Julia ¿Dónde estás? 4. JULIA #8
39%

4. JULIA #8

—Y tú deja de recorrer la ciudad sin que nadie sepa dónde estás —añade—. Esta tarde, si vas a algún sitio, me avisas antes y después.

—Quiero volver al piso de Sali.

—¿Para qué? Ya has estado.

—Porque es el último lugar donde deberían haber estado. Porque aún tengo la llave en el bolsillo. Porque me parece insoportable no hacer nada.

Rosana se sienta frente a ella y tarda un momento en elegir las palabras.

—Julia, ir a casa de tu hermana no va a hacer que aparezca. Lo sé. Pero también sé que necesitas comprobarlo con tus propios ojos. Ve acompañada, por favor.

—Puedo pedirle a alguien que me acerque.

—Pídeselo. Y, si no puede nadie, me esperas. Saldré contigo cuando termine esta llamada.

Julia asiente sin convencimiento. En el pasillo se escucha al técnico auténtico explicar que una unidad exterior presenta una avería que no se corresponde con un fallo espontáneo habitual.

Rosana y Julia intercambian una mirada. Ninguna sabe quién ha causado el daño, pero las visitas empiezan a dibujar una insistencia que no tiene nada de casual.

—Hay que decir también eso —murmura Julia.

—Lo diremos. Con el informe del técnico, no con nuestras impresiones.

El teléfono de Rosana suena y la obliga a volver a sus obligaciones.

Julia aprovecha para llamar a la oficina de Andrius, cuyo nombre figura en una anotación de León entre los documentos.

La recepcionista le confirma que el abogado está ocupado y le pide que deje su teléfono.

Julia explica que tiene una información que podría ayudar a entender los últimos días de su cliente.

No consigue hablar con él, pero deja un mensaje claro, indicando que trabaja en La Barcelona d’Avui y que desea entrevistarlo.

Una nueva puerta se abre sin prometerle nada.

Cuando termina, vuelve a mirar el banco anotado en su libreta.

Se pregunta si Isabella será una persona, una empresa o un nombre utilizado para esconder algo.

No permite que ninguna de esas ideas se convierta en certeza.

Rosana la llama para pedirle que revise un párrafo del artículo sobre Nexora, y Julia vuelve al trabajo con la mirada todavía puesta en el teléfono.

***

Aarón recoge sus cosas antes de lo acostumbrado.

Ha pasado buena parte de la tarde al lado de Beatriz, entrando y saliendo de despachos donde se habla de la reputación de la empresa como si una declaración pudiera resolver la muerte de León.

Cada vez que oye mencionar registros de acceso o cámaras, se le tensa el estómago.

Ha guardado el teléfono anónimo en el bolsillo interior de la chaqueta, pero allí vibra con una insistencia que siente incluso cuando no llega ningún mensaje.

Sandra lo espera junto a la sala de impresoras.

Lleva un vestido azul sencillo y una carpeta contra el pecho.

Ha cambiado la coleta por el pelo suelto, aunque varios mechones se le pegan a las sienes por el cansancio.

Cuando lo ve acercarse, aparta la carpeta para dejarle paso y habla antes de que él pueda fingir que no la ha visto.

—¿Vas a seguir evitándome?

—Sandra, ahora no.

—Eso llevas diciéndome desde ayer.

—Han matado a una persona aquí dentro. ¿Te parece poco?

—Precisamente por eso te pregunto qué te pasa. Estás como si te hubieran amenazado.

Aarón siente que la frase lo atraviesa. Mira el corredor para asegurarse de que nadie está cerca.

—No me han amenazado. Estoy nervioso, nada más.

—Pues con Beatriz disimulas bastante mejor.

—Beatriz es mi pareja. Es normal que esté con ella.

Sandra separa los labios y tarda un instante en responder. La humillación está en la frase, no en el volumen: él ha pronunciado la palabra pareja con una facilidad que jamás utiliza cuando hablan de los dos a solas.

—Claro —dice—. Y lo nuestro será una cuestión administrativa.

—No empieces.

—No he empezado nada. He pasado todo el día escuchando cómo esa mujer me habla como si yo fuera su criada, y tú no has sido capaz ni de mirarme. Ahora resulta que te molesta que pregunte.

—No sé qué quieres que haga delante de ella.

—No te he pedido que anuncies nada. Te he pedido que no me trates como si no existiera.

Aarón se frota la cara. Le gustaría contarle que tiene miedo, que teme haber contribuido a algo irreparable, que cada vez que mira el teléfono imagina a la policía llamando a su puerta.

Pero Sandra trabaja para Beatriz, conoce los archivos de la empresa y está más cerca de aquella investigación de lo que él quisiera.

Si confiesa lo de las grabaciones, no sabe en quién podría acabar convertido ante sus ojos.

—Perdona —dice al fin, más bajo—. No estoy bien. Déjame unos días.

Sandra observa su expresión. Durante un momento cree descubrir angustia verdadera debajo de su cobardía, y la rabia cede lo suficiente para dejarle hablar.

—Si hay algo que deba saber, dímelo. No puedo ayudarte con una cosa que no me cuentas.

Él niega con la cabeza.

—No es nada que tú puedas arreglar.

Beatriz aparece al fondo del pasillo y los encuentra hablando. Se acerca sin modificar el paso, sostiene una carpeta de cuero y echa un vistazo rápido al reloj.

—Sandra, los extractos que te pedí siguen sin estar en mi correo.

—Los tengo preparados. Falta la conciliación de dos pagos.

—Te pedí que estuvieran a primera hora.

—A primera hora de mañana. Eso fue lo que dijiste.

Beatriz se detiene. Aarón mira hacia la ventana.

—No discutas conmigo las palabras exactas cuando hay una investigación abierta —responde la presidenta—. Si una instrucción no te queda clara, la preguntas. Si te queda clara, la cumples.

Sandra aprieta la carpeta contra sí.

—Lo tendré terminado hoy.

—Más te vale. Aarón, ven conmigo. Tenemos que salir.

Él obedece sin mirar atrás. Sandra permanece inmóvil hasta que los dos doblan la esquina.

Después vuelve al despacho, deja la carpeta sobre la mesa y abre el directorio donde guarda los extractos solicitados.

Durante años ha pensado que conocer los documentos de la presidencia era una responsabilidad.

Aquella tarde los ve como el único lugar del edificio donde Beatriz no puede insultarla sin dejar, al mismo tiempo, un rastro de sus propias decisiones.

No toca ningún archivo ajeno a su encargo. Se limita a completar el trabajo, pero recuerda con una precisión dolorosa quién le pidió cada autorización y quién se negó a firmar ciertas cuentas. Son recuerdos que no se van cuando apaga el ordenador.

***

El contenedor está cada vez más caliente.

José María ha perdido la noción exacta de las horas desde que lo encerraron allí; distingue el día de la noche por el cambio de luz que se filtra a través de las rendijas y por el ruido de los camiones que maniobran entre los almacenes.

Su costado le duele incluso cuando permanece inmóvil.

Tiene el labio hinchado, un vendaje improvisado junto a la ceja y las manos sucias de haber intentado mover la puerta sin conseguirlo.

Sali se ha quitado la chaqueta para doblarla bajo su cabeza.

El golpe del rostro se ha convertido en una mancha violácea que le alcanza el pómulo, y las muñecas siguen marcadas por las ataduras.

Le cuesta tragar cuando bebe demasiado rápido.

Vigila cuánto agua queda y obliga a José María a beber por turnos, aunque él protesta cada vez que le acerca la botella.

—Bebe tú —dice él—. Yo estoy estupendamente.

—Tienes cara de que te ha atropellado una furgoneta.

—Por lo menos ha sido una furgoneta. Si llega a ser un camión, tengo que pedir la baja larga.

Sali intenta sonreír, pero el gesto le tira de la mejilla herida. José María lo ve y deja de bromear.

—Lo siento —murmura.

—Como vuelvas a disculparte por haber ayudado a tu amigo, te hago hablar con la pared.

—La pared no contesta.

—Pues ya sería una conversación más inteligente que las que has tenido con esos dos.

Él apoya la cabeza contra el metal. Fuera suenan voces lejanas y un vehículo que pasa sin detenerse. Sali vuelve a golpear la puerta con la base de una caja vacía. Lo hace tres veces, descansa y repite. Cuando no obtiene respuesta, regresa a sentarse junto a él.

—¿Crees que Julia habrá llamado ya a la policía? —pregunta José María.

—Si no nos ha encontrado, habrá puesto Barcelona patas arriba.

—Le dijimos que nos íbamos a casa.

—Por eso mismo. Mi hermana no va a tragarse que nos hayamos ido de vacaciones sin decir nada.

José María cierra los ojos. Piensa en León, en la expresión que tenía cuando le entregó la mochila y en su insistencia con aquella frase extraña. Quiere confiar en que Julia haya comprendido lo que le pidió su amigo. Sali le aprieta la mano para comprobar que sigue despierto.

—Eh. No te duermas todavía.

—No me duermo. Estoy pensando.

—Eso sí que me preocupa.

Se quedan juntos, con la espalda apoyada en los bultos que los dos delincuentes amontonaron para dejarles espacio.

Cuando Sali vuelve a oír un vehículo, grita hasta que la garganta le arde.

Nadie responde. José María golpea la puerta una última vez antes de sentarse a su lado.

Ambos siguen vivos, pero necesitan que alguien encuentre el lugar antes de que el calor y las heridas les quiten las fuerzas.

***

Julia deja la redacción cuando el sol empieza a bajar sobre las terrazas del barrio.

Rosana aún está atrapada en una llamada con un asesor jurídico y le ha pedido que no se vaya sola.

Julia ha acordado con un compañero que la acerque al domicilio de Sali, pero el hombre recibe un aviso urgente y tiene que cubrir una comparecencia.

Ella le dice que no importa, que tomará un taxi.

Antes de salir envía a su jefa un mensaje: «Voy al piso de Sali.

Te aviso al llegar». Cree que caminar unos metros hasta una avenida iluminada no supone incumplir el acuerdo.