3. LEÓN
Al salir del despacho de Beatriz, León tarda unos segundos en reconocer el reflejo de su rostro en las puertas del ascensor.
No por viejo, aunque la luz azulada le subraya las arrugas de las mejillas, sino por cansado.
Lleva las gafas cogidas por una patilla y el nudo de la corbata aflojado desde hace horas.
La carpeta le pesa menos que la conversación que acaba de mantener.
Lleva la misma camisa de la reunión, ahora abierta en el primer botón; el cuello le roza una marca roja que se ha hecho al frotárselo mientras escuchaba a Beatriz.
Sostiene la carpeta contra el costado con demasiada fuerza.
Cuando se abren las puertas del ascensor, tarda un instante en poner los pies en movimiento.
En la planta de Nexora todavía hay movimiento.
Un empleado cruza con una caja de monitores, dos mujeres discuten ante una impresora que se niega a aceptar papel y, al fondo, la ciudad respira al otro lado de los cristales.
Barcelona conserva el calor de la tarde entre las fachadas.
El tráfico de la Diagonal parece inmóvil desde aquella altura; abajo, sin embargo, cada conductor está convencido de ser el único que tiene prisa.
Inés Berenguer lo espera junto a la puerta del laboratorio. Tiene el cabello castaño recogido con una pinza, unas gafas de montura fina y una carpeta pequeña bajo el brazo. No necesita preguntarle cómo ha ido la reunión: León ha vuelto sin los documentos firmados que esperaba.
Inés viste pantalones negros y una camiseta verde bajo la bata desabrochada.
Tiene unas pequeñas ojeras que no disimula el brillo de sus gafas y sostiene la carpeta pegada al pecho; mientras espera, desplaza el peso de un pie al otro, sin decidirse a interrumpir a León.
La pinza deja escapar un mechón que se aparta con el dorso de la mano.
—¿Nos han aprobado los equipos?
—Nos han aprobado cuarenta y ocho horas para que yo prepare otro informe.
—Eso no es un equipo.
—Lo sé. Pero ocupa menos espacio.
Ella sonríe apenas. Lo sigue al interior, donde la luz de las pantallas transforma las caras en una sucesión de sombras verdes y blancas.
Sobre una mesa descansan placas, etiquetas y carcasas abiertas.
Hay restos de café en dos vasos y un ventilador que alguien ha colocado mirando al rincón equivocado.
—La prueba de esta mañana ha vuelto a confundir dos registros —dice Inés—. No es grave, pero prefería que lo vieras.
León deja la carpeta.
—Enséñame los datos de entrada. Los resultados ya los he visto demasiado.
Inés abre una ventana y le señala las discrepancias.
Él escucha, pregunta por una fecha y compara dos columnas.
No pierde la paciencia con ella; la reserva para los superiores que llevan meses prometiendo máquinas que nunca llegan.
Cuando Inés encuentra un error de clasificación y consigue corregirlo, León le pide que documente el cambio con su propio nombre.
—Podrías firmarlo tú —dice ella.
—También podría casarme contigo y atribuirme todos tus méritos. Prefiero que conste quién ha hecho el trabajo.
—Mi marido tendrá algo que decir de lo primero.
—Entonces dejémoslo en el informe.
Durante un rato trabajan como siempre. A León le gusta esa parte del día, cuando el laboratorio se queda casi vacío y todavía es posible hablar de problemas que tienen solución. Después vibra el teléfono.
No reconoce el número, aunque conoce perfectamente la voz.
—Buenas tardes, León. Sébastien Moreau.
—Lo imaginaba. Usted tiene la costumbre de llamar cuando estoy ocupado.
—¿Y cuándo no lo está?
—Todavía no lo he descubierto.
Sébastien ríe con educación. Habla un español pausado, preciso, con una ligera música francesa que nunca intenta disimular.
—Quisiera saber si podemos vernos mañana. Mis representados empiezan a inquietarse.
—Los míos también. Tenemos material retenido por falta de pagos.
—No le pregunto por los suministros de Nexora. Le pregunto por nuestro acuerdo.
Inés continúa escribiendo, sin levantar la vista. León camina hacia la ventana.
—Ya le entregué un informe.
—Un informe de lo que falta. Nunca uno de lo que tiene.
—Tengo trabajo, señor Moreau. Y algunos compromisos que cumplir.
—Mis clientes han asumido gastos considerables. Esperan algo más que explicaciones.
León contempla un autobús que se incorpora a la rotonda. Le sorprende cuánto puede tardar un hombre en entender que ciertas palabras no significan lo que parecían al principio.
—Mañana a las diez —responde—. Media hora.
—Haré lo posible por no necesitar más.
Cuando cuelga, Inés lo encuentra mirando el teléfono apagado.
—¿Otro proveedor?
—Ojalá.
—¿Pasa algo?
—Todavía no lo sé.
León guarda el móvil y vuelve a la mesa. Inés le muestra una anotación. Él tiene que leerla dos veces antes de comprender qué le está señalando.
***
En un aparcamiento privado de las afueras, Javier Tormos Galiana cierra de un golpe la puerta de una Citroën Jumpy blanca.
La pintura ha perdido el brillo y en el costado se leen unas letras azules desiguales: HERMANOS.
Debajo queda la sombra de otras palabras arrancadas años atrás.
Javier es ancho de hombros, lleva barba corta, una camiseta negra demasiado ajustada y una expresión de hombre al que la vida obliga permanentemente a tratar con incompetentes.
—Como vuelvas a dejar una lata debajo del asiento, te la meto por la oreja —dice.
Miguel Ángel Parrot, mucho más menudo, de cara redonda y ojos que se mueven antes que su cabeza, aparece con una bolsa de patatas y dos refrescos.
—No era una lata. Era un bote de aceitunas.
—Peor me lo pones.
—¿Por qué?
—Porque ha estado rodando una semana. Pensaba que llevábamos un tornillo suelto.
—Pues por lo menos ya sabemos que el motor no es.
A Miguel Ángel lo llaman Fortuna, aunque cada uno cuenta una versión distinta del origen del apodo. Javier, conocido como Susurros pese a que no sabe hablar bajo, sostiene que su compañero atrae los desastres. Fortuna replica que el único desastre es tener que trabajar con él.
Javier es alto y de espaldas anchas, con una cara grande, nariz recta y una barba corta que le oscurece la mandíbula.
Luce camiseta negra de manga corta, vaqueros rígidos y botas moteras con las punteras arañadas; cuando habla se inclina sobre el otro, aunque no haga falta, como si cada discusión pudiera ganarse ocupando más espacio.
Miguel Ángel es más bajo y de cuerpo redondo, con las mejillas llenas, los ojos pequeños pero vivísimos y unas manos que no dejan quieto ningún objeto.
Lleva una camisa de rayas finas abierta sobre una camiseta clara y pantalones demasiado holgados, sujetos por un cinturón vencido; gesticula tanto al defenderse que a veces parece estar discutiendo consigo mismo.
Al otro lado del patio hay una Harley negra de dimensiones considerables. Susurros la mira con el cariño reservado a los hijos y a los objetos comprados a plazos. Junto a ella, la Vespa verde menta de Fortuna parece un juguete cuidadosamente aparcado.
—No la arrimes tanto —ordena Susurros.
—¿El qué?
—La Vespa. Que me vas a rayar la Harley.
—No te preocupes. Mi moto tiene dignidad. No se acerca a cualquiera.
Susurros se agacha para limpiar con el pulgar una mota inexistente del depósito.
—Mira qué máquina.
—Una cafetera.
—¿Qué?
—Grande, eso sí. Una cafetera de hostelería.
Susurros levanta la cabeza.
—Como vuelvas a llamarla cafetera...
—Pues dile a la señora Davidson que no haga tanto ruido cuando estamos vigilando.
El móvil de Susurros corta la discusión. En la pantalla aparece el nombre de Mikel Aramburu. Los dos cambian de postura. Fortuna deja de comer; Susurros se aparta de su moto.
—Sí, Mikel.
Escucha. Frunce el ceño.
—Sí, señor. Lo tenemos claro. No, no va a haber problemas.
Fortuna le señala el teléfono con la barbilla y pregunta sin voz si tienen trabajo. Susurros le da la espalda.
—Un susto. Comprendido. Que piense que podría pasarle algo. Nada más.
Cuelga. Fortuna abre los ojos.
—¿A quién hay que asustar?
—A un científico.
—¿Qué ha hecho?
—No nos pagan para opinar.
—Entonces nos pagan poco, porque yo opino gratis.
Susurros le arrebata la bolsa de patatas.
—Nos ha dicho que preparemos un aviso. Discreto.
—Pues para discreta tengo la Vespa.
—No vamos a ir en tu Vespa. Vamos en la furgoneta.
—¿Y no había otra?
—Nos la ha dado Mikel.
—¿El Sastre?
—¡No lo llames así!
—Pues díselo tú, a ver si nos cambia esta por una que tenga aire acondicionado.
Susurros mira la Jumpy. Una puerta lateral está sujeta por una goma que se parece demasiado a un cinturón viejo.
—Yo no se lo digo. Se lo dices tú.
—Yo tampoco. A ver si nos hace un traje.
Se miran un instante y se echan a reír. Después Susurros señala la furgoneta.
—Vamos a trabajar. Y no toques la radio.
—¿Por qué?
—Porque desde que la tocaste solo se oyen emisoras de misa.
—Pues mira, nos vendrá bien pedir ayuda.
***
A la mañana siguiente, Sébastien espera a León en una cafetería tranquila, de mesas pequeñas y suelo de madera oscura.
Lleva una chaqueta gris clara y una camisa sin corbata.
Tiene el pelo bien peinado, las manos cuidadas y esa cortesía con la que ciertas personas consiguen hacer que una amenaza parezca una observación razonable.
León se ha puesto una chaqueta oscura sobre la camisa del laboratorio, pero no ha conseguido disimular las arrugas del cuello ni el cansancio.
Antes de sentarse arrastra la silla unos centímetros, comprueba dónde queda la puerta y deja el teléfono a su derecha.
Sébastien, en cambio, mantiene las manos cruzadas sobre la mesa y apenas mueve la cabeza al hablar.
—Le agradezco su puntualidad.
—Soy puntual cuando tengo interés en marcharme pronto.
Sébastien pide dos cafés. León niega con la mano.
—El mío sin azúcar.
—Lo recordaba.
—Me preocupa que recuerde tantas cosas sobre mí.
El francés saca una carpeta delgada. No la abre todavía.