Necesito un teléfono.

El hombre coloca la bandeja en la mesa, con cuidado de que no se deslice cuando el barco se balancea.

—Eso no depende de mí.

—Pues avise a la policía.

Él la mira con una expresión difícil de leer bajo la sombra de la gorra.

—He visto que tiene la boca herida. Beba un poco antes de que se le seque más.

Julia no toca el vaso. El desconocido se queda unos instantes junto a la puerta, observando la revista sobre la mesa y las cortinas que ella ha apartado.

—¿Le han dicho cuándo voy a salir de aquí? —pregunta.

—No. Pero conviene que conserve las fuerzas. Habrá tiempo para hablar.

—¿Hablar de qué?

El hombre deja la mano sobre el marco de la puerta.

—De lo que le ha ocurrido. A veces, cuando alguien cuenta bien las cosas, aparecen personas dispuestas a ayudar.

Julia recuerda a José María sujetando los documentos en la terraza y a Rosana obligándola a separar hechos de sospechas. El desconocido no le ha dicho su nombre ni ha explicado para quién trabaja. Tampoco ha negado saber qué buscan sus secuestradores.

—Si quiere ayudarme —responde—, empiece por decirme quién es.

Él espera un instante y después ajusta la gorra sobre la frente.

—Por aquí me llaman el Viejo.

Sale y cierra sin hacer ruido. Julia oye alejarse sus pasos, se acerca a la bandeja y bebe un sorbo de agua sin apartar la mirada de la puerta.

No sabe si aquel hombre constituye una oportunidad o un peligro distinto.

Por primera vez desde que ha llegado al barco, comprende que quizá no tenga que temer únicamente a quienes la han secuestrado.