3. LEÓN #2
—Un investigador al que respeto me dijo hace años que hay una diferencia entre trabajar sin descanso y trabajar sin enseñar nada. Su situación empieza a parecerse peligrosamente a la segunda.
—No es lo mismo investigar que vender coches. No puedo traerle uno recién pintado cada jueves.
—No le pido una demostración comercial. Le pido que me diga dónde estamos.
—En una cafetería.
Sébastien observa a León durante un momento. No sonríe.
—Sabe de sobra a qué me refiero.
—Estamos donde le indiqué. Hay avances y todavía hay pruebas que completar.
—Tengo noticias distintas.
León apoya la taza con cuidado.
—¿De quién?
—Personas que siguen el trabajo con interés.
—¿Personas que trabajan para mí?
—No voy a discutir fuentes. Me aseguran que el proyecto está bastante más avanzado de lo que usted reconoce.
—Yo no he autorizado a nadie a transmitirles el estado de mis equipos.
—Mis representados financian una investigación, León. También esperan garantías.
—Financian lo que les he dicho que financian. No han comprado a mi equipo. Ni a mí.
Sébastien abre por fin la carpeta. Dentro hay una hoja con fechas, importes y pequeñas anotaciones.
—Aquí consta lo que ha recibido. Y aquí, lo que ha mostrado. ¿Le parece equilibrado?
—Si lo que esperan es recuperar el dinero esta semana, no debieron financiar ciencia.
—La ciencia tiene plazos.
—Los investigadores también tienen límites.
El francés mantiene las dos manos sobre la mesa.
—Necesito una demostración de lo que haya conseguido. No dentro de un mes: ahora.
—No voy a enseñarle un sistema que todavía no he validado como es debido.
—¿O no quiere enseñármelo?
León lo mira por primera vez con abierta desconfianza.
—¿Qué diferencia hay para usted?
—Una diferencia enorme.
—Pues tendrá que conformarse con mi palabra.
—A estas alturas, su palabra ya resulta cara.
Sébastien cierra la carpeta. Paga los cafés antes de que León pueda sacar la cartera.
—No quiero que esto termine mal —dice mientras se levanta—. Sería una lástima para todos.
León lo sigue con la mirada hasta la puerta. El café se le ha enfriado. Se queda sentado unos minutos, repasando las palabras del francés y preguntándose quién más conoce los avances de su laboratorio.
***
En FILEXA, Carolina Rius acaba de salir de una reunión con el departamento comercial cuando recibe una llamada de Néstor Cifuentes.
La directora camina por un pasillo luminoso, con el teléfono pegado a la oreja y una carpeta contra el pecho.
Sus cuarenta y tantos años le han enseñado a distinguir una buena oportunidad de alguien que necesita dinero con urgencia.
Néstor empieza a parecerse demasiado a lo segundo.
Carolina lleva una falda recta azul petróleo y una blusa de manga corta, sin la chaqueta que se quita nada más salir del despacho.
Unos pendientes pequeños se balancean cuando camina deprisa; tiene la mandíbula tensa y un bolígrafo preso entre dos dedos.
Se detiene al oír la voz de Néstor, como si necesitara distinguir entre un problema técnico y otra propuesta que no ha pedido.
—Antes de que me preguntes, sí: hemos probado el módulo —dice Carolina—. Y no funciona igual en todos los entornos.
—Hay condiciones de integración.
—Lo sé. He leído el contrato. Lo que no he leído en ninguna parte es que tenga que llamarte tres veces para conseguir una respuesta.
—Estoy trabajando en ello.
—Tú trabajas en Nexora. Eso es precisamente lo que empieza a preocuparme.
Néstor guarda silencio.
—¿Te han descubierto? —pregunta ella.
—No he hecho nada que pueda demostrarse como una apropiación de ARGOS.
—No te he preguntado eso.
—He vendido desarrollos propios.
—Y yo he pagado por ellos. Pero no pienso permitir que me arrastres a un pleito porque te hayas peleado con León.
Carolina se detiene junto al ventanal. Recuerda la comida en la que ofreció al científico un puesto en FILEXA.
León había rechazado el dinero y la libertad aparente de una nueva empresa sin necesidad de consultar a nadie.
La había mirado con una mezcla de respeto y tristeza, como si abandonar Nexora significara traicionar algo más que un contrato.
—¿Sigues ahí? —pregunta Néstor.
—Sí. Estoy pensando en lo que voy a decirte. No vuelvas a ofrecerme una sola línea de código cuya procedencia no puedas acreditar. ¿Está claro?
—Perfectamente.
—Y deja de utilizar el nombre de León cuando te conviene. Si alguna vez colaboro con él, será porque lo hayamos decidido los dos.
Carolina cuelga. En su agenda figura todavía el nombre de Sébastien Moreau.
Se había presentado como intermediario dispuesto a conseguir financiación a cambio de exclusividad tecnológica.
Recordar aquella propuesta le resulta menos agradable que la primera vez.
No sabe qué intereses representa, y empieza a alegrarse de haberle dicho que no.
***
Esa tarde, la Jumpy se detiene dos veces en una calle próxima a una zona de aparcamiento donde un hombre de bata suele dejar su vehículo al terminar el trabajo.
Susurros repasa con su compañero las indicaciones que les han llegado.
Fortuna escucha mientras intenta enderezar el espejo retrovisor, que vuelve a caerse cada vez que pasan por un bache.
—Ese coche —dice Susurros—. El gris.
—Hay dos grises.
—El que te he dicho.
—Me has dicho «el gris».
—El que tiene la pegatina.
—Uno lleva una de una montaña y otro una de un perro.
Susurros consulta una fotografía borrosa en el móvil. Acerca la pantalla a la cara y frunce la nariz.
—Este.
—Ah, vale. El de la montaña.
—El del perro, imbécil.
—Pues tú sabrás. Las fotos del Sastre parecen hechas con una patata.
Susurros vuelve a mirar. Hay un segundo coche del mismo modelo unas plazas más allá. El pequeño distintivo del parabrisas queda tapado desde donde están. Duda, pero le avergüenza reconocerlo delante de Fortuna.
—Vamos a terminar de una vez.
Fortuna sigue frotándose las manos mientras Susurros consulta tres veces la misma fotografía.
Minutos después, un estallido sacude la calle: han alcanzado el coche equivocado.
Saltan varias alarmas, una columna de humo se levanta entre los vehículos y los vecinos se asoman a las ventanas.
No hay nadie dentro ni se producen heridos, pero acuden patrullas y bomberos.
Fortuna observa la confusión desde una esquina.
—Oye, socio.
—Ahora no.
—Creo que aquel no era.
—Cállate.
—Es que el otro tiene la pegatina del perro.
—¡Que te calles!
Echan a andar sin correr. Fortuna intenta parecer un peatón indignado con el tráfico, pero cada pocos metros vuelve la cabeza hacia el humo.
—Por lo menos lo hemos asustado —murmura.
—¿A quién?
—Al que sea dueño.
Susurros lo mira de tal manera que Fortuna decide guardar silencio.
***
La noticia llega al despacho de Sébastien antes de que terminen de acordonar la calle.
Mikel Aramburu espera de pie frente a la mesa, con las manos cruzadas a la espalda.
Tiene el cuerpo compacto de quien no necesita demostrar su fuerza y una cara en la que apenas cabe una expresión.
Viste ropa oscura, sencilla; el único detalle llamativo es una cicatriz vieja cerca de la barbilla.
Mikel ronda los cuarenta, tiene el pelo oscuro cortado muy corto y unos ojos hundidos que no se apartan de la persona a la que escucha.
Su voz es baja, sin titubeos, y el cuello de la camisa negra deja ver una piel curtida, casi siempre enrojecida por el afeitado.
Cuando permanece quieto junta los talones sin darse cuenta, una costumbre que lo vuelve todavía más rígido junto a la mesa.
—Se han equivocado de coche —dice Mikel.
Sébastien deja lentamente el bolígrafo.
—¿Cómo?
—No han identificado bien el vehículo. No hay muertos.
—No tenía que haberlos.
—Tampoco han asustado al destinatario. Al menos, no consta que él haya visto nada.
El francés se levanta. Camina hasta la ventana y vuelve.
—Eso me pasa por comprar en las rebajas. Chapuceros.
Mikel espera.
—Los contraté para mandar un mensaje, no para organizar una feria —continúa Sébastien—. ¿Qué han dicho?
—Que las fotografías no estaban claras.
—¿Y ahora resulta que también necesitan un profesor de dibujo?
—Puedo ocuparme personalmente.
Sébastien se detiene frente a él.
—Todavía no. León tiene que entender que se está quedando sin margen, pero necesito que hable. Un muerto no responde preguntas.
—Un hombre asustado tampoco siempre.
—Precisamente por eso usted tiene que saber cuándo entrar en escena.
Mikel asiente. Sébastien vuelve a su mesa, toma el teléfono y comprueba una llamada que no llega. Hace girar el bolígrafo entre los dedos y acaba dejándolo sobre la carpeta.
Mientras tanto, León observa desde una ventana de su casa las luces de una ambulancia que se aleja por la avenida.
Un vecino le ha contado lo ocurrido. El coche destruido es del mismo modelo que el suyo y la explosión se ha producido demasiado cerca.
Recuerda las últimas palabras de Sébastien.
Intenta quitarles importancia, pero termina alejándose de la ventana sin conseguir tranquilizarse.
***
A la mañana siguiente, Max encuentra a León junto a un banco de pruebas desmontado.
Su amistad se remonta a años anteriores a Nexora, a pequeñas empresas que apenas podían pagar un alquiler y a noches en las que ambos cenaban sobre planos extendidos por el suelo.
Por eso le duele más que León no lo mire como antes.
—He conseguido que nos sirvan una parte del pedido —anuncia Max.
—¿A qué precio?
—Al que nos dan.
—Te he preguntado cuánto.
Max deja sobre la mesa un documento. León lo compara con otra factura.
—Por la misma pieza, este proveedor nos cobra casi el doble que el anterior.
—Porque la queremos mañana.
—La queríamos hace seis semanas.
—Eso díselo a Beatriz.
—Se lo he dicho. Ahora te lo digo a ti: no pienso firmar una conformidad que no puedo justificar.