2. ARGOS #9
León mira el calendario colgado en la pared. Recuerda las cláusulas sobre avances parciales y comprueba que, de momento, el francés no le está exigiendo nada distinto de lo firmado.
—No me comprometo a una fecha de entrega final por teléfono —advierte.
—No se la he pedido. Prepare el informe y veremos qué ajustes técnicos tienen sentido.
—Eso puedo hacerlo.
—Entonces confío en recibir noticias suyas.
Se despiden sin discutir. León deja el teléfono y se queda unos segundos mirando las hojas extendidas sobre la mesa.
Tiene que preparar un informe para Sébastien y otro para Nexora, y ninguno puede escribirse con las mismas cifras.
Recoge el bolígrafo, vuelve a dejarlo y enciende el equipo para repetir la prueba.
***
La tercera conversación importante con José María tiene lugar dos días después, en una zona de servicio de Torre Glòries que huele a pintura reciente.
Una empresa externa está sustituyendo unos paneles del pasillo y ha dejado un carrito lleno de herramientas junto a una pared protegida con plástico.
León encuentra a su amigo inclinado ante una rejilla, escuchando un ruido que parece venir de algún lugar imposible dentro del conducto.
José María lleva el mismo pantalón de faena que utiliza casi a diario, pero ha cambiado el polo por una camiseta gris que asoma bajo un chaleco de trabajo abierto.
Tiene una mancha de polvo en la frente, y los guantes, colgados del cinturón, golpean su cadera cada vez que gira para escuchar el conducto.
Al reconocer a León, endereza la espalda con un crujido y sonríe como quien agradece una interrupción.
—Si estás buscando una rata —dice León—, avísame. Voy a tener que contratarla para que revise unas cuentas.
José María se incorpora, con una rodilla marcada por el polvo.
—Ojalá fuera una rata. Las ratas por lo menos no me mandan correos. Esto es una vibración de una compuerta que un listo ha dejado mal ajustada.
—¿Y quién es el listo?
—De momento, alguien que no me gusta. Si encuentro su firma, me gustará menos.
León lo ayuda a apartar una caja mientras José María prueba la rejilla con la palma abierta. El ruido desaparece durante un momento y regresa en cuanto vuelve a funcionar el ventilador. El técnico resopla.
—Mira que lo digo siempre. Las cosas no empiezan a hacer ruido cuando se rompen. Empiezan a hacerlo cuando alguien decide que ya las arreglará otro.
León permanece callado. La observación casual le resulta demasiado cercana a sus preocupaciones para contestarla con una broma. José María acaba por mirarlo.
—Vaya cara. ¿Qué te pasa, hombre?
—Tengo la sensación de que todo lo que hemos construido depende de que nadie mire demasiado las cuentas.
—Pues igual conviene mirarlas.
—Es complicado.
—Lo complicado se mira sentado y con un café. Yo por lo menos no sé hacerlo de otra manera.
Se trasladan a una pequeña mesa situada al final de un corredor de uso común. José María compra dos bebidas en la máquina y le entrega una a León sin preguntarle cómo la quiere. Acierta, como siempre.
—Mira qué lujo —dice el técnico, sentándose—. Agosto en Barcelona. Medio mundo en la playa y yo aquí, paseando una escalera por los pasillos.
—¿Otra vez se te ha roto el ascensor?
—El ascensor funciona. La escalera es la que se ha quedado enganchada en tres puertas. Al final he pensado en cobrar entrada para que la gente me vea sacarla.
—Con el espectáculo que das, igual ganas más que trabajando.
—Eso dice Sali. Aunque luego me pregunta por qué no llego a casa hasta las ocho.
José María aparta el envoltorio de una galleta. León apenas ha tocado su café y mantiene los ojos fijos en un punto de la pared.
—Hoy ni siquiera te ríes de mis desgracias —observa—. Algo gordo te pasa.
—Estoy cansado.
—Eso ya lo sé. Lo raro sería verte descansado. Dime qué más.
—Sali dice que debería cambiar de trabajo —explica José María—. Dice que un día voy a traerme a casa un ascensor entero porque no he terminado de repararlo.
—No cabría por la puerta.
—Eso le he dicho. Pero es que ella todavía no ha visto la ventana de la cocina.
León sonríe, aunque vuelve enseguida a su taza. El técnico espera a que termine de mover el café.
—¿Lo de Max sigue mal?
—Peor de lo que pensaba.
—¿Habéis discutido?
—Mucho. Y lo peor es que no sé si quiero tener razón.
José María inclina la cabeza.
—Tener razón está sobrevalorado. Sobre todo cuando tienes que seguir viendo al otro todos los días.
—No es solo Max. Hay operaciones que no entiendo, papeles que me gustaría ver enteros, decisiones que se toman lejos del laboratorio. Y yo tampoco he sido claro con todo el mundo.
José María no se precipita a preguntar qué significa aquello. Desenvuelve una galleta que le ha salido junto al café y la divide por la mitad.
—Te voy a decir una cosa, León. Mi padre llevaba toda la vida arreglando motores. Decía que cuando algo hacía un ruido raro había dos maneras de tratarlo: subir la radio o levantar el capó. Si subías la radio, al final terminabas andando.
—¿Y si levantas el capó y descubres que el motor es tuyo?
—Entonces no puedes echarle la culpa al vecino. Pero por lo menos sabes qué tienes que arreglar.
León gira entre los dedos la tapa de plástico de su vaso.
Mira los pasillos que se pierden hacia la escalera, las señales de evacuación y las puertas por las que se mueve el personal que mantiene aquella torre funcionando.
José María forma parte del edificio con una naturalidad que no depende de las cuentas de Nexora.
Está allí antes de que los directivos lleguen y seguirá allí después de que cambien sus tarjetas de acceso.
—Si alguna vez necesito que me hagas un favor importante —pregunta León—, ¿podré confiar en ti?
José María deja de masticar.
—Depende. Si es ayudarte a mover un sofá, no. Para eso se contratan profesionales. Si es esconder un cadáver, tampoco. Me mareo con la sangre.
—Hablo en serio.
El técnico contempla a su amigo. La sonrisa tarda más en volverle a la cara.
—Lo sé. Y precisamente por eso te digo que me cuentes las cosas cuando puedas contármelas. No me prometas problemas por adelantado. Si necesitas ayuda de verdad, me llamas.
León asiente. No saca ningún papel ni menciona archivos secretos. Se queda con la respuesta. Antes de levantarse, José María añade:
—Y si lo que necesitas es que alguien sepa leer una factura sin que le tiemble la voz, te presento a Julia. Está de vacaciones unos días, pero le pones una coma rara delante y te hace un reportaje.
—Tu cuñada debe de odiarte.
—Muchísimo. Por eso viene a comer a casa los domingos.
Se despiden con un abrazo breve, torpe por culpa del vaso de café. León vuelve al laboratorio caminando algo más despacio. Aún oye a José María bromear con un operario al fondo del corredor y agradece que, al menos con él, hablar resulte sencillo.
***
La mañana del consejo de agosto, el calor penetra en la ciudad desde temprano y el aire parece detenerse entre las fachadas.
León pasa las primeras horas en el laboratorio de Nexora, donde una pantalla muestra una lista de incidencias sin resolver.
Los técnicos esperan decisiones sobre dos ensayos y una ampliación de almacenamiento.
Él responde a lo urgente, firma un procedimiento y devuelve otro porque le falta la hoja que acredita la validación de los datos.
No quiere que nadie confunda su mal humor con falta de criterio.
León se ha presentado con una camisa blanca arrugada por las horas de trabajo y los cordones de un zapato a medio aflojar.
Tiene la barba salpicada de gris y una sombra violácea bajo los ojos, pero al acercarse a las pantallas todavía adopta la postura firme del profesor que no acepta respuestas vagas.
Inés, con una camiseta sencilla bajo la bata abierta, espera a su lado sin soltar la libreta.
Desde la zona de recepción llegan ecos del movimiento de la dirección: pasos rápidos, puertas que se abren, voces apagadas tras los cristales.
León sabe que se reúne el consejo, pero no asiste.
Necesita trabajar. Al acercarse el mediodía ve pasar a Max sin la chaqueta y con el teléfono apretado en la palma de la mano.
Su viejo amigo duda un instante en la entrada del corredor técnico.
—¿Has mirado el informe que pidió Beatriz? —pregunta.
—He mirado las partes de pruebas. No pienso firmar una cifra que no puedo comprobar.
—Se ha discutido otra vez sobre plazos y gastos.
—Qué novedad.
—León, no quiero que esto siga entre nosotros.
El científico lo mira a los ojos. Max parece a punto de añadir algo y finalmente guarda el teléfono en el bolsillo.
—Entonces dame lo que te pedí —responde León—. Los documentos completos, no un resumen de compras.
Max baja la vista.
—Voy a ver qué puedo reunir.
—No necesito que reúnas lo que pueda gustarme. Necesito que me enseñes lo que hay.
No se dan la mano. Max regresa a los despachos. León vuelve al laboratorio, donde los papeles de las últimas compras le impiden concentrarse en la prueba que tiene delante.
A primera hora de la tarde, Sandra Beltrán entra en el laboratorio. Lleva una carpeta delgada y la expresión profesional de quien viene a transmitir una orden que preferiría no convertir en una pelea.
—León, Beatriz quiere verte en su despacho.
Él retira las gafas y observa la carpeta.
—¿Con Max y Néstor?
—No. A solas. Me ha pedido que te diga que lleves los papeles reales de costes y pruebas, no únicamente la presentación del consejo.
—Por una vez estamos de acuerdo en algo.
—Te espera en cuanto puedas subir.
—Dile que voy en diez minutos.
Sandra se marcha. León reúne las facturas discutidas con Max, los equipos pendientes de entrega y los resultados de sus últimas pruebas. No necesita más cifras: necesita que alguien le diga la verdad.