Julia ¿Dónde estás? 3. LEÓN #3
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3. LEÓN #3

Max aprieta los labios. Tiene el pelo castaño, ya muy plateado en las sienes, cuidadosamente peinado, un rostro aún atractivo endurecido por muchos años de discusiones y una forma de arreglarse los puños de la camisa cuando empieza a perder la calma.

—Parece que últimamente solo vienes a buscar culpables.

—Busco piezas. Y encuentro facturas.

—Llevamos media vida trabajando juntos, León.

—Lo sé. Por eso sigo preguntándote a ti antes de preguntárselo a otro.

Max se quita las gafas.

—Si crees que te estoy robando, dilo de una vez.

León tarda en responder.

—Creo que alguien está ganando dinero con nuestros retrasos. Quiero equivocarme.

Max recoge el documento con demasiada rapidez y sale sin despedirse. León se queda frente a las facturas, recordando las noches en las que los dos buscaban soluciones con los planos extendidos por el suelo.

Néstor aparece cuando el pasillo ya está en silencio. Trae un portátil bajo el brazo y el gesto impaciente de quien espera que todos terminen de hablar para que empiece el trabajo de verdad.

Ha cambiado la americana por una sudadera fina gris, con los puños levantados hasta medio antebrazo. Tiene las gafas de cerca sobre la cabeza y un surco rojo donde se las ha apoyado durante horas. Sus pasos son rápidos, pero se detiene en seco ante la pantalla, sin siquiera buscar una silla.

—¿Lo habéis arreglado?

—No era una avería informática.

—Con Max nunca lo es.

León lo sigue hasta la pantalla y le señala una modificación en el registro de versiones.

—Explícame por qué un componente tiene una firma distinta.

—Porque he separado una parte genérica del proyecto.

—No es lo que te he preguntado.

—Y tú no eres propietario de todo lo que sé programar.

—No. Pero sí soy responsable de lo que entra y sale de este laboratorio.

Néstor respira hondo. León no alza la voz; eso hace más incómoda la discusión.

—Estoy harto de que me trates como a un becario —dice Néstor.

—Entonces deja de contestarme como si no entendieras mis preguntas.

Néstor cierra el ordenador.

—No he vendido tu investigación, si es eso lo que piensas.

—Yo no he dicho que la hayas vendido.

—Pero lo has pensado.

León no responde. Néstor sale con el portátil apretado contra el costado. El científico oye cómo sus pasos se alejan por el pasillo y vuelve a mirar el registro de versiones.

***

En el despacho de Beatriz, Sandra Beltrán coloca sobre la mesa un informe contable y espera a que la presidenta termine una llamada. Es una mujer joven, de facciones vivas y expresión atenta; ha aprendido a reconocer el humor de su jefa por la manera en que sostiene el teléfono.

Sandra lleva el pelo suelto por primera vez en varios días, aunque lo mantiene detrás de las orejas con repetidos movimientos de la mano.

Viste una falda oscura, camisa azul claro y zapatos de tacón bajo, prácticos para cruzar la planta de un despacho a otro.

Beatriz lleva una chaqueta color crema perfectamente abrochada; no parece haber dormido demasiado, pero ha elegido un maquillaje que oculta casi por completo el cansancio.

—No pienso pagar dos veces la misma factura —dice Beatriz al teléfono—. Si hay un error, que lo explique el responsable.

Cuelga y mira a Sandra.

—¿Qué tenemos?

—Los justificantes que pidió de ARGOS. Hay varios gastos que no cuadran con las fechas en que llegaron los equipos.

—Habla con contabilidad.

—Ya lo he hecho. Dicen que la autorización vino de aquí.

Beatriz levanta la cabeza.

—¿De quién, concretamente?

—No me han dado un nombre.

—Pues consíguelo.

Sandra asiente. Al salir se encuentra con Aarón, que sostiene unas llaves de coche y se entretiene haciendo girar una tarjeta entre los dedos. Lleva camisa clara, zapatillas blancas y la sonrisa despreocupada de alguien que cree poder salir de todas las situaciones hablando deprisa.

—¿Hoy te toca conducir a la reina? —pregunta Sandra.

—Su majestad está ocupada. De momento me han mandado con el coche pequeño a hacer recados.

—¿Cuál?

—El eléctrico. El que parece que funciona con cuatro pilas y un poco de fe.

Sandra se acerca lo suficiente para que él deje de sonreír.

—Te vi ayer entrando en el aparcamiento con otra chica.

—Era una compañera de un amigo.

—Qué familia tan grande tienes, Aarón.

—No empieces.

—Yo no empiezo nada. Tú siempre llegas cuando ya has empezado.

Él intenta cogerle la mano. Sandra se aparta y sigue caminando.

Aarón mira a ambos lados antes de guardar las llaves.

Un mensaje aparece en su móvil: una petición de seguimiento discreto, pagada por la misma vía anónima que le encarga de vez en cuando fotografías, horarios y pequeñas comprobaciones.

Le gusta pensar que está sacando partido a un trabajo aburrido.

Nunca pregunta demasiado por las personas que reciben sus informes.

En el mensaje hay un nombre: LEÓN.

Aarón recibe las instrucciones a media mañana.

No tiene que averiguar nada complicado: anotar por dónde se mueve León, con quién habla y cuánto tiempo permanece fuera de su coche.

En el garaje de Nexora le entregan el pequeño eléctrico destinado a los recados.

Es gris claro, silencioso, tiene los asientos gastados y un salpicadero lleno de compartimentos en los que nadie encuentra nunca lo que busca.

Aarón deja en uno de ellos un paquete de chicles y se conecta al teléfono con la seguridad de quien confunde cualquier tarea con un juego.

León sale poco después. Conduce su propio coche, sin prisa, y se dirige primero hacia la Sagrada Família.

Aarón se mantiene a cierta distancia, rezongando cuando un taxi se interpone entre ambos y agradeciendo que el tráfico de agosto no sea tan feroz como el de otros meses.

Cerca del templo, León encuentra dónde detenerse y camina unos minutos entre visitantes con botellas de agua, familias que consultan mapas y guías que levantan paraguas de colores para reunir a sus grupos.

Aarón tiene que aparcar bastante más lejos.

Cuando llega a una esquina desde la que puede observar la zona, su objetivo ya está junto a un puesto de recuerdos.

León contempla una reproducción de las torres, escucha a una pareja discutir sobre la entrada y sigue andando.

No compra nada que Aarón pueda ver. El muchacho apunta: «Sagrada Família. Paseo».

El siguiente desplazamiento termina cerca de La Rambla.

León cruza entre los turistas y se detiene a mirar un escaparate antiguo, de esos que llevan décadas resistiendo el avance de las franquicias.

La luz se filtra entre los árboles, huele a comida, a piedra caliente y a agua recién derramada sobre las aceras.

Un músico prueba las primeras notas de una melodía reconocible.

León le presta atención unos segundos y continúa.

Aarón, atrapado al otro lado de una calle, pregunta en voz alta a nadie en particular:

—¿Pero este hombre no trabaja nunca?

Aprovecha la espera para enviar un mensaje a Sandra. Ella no responde. Escribe otro, lo borra y vuelve al seguimiento cuando ve a León atravesar un paso de peatones.

En Sants, el científico desaparece entre viajeros con maletas.

Aarón deja el eléctrico en un aparcamiento y camina hasta la entrada de la estación.

Hay anuncios que cambian de color sobre las cabezas, ruedas que golpean las juntas del pavimento y viajeros mirando relojes como si el tiempo fuera una deuda personal.

León tarda en reaparecer. Vuelve solo y camina hacia el coche con la misma expresión que llevaba al entrar.

Aarón comprueba la hora.

—Estación de Sants. Sin acompañantes —dicta al móvil.

No sabe si su informe tiene algún valor. Por ahora le parece una colección de paseos que cualquiera podría realizar con una tarjeta de transporte y una mañana libre.

La siguiente parada es un banco del centro.

León encuentra sitio para el coche en una calle secundaria.

Aarón se instala algo más atrás y descubre que tiene la batería del móvil casi llena.

Lleva un buen rato intentando superar una fase de un juego y por fin dispone de unos minutos sin semáforos ni rotondas.

—Vamos, vamos... ahora sí —murmura, moviendo el pulgar sobre la pantalla.

La música de la partida le tapa el ruido de la calle. Levanta los ojos una vez, ve la fachada de la sucursal y vuelve a inclinarse sobre el teléfono. Cuando la partida se complica, acerca tanto la cabeza que casi toca el volante.

Un reflejo en el cristal lo hace mirar hacia fuera. León ya ha salido del banco y está llegando a su coche.

—¡Coño, que se me escapa!

Intenta dejar el móvil en el asiento del acompañante, pero se le resbala y desaparece bajo sus pies.

—¡No, no, no! ¡Ahora no!

Se agacha cuanto le permite el cinturón y palpa el suelo. Encuentra una moneda, un envoltorio y finalmente el teléfono. Cuando se incorpora, León está arrancando.

—¡Joder! ¡Ahora tiene prisa el tío!

Aarón pone en marcha el eléctrico y sale detrás de León. No ha visto entrar al científico en la sucursal ni le ha prestado atención durante aquella parada. Anota solamente la duración aproximada: «Banco. Gestión personal».

En el último trayecto cruza media ciudad detrás de León hasta un edificio de despachos profesionales.

Aarón lee las placas de la entrada desde la acera opuesta.

Un dentista, un asesor fiscal, dos abogados.

La visita tampoco le parece sospechosa. León permanece dentro más que en los otros lugares.

Al regresar al coche, lleva el rostro serio de quien ha resuelto un asunto desagradable pero necesario.

Aarón no lo sigue hasta la siguiente calle. Tiene otra gestión pendiente para Beatriz y calcula que ya ha trabajado lo suficiente por aquel encargo. Envía su informe desde el interior del eléctrico:

«Mañana sin incidencias. Sagrada Família, La Rambla, Sants, banco del centro y despacho de abogados. No detecto reuniones ni contactos de interés. Solo recados. Adjunto horas y ubicaciones aproximadas».

El destinatario responde con una transferencia pequeña y una única palabra: «Recibido».