3. LEÓN #10
—Muy de lejos —añade José María, con voz ronca.
Fortuna busca la cartera y deja dinero en el mostrador.
Susurros tira de su manga. La veterinaria se niega a aceptar la explicación de que todos se marchan juntos a casa.
Insiste en llamar a una ambulancia. Susurros la detiene con palabras cada vez menos amables y la obliga a retroceder un paso.
La mujer comprende que también ella corre peligro.
Al salir, Fortuna murmura creyendo que nadie lo escucha:
—Si al menos en el contenedor hay agua, no creo que...
—¡Cierra la boca! —le corta Susurros.
La profesional solo distingue la palabra «contenedor» y la imagen de la Jumpy blanca alejándose.
En el lateral alcanza a leer HERMANOS, aunque el resto del rótulo está destrozado.
Permanece junto a la puerta hasta que desaparecen.
No sabe quiénes son los heridos ni adónde los llevan.
Vuelve al interior con el corazón acelerado y empieza a ordenar mentalmente todo lo que ha visto para no olvidarlo.
La furgoneta continúa hacia una zona de almacenes próxima al entorno portuario. José María y Sali van sentados juntos detrás, vigilados por Fortuna. Él intenta rozarle la mano y ella responde apretándole dos dedos.
—Perdona —susurra José María.
—No empieces.
—Si no te hubiera metido en esto...
—Cállate un momento, ¿quieres? Tenemos que pensar cómo salir.
Es la primera vez en toda la noche que Sali le habla sin una sola ironía. José María asiente y mira el perfil de su pareja bajo la luz intermitente de las farolas.
***
El lugar donde los dejan es un contenedor utilizado para guardar material de almacén.
Los dos delincuentes apartan varios bultos, dejan agua y algo de comida y comprueban que entre las ventilaciones queda paso suficiente de aire.
No es un lugar preparado para alojar personas y el calor acumulado dentro vuelve difícil respirar.
Susurros lo sabe y evita mirar de frente a Sali.
—Estaremos aquí hasta que vuelvan a buscarnos, ¿no? —pregunta José María.
—Eso nos han dicho —responde Fortuna.
—¿Quién?
Susurros agarra a su compañero por el hombro.
—Nosotros. Nosotros lo hemos dicho.
—Ah, pues mucho mejor. Me quedo tranquilísimo.
Susurros deja una botella junto a los cautivos.
—No hagáis ruido. Si todo sale bien, volveremos.
Sali lo mira con desprecio.
—Eso es lo que me preocupa. Que volváis.
La puerta se cierra. La pareja oye el arrastre del cierre y las pisadas alejándose. Se quedan en la penumbra, escuchando cómo la Jumpy arranca con dificultad y se pierde entre otros motores.
José María se sienta a su lado.
—Bueno —dice después de un rato—. Por lo menos tenemos agua.
—¿En serio?
—Estoy buscando algo positivo.
Sali apoya la cabeza contra su hombro.
—Pues busca también una salida.
Él se vuelve hacia la puerta. Da un golpe con el pie, primero tímido y después más fuerte. No obtiene respuesta. Sigue golpeando. Sali se une, llamando con toda la voz que conserva. Desde el exterior les llega únicamente el eco de los almacenes.
—Ya vendrá alguien —dice José María, sin saber si lo cree.
—Más vale que sí.
Se sientan muy juntos, compartiendo una botella. Fuera, las voces y los motores se van apagando. José María escucha la respiración de Sali y acerca un poco más el hombro para que pueda apoyarse.
***
Mikel llega a Torre Glòries avanzada la noche.
Lleva la ropa de mantenimiento de José María y la acreditación que le ha quitado.
Camina sin apresurarse, con un maletín pequeño en la mano y la postura cansada de quien acaba de recibir un aviso de avería.
El personal de noche está acostumbrado a los uniformes y a las idas y venidas de los técnicos; Mikel no necesita hablar más de lo indispensable para alcanzar una zona de instalaciones próxima a la planta de Nexora.
Una puerta cerrada lo obliga a detenerse.
Comprueba el pasillo, busca una ruta interior permitida por la acreditación y continúa por el corredor de servicio.
No tiene acceso libre a todos los despachos, pero León ha dejado abierta la zona de trabajo que utiliza mientras revisa sus informes. Una luz permanece encendida al fondo.
El científico escucha unos pasos y cree que es Inés volviendo por alguna carpeta.
—Te dije que te fueras a casa —llama sin levantar la vista.
Nadie responde. León alza la cabeza.
El hombre que entra no es del equipo. Lleva el uniforme de mantenimiento demasiado nuevo para su expresión y una cicatriz junto a la barbilla. Deja el maletín sobre una mesa vacía y mira el laboratorio con interés profesional.
—León Núñez de Galindo.
El científico se levanta.
—¿Quién es usted?
—Vengo de parte del francés.
León mira la puerta detrás del desconocido.
—Si quiere una reunión, puede pedirla como todo el mundo.
—He venido a recoger lo que falta.
—Aquí no tiene nada que recoger.
Mikel se acerca a una estantería y observa una caja cerrada.
—Eso lo veremos.
—No toque nada.
—Usted puede evitar que pierda el tiempo. ¿Dónde está el prototipo?
León nota que el corazón se le acelera. La pregunta confirma que Sébastien ha contado más cosas de las que debería a personas que el científico no conoce.
—No sé de qué me habla.
—No me haga repetírselo.
—Si el señor Moreau quiere discutir sus aportaciones, sabe dónde encontrarme de día y con abogados presentes.
Mikel lo mira con una paciencia sin amabilidad.
—Sus abogados no están aquí.
—Mis pruebas sí. Pero tampoco están donde usted pueda encontrarlas.
—¿Qué pruebas?
—Las que demostrarán qué dinero ha entrado y adónde ha ido. Ya están fuera. Llegáis tarde.
Mikel cambia de expresión. Hasta ese instante buscaba un objeto. Ahora comprende que el científico puede haber puesto en circulación algo mucho más peligroso para quienes lo han enviado. Saca el teléfono y marca.
Sébastien responde al segundo tono.
—Estoy con León —dice Mikel—. Afirma que las pruebas y los materiales han salido. No hay nada aquí que pueda mostrarnos. Y ya tenemos al hombre que recibió su paquete.
León lo escucha. Cuando oye mencionar al hombre de mantenimiento, se queda rígido.
—¿Qué le han hecho? —pregunta.
Mikel levanta una mano para que calle y continúa al teléfono.
—¿Quiere que siga buscando? No va a decirme dónde lo tiene.
Al otro extremo de la llamada, Sébastien guarda un breve silencio.
—Entonces mátelo —ordena—. Y no deje nada que pueda conducir hasta nosotros.
—Entendido.
Cuelga.
León intenta retroceder hacia la mesa, pero Mikel se interpone.
—¿Dónde está José María? —pregunta el científico.
—No es una preocupación que vaya a servirle de nada.
—Si le han tocado un pelo, toda la documentación...
—Usted ya ha hablado demasiado.
El primer forcejeo derriba una silla. León consigue apartarlo con el hombro y alcanza la puerta, pero Mikel lo sujeta antes de que salga.
Chocan contra un armario metálico. León intenta protegerse la cara y, en un movimiento desesperado, hunde las uñas en la mejilla del agresor.
Mikel retrocede con un gesto de dolor. Quedan pequeñas marcas de sangre junto a la cicatriz.
León respira con dificultad. Busca apoyo en la mesa, tratando de ganar distancia.
—No va a conseguir nada —dice—. Aunque me mate.
Mikel se limpia la sangre con el dorso de la mano. Avanza de nuevo hacia León sin decir una palabra.
El enfrentamiento termina en el suelo del laboratorio. León todavía lucha por incorporarse cuando Mikel vuelve a sujetarlo. La fuerza del científico se agota; la del otro no. Mikel mantiene su decisión hasta que León deja de moverse.
Durante unos segundos solo se oye el zumbido de los aparatos y el respiradero sobre la puerta.
Mikel comprueba que el hombre ha muerto. Mira el rostro de León, recoge su teléfono del suelo y lo aparta del escritorio. Se endereza la chaqueta, mira la hora y regresa al escritorio como si todavía le quedara una gestión pendiente.
***