3. LEÓN #6
Sali ronda los cuarenta, es esbelta, de estatura media y rostro alargado, con pómulos marcados, ojos grandes y claros de reflejos verdosos, cejas bien dibujadas y una boca ancha que parece estar siempre a punto de soltar una réplica.
Su pelo castaño claro, algo ondulado, se escapa del recogido en mechones que le rozan las mejillas.
Viste unos pantalones cómodos de algodón y zapatillas de estar por casa.
No es una mujer que necesite alzar la voz para hacerse entender: basta la manera en que apoya una mano en la cadera y fija los ojos en José María mientras espera una explicación.
—¿Qué horas son estas?
—Las normales para un hombre trabajador.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
José María levanta la mochila.
—Vengo de ver a León.
—¿Habéis cenado?
—Sí.
—¿Y me has traído algo?
José María mira la bolsa. La ha llenado de documentos y por primera vez lamenta no haber guardado sitio para las croquetas.
—Una información muy interesante.
—Yo preguntaba por comida.
—Es que te voy a contar una cosa.
Sali deja sobre la encimera un paño de cocina.
Tiene el gesto vivaz y una mirada que pasa de la burla a la preocupación sin necesidad de grandes movimientos.
José María la quiere precisamente por eso, aunque a veces asegura que su novia podría dirigir el tráfico de Barcelona solo levantando una ceja.
—Habla —dice ella.
José María deja los documentos sobre la mesa del salón. Empieza por el partido, pasa a la discusión con el francés y acaba contando lo del coche que ha explotado. Sali deja de juguetear con el paño de cocina cuando comprende que León cree que alguien quiere hacerle daño.
—¿Y tú qué has dicho?
—Que se lo lleve a la policía.
—Bien.
—Y que antes se lo llevaríamos a Julia.
—¿Cómo que antes?
—Es periodista, Sali. León confía en ella.
—León ni siquiera la conoce.
—Conoce su trabajo.
—Y tú conoces a mi hermana. Sabes que si le damos esto a las once de la noche va a querer leérselo entero antes de dormir.
—Mejor. Así no se aburre.
Sali coge una de las hojas. Lee la cabecera, ve varias cifras y vuelve a dejarla.
—José María, si esto tiene algo que ver con la explosión, tenemos que hablar con ella ahora.
—Eso digo yo.
—Pues llama.
Él saca el móvil y tarda demasiado en encontrar el contacto.
—¿Pero dónde tienes guardada a Julia? —pregunta Sali.
—En la agenda.
—Gracias, hombre. Pensaba que en el frigorífico.
Cuando por fin consiguen que la videollamada se conecte, Julia aparece con el pelo recogido en una coleta, sentada frente a una mesa cubierta de notas. Tiene un lápiz entre los dedos y el rostro cansado de quien acaba de terminar una jornada sin terminar realmente el trabajo.
Julia está en la segunda mitad de la treintena, es de estatura media, de complexión proporcionada y rostro ovalado, con cejas oscuras y ojos grandes, claros, de reflejos verdosos, muy parecidos a los de Sali.
Comparten también la forma de apretar los labios cuando algo las contraría, aunque Julia suele quedarse unos segundos observando antes de responder.
Lleva una camisa blanca remangada, pantalones oscuros y un cárdigan que se ha echado sobre los hombros porque ha pasado toda la tarde junto al aire acondicionado de la redacción.
La coleta deja despejada una frente donde se le forma una pequeña arruga cuando escucha algo que no entiende.
Su voz tiene un tono grave y firme; incluso cansada, sabe esperar a que la otra persona termine de hablar antes de preguntar exactamente lo que necesita.
—¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?
—No, no, todo bien —empieza José María.
Sali lo mira.
—Pues empezamos estupendamente.
—Bueno, bien, bien... depende. Es que hemos estado con León.
—¿Qué León? —pregunta Julia.
—El científico de Nexora —responde Sali—. José María tiene unos documentos.
Él empieza a darle golpecitos en el brazo.
—¡Cuéntale, cuéntale lo de la bomba!
—¡Cuéntaselo tú!
—¡Pero cuéntale, mujer, que eso es lo importante!
Vuelve a tocarla.
—¡Deja de darme en el brazo!
Julia se acerca a la cámara.
—¿Qué bomba?
—¡Eso, eso! —dice José María—. ¡Cuéntaselo!
Sali le aparta la mano con un manotazo.
—¡Que la bomba la cuentes tú, pesado!
—Pero es que tú lo explicas mejor.
—¡Si me lo acabas de contar tú a mí!
Julia los observa con creciente inquietud.
—¿Podéis dejar de discutir un segundo y explicarme de qué estáis hablando?
—De un coche —responde José María.
—De una explosión —corrige Sali.
—De un coche que explotó —termina él—. Pero no era el coche de León.
—¿Y por qué tendría que serlo? —pregunta Julia.
José María abre la boca, mira a Sali y vuelve a señalarla.
—Díselo tú.
—Como vuelvas a señalarme, te meto el teléfono en el café —responde ella.
Julia apoya los codos sobre la mesa.
—Escuchadme bien. Primero, quién ha sufrido la explosión. Segundo, por qué León piensa que iba dirigida contra él. Tercero, qué documentos tenéis. Y, por favor, que hable uno solo.
José María levanta la mano.
—Yo tengo la palabra.
—Tú tienes que callarte medio minuto —replica Sali.
—Ya empezamos con la censura.
Julia cierra los ojos. Al abrirlos, habla muy despacio.
—José María. Cuenta lo que te ha dicho León. Sin bromas.
José María empieza por la cena y, sin bromear ya, le cuenta lo que León ha dicho sobre la financiación, las amenazas veladas y el coche que ha explotado. Cuando recuerda la expresión de su amigo, baja la voz.
—Estaba asustado de verdad, Julia. No se lo he visto nunca así.
—Y me pidió que te transmitiera otra cosa —añade José María—. Una frase exacta: «Busquen a Isabella». Con doble ele, me lo repitió dos veces.
—¿Quién es Isabella? —pregunta Julia.
—Ni idea. Se lo pregunté, pero no quiso explicármelo. Solo insistió en que te lo dijera.
Ella aparta el lápiz.
—¿Hay originales?
—Hay documentos, una memoria, recibos y una llave. No he tocado nada.
—Bien. No reenviéis fotografías ni mensajes con los archivos. Voy a veros y me lo dais en mano. No prometo publicar nada hasta comprobarlo.
—Eso mismo dijo él —responde José María.
Sali mira a su hermana con la mandíbula apretada.
—¿Y crees que le puede pasar algo?
—No lo sé. Pero si cree que lo están amenazando, habrá que tomarlo en serio. Y hablar con la policía.
—¿Esta noche? —pregunta José María.
—Esta noche recogemos la documentación. Después decidiré qué parte tenemos que trasladar de inmediato.
—Vale —dice él—. Pero una cosa: ¿puedes decirle a tu hermana que deje de pegarme?
—¡Si solo te he apartado la mano! —protesta Sali.
Julia suelta una risa involuntaria.
—Os veo dentro de un rato. Y no perdáis esa mochila.
Cuando desaparece la imagen, Sali mira a José María.
—¿Ves? No era tan difícil.
—Claro. Si al final todo lo he contado yo.
—Porque te he dejado hablar.
—Eso deberíamos celebrarlo.
—Celebrarás cuando hayas cumplido el encargo de tu amigo.
***
Ya es tarde cuando Julia llega a una calle tranquila, a pocos minutos a pie de la casa de Sali y José María.
Los dos la esperan en la última mesa de la terraza de una cafetería que está a punto de cerrar.
Julia les ha pedido que bajen con los documentos: quiere llevárselos directamente a la redacción y no perder tiempo subiendo al piso.
José María los lleva en una bolsa de tela que Sali le ha obligado a utilizar en lugar de la mochila del almuerzo.
Lleva una cazadora vaquera encima de la camisa de trabajo y un bolso de cuero cruzado que no suelta ni al saludar a su hermana.
El aire de la noche arrastra olor a café molido y a basura recién recogida; un repartidor cruza la calle empujando una bicicleta y, tras la cristalera del local, un camarero apila las últimas sillas.
Sali se ha cambiado la camiseta de casa por una blusa roja sencilla y lleva la coleta más apretada; José María, en cambio, conserva la camisa arrugada de la cena y las mismas zapatillas.
—Te lo he dicho ya: no era buena idea traerlo todo mezclado con servilletas —le reprocha ella mientras Julia comprueba el contenido.
—Las servilletas estaban limpias.
—Eso no mejora la situación.
Julia extiende una parte de los documentos sobre la mesa. Lee un nombre, dos fechas, una autorización que no parece encajar con una factura. No intenta resolverlo allí mismo. Guarda el conjunto de manera ordenada, separa la memoria y mete la llave en un pequeño bolsillo interior de su bolso.
—¿León sabe que me lo vais a entregar hoy? —pregunta.
—Sabe que iba a llamarte —dice José María—. Le diré que lo tienes.
—No deis detalles por mensajes. No sabemos quién está mirando qué.
—¿Tú también empiezas a asustarte? —pregunta Sali.
Julia la mira.
—Empiezo a pensar que puede haber una noticia importante. Y eso significa que no debemos cometer tonterías.
—Pues hemos traído al especialista —dice Sali, señalando a su pareja.
José María levanta ambas manos.
—Yo he venido de acompañante y me están insultando desde que salí de casa.
Julia se ríe, pero enseguida recupera la seriedad.
—Mañana quiero hablar con León. Personalmente. Y antes voy a consultar esto con Rosana. Si hay delito, no nos corresponde jugar a detectives solos.
Sali la abraza. José María espera su turno y recibe de Julia un beso rápido en la mejilla.
—Gracias por traerlo —le dice ella—. Y dile a León que tenga cuidado.
—Se lo diré.
Julia se aleja con los documentos bien guardados.
José María espera a que cruce la esquina y vuelve junto a Sali hacia casa.
Está satisfecho de haber cumplido, aunque un pequeño dolor en el estómago le recuerda que aún no ha hecho nada por sacar a su amigo del peligro.
Coge el móvil y marca. León no contesta. Tras varios tonos se activa el buzón.
—León, soy José María. Ya le hemos entregado todo a Julia. No te preocupes, ¿vale? Vamos a ayudarte. Ella va a mirarlo con la jefa del periódico y mañana hablamos. Y tú llama cuando puedas, coño, que me tienes preocupado.
Cuelga. Piensa en enviar otro mensaje, esta vez una broma sobre el Barça, pero lo deja para después.
***