Julia ¿Dónde estás? 4. JULIA #4
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4. JULIA #4

—Señora Rico, no estoy amenazando a nadie. Quiero hablar con la periodista, confirmar qué ha recibido y ayudar a interpretar ciertos compromisos contractuales.

—Entonces envíeme sus credenciales, el nombre de sus representados y una explicación de por qué conoce una entrega privada. Lo contrastaremos. Si Julia considera útil hablar con usted, le responderá.

—¿Está aquí?

—Eso no forma parte de su consulta.

—Podría ahorrarnos tiempo.

—Ya me ha hecho perder bastante.

Por primera vez, Sébastien deja de sonreír. El cambio es mínimo: aprieta la mandíbula, aparta una mano del maletín y observa la puerta que conduce a la redacción. Rosana se desplaza apenas un paso para interponerse entre él y esa puerta.

—No entre sin autorización —le dice.

—No he intentado entrar.

—Estupendo. Así no tendremos que discutirlo.

Sébastien recupera la tarjeta de visita que ella todavía sostiene entre dos dedos.

—Le enviaré la documentación.

—Hágalo por el cauce habitual. Y no me llame para preguntar dónde está Julia.

El francés sale sin despedirse de la recepcionista.

Cuando llega a la calle, el aire caliente le golpea la cara.

Se detiene unos momentos bajo un toldo y observa las ventanas del edificio, los aparatos de climatización y el acceso lateral por el que entran los repartidores.

Desde allí ve la entrada a un pequeño patio técnico compartido por varios locales.

No sonríe. Saca el teléfono y marca un número.

—No quieren hablar —dice cuando le contestan—. Buscaré otra forma de entrar. Mantén a los dos disponibles.

No pronuncia el nombre de quien escucha ni hace referencia a ningún superior. Guarda el teléfono y se aleja por la acera, mezclándose entre las personas que salen a comer.

Rosana vuelve a su despacho con la tarjeta fotografiada en el móvil. Busca el nombre de Sébastien Moreau en un directorio comercial y encuentra una empresa de intermediación cuya descripción podría referirse a casi cualquier actividad financiera. Escribe a Julia.

«Ha venido un francés preguntando por ti y por los papeles. Se llama Sébastien Moreau. No le he dicho dónde estabas. Llámame.»

Después imprime la fotografía de la tarjeta y la deja junto al inventario de documentos. No piensa perder el nombre de un visitante que conoce demasiado bien una entrega que nunca se ha publicado.

***

Vicente Salcedo aparece en Nexora cerca del final de la tarde, cuando los primeros comunicados oficiales ya circulan y los empleados hablan en voz baja junto a las impresoras.

Lleva una camisa blanca que se le ha salido parcialmente del pantalón, las mangas arremangadas y un gesto de cansancio más propio de un vecino convocado a una comunidad de propietarios que de un consejero de una empresa tecnológica. Se detiene delante de Sandra.

—Dime que alguien ha puesto café en esta casa —pide—. O que por lo menos lo han prohibido. Ya no sé cuál de las dos noticias me alegraría más.

Sandra apenas puede sonreír.

—Hay café, pero la señora Valcárcel no quiere que entre nadie sin avisar.

—Pues avísale de que ha llegado su exmarido con hambre y muy malas noticias. Lo segundo igual ya lo sabe.

Desde el pasillo se ve salir a Max Ferrer del ascensor. Lleva una carpeta apretada contra el costado y las gafas torcidas, como si se las hubiera colocado mientras caminaba. Más atrás aparece Néstor, pendiente de una llamada que termina en cuanto distingue a Vicente.

—Vaya familia —murmura este último—. A uno le veo cara de infarto y al otro de auditoría.

—No es día para bromas —contesta Max.

Vicente lo observa un instante. No intenta consolarlo. Sabe que Max y León habían trabajado juntos durante años, y que su última gran discusión dejó una herida que la muerte ya no permitirá cerrar.

—Lo siento, Max. De verdad.

Max baja la cabeza. Néstor interviene antes de que pueda responder.

—Beatriz ha convocado una reunión de urgencia. No sé para qué, si la policía aún no nos ha dicho nada.

—Para hablar sin que nos hagan preguntas, supongo —dice Vicente—. Es una actividad que se nos da muy bien.

Beatriz los recibe en una sala de juntas más pequeña que la habitual.

No hay fotografías corporativas ni jarras de agua preparadas; un empleado ha colocado tres botellas de plástico y se ha marchado deprisa.

La presidenta explica que suspenden las demostraciones públicas de ARGOS, que deberán preservar los dispositivos y correos relacionados con León y que cada socio tendrá que facilitar la documentación que le reclamen.

—No voy a permitir que se destruya un solo archivo —afirma.

Néstor acomoda sus papeles.

—Espero que eso también se aplique a los que has estado guardando tú sobre las subvenciones.

Beatriz levanta la vista.

—Si tienes algo que preguntar, hazlo directamente.

—Pregunto dónde está la información completa. La policía nos va a pedir cuentas y no pienso responder por decisiones ajenas.

Max mira a ambos con creciente irritación.

—Han matado a León. ¿De verdad vamos a empezar por las cuentas?

—Precisamente porque han matado a León tenemos que saber qué hizo y qué dejamos hacer —replica Beatriz.

Vicente se apoya en el respaldo de la silla.

—Podemos discutir quién llevaba las cuentas mañana. Hoy sería útil saber quién era la última persona que estuvo con él.

—La policía lo está investigando —responde Beatriz—. Y nosotros no vamos a sustituirla.

La discusión continúa alrededor de accesos, comunicados y responsabilidades.

Ninguno de los cuatro dice una palabra que resuelva el asesinato.

Max sale con los ojos enrojecidos y sin mirar a Néstor.

Vicente permanece el último, toma una botella de agua sin abrirla y pregunta a Beatriz si necesita algo para el trato con los accionistas.

—Necesito que no me compliques la vida durante cuarenta y ocho horas —responde ella.

—Pides mucho para una relación que ya no funciona.

Beatriz lo despide con un gesto. Cuando sale, encuentra a Sandra preparando otra tanda de correos.

La secretaria sabe que una de las carpetas de autorizaciones presupuestarias contiene justificantes que no cuadran con los asientos oficiales, porque ha tenido que pedir personalmente algunas de las firmas.

A León le había facilitado documentación cuando comenzó a hacer preguntas.

Todavía quedan archivos en las unidades compartidas a las que accede para preparar informes de dirección.

Los ve todos los días, etiquetados con un orden que antes le parecía impecable.

Beatriz asoma la cabeza por la puerta.

—Sandra, mañana antes de las nueve quiero los extractos del trimestre, incluidos los pagos que están pendientes de conciliar. Y no quiero ver otra vez ese formato absurdo que me entregaste el lunes.

—Lo he preparado como nos pidieron quienes revisan las cuentas.

—Entonces deja de esconderte detrás de auditoría y haz lo que te digo. Para algo te pago.

Vicente oye el final desde el ascensor, pero no comenta nada.

Sandra espera a que las puertas se cierren para volver a la pantalla.

En el borde del monitor tiene una fotografía pequeña de un paisaje de costa que le recuerda sus vacaciones.

La aparta con dos dedos para conectar un dispositivo de trabajo y continúa preparando el informe.

No copia nada para nadie ni planea vengarse; esa tarde solo quiere terminar sin que Beatriz vuelva a alzarle la voz.

Cuando Aarón pasa a recoger su chaqueta, evita entrar en la oficina. Sandra lo ve reflejado en el cristal y comprende que se irá sin hablar con ella. Es entonces, mucho más que durante la humillación anterior, cuando nota que le tiemblan los dedos sobre el teclado.

***

El sol cae detrás de los tejados y el periódico sigue trabajando.

Rosana ordena que la documentación de León se inventaríe, que se guarde una copia de comprobación de los archivos digitales en un soporte sin acceso público y que nadie incorpore sus nombres o referencias a un artículo antes de contrastarlos.

Los papeles originales quedan bajo custodia de la redacción, con una relación firmada de lo recibido; Julia conserva consigo su libreta de notas y la llave que León había dejado a José María.

Julia vuelve de la comisaría con un número de referencia y la sensación de que ha hablado durante horas para llegar a una pregunta que nadie puede contestar: dónde están Sali y José María. Rosana le entrega la tarjeta de Sébastien Moreau.

—Ha venido este hombre. Dice que era socio financiero de León. Sabía que te habían pasado papeles.

Julia observa el nombre.

—¿Te ha dicho quién se lo contó?

—No. Y se ha puesto bastante incómodo cuando le he preguntado.

—León habló de un francés que lo presionaba. Se lo dijo a José María.

—¿Te dijo el nombre?

—No. Pero podría ser él.

Rosana la mira con severidad.

—Podría. No lo sabemos. Vamos a comunicar a la policía que se ha presentado, no a acusarlo de un asesinato por ser francés y antipático.

—No es por el acento. Ha venido a buscar los documentos que un hombre dejó antes de morir.

—Y eso sí es un hecho importante.

Las dos bajan el tono cuando un redactor pasa junto a la puerta.

Julia abre la carpeta de apuntes que Rosana ha preparado y señala una serie de gastos administrativos que parecen no guardar relación con ARGOS.

Entre las hojas hay una copia de un justificante de alquiler temporal de un espacio privado de custodia, pagado por León semanas antes.

No lleva dirección completa, pero sí una referencia comercial y una anotación manuscrita que coincide parcialmente con la numeración del llavero.

Julia no lo había relacionado con la llave cuando examinó los papeles en la terraza: la primera noche estaba demasiado pendiente de averiguar si había fraude.

—Mira esto —dice.

Rosana acerca la lámpara.

—Un servicio de consignas. ¿Dónde?

—La anotación empieza por «Sants» y termina con un número que parece de taquilla. José María dijo que León hacía recados raros por la ciudad, pero no sabía cuáles.

—¿Tenemos derecho a abrirla?