4. JULIA #5
—Tenemos una llave y documentos que León entregó voluntariamente con instrucciones de que los revisara. No voy a forzar nada. Preguntaré al responsable del servicio qué autoriza esa llave y dejaré constancia de lo que ocurra.
Rosana se toma unos segundos para examinar la referencia.
—La frase de Isabella podría tener relación con esto. O podría ser otra cosa. En cualquier caso, no vayas sola si crees que alguien ha seguido a León.
—Puedo ir con alguien de la redacción.
—Mañana. Hoy lo que necesitas es descansar un poco y dejar que la policía busque a tu hermana. Julia, sé que te cuesta, pero no podemos resolverlo todo entrando en cada edificio de Barcelona.
Julia recorre con los dedos el llavero, que se ha calentado dentro del bolso. En la pantalla de su teléfono no hay llamadas de Sali. Ni de José María. Tampoco del colaborador que está intentando confirmar los detalles del asesinato.
—Mañana voy a Sants —dice—. Y después quiero seguir con lo de la sucursal, si encontramos alguna referencia.
—Primero desayunas. Después me llamas al llegar. Y nada de heroicidades.
—Mi cuñado es el de las heroicidades. Yo hago preguntas.
Rosana se permite una sonrisa cansada.
—Pues intenta que las preguntas no te metan en el mismo lío.
***
En una calle próxima al periódico, una luz de emergencia parpadea sobre el acceso a los patios de servicio de varios edificios.
Sébastien ha regresado sin americana y lleva una carpeta delgada bajo el brazo.
Desde el exterior comprueba el funcionamiento de la climatización que da a las oficinas de la redacción.
Se mueve con la soltura de quien conoce las puertas a las que puede acercarse sin llamar la atención.
Cuando se marcha, una de las unidades exteriores deja de funcionar con normalidad.
No hay ruido que alerte a quienes siguen trabajando arriba.
Antes de llegar a la esquina, Sébastien telefonea a Susurros.
—Mañana os presentaréis como personal enviado a revisar el aire acondicionado. Ya habrá una incidencia. Os limitaréis a entrar, localizar el despacho de Rico y averiguar dónde guarda los documentos.
—¿Y si nos piden un parte de trabajo? —pregunta Susurros.
—Llevaréis uno.
—Ah. Vale. ¿Y dónde se consiguen esos partes?
Al otro extremo se escucha una respiración larga.
—Os lo haré llegar. No toquéis los ordenadores si no sabéis lo que hacéis.
Susurros mira a Fortuna, que está comiendo patatas fritas dentro de la Jumpy.
—Eso último es por ti —le susurra.
—¿Qué ha dicho?
Sébastien los oye discutir antes de cortar.
—Mañana a primera hora. Y no me hagáis repetir las instrucciones.
La llamada termina. Fortuna sostiene una patata entre dos dedos.
—¿Vamos de electricistas?
—De aire acondicionado.
—Pues yo no sé arreglar el aire.
—Es que no tenemos que arreglarlo, animal. Tenemos que entrar y buscar papeles.
—Ah, entonces sí. Eso se me da mejor.
Susurros mira la guantera llena de tickets, servilletas y un mapa de carreteras antiguo que nunca han conseguido plegar bien.
—Tú no has encontrado un papel en tu vida.
—Encontré el seguro de la moto.
—Porque te llegó una multa y venía en el mismo sobre.
Fortuna se encoge de hombros y acaba con las patatas. La Jumpy arranca con dificultad y desaparece tras un autobús que acaba de detenerse. Ninguno de los dos sabe que en la redacción ya han inventariado y separado los documentos más delicados. Tampoco saben en qué lugar se guardan.
Al día siguiente, el cielo de Barcelona tiene el color blanquecino de los veranos en que la humedad parece quedarse a vivir entre los edificios.
Julia sale de una estación de metro cerca de Barcelona-Sants y cruza la plaza entre viajeros que arrastran maletas demasiado grandes y conductores que llaman a clientes a los que no logran distinguir.
El tráfico resbala hacia Tarragona y Numància en oleadas de ruido.
Bajo el toldo de una cafetería, un camarero sacude una bandeja de hielo y deja escapar un golpe de aire frío que alcanza la acera antes de desvanecerse.
Julia ha avisado a Rosana de la hora y el recorrido.
Lleva unos vaqueros oscuros, zapatillas cómodas y una camisa de algodón cuya manga dobla varias veces sin conseguir que permanezca en su sitio.
En el bolso guarda la llave de León, una copia del justificante y una libreta de tapas blandas.
Ha decidido no llevar ni los originales económicos ni la memoria del científico.
En el bolsillo interior lleva también el teléfono de Sali, marcado en un papel con tinta azul, aunque se sabe el número de memoria.
El servicio de custodia no está dentro de los andenes.
Ocupa un local pequeño en una calle lateral, a pocos minutos andando de la estación, con un escaparate discreto donde se anuncian consignas por horas y por días.
El aire del interior huele a plástico nuevo y a cartón, y detrás de un mostrador hay una pared de casilleros y cámaras que apuntan a las zonas comunes.
El encargado es un hombre de unos sesenta años, de cabello blanco cortado muy corto, anteojos con montura gruesa y manos de dedos anchos.
Lleva un polo verde oscuro y tiene la costumbre de mirar primero los objetos que le enseñan y después a las personas, como si quisiera evitar que una expresión ajena influyera en lo que puede comprobar.
—Buenos días. Busco esta consigna —dice Julia, mostrándole el justificante—. Tengo la llave correspondiente.
El hombre examina el número y consulta un registro en el ordenador.
—Es una custodia contratada por un período fijo. Para retirar el contenido necesito que la llave corresponda y que me presente el justificante completo.
—Lo tengo aquí. ¿También necesita una autorización escrita?
—Depende del tipo de depósito. No voy a darle información del titular si la documentación no encaja.
Julia saca la hoja doblada que acompañaba a la llave.
En una esquina aparece una pequeña firma y una indicación de entrega al portador de la llave dentro del plazo contratado.
El encargado compara el número de control con el sistema, revisa la firma según sus procedimientos y le pide un documento de identidad para registrar la retirada.
—¿Pasa algo? —pregunta Julia al verlo detenerse.
—No. Estoy comprobando lo que me corresponde. Si quisiera entrar en una habitación de hotel con una llave ajena, ¿no esperaría que alguien preguntara?
—Si fuera mi habitación, desde luego.
—Pues aquí también hay gente que guarda cosas importantes. Venga conmigo.
El pasillo de las consignas es estrecho y fresco.
Las paredes blancas están interrumpidas por puertas de distintos tamaños, todas numeradas.
Julia oye a lo lejos el zumbido de un aparato y la conversación de una pareja que intenta decidir cuánto cobrarían por guardar dos bicicletas hasta la tarde.
El encargado le señala una de las puertas bajas y se aparta lo suficiente para que ella pueda utilizar la llave.
El mecanismo gira con resistencia. Dentro hay un sobre de papel grueso y una bolsa pequeña, sin más objetos visibles.
Julia tarda unos segundos en cogerlos. No siente ninguna satisfacción de detective: solo la incomodidad de estar siguiendo la voluntad de un muerto que podría haberle explicado en diez minutos aquello que ahora le exige media ciudad de preguntas.
Abre el sobre delante del encargado únicamente después de que este le confirme que puede retirarlo.
En el interior encuentra una tarjeta sin logotipo publicitario, un justificante de una entidad bancaria y una hoja doblada con dos secuencias de caracteres alfanuméricos.
En el anverso de la tarjeta aparece una referencia de oficina y la palabra «ISABELLA», escrita en mayúsculas.
Julia relee el nombre. Recuerda la insistencia de José María en la videollamada, la forma en que él separó las sílabas para asegurarse de no olvidar la doble ele.
No es una coincidencia en el sentido romántico que utilizan algunas novelas: es exactamente la indicación que León quiso transmitirle, ahora unida a una cuenta de datos que todavía no comprende.
—¿Sabe para qué sirve esto? —pregunta al encargado, mostrándole solo la parte exterior de la tarjeta.
—Eso no pertenece a nuestro servicio.
—¿Y la persona que alquiló la consigna vino sola?
El hombre no se deja llevar por la curiosidad.
—No puedo facilitarle movimientos de otros clientes. Si hay una investigación oficial, responderemos a quien corresponda.
Julia lo observa unos segundos y acaba asintiendo.
—Tiene razón. Disculpe. Estoy intentando averiguar qué ocurrió con una persona.
—Entonces espero que lo averigüe.
En la calle, Julia se sienta en una mesa de la cafetería que ha visto al llegar.
Pide agua y extiende solo las hojas necesarias sobre las rodillas, resguardándolas de la vista de los peatones.
El justificante indica una sucursal bancaria del centro de Barcelona y un servicio de custodia privada.
Las secuencias parecen códigos de identificación, pero no hay ningún documento que nombre al beneficiario o autorice una retirada.
Julia copia las referencias en su libreta, las memoriza en el mismo orden en que aparecen y guarda los originales separados de la tarjeta.
Llama a Rosana.
—La llave abría una consigna. He encontrado una referencia bancaria y dos códigos. Y aparece Isabella, escrito exactamente como dijo José María.
—¿Se identifica a alguna persona?
—No. Solo la palabra. Voy a ir al banco para preguntar qué significa la referencia.
—¿Hay alguna indicación de que tengas derecho a retirar lo que haya allí?
—Ninguna que yo pueda ver.
—Entonces no intentes hacerte pasar por nadie. Pregunta lo que puedas y no insistas si te cierran la puerta.
Julia observa las maletas y los coches desde la sombra de la terraza.
—Rosana, si León quería que llegara hasta esto, tendría que haberme dicho a quién buscaba.
—Quizá no podía decirlo. O quizá pensaba que llegaría él antes.