4. JULIA #2
El despacho de Andrés Panadero García está lleno de luz cuando recibe la noticia.
Andrius tiene la corbata enredada en una percha y dos expedientes abiertos sobre el escritorio.
El hombre de la gestoría del piso de abajo se lo cuenta por teléfono, convencido de que está dando una noticia que el abogado ya conoce: un científico de Nexora ha aparecido muerto, un tal León.
Andrius no responde de inmediato. Desliza las gafas desde lo alto de la cabeza hasta la nariz, abre el cajón donde guarda los encargos sujetos a instrucciones especiales y comprueba que el sobre continúa allí, dentro de una carpeta azul.
La última vez que León se sentó frente a él, no parecía un hombre preparando un viaje; parecía alguien intentando que una desgracia no alcanzara a otras personas.
—¿Me estás oyendo, Andrés? —pregunta la voz al teléfono.
—Sí. Perdona. ¿Han dado una causa?
—Nada seguro. Dicen que hay policía.
—Entonces no difundas rumores. Gracias por llamar.
Cuelga, cierra la puerta y lee las instrucciones de custodia sin tocar el sobre lacrado. El documento contiene el nombre de una destinataria en Francia y una condición precisa: debe comunicarle la existencia de una carta si León fallece.
Andrius se frota la frente. La condición que había discutido con su cliente como una posibilidad remota acaba de cumplirse de una manera que lo llena de vergüenza profesional. Busca un número en la hoja de contacto, comprueba la diferencia horaria por una costumbre innecesaria y marca.
Una voz de mujer responde en francés.
—Bonjour. Je voudrais parler avec madame Brigitte Monarch —dice él con un acento que provoca un silencio prudente al otro extremo.
La persona le explica que Brigitte está trabajando y que puede dejar un mensaje.
Andrius continúa en un francés atropellado hasta que consigue hacerse entender en inglés.
Da su nombre, su profesión y la petición de que Brigitte le devuelva la llamada por un asunto personal relacionado con León Núñez de Galindo.
Cuando cuelga, se queda mirando el auricular como si fuera a reprocharle algo.
—Muy bien, Andrius —se dice—. La próxima vez le hablas en catalán y ya la terminas de asustar.
Prepara la notificación escrita y comprueba el procedimiento de entrega de la carta. Antes de enviarla, telefonea a un colega especializado en asuntos penales para preguntar cómo comunicar a los investigadores la existencia de un encargo confidencial sin incumplirlo por iniciativa propia.
—No puedes convertir un secreto profesional en una tertulia —le advierte el colega—. Pero tampoco tienes por qué ocultar que eras abogado de un fallecido cuando la policía te identifique como tal. Consulta la documentación y, si hay una petición formal, veremos sus límites.
—Una noticia estupenda. ¿Alguna otra cosa que deba hacer para empeorarme el día?
—Deja de bromear, Andrés. Si crees que tu cliente corría peligro, guarda bien todo lo que pueda probarlo.
Andrius contempla la puerta y recuerda el gesto de León al despedirse.
Se levanta para echar la llave. No sabe quién es Sébastien Moreau ni ha visto al hombre que amenazaba al científico, pero sí puede explicar que León vino asustado, que dejó instrucciones y que le pidió ayuda cuando ya parecía haber tomado una decisión de la que no sabía regresar.
En el escritorio queda una nota dirigida a Brigitte. Andrius la guarda con la carpeta azul antes de volver a abrir la puerta. El día acaba de cambiarle de tamaño.
***
Julia toma un taxi hacia el barrio donde viven Sali y José María.
El coche avanza a sacudidas entre motos que se cuelan por ambos lados y furgonetas de reparto mal detenidas.
El taxista lleva una emisora deportiva encendida a muy bajo volumen y comenta el calor con un humor resignado; Julia apenas le responde.
Por la ventanilla ve las fachadas con persianas medio bajadas, los árboles amarillentos en los alcorques y las terrazas que todavía esperan la primera avalancha de la comida.
Sali le ha dejado una llave de repuesto para emergencias.
Nunca habían especificado si una emergencia incluía varias llamadas sin contestar, pero Julia no piensa discutirlo con nadie.
Sube por una escalera estrecha que huele a detergente y a la comida de algún vecino.
En el rellano se detiene, escucha y llama al timbre antes de utilizar la llave.
La vivienda está cerrada y en silencio. Sobre una silla de la cocina cuelga la chaqueta que Sali llevaba en la videollamada, y en el escurreplatos permanece una taza con la marca de pintalabios que su hermana siempre promete quitar enseguida.
José María ha dejado una caja de herramientas abierta junto al radiador del salón, con varios destornilladores alineados sobre un periódico viejo.
Nada parece revuelto. Eso, lejos de tranquilizarla, le confirma que la pareja no ha regresado a preparar el desayuno ni a recoger sus cosas.
Julia recorre el pasillo despacio. En el dormitorio ve la cama hecha desde el día anterior.
Sobre una cómoda hay dos entradas para un concierto pequeño, una crema de manos y una fotografía de Sali y ella cuando eran adolescentes.
Sali sonríe enseñando todos los dientes; Julia aparece con la misma expresión de quien desconfía de que la cámara vaya a favorecerla.
Se sienta en el borde de la cama y vuelve a llamar. El aparato de José María no suena en ningún lugar de la casa.
En el buzón de mensajes encuentra una nota de voz de la noche anterior. La reconoce por el tono de su hermana, que intenta hablar mientras José María protesta al fondo por una supuesta injusticia doméstica.
—Julia, que tu cuñado dice que mañana te pregunta una cosa de esos papeles. Ahora vamos para arriba. Y dile que no me toque más el brazo, que es un pesado.
Julia escucha la grabación dos veces. La segunda oye, además de la voz de Sali, el ruido del ascensor y una puerta que se cierra. No hay amenaza ni petición de ayuda. Solo una noche cualquiera interrumpida antes de llegar a casa.
En el rellano encuentra a una vecina con una bolsa de pan y un vestido floreado.
La mujer recuerda haber oído un motor y un golpe durante la noche, pero no puede precisar la hora ni asegurar que viniera del portal.
También vio una furgoneta blanca estacionada más abajo, algo frecuente en aquella calle de pequeños comercios.
—¿Tenía algún nombre escrito? —pregunta Julia, sacando la libreta.
—No me fijé, hija. Lo siento. Yo estaba cerrando las ventanas. Pensé que era un reparto.
Julia le da las gracias sin insistir. Sabe que no sirve de nada empujar a un testigo hasta que termine ofreciendo detalles que nunca vio.
Antes de salir llama a la empresa encargada del mantenimiento de la Torre Glòries. Un responsable confirma, después de revisar el parte, que José María no ha fichado y que tampoco ha pedido vacaciones. La voz del hombre cambia cuando Julia menciona su último encuentro con León.
—¿Ese es el señor que han encontrado muerto? —pregunta.
—Sí. José María era amigo suyo.
—Entonces deberían contárselo a la policía.
—Eso estamos haciendo.
Desde la acera, Julia comunica la desaparición y la relación con los hechos a la comisaría, aportando la dirección, la última hora comprobada y el número de ambos.
No existe una espera obligatoria de veinticuatro horas y nadie se lo exige.
El agente que recoge sus datos insiste en distinguir lo que ella sabe por experiencia propia de lo que le han contado.
Julia le facilita el contacto de Rosana, pero no entrega el material completo sin coordinar antes la preservación de sus fuentes y de los originales.
Cuando termina la llamada tiene una sensación desagradable de insuficiencia. Ha dado nombres, fechas y teléfonos, y sigue sin saber dónde están. Se queda frente al portal con el móvil apoyado contra la mejilla hasta que Rosana la llama.
—¿Has encontrado algo?
—La cama está hecha. José María no ha ido a trabajar. Una vecina vio una furgoneta, pero no sabe cuál. He comunicado la desaparición.
—Ven a la redacción cuando puedas. Y come algo antes.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si tienes hambre. Te he dicho que comas algo. Necesitamos que pienses bien.
Julia mira una cafetería al otro lado de la calle. Por primera vez desde que salió de casa de su hermana, obedece sin discutir.
*** Carolina Rius contempla desde su despacho el patio interior de FILEXA, donde la sombra de un toldo azul cae sobre varias bicicletas y una mesa a la que los empleados suelen bajar a comer.
El despacho no tiene el tamaño del de los grandes ejecutivos de Nexora, pero cada mueble ha sido elegido por su utilidad: una mesa amplia sin adornos, una pantalla con el calendario de desarrollo y una pared de cristal que permite ver el movimiento de la oficina.
Carolina lleva un vestido oscuro de líneas sencillas y el pelo recogido detrás de una oreja.
Ha llegado temprano y todavía sostiene el primer café cuando lee la noticia sobre León en el teléfono.
Recuerda la negativa de León a incorporarse a FILEXA y la inteligencia con que examinaba cualquier oferta.
Nunca creyó que pudiera comprarlo por el simple hecho de poner una cifra encima de la mesa.
La muerte del científico la conmueve un instante: había aprendido a respetarlo y aquella violencia resulta insoportable incluso para alguien acostumbrado a las malas noticias.
Luego mira el calendario del laboratorio.
Nexora acaba de perder al hombre que más podía adelantarse a FILEXA, y sabe que su ventaja tecnológica puede desaparecer si tarda demasiado en actuar.
Pide a su asistente que llame a Néstor Cifuentes. El socio de Nexora tarda casi media hora en contestar. Cuando lo hace, habla desde algún lugar con eco y hay un ruido constante de puertas abriéndose y cerrándose.
—Carolina, estoy en medio de un problema enorme.
—Eso he leído. Quiero que vengas.
—No creo que hoy sea buen momento.