4. JULIA #3
—Precisamente. Quiero ver los contratos y saber si tenías derecho a vendernos lo que compramos.
—Los tenemos firmados, Carolina. No comprendo el nerviosismo.
—Si los papeles son tan buenos como dices, no tendrás inconveniente en explicármelos mirándome a los ojos.
Él suspira y dice que estará allí después de comer. Carolina corta antes de que vuelva a hablarle de una reunión urgente.
Carolina recupera la tarjeta de Sébastien Moreau.
Recuerda una propuesta en la que el capital llegaba con demasiadas condiciones y sin nombres que pudieran hacerse responsables de nada.
La rechazó porque pretendían imponerle el control de su propia tecnología, no por temor a la procedencia del dinero.
Ahora la muerte de León cambia los precios de casi todo: el mercado, los plazos y el coste de esperar.
Relee el correo del francés. Aquel interés en los investigadores próximos a ARGOS no parecía casual entonces y ahora mucho menos.
Carolina no sabe quién ha matado a León ni piensa atribuírselo a Moreau sin una razón; eso no le impide calcular qué podría obtener de un hombre que conoce el sector, dispone de capital y se mueve sin hacer demasiadas preguntas.
Guarda la correspondencia. En cuanto termine con Néstor, piensa llamarlo.
Néstor llega a media tarde. Lleva la camisa pegada a la espalda y la expresión del hombre que lleva varias horas dando explicaciones sin sentirse escuchado. Carolina no le ofrece asiento hasta que termina de guardar los mensajes del francés.
—¿Qué ha pasado en Nexora? —pregunta.
—No sabemos casi nada. Un asesinato, parece. O eso dicen por ahí. Yo no he visto el cuerpo, por si vas a preguntármelo.
—Quiero saber si alguno de nuestros acuerdos puede conducir a ti cuando revisen el trabajo de León. Y, por tanto, a mí.
—Son herramientas que ha desarrollado mi equipo —responde Néstor—. No le he vendido a nadie el trabajo privado de León.
—Si la policía revisa ese programa, ¿quién puede demostrar que tenías permiso para vendérnoslo?
Néstor se acomoda en la silla.
—Ya lo hablamos. Mi equipo lo desarrolló y yo tenía autorización.
Carolina desliza hacia él una factura.
—En esta factura figura Nexora como propietaria. En tu contrato dices que puedes vendérnoslo. Necesito saber cuál de las dos cosas es cierta.
—Hay otro acuerdo que lo permite.
—Tráemelo.
—Está en administración.
—Tráelo. No voy a poner mi empresa en peligro por tus chapuzas.
—No tiene nada que ver una cosa con la otra.
—Ojalá sea verdad. Pero una revisión de las cuentas no se resuelve con lo que nos conviene creer.
Néstor baja la mirada a sus documentos. Durante unos segundos desaparece la seguridad con la que solía hablar de márgenes, licencias y oportunidades.
—Carolina, esta mañana han venido dos policías. Preguntaron por las personas que discutieron con León. Todos discutimos con él. Incluso Max, que era amigo suyo.
—¿Te han preguntado por mí?
—Han pedido relaciones con terceros. No he dado nombres que no me solicitaran.
Carolina se levanta y camina hasta el cristal que da al patio.
—Cuando vuelvan los policías, contestarás lo que no puedas evitar. Y si vas a decir mi nombre, antes recordarás quién ha firmado las garantías de esas licencias.
—No me hables como si fuera un criminal.
Ella se vuelve.
—Los dos sabemos qué me has vendido. La diferencia es que yo he procurado que quede escrito lo que tú jurabas poder vender. No me pidas que te salve si no supiste protegerte.
Néstor recoge despacio los papeles, pero Carolina señala la factura que ha dejado sobre la mesa.
—Esa se queda. Y necesito el acuerdo marco antes de que termine el día.
Cuando Néstor se marcha, Carolina reúne al responsable financiero y a la directora técnica.
Ordena conservar los contratos originales, separar los componentes más reconocibles de Nexora y acelerar una demostración interna con el material ya integrado.
No destruye un solo archivo: sabe que una factura desaparecida puede ser tan reveladora como una que existe.
Quiere una versión de la historia que pueda sostener ante un juez, y un producto que funcione antes de que Nexora se reorganice.
Después deja un mensaje para Sébastien Moreau: quiere una nueva reunión.
***
Aarón espera a que el ascensor de Nexora quede vacío antes de mirar el teléfono. Hay un mensaje del número que durante semanas le ha enviado encargos de seguimiento y pagos modestos. No contiene saludo ni explicación.
«Las grabaciones de anoche quedan cerradas. No hables de ellas».
Vuelve a leerlo. Le sudan las manos aunque el aire acondicionado del edificio está demasiado fuerte, y durante varios segundos cree oír su propia respiración por encima del zumbido de las instalaciones.
Él no ha entrado en el laboratorio ni ha visto a ningún atacante.
Ha borrado un tramo de imágenes por dinero, convencido de que favorecía a alguien empeñado en ocultar una visita incómoda.
Ahora el científico aparece muerto y el hueco en las grabaciones tiene una importancia que, de haberla imaginado, le habría impedido dormir incluso antes de conocer la noticia.
Escribe «¿Qué ha pasado con León?», pero no lo envía.
Borra la pregunta, guarda el teléfono y sale al aparcamiento.
El pequeño eléctrico de recados está en su plaza habitual, con una abolladura en la puerta trasera y el asiento donde dejó el móvil el día del seguimiento.
Aarón abre la puerta, se sienta y apoya la frente contra el volante.
Recuerda el trayecto: Sagrada Família, La Rambla, Sants, el banco, el despacho de abogados.
Recuerda también la fotografía de José María recibiendo documentos de León y las instrucciones de no perder de vista al hombre de mantenimiento.
—Joder —murmura, sin energía.
No se considera asesino. Tampoco puede seguir diciéndose que no ha hecho nada. Ha cobrado por vigilar a una persona a la que alguien quería encontrar, y ha colaborado para que falten imágenes precisamente en una noche en que esa persona ha muerto.
Su teléfono vibra otra vez. Esta vez es Sandra.
«¿Podemos hablar? Sin Beatriz.»
Aarón lee el mensaje mientras recuerda cómo la presidenta le ha tomado del brazo delante de todos. Sandra tiene motivos para enfadarse, pero él no puede hablarle del teléfono anónimo ni del dinero sin confesar asuntos que podrían llevarlo a la cárcel.
«Hoy no. Estoy hecho polvo», responde.
Sandra contesta enseguida.
«Con ella sí tienes tiempo.»
Aarón deja el móvil boca abajo. El silencio del aparcamiento no dura.
A través de la ventanilla ve a Beatriz acercarse desde el acceso de empleados, hablando por teléfono.
Se ha soltado el pelo y lleva la americana doblada sobre el antebrazo.
Al verlo dentro del coche, le indica que baje la ventanilla.
—Necesito que me lleves a una reunión —le dice sin terminar de tapar el micrófono del móvil—. No quiero que me vean entrando en un taxi con media prensa detrás.
—Beatriz, hoy no me encuentro bien.
—Ninguno nos encontramos bien, Aarón. Ponte en marcha.
Él obedece. Mientras sale del aparcamiento se pregunta si Beatriz sabe algo de los encargos. La mira una vez por el retrovisor, pero ella sigue ocupada dando instrucciones sobre comunicados y accionistas. Por primera vez, la cercanía de su pareja pública no le ofrece ninguna sensación de seguridad.
***
En la redacción, Rosana levanta la vista cuando un hombre pregunta por Julia Román en recepción.
No lleva credencial de periodista ni una cita concertada.
La empleada de la entrada, una joven que tiene que interrumpir dos llamadas para atenderlo, avisa al despacho porque el visitante asegura representar a personas relacionadas con León.
Sébastien Moreau espera junto a un expositor de revistas antiguas, vestido con una americana gris clara y una camisa de cuello abierto.
El pelo plateado, peinado hacia atrás, acentúa la dureza de sus facciones.
Tiene una nariz grande, una mirada quieta y unas manos anchas que descansa sobre el mango de un maletín de cuero.
Es un hombre de presencia considerable que procura no elevar la voz; su español, correcto y pausado, conserva un acento francés que lo hace sonar educado incluso cuando exige algo.
Rosana lo encuentra observando la pared donde se exhiben portadas del periódico. Lleva unas gafas colgadas del cuello y la paciencia justa para escuchar a alguien que irrumpe sin avisar en mitad de una jornada excepcional.
—Soy Rosana Rico. Me dicen que busca a una de nuestras periodistas.
—A Julia Román, sí. Mi nombre es Sébastien Moreau. Tuve relaciones profesionales con el señor León Núñez de Galindo.
Le ofrece una tarjeta. Rosana la mira sin guardársela.
—Si quiere hacer una declaración, puede enviarla por escrito. Hoy tenemos varias líneas abiertas sobre esa empresa.
—Precisamente por eso preferiría hablar con ella de manera discreta.
—¿La conoce?
—Conozco a personas que han hablado con ella. Sé que el señor León le ha hecho llegar cierta documentación.
Rosana no modifica su expresión.
—¿Quién le ha dicho eso?
—No creo que convenga exponer a terceros en una recepción.
—Y yo no creo que convenga que venga usted a preguntar por documentos de un hombre que acaba de aparecer muerto.
El francés sostiene la mirada con una cortesía que empieza a parecer ensayada.
—Comprendo la impresión que puede causar. Hay datos sensibles para inversores que no deberían llegar a manos equivocadas. Mi intención es evitar daños a gente que no tiene ninguna responsabilidad.
—Si existen documentos que demuestran un delito, acabarán en manos de quienes deban investigarlo. No en las de quien se presente primero con una tarjeta.
—No he mencionado delito.
—Yo sí.
Detrás de ellos, la recepcionista finge ordenar las revistas para seguir escuchando. Sébastien cambia de postura y baja ligeramente la voz.