Julia ¿Dónde estás? 4. JULIA #7
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4. JULIA #7

Se despiden sin cerrar trato, pero ya no se trata de una negativa.

Desde el ventanal Carolina lo ve atravesar el patio con la misma calma con que había llegado.

Luego llama al laboratorio: quiere que le muestren el avance real de la línea experimental, sin diapositivas ni discursos.

Antes de buscar un socio peligroso, necesita saber cuánto puede permitirse exigirle.

***

A media mañana, en La Barcelona d’Avui, el aire acondicionado deja de soplar.

Al principio apenas se percibe: una pantalla se empaña por el calor de una taza y alguien abre una ventana pensando que se trata de una avería momentánea.

Media hora después, el despacho de Rosana huele a papel caliente y los ventiladores de los ordenadores parecen hacer más ruido que las conversaciones.

—Como esto siga así, publicaremos el periódico desde la nevera de la cocina —protesta un redactor.

Rosana llama al número de mantenimiento que figura en la ficha del edificio.

La persona que responde le confirma que revisarán la incidencia en cuanto puedan y le pide que deje libre el acceso a la climatización.

No da una hora exacta. Rosana cuelga, toma un vaso de agua y encuentra a la recepcionista frente a su puerta.

—Han llegado dos técnicos del aire acondicionado. Dicen que los manda el administrador de la finca.

—¿Ya? Si acabo de hablar con mantenimiento.

—Llevan un papel con el nombre de la empresa.

Rosana se levanta. Desde el pasillo ve entrar a Susurros y Fortuna, que llevan polos de trabajo azul marino, pantalones con bolsillos y dos maletines muy diferentes: el de Susurros es nuevo y parece no haber sido abierto; el de Fortuna tiene un asa reparada con cinta aislante.

Ninguno lleva identificador con fotografía.

Ambos sudan más de lo que la temperatura explica.

—Buenos días —dice Susurros, estrechando la mano a quien se deja—. Venimos por la climatización. Servicio urgente.

—¿De qué empresa? —pregunta Rosana.

Susurros mira el encabezado del parte que le han facilitado.

—Servicio Integral de Aire. Del aire, vamos.

Fortuna se inclina para leerlo por encima de su hombro.

—Y de climatización —añade—. Lo pone debajo.

—Qué tranquilidad —responde Rosana—. ¿Quién les ha dado el aviso?

—La propiedad —dice Susurros.

—La administración —dice Fortuna a la vez.

Rosana deja escapar un suspiro que no intenta disimular.

—¿La propiedad o la administración?

—Es que una cosa lleva a la otra —explica Susurros—. Si se estropea una cosa de la propiedad, lo administra la administración.

Una redactora se muerde el labio para no reír. Rosana señala la unidad interior situada sobre una zona de trabajo y pide que empiecen por allí. Los dos se acercan, miran el aparato y se ponen de acuerdo con los ojos antes de abrir los maletines.

Fortuna saca una llave inglesa enorme.

—¿Eso para qué es? —pregunta Susurros entre dientes.

—Para el aire.

—Para el aire, para el aire... ¿Y cómo vas a meter eso ahí arriba, que ni siquiera tiene tornillos de ese tamaño?

—Pues habrá que buscar los pequeños.

Susurros comprueba que Rosana sigue observándolos y sonríe con una confianza mal calculada.

—Nuestro compañero es especialista en equipos industriales.

—De grandes superficies —añade Fortuna.

—Esto es una oficina —dice Rosana.

—Por eso está mirando si se adapta —responde Susurros.

El calor no mejora las cosas. Mientras Susurros sube a una escalera y finge examinar la carcasa del aparato, Fortuna se aparta hacia el pasillo que conduce a los despachos.

Ve un armario con archivadores, comprueba que nadie lo mira y abre una de las puertas.

Encuentra sobres, papel para impresora y material de oficina.

Se guarda en el bolsillo una libreta que cree importante solo porque lleva las iniciales «R. R.» en la cubierta.

Rosana lo descubre al volver con una botella de agua.

—¿Qué hace ahí?

—Busco el cuadro de mandos.

—Es un armario de papelería.

—Por eso. En algunos sitios guardan ahí los mandos.

—En este no.

—Ya me he dado cuenta.

Desde la escalera, Susurros interviene en voz demasiado alta.

—¡Miguel Ángel! ¡Ven a ver la presión!

Fortuna se queda inmóvil.

—¿Qué presión?

—¡La del aire, hombre!

—¿Y dónde se mira?

—¡Aquí, que estoy yo!

Rosana se cruza de brazos. Susurros baja de la escalera con más dificultad de la que había mostrado para subir y deja el maletín sobre una mesa donde una redactora está intentando trabajar.

—Vamos a hacer una comprobación de circulación —anuncia.

—¿Necesitan acceso a mi despacho para eso? —pregunta Rosana.

—Sería conveniente —responde Susurros.

—¿Por qué?

—Porque el aire pasa de unas zonas a otras.

—La puerta está cerrada y no hay ninguna instalación que revisar allí. Dígame el nombre y el número de su empresa.

Susurros se queda quieto. Fortuna observa los dedos de su compañero como si las respuestas pudieran escribirse en ellos por sí solas.

—Viene en el parte —dice Susurros.

—Ese parte no tiene dirección ni número de incidencia. Y acabo de llamar a mantenimiento: no ha enviado a nadie todavía.

La recepción de la redacción ha quedado en silencio. Un redactor baja el volumen de la radio. Rosana toma el papel, lo deja sobre la mesa y señala la puerta de entrada.

—Recojan sus cosas. Se marchan ahora mismo.

—Pero el aparato sigue estropeado —protesta Fortuna.

—Ya lo veo. Y prefiero que lo siga estando hasta que venga alguien que sepa arreglarlo.

Susurros cierra el maletín con un golpe seco.

—Nosotros veníamos a ayudar.

—Pues ya han ayudado bastante. Y antes de salir, devuelva la libreta que su compañero ha guardado en el bolsillo.

Fortuna abre la boca. Se palpa el pantalón y deja la libreta encima de la mesa con una expresión ofendida.

—Pensaba que era un manual.

—Es una lista de teléfonos de proveedores de papel —responde Rosana—. La próxima vez, léanla antes de llevársela.

Susurros lo empuja hacia la puerta. En el ascensor, cuando ya no pueden oírlos desde recepción, le habla apretando los dientes.

—¿Se puede saber por qué has cogido una libreta con dos erres?

—R de Rosana, R de Rico. Estaba clarísimo.

—¡Nos han echado por tu culpa!

—Nos iban a echar igual. Tú has dicho que mirábamos la presión y no teníamos ni dónde mirarla.

—¡Que te calles! ¡Nos han mandado por unos documentos y nos vamos sin nada!

Fuera, la Jumpy espera bajo un árbol que apenas le da sombra. La palabra HERMANOS se lee de lejos en el lateral, aunque la pintura alrededor está descascarillada. Fortuna se dispone a entrar cuando ve a una mujer cruzando la acera con un bolso de cuero al hombro.

—Susurros —dice—. Mira.

—¿Qué?

—La periodista.

Susurros sigue la dirección de su dedo. Ha visto su fotografía en la ficha que Mikel les facilitó para identificar a las personas relacionadas con los papeles. Julia camina hacia el edificio y se detiene bajo el toldo para contestar el teléfono.

Susurros la observa sin acercarse.

—No podemos cogerla aquí. Hay gente por todas partes.

—Ya. Pero si volvemos sin nada nos va a poner a freír el Sastre.

—¿Y qué propones?

Fortuna mira la entrada del edificio. La puerta se cierra detrás de Julia.

—Que esperemos a que salga. Si no hemos encontrado los papeles, igual podemos llevarle a quien sabe dónde están.

Susurros tarda unos segundos en contestar. Después sube a la furgoneta y aparta del asiento una bolsa de patatas vacía.

—Por una vez has tenido una idea que no termina inmediatamente en un accidente. Pero hazme caso: no la estropees hablando.

Fortuna se sienta al volante con una sonrisa que no alcanza a disimular el miedo.

—¿A que sí? Pues eso nos tendría que animar.

—A mí lo que me animaría es no volver a ver al Sastre.

Se quedan allí, vigilando la entrada a través de la luna delantera, sin saber que Rosana acaba de llamar al administrador del edificio para confirmar los nombres de los falsos técnicos.

Julia encuentra a Rosana junto a la máquina de agua del pasillo. Su jefa tiene las mejillas enrojecidas por el calor y sujeta en una mano el parte que los supuestos técnicos han dejado abandonado sobre una mesa.

—Me voy a poner una denuncia contra los veraneantes que se hacen pasar por técnicos —dice Rosana antes siquiera de saludarla—. Han intentado entrar en mi despacho.

Julia observa el papel.

—¿Quiénes?

—Dos hombres que aseguraban venir a reparar el aire acondicionado. Uno llevaba una llave inglesa que parecía sacada de un taller de tractores y el otro ha intentado llevarse mi agenda de proveedores.

—¿La ha cogido?

—Se la he quitado antes de que saliera. Pero eso no es lo peor. El administrador no había enviado todavía a nadie. Los que debían venir se han presentado hace cinco minutos y están mirando la avería de verdad.

Julia vuelve la cabeza hacia la recepción. Un técnico uniformado habla por teléfono junto a una caja de herramientas abierta y señala a otro una hoja de incidencias con membrete.

—¿Los falsos preguntaron por mí? —pregunta.

Rosana vacila.

—No te nombraron. Querían entrar donde tenemos los documentos.

—Eso es casi peor.

Entran juntas en el despacho. Rosana le explica lo ocurrido con detalle, desde el parte sin número hasta la libreta de dos erres.

Julia anota las descripciones de ambos y pide las imágenes de recepción, que todavía no han sido sobrescritas.

La empleada confirma que hay cámaras en la entrada y que el administrador puede conservarlas para atender el aviso.

No sabe si sus rostros se distinguen con claridad; uno llevaba una gorra y el otro permaneció casi siempre de espaldas a la lente.

—¿Has comunicado lo del francés? —pregunta Julia.

—Sí. He dejado constancia de su visita y de los dos hombres a través del cauce que nos indicó la policía. No voy a esperar a que se lleven una mesa para pensar que todo esto tiene relación.

Julia mira la documentación inventariada sobre el escritorio. No hay señales de que hayan accedido a ella. Rosana propone que el periódico conserve originales y copias económicas bajo control de su asesoría, y que traslade a los investigadores lo necesario de forma documentada.