Julia ¿Dónde estás? 3. LEÓN #9
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3. LEÓN #9

A unos kilómetros de distancia, Rosana apaga el ordenador de su despacho y se queda un minuto mirando la carpeta de Julia.

Decide dejarla allí bajo custodia interna hasta que puedan contrastar sus contenidos.

Sobre la mesa ha escrito tres nombres: León, Nexora, Julia.

Los une con líneas de bolígrafo, borra una y vuelve a dibujarla.

La noticia todavía no tiene título. Tiene demasiadas preguntas.

***

En la nave, Fortuna entra con dos botellas de agua y una bolsa de bocadillos. José María lo mira desde la silla.

Fortuna tiene la camisa arrugada y una mancha de grasa en un puño.

Deposita la bolsa con excesiva delicadeza, mirando primero a Susurros y después a la pareja.

José María, con el labio hinchado y los ojos enrojecidos por el cansancio, se endereza como puede en la silla.

Sali intenta cambiar el peso de una pierna a otra, pero las muñecas le duelen y apenas consigue mover los hombros.

—¿Eso es para nosotros?

—Bueno... sí. No habíamos pensado en cenar dos veces.

—Si nos dejáis marchar, podemos cenar en casa —responde José María, sin apartar los ojos de la botella.

Fortuna deja las botellas en el suelo. Sali tiene los labios resecos y lo observa sin pestañear.

—¿Podéis bajarme los brazos? —pregunta.

El hombre duda. Sale a consultar a Susurros y regresan los dos. Susurros comprueba las ataduras sin acercarse demasiado a ella.

—Como intentéis escapar, es peor.

—No puedo ni rascarme la nariz —responde Sali—. ¿Tú me ves escapando así?

Los delincuentes la bajan y la dejan sentada, todavía sujeta, sobre una silla resistente. Sali aprieta la mandíbula para no gemir cuando recupera algo de movimiento. José María pregunta de inmediato por sus muñecas.

—Estoy bien —miente ella.

—Pues yo no —responde él, mirando las marcas de sus muñecas.

Fortuna abre una botella. Al ver los labios partidos de José María, acerca el agua con torpeza. El técnico bebe demasiado deprisa y tose.

—Despacio, hombre, que no tenemos prisa —dice Fortuna.

José María recupera el aliento.

—Vosotros no. Yo tenía pensado pasar la noche en mi cama.

Susurros mira las heridas de los cautivos y recuerda las últimas palabras de Mikel. José María apenas consigue enderezarse; Sali tiene la cara amoratada y sangre seca bajo la nariz. Los dos delincuentes se apartan unos pasos, pero ninguno se decide a hablar primero.

—No podemos dejarlos aquí —dice Fortuna al fin.

—Eso ya lo sé.

—¿Pues qué hacemos?

Susurros observa a la pareja. José María tose y se encoge por el dolor del costado. Sali le pregunta si puede respirar y él asiente sin demasiada convicción.

—Nos los llevamos. Ya decidiremos qué hacer por el camino.

—¿Adónde? —pregunta Sali al verlos acercarse.

—Fuera de aquí —responde Susurros.

—Eso no me tranquiliza nada —murmura José María.

Los levantan de las sillas y los conducen hasta la Jumpy sin quitarles las ataduras de las muñecas. José María necesita apoyarse en Fortuna para subir y cada movimiento le arranca una mueca de dolor. Sali camina a su lado, demasiado mareada para discutir.

—Tú procura ponerte cómoda —le recomienda Fortuna, y recibe un codazo de su compañero.

Susurros cierra la puerta corredera y mira a Fortuna por la ventanilla abierta.

—Y ahora arranca. Sin dar tres vueltas a la manzana, por una vez.

***

En Nexora, Inés Berenguer termina de registrar unas pruebas y descubre que León sigue en el laboratorio a pesar de la hora.

La mayoría de las luces están apagadas, pero él mantiene encendida una lámpara sobre el escritorio.

Hay papeles alineados, cajas cerradas y una pantalla que muestra resultados ordinarios del ARGOS oficial.

Inés lleva la bata doblada bajo un brazo y una camisa amarilla de manga corta que se ha arrugado durante la jornada.

Se ha quitado las gafas para frotarse los ojos, dejando una marca tenue en el puente de la nariz.

Cuando vuelve a ponérselas, mira a León con una mezcla de preocupación y agotamiento que no intenta ocultar.

—¿No te vas a casa? —pregunta la analista.

León levanta la mirada.

—Enseguida. Estoy dejando unas notas para cuando revisemos el trabajo.

—Puedo ayudarte.

—Ya has hecho bastante hoy.

Inés mira una carpeta con su nombre en la portada.

—¿Eso es mío?

—Las pruebas que hiciste para ordenar los resultados. Quiero que seas tú quien las explique cuando vengan a revisar el proyecto. Si yo no estoy, sabrás explicar qué cambios hiciste.

Ella lo observa, sorprendida.

—¿Te vas de vacaciones?

—Ojalá. Puede que necesite ausentarme unos días.

—Entonces descansa, por una vez. Mañana el laboratorio seguirá aquí.

León sonríe. La acompaña hasta la puerta y espera a que se pierda por el pasillo. Después vuelve al escritorio. Mira el teléfono. José María ha dejado un mensaje. Lo reproduce y escucha la voz de su amigo, intentando tranquilizarlo mientras le pide que llame.

León siente un alivio breve. La documentación está fuera del edificio, en manos de alguien que sabrá reconocer su importancia. Marca el número de José María. No obtiene respuesta.

—Luego te llamo, amigo —murmura, aunque no hay nadie allí para escucharlo.

Apaga el teléfono y lo deja junto a las gafas. Todavía tiene trabajo pendiente.

***

La Jumpy circula por calles cada vez más vacías. Detrás, José María intenta respirar sin mover demasiado el costado, y Sali le limpia con la manga un resto de sangre de la ceja. Fortuna mira varias veces por el retrovisor hasta que Susurros pierde la paciencia.

—Mira la carretera, que bastante tenemos.

—Le ha dado fuerte, ¿eh? —dice Fortuna.

—¿Y tú qué esperabas? ¿Que les pidiera las cosas por favor?

—Yo no he dicho eso. Digo que le ha dado fuerte. A los dos.

—Tú también les habrías dado.

—Claro que sí. Hasta más fuerte. Pero…

—¿Pero qué?

—Que para darle más fuerte, primero tendría que decidirme a darle.

Susurros lo mira de reojo.

—No me digas que ahora te dan pena.

—Pena, pena, no. Pero mira cómo han quedado. ¿Y ahora qué hacemos con ellos?

—Ya has oído al Sastre: tenemos que ocuparnos.

—Pues ocúpate tú.

—¿Cómo que yo?

—Que yo no voy a cargar con dos muertos, Susurros.

—¡Ni yo! ¿Te crees que me hace ilusión?

Fortuna aprieta el volante. Se detienen ante un semáforo y los dos miran por el retrovisor a la pareja herida, que procura no escuchar aquella discusión.

—Podríamos echarlo a suertes —propone Fortuna.

—¿Qué quieres echar a suertes?

—Quién se encarga.

—¡Que ninguno quiere encargarse! ¡Eso es lo que te estoy diciendo!

—Pues empatamos.

José María suelta un quejido cuando la Jumpy pasa por un bache. Sali le aprieta la mano, mientras Susurros se vuelve hacia el parabrisas y tarda unos segundos en responder.

—No los vamos a matar. Los dejamos en algún sitio y decimos que el asunto está hecho.

—¿Y si se nos mueren antes?

—Entonces habrá que hacer algo para que no se mueran, ¿no?

—Que los llevemos a un hospital.

—Sí, hombre. Entramos por urgencias con dos personas atadas y explicamos que se han caído los dos por la misma escalera.

—Pues los desatamos antes.

—¡Y nos denuncian antes! ¿Tú piensas alguna vez?

Fortuna guarda silencio durante dos semáforos. Vuelve a mirar atrás: José María tiene la camisa manchada de sangre y apenas consigue mantenerse sentado; Sali lo sostiene por un brazo mientras intenta secarse la suya de la cara.

—¿Y un veterinario? —pregunta de pronto.

Susurros gira la cabeza.

—¿Qué?

—Un veterinario. Cosen heridas, ponen vendas… De algo de eso entenderán.

—¡Pero que son personas, animal!

—Ya lo sé. Lo que digo es que quizá les pueda mirar esas heridas sin montarnos un interrogatorio en la puerta de un hospital.

Susurros duda, mira de nuevo por el retrovisor y acaba por asentir.

—Busca alguno que esté abierto. Y no se te ocurra explicarles lo que ha pasado.

—Eso era lo que pensaba hacer.

—Pues entonces piensa otra cosa. Cada vez que dices eso, la liamos.

Encuentran una clínica veterinaria de urgencias en una calle secundaria, junto a una tienda de alimentos para animales y un local de persianas cerradas.

Tras la cristalera permanece encendida la luz de una consulta.

La veterinaria está terminando de ordenar el material cuando llaman con insistencia a la puerta y ve a dos hombres sosteniendo a una pareja visiblemente herida.

La veterinaria es una mujer de unos cincuenta años, de pelo oscuro con mechones grises recogido en una trenza y rostro ancho, cansado pero atento.

Lleva un pijama sanitario verde bajo una bata de algodón y conserva una huella de desinfectante en los dedos.

Al ver a José María y Sali se queda inmóvil un segundo; después aparta el taburete de la mesa de exploración y se acerca a ellos, dejando las preguntas para cuando compruebe que pueden sostenerse.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunta, alarmada.

—Un accidente —responde Fortuna.

—¿De tráfico?

—Más o menos.

La mujer mira las muñecas marcadas de Sali, el golpe que tiene junto al pómulo y la sangre seca bajo su nariz. Después observa la ceja abierta de José María, el labio partido y la manera en que se protege el costado. Entiende enseguida que aquella explicación no basta.

—Esto es una clínica veterinaria —dice—. No tengo medios para atenderlos como necesitan. Hay que llevarlos a urgencias.

—Solo queremos que mire las heridas —insiste Susurros—. Pagamos el tiempo que haga falta.

José María intenta hablar, pero Susurros lo interrumpe. Sali mantiene la vista fija en la profesional.

—Por favor —dice ella—. Necesitamos ayuda.

La veterinaria les hace pasar a una sala limpia y les ofrece agua.

No se presta a una operación secreta ni intenta reemplazar a un hospital.

Comprueba que ambos están conscientes, limpia superficialmente las lesiones que puede atender con seguridad y repite que necesitan valoración médica.

Sus preguntas incomodan cada vez más a los dos hombres.

—¿Son familiares? —pregunta.

—Sí —responde Fortuna.

—No —dice Susurros al mismo tiempo.

La mujer se queda mirándolos.

—¿En qué quedamos?

—Familia política —improvisa Susurros—. De lejos.