3. LEÓN #8
Fortuna levanta el palo para intimidarlo. El objeto se le resbala y golpea una caja a su espalda. José María se encoge por instinto; incluso Sali deja de forcejear un instante. El palo rueda hasta los pies de Susurros.
—¡Pero tú eres tonto! —estalla Susurros—. ¡Que no sabes ni pegar!
—Se me ha escapado.
—¡Aparta, que te voy a enseñar!
Fortuna recupera el palo.
—Pues para enseñar podrías haber traído una pizarra.
Susurros lo aparta y, decidido a demostrar autoridad, da dos golpes rápidos a José María en el hombro y el brazo. El técnico grita de dolor. Susurros se vuelve hacia Fortuna y levanta la mano como si acabara de impartir una lección.
—¿Has visto? ¡Así se hace!
Pero a continuación sacude la mano, se sopla los nudillos y la esconde detrás de la espalda.
—¡Hostia...!
Fortuna lo descubre enseguida.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Cómo que nada? Si te ha dolido más a ti.
—¡Que no me ha dolido!
José María los observa, apretando los dientes.
—¿Vosotros habéis hecho algún curso para esto o sois autodidactas?
Susurros da un paso hacia él. Sali empieza a sacudir la cabeza y a protestar detrás del precinto.
—¡Como no hables, le pego a tu novia! —amenaza Susurros, señalándola.
La expresión de Sali cambia de golpe. Niega enérgicamente con la cabeza e intenta señalar a José María con el hombro.
—¿Qué? —pregunta él—. ¿Que me peguen a mí?
Sali asiente como puede.
—¡Hombre, muchas gracias! ¡Vaya defensa que tengo!
Fortuna se acerca a ella.
—Esta está intentando decir algo.
—¡Pues quítale eso para que hable! —ordena Susurros.
Fortuna se inclina sobre el precinto y tira con cuidado por un extremo. Sali se queja cuando se desprende.
—¡Ay, joder! ¡Un poquito más despacio!
—¿Ves? —dice Fortuna—. Ya habla.
—¡Claro que hablo! ¡Y ahora me vais a escuchar los tres!
José María abre los ojos.
—Sali, cariño, que ahora mismo no es el momento de dar un discurso.
—¿Cómo que no? ¡Pero por qué me tenéis que pegar a mí! ¡Pegadle a él!
José María se vuelve hacia sus secuestradores.
—¡Mira cómo me defiende! ¡Mi pareja, señores! ¡La persona con la que comparto mi vida!
—¡Pero si antes has dicho tú que me pegaran a mí! —grita Sali.
—¡Porque la hermana de Julia eres tú!
—¡Y el que tiene los papeles de León eres tú!
—¡Ya no los tengo!
Sali se queda mirándolo. Los dos delincuentes también.
José María cierra los ojos.
—No. Eso lo he dicho en voz alta, ¿verdad?
Fortuna asiente lentamente.
—Pues sí.
—Y lo hemos oído —añade Susurros.
—Yo también —dice Sali—. Hasta desde aquí.
Susurros se acerca a José María con el gesto endurecido.
—Así que no los tienes. ¿Dónde están?
—Eso depende —responde él, intentando ganar tiempo—. ¿Se lo preguntas al que recibe los golpes o a la que se ofrece voluntaria para repartirlos?
Sali le dedica una mirada fulminante.
—¡Como salgas de esta, te mato yo!
—¡Mira! ¡Ahora me amenaza ella también! ¡Estoy secuestrado por una cooperativa!
Fortuna se lleva una mano a la frente.
—Oye, Susurros, ¿y si nos dejaran hablar a nosotros un poco?
—¡Eso intento desde que hemos llegado!
—Pues entre los cuatro no hay manera.
La puerta metálica de la nave se abre.
Mikel entra sin anunciarse. No lleva prisa ni necesita alzar la voz. Mira primero la silla, luego a Sali y por último el palo tirado junto a las cajas.
—¿Qué está pasando aquí?
Susurros se endereza. Fortuna baja la vista al suelo. José María mira alternativamente a los dos y deja de hablar.
—Estábamos haciéndoles unas preguntas —responde Susurros.
Mikel se vuelve hacia él.
—¿Y os han contestado?
—Estamos en ello.
El hombre recoge una silla, la coloca frente a José María y se sienta. Observa las marcas de las cuerdas, el rostro pálido del técnico y las manos tensas de Sali.
—Salid un momento.
—Pero nosotros... —empieza Fortuna.
—Fuera.
La puerta se cierra detrás de Susurros y Fortuna. Se oye el golpe del pestillo y después nada.
Mikel espera a que José María levante la vista.
—Vamos a hablar de León Núñez de Galindo —dice.
—No voy a decirle nada que no le haya dicho a esos dos —responde José María.
Mikel no parece sorprendido.
—Los dos de fuera no saben preguntar. Yo sí. ¿Qué te entregó León?
—Unos papeles.
—¿Y dónde están?
—No los tengo.
—Eso ya lo hemos oído. Quiero saber a quién se los diste.
José María mira hacia Sali. Ella mantiene la cabeza alta, pero tiene los dedos hinchados por la presión de las ataduras. La ve intentar cambiar de postura y siente un golpe de culpa por haberla metido en aquello.
—Mire, nosotros no hemos hecho nada —dice—. Yo trabajo de mantenimiento. Si a usted se le ha roto algo en el edificio, avisa a la empresa y se lo reparo. Pero esto no tiene sentido.
—Lo tendrá cuando contestes.
Mikel se levanta, camina hacia Sali y comprueba la cuerda que sujeta sus muñecas. Ella se estremece cuando él se acerca.
—Deje a mi mujer en paz —dice José María.
—Tu pareja quiere irse a casa. Yo también quiero marcharme. Todo depende de ti.
—Yo no sé lo que buscan.
Mikel apoya una mano sobre el hombro de Sali. No necesita ejercer fuerza para que el gesto resulte amenazante.
—Última oportunidad. ¿Quién tiene los documentos?
José María intenta sostenerle la mirada, pero los dedos hinchados de Sali le atraen los ojos una y otra vez. Ella hace un esfuerzo por mantenerse erguida y acaba apoyándose contra el poste.
—No hables —le dice ella.
Mikel se vuelve hacia él.
—¿Has oído? No quiere que lo cuentes. Supongo que tampoco le importará pagar el precio.
Mikel pierde la paciencia. Agarra a José María por la camisa y lo golpea con tanta fuerza que la silla vuelca de costado.
El técnico cae sobre un hombro y apenas alcanza a cubrirse cuando recibe otro golpe.
Una punzada le atraviesa el costado; al intentar respirar descubre que también le duele.
Sali grita y tira de las cuerdas hasta hacerse más daño en las muñecas.
—¡Déjelo! ¡Por favor, déjelo! —suplica ella.
Mikel endereza la silla de un tirón. José María tiene sangre en el labio y un corte abierto junto a la ceja. Trata de hablar, pero la voz se le quiebra cuando el hombre vuelve a agarrarlo por el cuello de la camisa.
—¿A quién le has entregado los documentos?
Sali vuelve a gritar. Mikel se acerca al poste para hacerla callar y la aparta de un empujón brusco. Ella se golpea la cara contra la madera y queda un instante aturdida, con un hilo de sangre bajo la nariz. José María intenta levantarse y no consigue siquiera separar la espalda del respaldo.
—¡A ella no! —consigue decir—. ¡Está bien, está bien!
—¡Está bien! ¡Está bien! Se los hemos dado a Julia.
Mikel se detiene.
—¿Quién es Julia?
—La hermana de Sali. Julia Román. Es periodista.
Sali cierra los ojos y aprieta los labios. José María no se atreve a mirarla.
—¿Dónde trabaja?
—En *La Barcelona d’Avui*.
—¿Hay copias?
—No lo sé. Ella iba a revisarlo con su jefa.
Mikel medita la respuesta. Su mirada se detiene en la ropa de trabajo de José María y en la acreditación que todavía lleva colgada del cuello.
—Tú trabajas en la Torre Glòries.
—Sí.
—¿En la planta de Nexora?
—En mantenimiento general. Todo el edificio.
—Tu tarjeta.
—¿Para qué la quiere?
Mikel no contesta. Le quita la acreditación, comprueba la fotografía, el nombre y los datos de la empresa. Después le registra los bolsillos y encuentra un juego de llaves. José María vuelve a hablar, más asustado que antes.
—Oiga, si entra con eso y pasa algo, me lo van a cargar a mí.
—Entonces más te vale que todo siga en su sitio.
Mikel guarda la tarjeta y las llaves. Sali sigue apoyada contra el poste, con la respiración agitada y las muñecas hinchadas; José María no consigue mantenerse derecho sin que le duela el costado.
El hombre los mira como quien comprueba que todavía puede obtener alguna respuesta y se dirige a la puerta sin prestar atención a sus heridas.
—No necesitamos problemas —dice—. Si habéis dicho la verdad, saldréis de aquí.
José María quiere creerlo. Sali no.
Mikel sale al pasillo. Susurros y Fortuna interrumpen una discusión sobre quién ha dejado abierta la puerta de la furgoneta. Basta que lo vean para que los dos enderecen la espalda.
—Os ocupáis de ellos —ordena Mikel.
—¿Nos los llevamos? —pregunta Fortuna.
—No quiero volver a oír hablar de esa pareja.
Susurros mira a su compañero, pero Fortuna contempla la puerta de la nave como si al otro lado hubiera aparecido un problema nuevo.
—Pero… ¿qué quiere decir exactamente con ocuparnos?
Mikel se acerca un paso.
—No me obligues a explicártelo dos veces.
Cuando se aleja, ninguno de los dos se mueve.
—Tú lo has entendido, ¿no? —pregunta Fortuna.
—Por desgracia.
—Pues a mí me gustaría entenderlo de otra manera.
—A mí también. Pero no te pongas a preguntárselo otra vez, que nos incluye en el encargo.
***
Sébastien atiende la llamada de Mikel junto a una ventana abierta. Barcelona ha empezado a enfriarse, pero el aire sigue oliendo a asfalto caliente. Desde la calle llega el sonido de un vaso roto y después una carcajada.
—La documentación está con una periodista —informa Mikel—. Julia Román. El hombre de mantenimiento ha confirmado que se la entregó personalmente.
Sébastien cierra los ojos.
—¿Hay alguna posibilidad de recuperarla esta noche?
—Tendría que ir al periódico. No sabemos cuántas copias han hecho.
—No quiero otra irrupción absurda como la de esos dos. Todavía tenemos que saber qué parte del trabajo ha salido del laboratorio.
—Voy a hablar con León. Tengo la tarjeta del técnico y su uniforme.
—No se entretenga. Si está preparado, no quiero que vuelva a ganar tiempo con informes.
—¿Y la pareja?
—Se la he dejado a los otros. Tienen instrucciones de ocuparse de ella.
Mikel cuelga. Sébastien permanece junto a la ventana. Antes había confiado en que la presión bastara para obligar al científico a negociar. Ahora sabe que hay material fuera de su alcance y que alguien puede estar leyéndolo mientras él espera respuestas.