Julia ¿Dónde estás? 3. LEÓN #4
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3. LEÓN #4

Aarón sonríe. Con dinero y gasolina que no paga él, el trabajo le está saliendo redondo.

***

El despacho de Andrés Panadero García, a quien casi todo el mundo llama Andrius, ocupa un segundo piso de techos altos y pasillos estrechos.

Huele a papel, a café recalentado y a un ambientador de limón que lucha sin demasiado éxito contra ambos aromas.

En la puerta hay una placa con su nombre, una balanza de justicia y un teléfono cuya extensión parece más antigua que el edificio.

Por la ventana entreabierta se oyen frenos de autobús y el murmullo de un bar que recoge su terraza. La luz de la tarde cae sobre las estanterías desiguales y deja una franja dorada en el suelo, donde se amontonan dos cajas de expedientes que nadie ha tenido tiempo de ordenar.

Andrius es un hombre de sonrisa fácil y ojos vivaces, con el pelo oscuro peinado hacia atrás y la costumbre de hablar mientras busca las cosas que acaba de dejar sobre la mesa. Cuando León entra, el abogado se levanta y le ofrece un abrazo que el científico convierte en un apretón de manos.

Andrius ronda los cuarenta y cinco, es de estatura media, hombros un poco caídos y rostro anguloso, con arrugas finas alrededor de los ojos que se acentúan al sonreír.

Lleva un pantalón oscuro y una camisa blanca remangada, con la corbata olvidada sobre un archivador.

Habla deprisa, pasando de una broma a una pregunta seria sin anunciar el cambio, y se ajusta las gafas de lectura sobre la nariz solo cuando debe leer la letra pequeña.

—¡Hombre, León! A ver si vienes un día para algo alegre. Un testamento de alguien que te deja rico, por ejemplo.

—Entonces tendría que haber venido el que va a morirse.

—No empieces así, que tengo mala digestión con el café de la tarde. Siéntate.

León se sienta y espera a que su amigo termine de apartar unas carpetas.

—Necesito que custodies unas instrucciones.

Andrius deja de buscar el bolígrafo.

—Eso suena menos divertido que la herencia.

—Son para una persona que debe recibirlas si me ocurre algo.

—¿Te vas de viaje?

—Probablemente.

—¿Y no puede esperar a que vuelvas?

—Preferiría dejarlo hecho.

El abogado lo estudia. Conoce a León desde hace años y sabe que el científico no exagera los problemas para obtener atención. Del interior de una cartera, León saca un sobre cerrado y varios documentos doblados. Coloca todo sobre la mesa y aparta las manos.

—Hay condiciones sobre la entrega. Quiero que me digas si pueden cumplirse como están escritas.

Andrius revisa las instrucciones, pregunta dos veces por un plazo y una tercera por el medio de contacto. León responde sin mostrarle el contenido del sobre. El abogado toma notas en un formulario nuevo, comprueba un documento de identidad y guarda los papeles destinados a custodia.

—Hay cosas que podemos garantizar y otras que dependerán de que el destinatario responda —dice al fin—. No puedo obligar a nadie a abrir una carta ni a venir a Barcelona.

—No necesito que obligues a nadie.

—Entonces está claro. Me ocuparé de hacer llegar el aviso cuando corresponda.

León mira hacia la estantería, donde Andrius tiene una fotografía de sus hijos disfrazados en una fiesta escolar.

—¿Recuerdas lo que me dijiste la última vez que te pregunté por las consecuencias de una decisión?

—Digo muchas tonterías. Dame una pista.

—Que el problema no es equivocarse. Es seguir adelante cuando ya sabes que podrías estar equivocado.

Andrius se recuesta en la silla.

—Eso suena demasiado sensato para haberlo dicho yo. Seguro que lo leí en alguna parte.

—Pues me ha acompañado durante años.

—León, ¿te pasa algo que no me estás contando?

El científico tarda en contestar. Fuera, una moto arranca con un rugido que hace vibrar los cristales.

—Creo que he confiado en las personas equivocadas. Y necesito poner algunas cosas en orden.

Andrius cierra la carpeta.

—Si hay amenazas, hablamos con la policía. Hoy, no cuando vuelvas de un viaje que no sé dónde te lleva.

—No tengo pruebas suficientes.

—Para pedir ayuda no necesitas un sumario con índice alfabético.

León sonríe por primera vez desde que ha entrado.

—Tú siempre consigues que un problema parezca fácil.

—Es la especialidad de la casa. Luego ya viene la minuta para estropearte la ilusión.

Lo acompaña hasta la puerta. Antes de despedirse, Andrius le pone una mano sobre el brazo.

—No desaparezcas sin dar señales de vida. Y, por una vez, haz caso de un abogado.

—Lo intentaré.

Cuando León sale, Andrius permanece un momento con la carpeta cerrada entre las manos. Luego comprueba las instrucciones una vez más, la guarda bajo llave y anota el encargo en su agenda.

***

Vicente Salcedo entra en Nexora esa tarde sin anunciarse. Lleva americana arrugada, camisa abierta en el cuello y unos zapatos cuyo brillo depende de la luz. Se detiene frente al despacho de Beatriz y pregunta a Sandra si la presidenta sigue enfadada.

—Depende de con quién —responde ella.

—Entonces diles que ha llegado la parte de la familia que siempre le mejora el humor.

Sandra no sonríe.

—Está reunida.

—Siempre está reunida. Esa mujer podría reunirse consigo misma y terminar discutiendo.

Vicente se sienta en una butaca sin permiso. Cuando al fin Beatriz lo recibe, él entra mirando el mobiliario.

—Veo que aún no has vendido el despacho para pagar los ordenadores de León.

—Si vienes a pedir dinero, te has equivocado de puerta.

—Qué bonito es que alguien te conozca bien.

Beatriz le señala una silla y no espera a que se siente.

—Necesitamos calma entre los socios. Max no responde a las últimas peticiones de auditoría y Néstor está a punto de romperse con León.

—Pues háblales como me hablas a mí. Terminarán firmando lo que sea por salir de aquí.

—Esto es serio, Vicente.

—Todo es serio cuando lo dices tú.

Ella aparta unas facturas.

—¿Sabes algo de la explosión de ayer? Hay gente relacionándola con nuestra empresa.

Vicente levanta las cejas.

—¿Ahora somos fabricantes de coches?

—Te estoy preguntando si has oído algo.

—He oído que ardió un coche y que no hubo heridos. Eso es todo. No me metas también en el cuerpo de bomberos.

Beatriz lo observa. Vicente se inclina hacia el recipiente de caramelos de la mesa, toma uno y lo desenvuelve con una parsimonia ofensiva.

—Por cierto —añade—, deberíamos revisar la situación de las acciones. Con esta guerra, cualquier día no valen ni para envolver un bocadillo.

—No voy a negociar contigo en medio de una crisis.

—Siempre dices lo mismo. Luego negociamos en medio de otra crisis.

Beatriz mira el reloj.

—La puerta está detrás de ti.

—Por eso he sabido entrar sin pedir indicaciones.

Vicente se levanta y deja el envoltorio del caramelo en la papelera. Al salir saluda a Sandra con dos dedos. La secretaria lo ve alejarse y vuelve al ordenador sin tener claro si acaba de presenciar una discusión de negocios o la continuación de un matrimonio que terminó hace años.

***

José María Olmedo trabaja en la planta de mantenimiento de la Torre Glòries, entre armarios de herramientas, cajas de filtros y una cafetera pequeña que alguien ha declarado irreparable por tercera vez aquella semana.

No es un hombre alto ni especialmente atlético; compensa la falta de solemnidad con unos ojos despiertos y una capacidad extraordinaria para encontrar el lado absurdo de las órdenes.

Lleva un polo azul de trabajo, pantalones con bolsillos y unas deportivas que no deberían formar parte de ningún uniforme oficial.

Esa tarde luce unas manchas oscuras bajo las axilas del polo y el pelo revuelto por haberse quitado varias veces una gorra de trabajo.

Tiene la piel de los antebrazos marcada por pequeños arañazos de las instalaciones y camina ligeramente encorvado hasta que ve a León.

Entonces endereza el cuello con un gesto teatral, preparado para gastarle otra broma.

Cuando León aparece a la puerta, José María está intentando abrir una caja de tornillos con una navaja de bolsillo.

—No me digas que vienes por el ascensor —protesta sin levantar la vista—. Si se ha vuelto a parar, dile que espere su turno.

—Vengo por ti.

José María alza la cabeza.

—¿Por mí? Eso ya me preocupa más. Tú no bajas aquí si no hay algo roto.

—¿Tienes tiempo para cenar esta noche?

—Depende. ¿Pagas tú?

—Sí.

—Entonces tengo todo el tiempo del mundo. Hasta puedo escuchar tus problemas.

León sonríe, pero lleva las mejillas tensas. José María deja la navaja.

—Oye, ¿qué pasa?

—Necesito hablar contigo tranquilo.

—A Sali le digo que voy con el científico. Así sabrá que no salimos de fiesta.

—Dile que llegarás tarde.

—Eso ya es más difícil de explicar.

Se ponen de acuerdo en verse después del turno. José María observa cómo se aleja su amigo por el pasillo. León siempre ha sido reservado, pero nunca había parecido tan decidido a hablar y tan poco dispuesto a hacerlo allí.

Desde una zona de paso, Aarón distingue el encuentro.

No alcanza a oír la conversación. Le basta reconocer al científico y al técnico de mantenimiento, que permanecen unos instantes uno frente al otro antes de separarse.

Le ha llegado otro encargo anónimo: anotar contactos de León dentro del edificio.

Hace una fotografía con el móvil y apunta el nombre que conoce de los listados internos.

«León hablando con José María Olmedo, mantenimiento». Pulsa enviar y continúa con sus recados.

***

El bar que eligen tiene las paredes cubiertas de fotografías del Barça, bufandas antiguas y un calendario en el que alguien ha marcado en rojo los partidos importantes.

Está algo apartado del ruido de las avenidas y huele a tortilla recién hecha, cerveza fría y madera húmeda.

La televisión de la esquina repite imágenes de la selección española celebrando su segunda estrella.

José María se queda de pie mirando la pantalla.