4. JULIA #6
La frase deja un silencio extraño en la línea. Julia cierra la carpeta y se levanta. Sigue sin saber qué ha sido de su hermana, pero ahora dispone de algo que no tenía veinticuatro horas antes: un camino que León preparó personalmente antes de morir.
***
El banco ocupa la planta baja de un edificio de piedra clara, en una calle del centro donde los escaparates ofrecen relojes y ropa a precios que Julia no podría justificar en una nota de gastos.
Los vehículos circulan despacio y el aire de la acera mezcla perfume de una tienda con el olor áspero de los frenos.
La sucursal tiene puertas de cristal, un pequeño vestíbulo de atención y un sistema de turnos que obliga a sentarse junto a otras personas que consultan el móvil con expresión de derrota.
Julia espera casi veinte minutos antes de que la atienda una empleada de mediana edad, cabello oscuro cortado por la mandíbula, una cadena fina en el cuello y un tono tranquilo que no desaparece aunque el cliente anterior haya discutido por una comisión.
Se llama Mercè, según la placa que lleva sobre la chaqueta.
—Buenos días. Tengo una referencia a un servicio de custodia vinculado a esta sucursal. Quisiera saber qué documentación se necesita para solicitar información —explica Julia.
La empleada mira la tarjeta sin introducir todavía ningún dato.
—¿Es usted titular o persona autorizada?
—No puedo acreditarlo. La referencia me la dejó alguien que ha fallecido. Soy periodista, pero no vengo en representación del medio para pedir información bancaria de terceros.
Mercè levanta un poco las cejas, no tanto por la profesión como por la claridad de la respuesta.
—Entonces puedo explicarle el procedimiento general. No puedo confirmar si ese depósito existe, quién lo contrató ni qué guarda. Si hay herederos, representantes legales u otras personas autorizadas, deberán acreditarse por los cauces correspondientes.
—¿Una llave serviría?
—No por sí sola.
—¿Y dos códigos de acceso?
—Tampoco. Un código no sustituye la identificación ni una autorización válida.
Julia apoya la tarjeta en el mostrador sin soltarla.
—¿Puedo dejar constancia de que he venido? No quiero que dentro de tres semanas alguien diga que nunca pregunté.
La empleada le señala el impreso de consultas generales y le explica que puede presentar una solicitud formal sin que eso obligue a la entidad a revelar datos protegidos. Julia recoge la hoja, pero no escribe los códigos ni el nombre de Isabella.
—¿Puedo hacer una pregunta más?
—Mientras sea general, por supuesto.
—Si la persona titular ha muerto de forma violenta, ¿es la policía quien puede solicitar la preservación de documentación e imágenes de seguridad?
Mercè mantiene la compostura.
—La entidad atiende los requerimientos válidos que recibimos. En un caso así, lo adecuado es que lo ponga en conocimiento de los investigadores. Ellos determinarán qué necesitan y con qué autorización.
Julia guarda la tarjeta. Tiene ganas de pedirle que le deje ver un libro de firmas, una lista de entradas, cualquier cosa que convierta la pista en una respuesta.
Pero la mujer no está obstaculizando la investigación por capricho: está protegiendo algo que, si perteneciera a Sali, Julia también exigiría que se protegiera.
—Gracias por explicármelo —dice.
—Ojalá encuentre a la persona a la que corresponde esa documentación.
Julia sale a una calle demasiado luminosa.
Se queda bajo el toldo de una farmacia, abre la libreta y anota todo lo que Mercè ha dicho, separando las respuestas concretas de sus propias hipótesis.
Después envía a Rosana un mensaje breve: «Banco localizado.
No facilitan información sin autorización; no sabemos qué contiene ni de quién es.
La referencia coincide con la consigna».
Mientras espera la confirmación de lectura, revisa la última conversación que mantiene con Sali.
El mensaje de voz todavía está allí. Su hermana aparece en la fotografía del contacto con una sonrisa burlona, abrazada a José María en una fiesta de verano.
Julia intenta imaginar qué comentario estaría haciendo ahora sobre aquella excursión inútil a un banco, y descubre que no puede completar la broma sin que se le cierre la garganta.
No llora. Guarda el teléfono, bebe un poco de agua y comienza a caminar hacia la parada de transporte que la devolverá al periódico.
***
En FILEXA, Carolina revisa el segundo mensaje de Néstor.
Ha encontrado parte de las autorizaciones y le pide que no las distribuya mientras los abogados de Nexora preparan la respuesta a la policía.
Carolina guarda una copia. El hecho de que Néstor esté preocupado confirma que sus acuerdos necesitan una defensa mejor; no hace que renuncie a la ventaja que han comprado.
—Repasad los pagos y comparadlos con las entregas reales —ordena a su responsable financiero—. Quiero saber qué podemos demostrar sin necesidad de que Néstor venga a explicárnoslo. Y mantened la línea de prototipo fuera de los informes comerciales, por ahora.
—¿Cree que nos van a investigar por el asesinato? —pregunta él.
—Nos investigarán si creen que les conviene. Y yo no voy a enseñarles una sola debilidad por cortesía. Los papeles tienen que estar preparados antes de que llamen.
En su carpeta privada coloca los correos de Sébastien. Ha dejado un mensaje pidiéndole que vuelva y todavía no ha obtenido la reunión. Esta vez Carolina pretende negociar el control de FILEXA y las responsabilidades de cada parte, no pedirle explicaciones morales por los negocios que propone.
Su asistente entra con un sobre de correspondencia comercial. Carolina lo deja junto a la impresora y pregunta si hay alguna solicitud formal de Nexora o de la policía.
—Todavía no.
—En cuanto llegue una solicitud formal, me avisas. Y prepara por separado una relación de nuestras reuniones con León y de las conversaciones comerciales con Moreau. Quiero que distingamos los contratos firmados de las simples ofertas.
—¿Las dos?
—Las dos. Fechas, asistentes, documentos que puedan pedirnos. No inventaremos hechos; tampoco les regalaremos el relato de nuestros negocios.
Su asistente sale. Carolina vuelve a las cifras de la futura demostración.
Hay algo del francés que no le gusta y sabe que una alianza con él puede colocar a FILEXA en un terreno donde no se compra la tranquilidad con un contrato.
Pero también recuerda los meses de ventaja que las rutinas de Néstor han proporcionado a sus ingenieros.
Pone la tarjeta de Sébastien junto al calendario de desarrollo y vuelve a llamarlo.
Esta vez él contesta. Carolina propone que se vean aquella misma tarde en FILEXA.
Todavía piensa aprovecharlo antes de permitir que él la aproveche a ella.
***
No ha pasado una hora cuando el francés entra en el despacho de Carolina.
En la planta de FILEXA quedan pocos empleados, pero todavía se oye a un equipo discutir una prueba detrás del cristal.
Sébastien deja su abrigo sobre el respaldo de una silla sin esperar a que nadie se lo ofrezca.
Carolina no le reprocha la confianza; ha sido ella quien ha pedido que venga y ha rechazado su sugerencia de verse en un hotel.
—Pensé que mi propuesta no le interesaba —dice él, mientras observa el esquema de desarrollo que ocupa media pared.
—Su propuesta no. Lo que tiene detrás, quizá. Las condiciones pueden cambiar.
—¿Por la muerte de León?
Carolina se queda un instante mirando al visitante. El científico le caía bien. No piensa fingir que es una buena noticia, pero tampoco permitirá que el duelo decida los contratos que mañana deberá firmar.
—Por lo que significa su muerte para Nexora, para nosotros y para todos los que estaban esperando resultados. Si ha venido a darme el pésame por un hombre que ni siquiera trabajaba aquí, ha entendido mal la llamada.
—He venido porque usted me ha llamado. Eso ya es una novedad.
—Queremos desarrollar una alternativa propia. Tenemos partes del programa que funcionan, un equipo capaz y un primer modelo en marcha. Nos falta tiempo, mucho dinero y alguien que no se desmaye cuando lea los plazos. Usted ofrecía las dos primeras cosas.
Sébastien presta más atención al rostro de Carolina que al esquema. Hace unas semanas ella había rechazado cualquier trato que redujera su autonomía. Ahora no habla de límites morales; pregunta por porcentajes, exclusividades y derecho de explotación. Él reconoce el cambio sin celebrarlo.
—Mis inversores podrían interesarse —responde—. Pero necesitarán garantías de que no financian una imitación del proyecto de otra empresa.
—No intente hacerme reír. En este sector todos llegan a la meta utilizando parte del camino que otros abrieron. Si busca una monja para custodiar una patente, se ha equivocado de dirección.
—Busco alguien que sepa ganar.
—Entonces empiece por decirme qué quiere ganar usted. Y no me venda otra vez el secreto de unos inversores que no tienen nombre.
El francés sonríe. Carolina pide dos cafés y deja que la conversación derive hacia cantidades que no decide aún aceptar.
Cuando Sébastien insinúa que pueden encontrar investigadores dispuestos a cambiar de empresa, ella pregunta qué científicos tiene en mente y qué los haría abandonar Nexora.
Él menciona contactos y posibilidades, nunca compromisos concretos.
Carolina no le ofrece nombres de su propia plantilla.
Ninguno ignora que el otro está midiendo cuánto puede obtener sin exponer su verdadera mano.
—No volveré a hablar con usted si pretende dejarme la responsabilidad de todo lo que salga mal —advierte Carolina.
—Ni yo si usted pretende quedarse con toda la parte de lo que salga bien.