3. LEÓN #11
Pasa el resto de la noche registrando el espacio de trabajo.
Abre cajones, examina carpetas, busca soportes que correspondan con el desarrollo avanzado y vuelve varias veces a una mesa vacía.
Encuentra informes parciales, pruebas del ARGOS oficial y materiales que no bastan para satisfacer a Sébastien.
Hay huecos en archivadores donde antes debieron de guardarse documentos, pero ninguno permite saber adónde han ido.
León permanece inmóvil junto al mueble contra el que ha caído.
En la mano derecha conserva pequeños restos de piel y sangre de la persona a la que ha intentado apartar.
Mikel no presta atención a ese detalle. Está demasiado ocupado buscando algo que ni siquiera sabría reconocer por completo si lo tuviera delante.
Al fin desiste. Sale por la zona de servicio cuando comienza a aclararse el cielo.
La ciudad se prepara para otro día de trabajo.
Una mujer cruza hacia una parada con un café en la mano; alguien arrastra un carro de reparto sobre la acera.
Barcelona sigue funcionando sin saber qué ha ocurrido en una planta casi vacía de uno de sus edificios más conocidos.
Aarón, desde otro lugar, recibe un encargo anónimo relacionado con un tramo de las grabaciones interiores del edificio.
Ya había aceptado antes pequeños trabajos de imágenes y horarios; un vigilante conocido le había explicado aspectos generales del sistema cuando él, en realidad, solo quería saber si alguna cámara podía dejar constancia de sus encuentros con Sandra.
Ahora le piden que haga desaparecer un segmento de vídeo.
No le explican qué contiene. Aarón, atraído por el dinero y convencido de que se trata de otro asunto privado, acepta la intervención sin saber que puede estar borrando la imagen de un crimen.
En el vestíbulo, las pantallas de vigilancia siguen mostrando puertas, pasillos y accesos. El vigilante del siguiente turno saluda al que se marcha y se sienta ante la mesa de registros. Ninguno ha recibido todavía aviso alguno de Nexora.
***
En la Jumpy, Susurros y Fortuna esperan una respuesta después de comunicar que han resuelto el problema de la pareja.
El texto que han enviado es deliberadamente escueto: «Hecho.
No van a hablar». No han escrito dónde están, ni que siguen vivos.
Los dos saben que el día que alguien compruebe su mentira tendrán que improvisar una explicación bastante mejor que las habituales.
Susurros tiene la barba desordenada y una mancha de comida en la camiseta; la fatiga le ha dejado los párpados pesados y apenas puede mantener una postura cómoda en el asiento.
Fortuna se ha quitado los zapatos y los ha colocado bajo la guantera, con las medias pegadas a la piel por el sudor.
Ninguno mira al otro durante varios segundos: por una vez no saben qué discutir.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Fortuna.
—Dormir.
—¿En casa?
—En casa —responde Susurros, sin energía siquiera para discutir.
Fortuna se queda mirando la puerta lateral.
—Oye, socio. ¿Tú crees que esos dos van a aguantar ahí?
Susurros tarda en contestar.
—Tienen agua. Y no está cerrado del todo al aire.
—Ya.
—Mañana vemos qué hacemos.
Fortuna mira el amanecer que asoma entre las naves.
—A mí el del mantenimiento me caía bien.
—Pues no te enamores, que bastante tenemos.
—Solo digo que era gracioso.
Susurros arranca. Esta vez no pone la radio, ni siquiera cuando vuelven a aparecer las emisoras religiosas. La furgoneta blanca sale lentamente del polígono con sus letras mal pintadas todavía visibles bajo la primera luz.
***
Sébastien recibe la última llamada de Mikel antes de que el sol llegue a los tejados. Está solo, vestido con camisa clara y los primeros botones abiertos, frente a una mesa en la que se enfría una taza de café.
—No estaba allí —dice Mikel.
—¿Nada?
—Informes ordinarios. Carpetas incompletas. No he encontrado el prototipo.
Sébastien aprieta el puente de la nariz.
—¿Y León?
—He cumplido su orden.
El francés deja pasar unos segundos.
—¿Los del mantenimiento?
—Los otros aseguran que ya no darán problemas.
—Compruébelo sin exponerse. Y averigüe qué ha recibido la periodista —responde Sébastien.
—Entendido.
La llamada termina. Sébastien mira el teléfono, recorre un número de su agenda que no lleva nombre visible y marca. Cuando obtiene respuesta, habla con una calma que le cuesta sostener.
—Ha salido mal. El científico ha muerto, pero no tenemos lo que buscábamos. Parte de la documentación está fuera y alguien de la prensa la ha recibido. Sí, lo sé. Estoy ocupándome.
Escucha durante un largo rato. Después cuelga sin despedirse y se queda inmóvil ante la ventana.
La mañana avanza sobre la Diagonal. En Nexora, el laboratorio de ARGOS permanece en silencio. Los ordenadores conservan las pruebas oficiales, los pendientes de entrega siguen anotados en una pizarra y una taza vacía descansa junto a una carpeta que lleva el nombre de Inés Berenguer.
En la pantalla más próxima al escritorio de León aparece el recordatorio de una prueba prevista para esa mañana. El ventilador sigue girando hacia un rincón vacío. La luz del aviso parpadea sin que nadie la apague.