Julia ¿Dónde estás? 2. ARGOS #8
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2. ARGOS #8

Max baja los ojos hacia la hoja. Durante unos segundos se escucha únicamente el aire que sale por una rejilla del techo.

—Se han añadido trabajos —responde Max.

—¿Cuáles?

—Montaje, asistencia...

—La configuración la hemos hecho nosotros. Tú estabas delante cuando la hicimos. Yo llevaba aquella camisa verde llena de café y tú te pasaste una hora insultando a un cable. ¿Te acuerdas?

—Claro que me acuerdo.

—Entonces dime por qué hay una empresa cobrando por habernos visto hacerlo.

Max se aparta de la mesa y camina hasta el ventanal. Se pasa una mano por el cabello sin conseguir desordenarlo. León permanece quieto, esperando. No quiere levantar la voz porque sospecha que, si lo hace, las palabras ya no podrán volver a su sitio.

—Llevo años consiguiéndote material, León. Hay compromisos con los proveedores que tú nunca has querido conocer.

—Y yo llevo años confiando en que me dices lo que cuesta.

—¿Ahora te parece que te he robado?

—Ahora me parece que alguien está sacando dinero de un presupuesto que necesito para trabajar. Y te estoy preguntando si lo sabes.

Max da media vuelta.

—Ten cuidado con lo que estás diciendo.

—Por eso te lo digo a ti y no a Beatriz.

—Bonita manera de demostrar amistad.

—La amistad es precisamente lo que me ha traído aquí.

La frase queda entre ellos. Max se sienta por fin y se quita las gafas. Sus ojos muestran cansancio, una preocupación antigua que León no le había visto cuando juntos reparaban una placa en un trastero o se quedaban hasta la madrugada viendo cómo un programa terminaba una operación sin colgarse.

—Tú no sabes lo que cuesta sostener este departamento —dice en voz baja—. No tienes idea de las llamadas, las promesas, los proveedores que esperan cobrar ni de lo que he tenido que adelantar para que las cosas lleguen.

—Entonces enséñamelo. Dame todas las cuentas y lo arreglamos.

—No todo se arregla enseñando un papel.

—Los números sí deberían arreglarse así.

—Los números son lo que queda cuando la gente se ha cansado de dar la cara.

Yo llevo dando la cara por ti desde que nadie quería financiar tus investigaciones.

Cuando los bancos decían que aquello era una extravagancia, era yo el que buscaba a quién convencer.

Tú llegabas con tus dibujos, dabas una charla y todos te miraban como si hubieras bajado de un cohete.

Después me tocaba sentarme con ellos a explicarles qué costaba realmente construirlo.

León acusa el golpe. No porque sea falso, sino porque reconoce una parte de verdad en aquella amargura.

—Nunca te he quitado mérito —responde.

—No. Me has quitado el derecho a equivocarme.

—Una cosa es equivocarse en una compra. Otra es cobrar dos veces por el mismo trabajo.

Max aprieta la mandíbula. Mira hacia la puerta y después vuelve a las facturas.

—He aceptado condiciones de proveedores que no debería haber aceptado —admite—. Intermediaciones. Servicios que me ofrecieron como parte del precio. Hay comisiones vinculadas a operaciones. No fui el único en beneficiarme de que las cosas salieran rápido.

León tarda en contestar.

—¿Comisiones para ti?

—No todo va a mi bolsillo.

—No he preguntado eso.

—Sí, hay cantidades que he cobrado. Y sé que ahora me miras como si llevara una pistola debajo de la chaqueta.

León retrocede un paso y se apoya en el respaldo de una silla. Su respiración se vuelve pesada. Mira a Max con una mezcla de dolor y desconcierto que no consigue disfrazar de furia.

—Yo te habría ayudado —dice—. Si estabas en un apuro, si tenías deudas, si te hacía falta cualquier cosa, me lo habrías dicho. Podíamos buscar una solución.

—No necesito que me trates como a tu hijo.

—Nunca te he tratado así.

—Siempre. Tú eres el hombre de las grandes ideas y yo el que tiene que conseguir las piezas sin ensuciarte las manos. Ahora descubres que alguien cobra por traerlas y te ofendes como si la tecnología se construyera con oraciones.

León se incorpora. Se acerca despacio a la mesa y coloca un dedo sobre el albarán.

—Me ofende que hayas puesto tu interés donde yo creía que teníamos un compromiso. Que no sepas responder por estas facturas sin intentar hablar de lo que fuimos hace veinte años. Y me duele, Max. Me duele mucho más que el dinero.

El ingeniero aparta la vista. La luz del sol dibuja una raya oblicua sobre los documentos.

—No voy a pedirte que lo entiendas —murmura.

—No te estoy pidiendo que te humilles. Te pido que dejemos de mentir.

Hay técnicos trabajando con máquinas prestadas mientras en las cuentas aparecen equipos que no han tocado.

Hay una subvención cuyos números no explican lo que tenemos delante.

Si seguimos así, alguien acabará preguntando lo mismo con menos cariño del que yo tengo por ti.

Max vuelve a ponerse las gafas.

—¿Vas a denunciarme?

—Voy a pedir la documentación completa. Lo que hagas después decidirá qué pasa con nosotros.

—Bonita amenaza.

—No te estoy amenazando. Te estoy diciendo que ya no puedo mirar para otro lado.

Se aleja hacia la puerta. Max pronuncia su nombre una vez, apenas un susurro. León se detiene, pero no se vuelve enseguida.

—¿Qué? —pregunta.

—La placa del trastero no se quemó porque yo pusiera mal los cables —dice Max.

León gira la cabeza, desconcertado.

—¿Ahora quieres discutir por eso?

—Se quemó porque tú la conectaste a una fuente que daba el doble de voltaje. Y yo dije que había sido culpa mía porque tu padre acababa de morir y no quería que aquella noche terminaras todavía peor.

León mira a su amigo. En el gesto quebrado del hombre que tiene delante descubre cuánto ha podido callarse el otro a lo largo de los años. Su voz se ablanda.

—No tenías que hacerlo.

—Ya. Bueno. Tampoco tenías que venirme ahora con esas facturas.

—Sí tenía.

Max asiente muy despacio. Mira los papeles sobre la mesa y no levanta la cabeza cuando León se marcha.

El científico avanza por el pasillo sin ver apenas a las personas que se cruzan con él.

Acaba de descubrir algo sobre su amigo y algo menos agradable sobre sí mismo: había preferido no preguntar mientras todo parecía funcionar.

***

A comienzos de agosto, León conduce hasta un aparcamiento cercano a la playa antes de entrar en el pequeño local donde mantiene sus ensayos privados.

La ciudad huele a sal, a asfalto recalentado y a pan recién hecho que sale de una cafetería aún medio vacía.

Los turistas ya ocupan los pasos de peatones con la lentitud despreocupada de quienes no tienen una reunión esperándolos en la otra punta de Barcelona.

Lleva el teléfono vibrando en el bolsillo desde que ha aparcado.

Cuando por fin mira la pantalla, encuentra un mensaje breve de Sébastien Moreau: «¿Podemos hablar hoy sobre el calendario de las pruebas? ».

Viste un pantalón de algodón claro, zapatos gastados y una camisa de manga corta que lleva pegada a la espalda por el calor.

Se detiene un momento bajo la sombra insuficiente de una palmera y se pasa un pañuelo por la nuca.

Desde que ha aparcado camina más deprisa que de costumbre, con la cabeza gacha, evitando mirar los escaparates o a los turistas.

León lee de nuevo el mensaje y deja el teléfono boca abajo.

Tarda en contestar porque la versión privada no se ha convertido en la solución limpia que imaginó junto al hotel del Passeig de Gràcia.

Hay avances prometedores y fallos que se resisten, un tiempo ganado gracias al dinero recibido y otro perdido en problemas que el dinero no puede resolver.

Nada de aquello autoriza a entregar una máquina confiable.

También sabe que ha ido apartando horas de ARGOS oficial para perseguir resultados que no puede enseñar a su equipo sin tener que explicar de dónde vienen.

Sébastien lo llama cuando León está colocando los documentos de una simulación sobre una mesa. Su voz conserva el mismo tono cordial del primer encuentro.

—Buenos días, León. Espero no interrumpir una prueba.

—Interrumpes una discusión conmigo mismo. De momento voy perdiendo.

—Me han dicho que es la clase de discusión de la que suelen salir las mejores ideas.

—Quien te lo ha dicho no tiene que escucharme durante ocho horas.

—Hemos recortado tiempos en algunas pruebas —responde León—. El sistema tarda menos en cruzar ciertos registros. Pero todavía une cosas que no tienen relación cuando le falta información.

—¿Es un fallo grave?

—Depende de quién mire la pantalla. Si entiende lo que significa, es un fallo corregible. Si cree que la máquina nunca se equivoca, puede tomar una decisión absurda.

—¿Puede demostrar dónde se producen esas equivocaciones?

—Sí. Tengo los registros de prueba y puedo reproducir varios casos. Lo que no puedo hacer es fingir que han desaparecido.

Sébastien deja pasar unos segundos.

—Mis clientes esperan un avance que puedan evaluar. No necesariamente un producto perfecto.

—Entonces convendría que se lo explicaras antes de sentarlos delante de una demostración. He visto a demasiada gente confundir una pantalla bonita con un resultado fiable.

—Lo haré. ¿En qué necesita concentrarse ahora?

—En repetir las pruebas con datos incompletos. Y en que los nuevos componentes no alteren los resultados anteriores. Si cambiamos tres cosas a la vez, luego no sabremos cuál ha fallado.

—Entiendo. Lo que me pide es más tiempo para comprobar lo que ya ha conseguido.

—Exactamente. Prefiero perder una semana ahora que arrastrar un error durante seis meses.

—¿Y el prototipo? —pregunta el francés.

—Todavía no está en condiciones de enseñarse como producto terminado. Si lo encendiera ahora delante de tus inversores, se impresionarían con las pantallas y dejarían de escuchar en cuanto les contara dónde falla. Me niego a venderles eso.

—Agradezco la precisión. ¿Podría preparar una evaluación técnica del estado actual? Sin espectáculo, como usted dice.

—Un informe de lo que funciona y de lo que no. Eso sí. En cuanto ordene las pruebas.

—Será útil para la revisión del acuerdo. Yo también debo responder a preguntas.