3. LEÓN #7
En *La Barcelona d’Avui* todavía quedan luces encendidas cuando Julia entra.
La redacción reúne escritorios desiguales, tazas abandonadas, pantallas con varias noticias abiertas y esa mezcla de cansancio y urgencia que acompaña a los periódicos incluso cuando el cierre digital no se parece ya al de las antiguas rotativas.
Rosana Rico lee un texto con los labios apretados. Lleva el cabello corto, unos pendientes discretos y una chaqueta colgada del respaldo de la silla. Cuando Julia aparece con el bolso lleno de documentos, levanta los ojos por encima del monitor.
Rosana está cerca de los cincuenta, con una figura compacta y el rostro de líneas marcadas por muchas horas de concentración.
El pelo, entre castaño y gris, le queda por encima de las orejas; luce una camisa de algodón azul y pantalones oscuros bajo el escritorio.
Sus ojos estrechos recorren los textos con rapidez, pero cuando escucha a alguien levanta la barbilla y no aparta la mirada hasta obtener una respuesta.
Habla con una voz algo ronca, y sus frases cortas no impiden que en el fondo sea cuidadosa con los periodistas que dependen de ella.
—Si vienes a pedirme vacaciones, te aviso de que tengo el peor carácter del mundo.
—Entonces he elegido bien la hora. Necesito enseñarte algo.
—Eso dicen todos los que quieren que les publique una primicia sin verificar.
Julia cierra la puerta del pequeño despacho. Coloca los papeles en la mesa y explica de quién proceden. Rosana no interrumpe al principio. Revisa un sello, pregunta si los documentos son originales y anota el nombre completo de León.
—¿Y el científico cómo ha conseguido todo esto? —pregunta.
—Parte son registros de su proyecto. Otra parte se la han facilitado desde dentro de Nexora. No sé quién.
—¿Tenemos constancia de que esa persona tenía acceso legítimo?
—Todavía no.
Rosana se quita las gafas.
—Pues ya tenemos la primera pregunta que no podemos saltarnos.
Julia le habla de los sobreprecios, las autorizaciones, los fondos oficiales y las sospechas de venta de componentes. Distingue con cuidado los hechos documentados de lo que José María ha contado de palabra. Rosana la obliga a repetir la parte de la explosión.
—¿Él cree que era para él? —pregunta.
—Sí.
—¿Lo ha denunciado?
—No lo sé. José María dice que se lo aconsejó.
—Mañana llamamos a León. Y hoy mismo dejamos constancia de que estos documentos existen. No quiero que aparezca un abogado diciendo que nos los hemos inventado.
Julia señala la memoria y la llave.
—Esto vino con los papeles. Hay referencias personales que todavía no entiendo.
Rosana se inclina para mirar, sin tocarlas.
—¿Pueden servir para localizar algo?
—Probablemente. Pero no sé si tiene relación con las cuentas o con un asunto privado.
—Hay algo más —añade Julia—. León le dejó a José María una frase para mí: «Busquen a Isabella». Insistió en que Isabella se escribía con doble ele.
—¿Sabemos quién es? —pregunta Rosana.
—Todavía no. Pero quiso que lo supiera, y no pienso pasarlo por alto.
—Entonces no vamos a sacar conclusiones.
Guarda una relación detallada de lo recibido, separa lo que pueda comprometer a la fuente y deja copia segura de los documentos económicos para su comprobación.
Con la pista personal podemos darnos cuarenta y ocho horas para averiguar qué significa.
Ni una más. Si encontramos indicios de peligro inmediato o de un delito que exija actuar, iremos a la policía sin esperar.
Julia asiente.
—Quiero localizar a León antes de hacer público su nombre.
—Yo también. Y quiero saber quién podría estar presionándolo.
Rosana se sirve café frío y hace una mueca.
—Mañana será un día largo.
—Hoy tampoco ha sido corto.
—Bienvenida al periodismo. Ahora vete a casa. Y no hagas ninguna heroicidad sin avisar.
Julia recoge su bolso. Antes de salir vuelve la cabeza.
—Rosana, ¿tú crees que esto es serio?
La directora mira los documentos extendidos delante de ella.
—Lo suficiente como para que no dejemos de hacer preguntas.
***
En otro lugar de Barcelona, Mikel escucha un informe por teléfono. Sébastien le comunica que el científico ha tenido contacto con un empleado de mantenimiento y que ese hombre ya ha sacado material del edificio. No conoce el contenido. Tampoco necesita conocerlo todavía.
—Quiero recuperar lo que haya salido —dice el francés—. Y saber a quién se lo han entregado.
—Me encargo.
—Evite otro espectáculo como el de la bomba.
Mikel mira por una ventana oscura.
—Esta vez no habrá confusiones.
Después llama a Susurros. Él y Fortuna están cenando en la Jumpy, con las puertas abiertas para combatir el calor. Fortuna ha extendido sobre el salpicadero un mapa de papel que apenas cabe entre la radio y un bocadillo.
—El Sastre —murmura Susurros, viendo la pantalla.
—No lo llames así, que se enfada —responde su compañero.
—¡Si lo dices tú siempre!
Susurros descuelga.
—Dime, Mikel.
Escucha la descripción del técnico, la mujer con la que vive y los lugares por donde podrían moverse. Se pone serio y asiente varias veces.
—Los traemos. Sí. Sin montar ruido.
Al colgar, Fortuna vuelve a morder su bocadillo.
—¿A quién tenemos que traer?
—A una pareja.
—¿Los dos?
—No, a uno y al recuerdo del otro. ¡A los dos, animal!
Fortuna se queda pensativo.
—Pues con la Jumpy no creo que haga falta reservar mesa.
Susurros le quita el mapa de debajo del bocadillo. La mancha de aceite deja una aureola justo encima de una calle.
—¡Pero mira lo que has hecho!
—Ahora es más fácil encontrarla. Está donde la mancha.
—Como no cierres la boca te dejo en una gasolinera.
—Perfecto. Así compro bebidas. Llevamos desde la mañana sin agua fría.
***
José María y Sali regresan a casa convencidos de que la parte más complicada del encargo ha terminado.
Discuten mientras se acercan al portal sobre si deben llamar otra vez a Julia.
José María dice que no conviene molestarla; Sali le recuerda que él es capaz de llamarla tres veces para preguntar cómo se utiliza una aplicación.
José María se ha desabrochado el cuello de la camisa y camina con los hombros más bajos que cuando salió de casa.
Sali lleva la blusa roja cubierta por una chaqueta ligera que se ha puesto al salir, aunque todavía tiene calor.
Él intenta convertir en broma el cansancio de ambos; ella lo escucha con una sonrisa breve que desaparece cada vez que recuerda el rostro preocupado de Julia.
En el portal advierten una furgoneta blanca estacionada demasiado cerca de la salida del garaje. José María apenas repara en ella. Sali sí, aunque solo porque le parece que alguien ha pintado «HERMANOS» en el lateral con un pincel de brocha gorda.
Dos hombres se les acercan desde direcciones distintas. Todo ocurre muy deprisa. Uno intenta sujetar a José María mientras el otro se interpone frente a Sali. Hay forcejeos, un bolso que golpea el suelo, un grito que queda cortado y una puerta corredera que se abre con dificultad.
—¡Tira más fuerte! —gruñe Susurros.
—¡Estoy tirando!
—¡Pues no se abre!
—¡Porque la estás sujetando tú por el otro lado!
Consiguen meter a la pareja en la furgoneta. Susurros cierra la puerta de un golpe y un trozo de la vieja rotulación cae al asfalto. Fortuna se sienta al volante. Antes de arrancar, busca el destino en la cara de su compañero.
—¿Adónde?
—¡A donde te he dicho!
—Pues me lo has dicho al salir y luego hemos discutido. Repítemelo.
Susurros aprieta los dientes y termina por indicarle el camino.
La furgoneta arranca con una sacudida que hace tambalearse a José María.
A su lado, Sali busca su mano a tientas hasta encontrarla.
Él entrelaza los dedos con los suyos y se la aprieta suavemente, mientras ambos permanecen en silencio, escuchando las discusiones de sus secuestradores desde los asientos delanteros.
***
La nave está situada en un polígono de las afueras, entre talleres cerrados y almacenes cuyas fachadas parecen iguales bajo la luz amarillenta de las farolas.
En el interior huele a caucho, aceite viejo y polvo.
Hay un banco de herramientas, varias sillas desparejadas y un poste metálico de los que sostienen una antigua instalación industrial.
Cuando José María consigue enfocar la mirada, está sentado y atado a una silla.
Sali permanece de pie, con las muñecas sujetas por encima de la cabeza a una estructura firme.
Le han colocado una tira de precinto sobre la boca.
Sus ojos siguen todos los movimientos de los dos hombres, incluso cuando uno se aparta para buscar algo en una caja.
El pelo de Sali se ha soltado por un lado y le tapa parte de la cara; la blusa tiene una costura desgarrada a la altura del hombro y las zapatillas dejan marcas de polvo cuando intenta apoyarse mejor.
José María lleva la camisa torcida y una mancha oscura en la rodilla.
Tiene la boca seca y mira sin cesar las manos de los secuestradores, buscando una oportunidad de hablar antes de que alguno vuelva a acercarse.
Susurros se ha quitado la chaqueta y la camiseta negra le muestra círculos de sudor; Fortuna tiene la camisa de rayas fuera del pantalón y el pelo húmedo pegado a la frente.
Susurros camina delante de ellos intentando parecer el hombre que manda.
—Vamos a hacer esto fácil. Nos decís dónde están unos papeles y os dejamos tranquilos.
—Pues empieza por explicarnos qué papeles —responde José María.
—Los que te dio el científico.
—¿Qué científico?
Fortuna aparece con un palo que ha encontrado detrás de unas cajas.
—El de los papeles —aclara.
José María lo mira de arriba abajo.
—Gracias. Ahora sí lo tengo clarísimo. ¿Tú has estudiado para esto?
—¿Para qué?
—Para aclarar dudas. Se te da fenomenal.
Susurros le da un golpe al suelo con la suela.
—¡Que te calles! A ver si va a tener que recibir alguien.
—¿Recibir qué? ¿Un premio?