3. LEÓN #5
Se sientan en una mesa algo apartada, junto a una pared cubierta de fotografías de equipos antiguos.
José María se ha cambiado el uniforme por una camisa de cuadros, pantalón vaquero y zapatillas limpias, aunque conserva la marca blanquecina del reloj en la muñeca.
León lleva un polo gris oscuro que le tira un poco en los hombros.
Ambos muestran el cansancio del día, pero empiezan a discutir de fútbol antes incluso de abrir la carta.
—No os cansáis nunca, ¿verdad?
—¿De ganar? —pregunta León.
—De presumir de lo que gana España como si lo hubiera ganado el Barça.
—Hombre, ocho jugadores nuestros. Algo tendremos que decir.
—Ocho, ocho... Cada día metes uno más.
León empieza a contar con los dedos.
—Joan García, Eric García, Cubarsí, Gavi, Pedri, Dani Olmo, Ferran Torres y Lamine Yamal. ¿Seguimos?
—No hace falta que me pases lista de asistencia. Ya sé leer.
—Y el gol de Ferran, para rematar.
José María señala la pantalla, indignado.
—Vamos a ver. Esa estrella es de España, no de vuestro escudo. Tú no puedes ir por la vida apropiándote de las copas.
—Yo no me apropio. Reparto méritos. Y al Madrid le doy los que le corresponden.
—Gracias, hombre. Qué generoso.
—Cucurella.
—¿Qué pasa con Cucurella?
—Que con el Madrid solo tenéis a Cucurella. Uno. Y mira que os habéis gastado dinero.
—Como sigas así, te voy a cobrar el plato.
—Pero si pagaba yo.
—Ahora pagas tú y me debes otro.
León se ríe. José María toma asiento y deja el móvil boca abajo sobre la mesa.
—Y no empieces con Messi. Porque ya te estoy viendo venir.
—Yo no he dicho nada de Messi.
—Lo tienes en la punta de la lengua.
—Es que luego os empeñáis en compararlo todo. Dejad a Lamine jugar y que crezca.
—Eso digo yo. Que el chaval juegue. A ver si un día habláis de fútbol sin sacar los libros de historia.
—Tú eres madridista y quieres que nos olvidemos de la historia. Qué curioso.
El camarero se acerca y José María pide dos cañas y unas tapas. León insiste en pagar. Discuten por la cuenta antes de haber cenado, hasta que el camarero los interrumpe para preguntar si también quieren pan.
—Yo de pequeño era de los que lloraban cuando perdía el Barça —dice León, acomodándose las gafas—. Mi padre decía que no valía la pena sufrir por once tíos corriendo detrás de un balón.
—Tu padre era un hombre sabio.
—Después se ponía la radio y sufría él por los mismos once.
José María se ríe y aprovecha para robar una aceituna del plato.
—¿Y en París veías los partidos?
León gira lentamente el vaso entre las manos.
—Cuando podía. Allí tenía otros horarios y otros amigos. A uno le gustaba el rugby. Era francés, investigador también. Intentó explicármelo durante años.
—¿Y lo entendiste?
—Aún no sé qué hacían amontonándose unos encima de otros. Él decía lo mismo cuando veía a los defensas del Barça.
—Me cae bien ese francés.
—Te habría caído bien. Se casó con una española. Trabajábamos los tres. Eran buenos, muy buenos. De esas personas con las que puedes discutir durante diez horas y aun así querer sentarte a cenar con ellas.
José María deja la aceituna a medio camino de la boca.
—¿Qué fue de ellos?
León tarda en responder. En la televisión muestran una imagen de los aficionados celebrando el título en una plaza; el volumen está demasiado bajo para oír los cánticos.
—Tuvimos una discusión. Una de las que parecen profesionales hasta que te das cuenta de que te has llevado por delante algo más.
—Todos discutimos. Sali y yo discutimos por cómo se coloca el papel higiénico.
—Esto fue distinto.
—Ya. ¿Y luego?
León mira la mesa.
—Yo quería terminar un trabajo. Estaba convencido de que, si los resultados eran suficientemente buenos, las consecuencias se podrían resolver después. Mi amigo pensaba lo contrario. Decía que si no sabíamos qué hacer con lo que encontráramos, no teníamos derecho a correr tanto.
—¿Quién ganó?
—Ninguno.
José María espera. A León le cuesta hablar de aquello; las palabras le salen más despacio que cuando explica sus investigaciones.
—Después hubo un accidente. Murieron los dos. Y ya no pude arreglar nada.
—Joder, León. Lo siento.
—Yo también.
—Pero la discusión no tiene por qué haber tenido nada que ver.
—Ya lo sé. Eso es lo peor: saberlo y seguir sintiéndote un imbécil cada vez que lo recuerdas.
El camarero llega con la comida y ambos callan hasta que se aleja. José María parte una croqueta con el tenedor, sin probarla.
—¿Dejaron familia?
—Gente que los quería. Y un trabajo que merecía continuar.
José María asiente. Esta vez no busca una réplica. Parte la croqueta y la deja intacta en el plato.
León toma un poco de agua. Parece dispuesto a volver al fútbol, pero su rostro cambia.
—Tengo miedo, José María.
El técnico se queda quieto.
—¿Por qué?
—Por lo que pasó con el coche. No era el mío. Pero creo que alguien quería que lo fuera.
—¿Has ido a la policía?
—No tengo cómo demostrarlo.
—Se empieza por contarlo. Luego que busquen ellos.
—He aceptado financiación de personas que no conozco de verdad. Pensaba que podía conservar el control de mi trabajo. Ahora me preguntan cosas que no tendrían por qué saber y me exigen resultados con un tono que no me gusta nada.
José María aparta el plato.
—¿Te han amenazado?
—No con esas palabras. A veces no hacen falta.
—Pues yo sí voy a utilizar palabras: tienes que denunciarlo.
—Quizá lo haga. Antes necesito que ciertas pruebas estén lejos de mi despacho.
—¿Qué pruebas?
León se inclina un poco sobre la mesa. Los sonidos del bar continúan alrededor como si la conversación hubiera quedado dentro de una burbuja.
—Facturas, correos, autorizaciones que no cuadran. También hay una pista que no sabría explicarte ahora sin complicarlo todo más. Si un día no puedo hablar, no quiero que desaparezcan conmigo.
José María lo observa con recelo.
—León, no me gusta nada lo que estás diciendo.
—A mí tampoco.
—Tú eres el listo de los dos. Se supone que yo soy el que se mete en líos por no leer las instrucciones.
—Esta vez te pido que leas una sola: si te doy una carpeta, llévasela a Julia.
—¿A mi cuñada?
—Es periodista. Sabrá qué hacer y qué comprobar antes de publicar una palabra.
—También sabe echarnos una bronca a Sali y a mí. Es muy completa.
León intenta sonreír. José María le agarra el antebrazo.
—Dímelo en serio. ¿Estás en peligro ahora mismo?
—Creo que sí.
—Entonces no te vayas solo a casa.
—No pienso hacer ninguna heroicidad. Solo quiero ganar tiempo.
José María se queda mirando a su amigo. Ha pasado gran parte de la cena haciendo bromas y ahora no encuentra ninguna. Al fin respira hondo.
—Vale. Trae lo que tengas. Se lo daremos a Julia. Pero prométeme que mañana hablas con alguien que pueda ayudarte de verdad.
—Te lo prometo.
León deja escapar el aire despacio. Terminan la cena sin prisa. En la televisión, el partido repetido da paso a una tertulia y José María apenas mira la pantalla.
***
De regreso al edificio, León se encuentra con José María en mantenimiento, lejos de las oficinas de dirección.
León abre una cartera gastada, saca una carpeta gruesa, una memoria pequeña guardada en su funda y un sobre con papeles de distintas procedencias.
Hay también una llave en un llavero sencillo.
José María intenta repartirlo todo sobre una mesa despejada.
—¿Esto es para Julia?
—Sí. La documentación y la llave. Que lo revise con calma. Hay recibos, anotaciones y referencias que tendrán que contrastarse. No quiero que publique nada sin comprobarlo.
—¿Y la llave?
—Va con los papeles. Ella encontrará para qué sirve cuando los lea.
José María levanta la memoria entre dos dedos.
—Yo de estas cosas entiendo lo justo. Si enciendo algo y sale humo, sé que va mal.
—No necesitas entender el contenido. Solo llevarlo.
—Eso sí sé hacerlo. De hecho, es prácticamente mi profesión.
León repasa el material con él. Señala una hoja y explica qué cifras proceden de documentos oficiales y cuáles necesitan confirmación. Insiste en que Julia decida cuándo acudir a la policía. José María escucha, sorprendentemente callado, mientras intenta acomodar tantos papeles en la mochila.
—Una cosa más —añade León—. Quiero que le repitas a Julia estas palabras tal como te las digo: «Busquen a Isabella». Isabella, con doble ele.
—¿Y quién es Isabella?
—Ahora no puedo explicártelo. Solo asegúrate de que Julia reciba también esa frase.
—¿Y tú? —pregunta finalmente.
—Voy a dejar unas cosas ordenadas y luego quizá me vaya unos días.
—¿Sin decir dónde?
—Te llamaré.
José María recoge todo en una mochila que utiliza para llevar la comida al trabajo.
—Sali me va a matar cuando vea que he metido papeles donde pongo el bocadillo.
—Dile que esta vez son importantes.
—Eso se lo digo cada vez que me olvido de comprar pan.
Se abrazan brevemente. León tarda un segundo en soltarlo.
A cierta distancia, Aarón observa salir al técnico con la mochila.
Reconoce a los dos hombres en la puerta de mantenimiento y hace otra fotografía.
Esta vez no hay dudas de que se han entregado algo.
En el texto que acompaña la imagen escribe: «León pasa una carpeta y otros objetos a José María Olmedo. No puedo ver contenido».
Envía el mensaje. Por una vez, la respuesta anónima tarda muy poco.
«Bien. No lo pierdas de vista».
Sali Román oye llegar a José María antes de que abra la puerta.
Hay una llave que se atasca, un golpe seco contra el felpudo y un «me cago en...
» que él interrumpe en cuanto recuerda que no está solo.
Sali asoma desde la cocina con el cabello recogido de cualquier manera, una camiseta ancha y la expresión de alguien que ha tenido tiempo suficiente para imaginar tres explicaciones y descartar dos.