Julia ¿Dónde estás? 4. JULIA
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4. JULIA

La persiana de la sala de reuniones está levantada hasta la mitad y deja entrar un sol que, a esa hora, ya calienta el borde metálico de las ventanas.

En la redacción de La Barcelona d’Avui, los redactores de primera hora se reparten entre las máquinas de café y las pantallas encendidas.

Alguien discute por teléfono el pie de una fotografía; dos mesas más allá, una mujer busca desesperadamente el cargador que juraría haber dejado allí la noche anterior.

La edición digital lleva horas funcionando, aunque el personal todavía bosteza con una sinceridad que no se permite en las reuniones de cierre.

Julia Román llega con la misma camisa blanca del día anterior, ahora marcada por las arrugas de una noche demasiado corta.

Ha cambiado la cazadora vaquera por una chaqueta ligera, lleva el pelo recogido sin demasiado cuidado y tiene una pequeña mancha de tinta en el dedo índice.

En el ascensor ha comprobado tres veces el teléfono.

Ni Sali ni José María responden a los mensajes que les ha enviado al levantarse.

Deja el bolso sobre una silla, entra en el despacho de Rosana Rico y encuentra a su jefa inclinada sobre la documentación de León.

Las hojas descansan en una bandeja separada del trabajo ordinario; la memoria continúa desconectada, dentro de su funda, y Rosana ha señalado con tiras de papel los gastos que podrían corresponder a subvenciones públicas.

—¿Has dormido algo? —pregunta Rosana sin levantar la vista.

—Lo suficiente para saber que odio madrugar.

—Entonces has dormido poquísimo. ¿Le has llamado?

—Dos veces. No me lo coge.

Julia no aclara que se refiere a León. Ambas han pasado buena parte de la madrugada acordando cómo contrastar los documentos antes de publicar una palabra. Rosana se pone las gafas y le ofrece una silla.

—Ayer dijiste que era de los que dejan el móvil en cualquier sitio.

—Eso me contó José María. Pero León se comprometió a hablar con nosotros hoy. Y esos dos tampoco contestan.

—¿Quiénes dos?

—Mi hermana y mi cuñado.

Julia vuelve a llamar. El teléfono de Sali comunica con el buzón después de varios tonos.

Prueba con José María; escucha la misma música de espera y finalmente corta.

Le fastidia que la inquietud se mezcle con una preocupación poco razonable: Sali se enfada si la despiertan temprano después de trabajar hasta tarde, y José María es capaz de dejar el móvil debajo de un cojín durante un fin de semana entero.

Sin embargo, ambos sabían que los papeles de León eran urgentes.

José María le había prometido una llamada antes de entrar de turno.

—Vamos por partes —dice Rosana—. No confundamos tres cosas: un hombre que cree estar amenazado, unos papeles que podrían comprometer a una empresa y una pareja que puede estar durmiendo.

Julia asiente, aunque apenas escucha el final. Su pantalla vibra sobre la mesa. Es una alerta interna de la redacción: un colaborador que cubre información empresarial pide que lo llamen de inmediato desde la zona de la Torre Glòries.

—¿Qué ocurre? —pregunta Rosana al verle la cara.

Julia ya está marcando.

El colaborador habla deprisa, con coches y voces de fondo.

No tiene todavía una confirmación oficial.

Un trabajador de Nexora ha encontrado a un hombre sin vida en un laboratorio, han llamado a los servicios de emergencia y la policía está acordonando parte de la planta.

Se rumorea que se trata del responsable de ARGOS.

—¿Nombre? —pregunta Julia.

—Me dicen León Núñez de Galindo. Pero no lo publiques sin confirmar. Estoy intentando localizar a alguien de dirección.

Julia apoya una mano abierta sobre la mesa de Rosana. En la pared hay un calendario con tres fechas circuladas en rojo; tarda varios segundos en volver a distinguir los números.

—Julia —dice Rosana—. Mírame.

—Han encontrado a León.

—¿En qué estado?

—Muerto. En su laboratorio.

Rosana se incorpora y cierra la puerta del despacho. No abraza a Julia ni le ofrece una frase tranquilizadora que ninguna de las dos creería. Le acerca un vaso de agua y espera a que vuelva a mirar la pantalla.

—Tenemos que confirmar el nombre. Y conservar todo lo que dejó fuera de esa empresa —dice—. Ni una hoja se mueve sin quedar registrada.

—Ayer estaba vivo. Mi cuñado cenó con él y habló con él. Nos dio los documentos para que los leyéramos, Rosana. Y ahora mi hermana y José María han desaparecido.

—Todavía no sabemos que hayan desaparecido.

—¿Y cuánto tenemos que esperar para saberlo?

Rosana tarda en responder. Al otro lado del cristal, alguien ríe ante un comentario que no llega al despacho. Esa normalidad irrita a Julia casi tanto como el silencio de los teléfonos.

—No vamos a esperar por una norma inventada —dice por fin su jefa—. Si tienes motivos para creer que están en peligro, llamamos a la policía ahora. Pero primero dame sus nombres completos, la dirección y la última vez que los viste. Todo por escrito. Vamos a hablar con hechos.

Julia acerca una libreta. Escribe «Sali Román» y «José María Olmedo» con una letra que no termina de reconocer como suya.

Debajo apunta la hora aproximada de la entrega en la terraza.

Una imagen vuelve sin permiso: Sali abrazándola antes de regresar a casa y José María riéndose de algo que ella ya no recuerda.

—Él dejó un mensaje a León después de darme los papeles —murmura—. Si quien lo mató encontró su móvil, podría saber que nos los habían entregado.

Rosana observa los nombres.

—Entonces informa también de ese mensaje. No vamos a proteger una exclusiva mientras dos personas pueden necesitar ayuda.

Julia levanta la cabeza. Su jefa ya está buscando el teléfono de la comisaría.

***

En la planta de Nexora, el laboratorio permanece iluminado a pesar de la claridad de la mañana.

Inés Berenguer ha llegado poco después de las ocho con una carpeta de resultados que León debía revisar.

La analista lleva el cabello recogido en un moño bajo, el rostro pálido y unos pantalones oscuros bajo la bata.

Se ha quedado junto a la puerta cuando ha descubierto a su superior, y ahora espera en un despacho vecino con un vaso de plástico que nadie recuerda haberle ofrecido.

Le han pedido que no vuelva a entrar. Ella tampoco quiere hacerlo.

Lo que más le cuesta apartar de la cabeza no es la postura en la que encontró a León, sino la taza que sigue sobre su mesa y el mensaje de la noche anterior en el que le pedía que descansara.

La máquina continúa procesando resultados de una prueba que ya no podrá enseñarle.

Beatriz Valcárcel llega acompañada por Sandra Beltrán.

Viste un traje de lino color arena, lleva el pelo oscuro impecablemente peinado y camina con paso tan rápido que Sandra tiene que alargar el suyo para no quedarse atrás.

La presidenta pregunta por el acceso a la planta, por los periodistas que esperan abajo y por quién ha avisado a los socios.

Solo cuando Inés se pone de pie frente a ella parece comprender que la respuesta no es una incidencia más del edificio.

—¿Estás segura de que no había nadie con él? —pregunta.

—Yo lo he encontrado —contesta Inés, con la voz quebrada—. Estaba solo cuando he llegado. La puerta no estaba cerrada como de costumbre.

—¿La de la planta o la del laboratorio?

—La del laboratorio.

Beatriz se lleva los dedos a los labios y los aparta enseguida.

Mira hacia el pasillo donde se mueven los agentes y solicita que alguien del departamento jurídico acuda cuanto antes.

Sandra, a su lado, ha oído dos veces el nombre del científico y sigue sin acostumbrarse a la idea de que no volverá a verlo entrar en el despacho con sus carpetas mal ordenadas.

—La agenda de hoy —dice Beatriz de pronto—. Cancela las reuniones con proveedores. Y prepara una relación de personas con acceso al laboratorio.

—Ya la he pedido a seguridad.

—Pues vuelve a pedirla. No quiero tener que repetirte las cosas cuando está pasando esto.

Sandra baja los ojos al teléfono y pulsa la misma pantalla que acaba de consultar. Inés presencia el reproche y aparta la mirada. Hay un silencio incómodo, cargado de un olor a café recalentado que parece venir de todas partes.

—También deberíamos avisar personalmente a la familia —se atreve a decir Sandra.

Beatriz se queda quieta.

—Eso corresponde hacerlo con la policía y cuando sepamos a quién hay que avisar. No improvises.

Sandra asiente, aunque sabe que la pregunta era razonable.

Sale del despacho, cruza un pasillo con la moqueta pisoteada por demasiados zapatos y encuentra a Aarón Vidal esperando junto a las máquinas expendedoras.

Él viste una camisa azul que se ha abotonado mal en el cuello; tiene la piel brillante de sudor y el móvil tan apretado entre los dedos que los nudillos han perdido el color.

—¿Es verdad? —le pregunta a Sandra.

—Sí. Han encontrado muerto a León.

Aarón mira hacia la puerta cerrada del laboratorio.

—¿Han dicho qué le ha pasado?

—No. Y nadie debería inventárselo.

—Ya.

Sandra se acerca un paso.

—¿Qué te ocurre? Estás blanco.

—Nada. No he desayunado.

—Aarón, llevas dos días sin mirarme a la cara. Si tienes algún problema conmigo, podrías decírmelo.

Él mira el reloj y luego el pasillo. A través de los cristales ve avanzar a Beatriz, que le hace una seña seca para que se acerque.

—Luego hablamos —susurra.

Sandra sigue el movimiento de sus ojos. Beatriz le toma el brazo a Aarón delante de dos empleados y le habla muy cerca del oído. Él inclina la cabeza y responde algo que Sandra no consigue escuchar. Esa familiaridad, que a otras horas le produce rabia, hoy le resulta casi obscena.

—Sandra, ¿sigues aquí? —pregunta Beatriz sin volverse—. Necesito los contactos de comunicación antes de diez minutos.

—Los tendrás.

—No, los necesito ya. No estamos en una tarde de oficina cualquiera.

Aarón permanece callado. Sandra espera un segundo, solo uno, para ver si él al menos reconoce que la orden anterior era imposible. No lo hace.

***