Julia ¿Dónde estás? 2. ARGOS #10
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2. ARGOS #10

Sube por el corredor de oficinas mientras el rumor de los ventiladores queda atrás.

El ascensor interno permanece ocupado y decide caminar.

Desde los ventanales ve que una hilera de autobuses bordea la plaza de les Glòries; al otro lado de la avenida un hombre cruza apresuradamente con una bolsa de pan.

Barcelona continúa su rutina con una indiferencia que a León le resulta casi reconfortante.

Beatriz está junto a su escritorio cuando él entra.

Se ha quitado la americana y la ha dejado doblada sobre uno de los sillones.

Lleva una blusa clara, los pendientes perfectamente colocados y la mirada fija en la carpeta que ocupa el centro de la mesa.

La luz de agosto, atenuada por las persianas, dibuja líneas pálidas sobre el suelo.

—Cierra, León. Siéntate.

—Espero que hayas comido.

—He comido números. Me están sentando fatal.

Él ocupa el sillón frente a ella y deja su carpeta sin abrir. La presidenta tarda unos segundos en tomar asiento. No pretende alzar la voz; necesita comprender qué tiene delante antes de que el próximo comité de financiación les exija explicaciones que no pueda dar.

—Necesito entender algo —dice Beatriz—. Cada mes gastamos más y cada mes terminamos más tarde. ¿Dónde está el dinero, León?

—Los tres podemos tener una parte de razón y estar equivocados en otra. Pero ninguna de esas frases explica por qué no coinciden los números.

—Entonces empecemos por los números.

León abre la carpeta y extiende la tabla.

—Aquí está lo que aprobamos, lo que pagamos y lo que ha llegado. Las tres cantidades deberían cuadrar. No cuadran.

Beatriz se inclina hacia los papeles.

—Hay equipos en tránsito.

—Lo sé. Por eso existe una columna que dice «en tránsito». El problema son los que aparecen como entregados y todavía nadie ha visto.

—Puede que los haya recibido otro departamento.

—Puede. Pero entonces necesito el albarán de recepción. No me sirve que la respuesta a una pregunta técnica sea siempre «puede».

La presidenta examina dos referencias. Reconoce la descripción de una ampliación que ha visto varias veces en los informes del consejo, pero no recuerda quién autorizó ciertos servicios adicionales.

—¿Estás diciendo que Max ha falsificado las compras?

—Estoy diciendo que hay importes que no puedo justificar y que Max debe explicar. No voy a acusarlo delante de ti de algo que todavía estoy comprobando.

—Eso suena peligrosamente parecido a acusarlo.

—No te pido que elijas entre tu ingeniero y yo. Te pido que dejes de firmar informes donde una previsión aparece como resultado.

Beatriz apoya la espalda en el sillón. Es una mujer acostumbrada a distinguir las debilidades de un interlocutor. Con León ese recurso rara vez funciona: cuando está en su terreno, el científico puede resultar insoportable, pero no es fácil confundirlo.

—¿Y el trabajo del laboratorio? —pregunta—. ¿Cuánto se ha hecho de verdad?

—Más de lo que reflejan esas presentaciones y menos de lo que nos gustaría.

ARGOS relaciona registros de distintas fuentes y detecta anomalías que un analista tardaría horas en reunir.

Hemos reproducido casos útiles con datos autorizados.

También tenemos errores que no pienso ocultar.

Si la máquina señala a una persona por culpa de un reloj mal sincronizado, no podemos ponerle una etiqueta roja y esperar que el cliente aplauda.

—No necesito una máquina perfecta para presentar un avance.

—Perfecta no. Honesta. Necesitamos poder explicar por qué llega a cada conclusión, y necesitamos equipos estables para repetir las pruebas. Un resultado que funciona una vez delante de las cámaras no es un producto, Beatriz. Es un número de feria.

Ella se frota la sien.

—Tienes una capacidad extraordinaria para decirme lo que no tengo.

—Porque llevo meses intentando trabajar con lo que me dices que sí tengo.

—¿Sabes cuánta gente depende de que Nexora no se hunda? No solo los ingenieros. Administrativos, personal de ventas, familias enteras. Hay contratos que se pagan con el mismo dinero que tú ves desaparecer en el laboratorio.

—Lo sé. Pero las subvenciones tienen una finalidad. Si figuran como inversión en ARGOS, deberían permitir que ARGOS avance. Si necesitas destinarlas a otra cosa, no conviertas después la ausencia de resultados en culpa mía.

Beatriz lo mira con dureza.

—Ten cuidado, León.

—No estoy acusándote de nada. Te estoy explicando lo que veo desde abajo.

—Desde abajo. Como si esto fuera un edificio que tú construyes y yo observo desde una ventana.

—No. Como si fuera una empresa donde los departamentos se han acostumbrado a señalarse unos a otros en vez de mirar la misma cuenta.

Durante unos instantes solo se oye la climatización.

Beatriz vuelve a revisar el documento y encuentra las mismas cantidades que Sandra le ha señalado antes.

Algunas proceden de decisiones suyas. Otras llegaron hasta ella convertidas en resúmenes cuya letra pequeña nunca se detuvo a examinar.

Entiende que León está más cerca de los hechos que los informes que circulan por el consejo.

No le gusta sentirlo, pero tampoco puede permitirse ignorarlo.

—Voy a pedir una conciliación de todas las partidas —dice por fin—. Compras, pagos, material recibido, contratos y justificaciones. No un informe bonito. Una relación que podamos verificar.

—Eso es lo primero que te llevo pidiendo desde marzo.

—Y yo llevo desde marzo buscando el modo de pagarla.

León asiente, porque también reconoce en ella una dificultad real. La conversación pierde algo de aspereza. Beatriz toma un bolígrafo y señala el apartado de plazos.

—Ahora respóndeme a lo que llevo toda la mañana queriendo preguntar. ¿Cuándo tendremos una versión de ARGOS que podamos enseñar con dignidad a alguien de fuera?

El científico se toma unos segundos. Conoce la tentación de prometer septiembre, octubre o cualquier mes que permita terminar la reunión. Podría ofrecer una cifra y confiar en que las semanas la volvieran cierta. En vez de eso, recoge las hojas de pruebas.

—Puedo darte una demostración controlada de las funciones verificadas y un informe claro de lo que falta.

Para una versión estable necesito que lleguen los componentes pendientes, que Néstor documente de dónde procede cada parte del programa y que dejemos de mover los objetivos cada quince días.

Después fijaremos la entrega con pruebas repetibles, no con una fecha escogida para tranquilizar a los accionistas.

—Eso no lo voy a poder presentar como un éxito.

—No te he dicho que sea un éxito. Te he dicho que puede ser verdad.

Beatriz gira despacio el bolígrafo. León mira los documentos repartidos sobre la mesa.

Ha repetido tantas veces que necesita más tiempo que, por un instante, le avergüenza oírse decirlo de nuevo.

Ni siquiera él puede asegurar que todos los retrasos procedan de las compras o de las decisiones del consejo.

—Dame cuarenta y ocho horas para revisar estas cifras —dice ella—. Quiero hablar con contabilidad y con los responsables de compras. Después nos sentamos con un calendario que podamos defender.

—Te prepararé el estado técnico. Sin adornos.

—Y sin dejar fuera lo desagradable.

León recoge sus documentos.

—Las cosas desagradables suelen ser las que más trabajo dan. No necesito que me lo recuerdes.

Beatriz se levanta con él. Al llegar a la puerta, el científico se vuelve.

—Hay algo que me preocupa más que el dinero.

—Sorpréndeme.

—Que ya no sepamos hablar sin pensar que el otro está escondiendo algo.

La presidenta no responde enseguida. La frase se queda suspendida entre el despacho y el pasillo, demasiado cercana a sus propias inquietudes.

—Entonces prepara esas cifras —dice al fin—. Quiero saber qué puede demostrar cada uno si empiezan a pedirnos explicaciones.

León asiente y sale. Cuando la puerta se cierra, Beatriz observa el hueco de la carpeta y pulsa el teléfono.

Pide a Sandra los expedientes originales de compras y subvenciones, sin resúmenes, y añade que se los entregue directamente a ella.

Necesita conocer todas las cifras antes de que León vuelva a sentarse a su mesa; lo que hará con ellas es una decisión que prefiere reservarse.

En el corredor, León avanza hacia los ascensores.

Lleva las gafas en la mano y la carpeta apretada contra el costado.

Al llegar, vuelve a abrirla para comprobar una cifra que ha olvidado mencionar.

La encuentra, suspira y guarda las gafas.

Cuando se abren las puertas, entra con la sensación de haber dicho muchas verdades y de haberse dejado otras pendientes.