Julia ¿Dónde estás? 4. JULIA #9
40%

4. JULIA #9

No advierte que la Jumpy blanca se ha desplazado dos veces de lugar desde la mañana.

Ahora espera junto a un acceso secundario, detrás de una furgoneta de paquetería.

Susurros permanece al volante con el asiento demasiado echado hacia atrás; Fortuna, sentado a su lado, mastica chicle con una intensidad que a su compañero le está volviendo loco.

—Si vas a seguir con eso, abre la ventana —le dice Susurros.

—Es para quitarme el nerviosismo.

—Pues dame otro. Me estás contagiando.

—Solo quedaba uno.

—Estupendo. La primera vez que encuentro un remedio me lo has gastado.

Fortuna ve a Julia salir del edificio. Lleva el bolso cruzado y consulta el móvil mientras baja el último escalón. La señala con el codo, sin pronunciar su nombre. Susurros endereza el asiento y comprueba el espejo antes de poner el motor en marcha.

La siguen a una distancia prudente. Julia cruza una calle de oficinas y tiendas que a esa hora empieza a vaciarse.

Espera ante un semáforo mientras una familia discute dónde cenar y un repartidor carga cajas sobre una carretilla.

Mira la pantalla, escribe algo y continúa hacia una parada de taxis que queda más allá de una zona de aparcamiento.

Los dos hombres la observan pasar entre coches estacionados, incapaces de ponerse de acuerdo sobre el mejor momento para acercarse.

—Aquí no —dice Susurros.

—Es que si seguimos esperando se nos escapa.

—No se nos va a escapar. Tú mantén la cabeza agachada y deja de señalarla.

—La llevo señalando media hora para que sepas cuál es.

—¡Que ya sé cuál es!

Julia oye un motor detrás de ella cuando entra en la zona sombreada de un paso lateral.

Se vuelve por instinto. La furgoneta ha reducido la velocidad; la puerta corredera se abre con un ruido seco y aparece un hombre de aspecto familiar, aunque tarda unos segundos en situarlo.

El polo azul, el rostro alargado y el maletín pequeño que lleva en la mano le recuerdan a los supuestos técnicos que Rosana acaba de describir.

—Disculpe —dice Susurros, bajando a la acera—. ¿Es usted Julia Román?

La pregunta la detiene. No está acostumbrada a que un extraño la llame por su nombre fuera del trabajo.

—¿Quién pregunta?

—Venimos de parte del señor León. Hay una cosa que necesitamos que vea.

Julia retrocede un paso. León está muerto. Quienquiera que sea aquel hombre, no puede ignorarlo.

—Si tiene información, llame al periódico —responde—. No voy a hablar aquí.

Se dispone a sacar el teléfono, pero Susurros se coloca entre ella y la calle. Fortuna sale de la furgoneta por el otro lado con una expresión demasiado nerviosa para la supuesta naturalidad del encuentro.

—No queremos hacerle daño —dice Fortuna.

—Pues entonces apártense.

Julia eleva la voz al ver que el segundo hombre se acerca.

Un coche sale lentamente del aparcamiento y su conductor mira hacia ellos sin comprender lo que sucede.

Ella aprovecha el momento para retroceder hacia la calzada, pero Susurros la agarra del brazo y trata de conducirla hacia la puerta de la Jumpy.

Julia se resiste, le golpea la muñeca con el borde del bolso y consigue liberar el brazo durante un instante.

—¡Suélteme! ¡Ayuda!

Fortuna se adelanta para sujetarla y tropieza con el bordillo.

La puerta corredera golpea el tope y vuelve a cerrarse parcialmente.

Susurros lo insulta sin soltar a Julia. El forcejeo dura poco y parece interminable: manos que tiran de su ropa, el teléfono que cae contra el asfalto, el aire caliente que le entra a golpes en los pulmones.

Uno de los hombres le cubre la boca para impedir que siga gritando.

La empujan al interior de la furgoneta y cierran la puerta mientras el vehículo arranca antes de que Fortuna termine de sentarse.

Dentro huele a polvo, caucho y restos de comida. Julia queda en el suelo entre una caja de herramientas y el asiento trasero. Intenta incorporarse, pero Susurros se vuelve para impedirlo mientras Fortuna conduce con brusquedad.

—No se mueva —advierte Susurros—. No le pasará nada si se está quieta.

Julia tiene el labio cortado y una rodilla dolorida por el golpe. Le falta una zapatilla, que ha quedado junto a la puerta. Mira alternativamente al conductor y al hombre que la vigila. Comprende que son los falsos técnicos y que su aparición no puede ser ajena a la muerte de León.

—¿Qué quieren? —pregunta, luchando por mantener firme la voz.

—Hablar —responde Susurros.

—Para hablar no hace falta secuestrar a nadie.

—Bueno, depende de la conversación —dice Fortuna, y Susurros le ordena que se calle.

Julia observa el interior de la furgoneta.

En una de las puertas hay una caja de cinta aislante y un trozo de pintura blanca desprendida; reconoce por el espejo exterior las letras torcidas del rótulo de los falsos operarios.

Trata de recordar cuántos caracteres tiene y en qué lugar de la carrocería están, pero el vehículo gira con violencia y tiene que agarrarse al borde del asiento para no caer.

Susurros llama a Mikel con el altavoz apagado. Habla en voz baja, aunque Julia distingue su incomodidad por las pausas que deja entre frase y frase.

—Sí, la tenemos... No, los papeles no... Estaba saliendo. Nos ha parecido que así por lo menos... Sí, ya sé que no era la orden.

Escucha durante un rato. La expresión se le va endureciendo.

—Entendido. La llevamos.

Al cortar, mira a Fortuna.

—Al puerto. Y no te equivoques de entrada.

—¿Qué puerto? —pregunta Fortuna.

Susurros cierra los ojos un instante.

—El de Barcelona, coño. ¡El que nos ha dicho!

Julia apoya la espalda en el lateral y se obliga a no hablar mientras puede escuchar. No sabe a qué parte de la ciudad la llevan ni quién espera allí. Sí sabe que el hombre del teléfono es alguien al que los dos temen. Y eso la asusta más que sus amenazas mal formuladas.

***

Rosana termina la llamada con el abogado del periódico y ve el mensaje de Julia en la parte superior de la pantalla. Han pasado más de veinte minutos desde que avisó de que salía hacia casa de Sali. Marca su número. Una grabación le indica que no está disponible.

Prueba de nuevo y llama al compañero que iba a acompañarla.

Este confirma que no pudo hacerlo, pero asegura que Julia había decidido tomar un taxi.

Rosana pregunta en recepción si alguien vio cómo salía; la empleada recuerda la dirección que tomó al abandonar el edificio, pero no la vio subir a ningún vehículo.

Rosana vuelve a marcar mientras camina hacia la ventana. Desde allí se ve la calle donde esta mañana aparcaron los falsos técnicos. El sitio está vacío.

—Vamos, Julia. Contesta.

Al tercer intento deja un mensaje y envía un aviso al contacto policial que ya tiene por la desaparición de Sali y José María.

Todavía no afirma que la periodista haya sido secuestrada: explica que ha perdido el contacto con ella después de una amenaza relacionada con documentos de León y con la presencia de dos desconocidos en la redacción.

Solicita que comprueben los hechos cuanto antes y que preserven las grabaciones del acceso y de las calles próximas.

Se acerca a la mesa de Julia. El ordenador conserva una nota abierta: «Isabella, doble ele.

Banco: no confirma titularidad. Hablar con Andrius».

Sobre un bloc hay una lista de preguntas para un artículo que aún no tiene título.

Rosana pasa los dedos por el borde del papel, cierra la puerta del despacho y llama a la recepcionista.

—Busca todas las imágenes que tengamos de esos dos hombres. Y no borres nada. Ni las grabaciones malas.

—¿Pasa algo con Julia?

Rosana quiere decir que seguramente habrá perdido el móvil o estará hablando con alguien. No puede hacerlo. Ha visto demasiadas veces a Julia contestar una llamada incluso en mitad de una discusión para creer que ese silencio es normal.

—Todavía no lo sé —responde—. Pero vamos a averiguarlo.

***

En el interior del contenedor, Sali ha dejado de contar los golpes que José María da a la puerta.

El aire sigue entrando por las rendijas y una franja de luz se ha desplazado hasta sus zapatos.

La botella de agua se está terminando. José María escucha a lo lejos una sirena que se aleja sin aproximarse al polígono y apoya la frente contra el metal, demasiado cansado para volver a gritar.

—¿Has oído eso? —pregunta Sali.

—Una sirena.

—La próxima vez gritamos antes de que pase.

Él asiente. Ella le coloca de nuevo el vendaje improvisado junto a la ceja. No saben que Julia ya no está libre para buscarlos. Tampoco saben que una veterinaria de guardia continúa pensando en una pareja herida, en una furgoneta blanca y en una palabra que escuchó sin querer: «contenedor».

***

El desplazamiento hasta el puerto se convierte para Julia en una sucesión de curvas, semáforos y ruidos de motor.

Susurros le ha quitado el bolso y guarda su teléfono apagado en la guantera.

Al comprobar la libreta encuentra anotaciones sobre una consigna, una entidad bancaria y un nombre que no comprende.

Julia mantiene la vista en sus manos mientras él pasa páginas con impaciencia.

—¿Dónde están los documentos del científico? —pregunta.

—No los tengo conmigo.

—Mientes.

—No necesito llevarlos encima para trabajar. Pregúntaselo a tu compañero: ha entrado en la redacción esta mañana y tampoco los ha encontrado.

Fortuna gira la cabeza para mirarla y casi invade el carril contrario.

—¡La carretera! —grita Susurros.

La furgoneta da un bandazo. Julia se golpea el hombro contra el asiento y comprende que su única ventaja frente a aquellos hombres es que ninguno parece saber exactamente qué hacer con ella.

—Estás muy lista, ¿no? —murmura Susurros, irritado por haber sido corregido.

—Lo suficiente para entender que buscáis algo que no sabéis identificar.

Él cierra la libreta. No responde, pero la forma en que le ata las muñecas con una cinta plástica es más brusca que antes. Julia deja de provocarlo. Su miedo no desaparece porque los secuestradores sean incompetentes.